Supersecreto

Y ahí estaba yo, el primer día, preguntándome por qué se  le habría ocurrido a mi mamá anotarme en una Escuela de Superhéroes si yo jamás había tenido ningún poder.

Apenas formamos, ya me quería morir: Camaleón desapareció,  Elástico se estiró hasta la esquina y Naturabella hizo crecer un roble en medio del patio. Para el tercer recreo ya todos sabían, por lo que tuve que aguantar las burlas de Chico de fuego, que era el único que me hablaba.

Pero al otro día llevé el juego de magia. En cuanto Chico de fuego se acercó ¡splash!, le di con la flor de agua: quedó apagado y con el ego herido. Después la cargué de témpera y así les mostré a todos dónde estaba Camaléon. Con un pinchazo (había escondido un alfiler en el dedo falso) convencí a Elástico de que era mejor dejar sus brazos guardados. Y hay que ver la cara que puso Naturabella cuando vio la “sorpresiva” plaga de hormigas que salió de mi manga para infestar su jazmín.

Y así, Chico-sin-ningún-poder pasó a ser Neutralizador,  el único capaz de  desactivar los poderes del resto. Y aunque me parece que Ilusionista sería más apropiado, voy a guardarme ese supersecreto.

Guerra contra zombies (2.0)

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Yo no sé cómo hacía mi papá en su época. A veces me lo cuenta y no puedo creerlo. Pelear contra los zombies desde el living de tu casa, haciendo de cuenta que están ahí aunque en realidad lo que tenés es una pantalla de televisor; mover una palanquita para pegar una patada, otra para disparar un arma y así. ¡Un aburrimiento! Como si uno pudiera imaginarse en serio tantas cosas.

Con la play 793 todo es más divertido. Porque vos te metés en serio  adentro del juego. Olvidate de tu tele; de tu living; de tu casa; de tu calle; de tu ciudad; de tu mundo, incluso. Vos te metés ahí, adentro de la pantalla y te enfrentás en serio a una legión de zombies. ¡Eso sí es un juego!

Llegás a la isla de Bonoi, con sus arenas blancas y su agua cristalina, te metés en el Royal Palm Resort y agarrate. Papá dice que en su época este juego ya existía, pero no podés comparar: ahora, si no le pegás a tiempo, el zombie te puede comer el cerebro en serio.  Pero tranquilo: cualquier amigo te rescata. Porque te morís en el mundo virtual, pero una vez que atravesás la pantalla ya no tenés heridas ni lesiones de ningún tipo. Eso sí: olvidate de volver a jugar, porque dentro de ese juego ya estás muerto y no hay vuelta atrás. La muerte no perdona, ni siquiera en el mundo virtual. Sigue leyendo

Y así empezó

 

─¡Vendo, vendo! ─grita Simbad─ ¡Vendo mi suerte para la aventura!

Está parado sobre un barril, en medio de Bagdad. La gente empieza a acercarse, curiosa.

─¡Vendo! ─grita Simbad─ ¡Vendo mi presencia y le aseguro un naufragio!

Todos empiezan a murmurar:

─¿Quién ese este insensato?

─¿Vende un naufragio, dice?

─¡Está loco de remate!

─¡Vendo, vendo! ─sigue insistiendo Simbad─ ¡Vendo mi mala suerte, de primera mano!

─¿Pero qué dice, hombre? ─lo interrumpe uno ─¿Para qué querríamos su mala suerte, a ver?

─Para viajar en un pájaro gigante. Y hacer equilibrio sobre una ballena. Y aventurarse en un barco pirata. Y conocer al temible anciano del mar ¿sabe que existe el anciano del mar? ¡De verdad: yo mismo fui su esclavo!

La gente empieza a hacer fila: Simbad, sin saberlo, acababa de inaugurar la primera agencia de “turismo aventura” que conoció el mundo, mucho antes de que empezaran a practicarse los deportes extremos.