Sombras mágicas

Todos los bosques del mundo tienen sombras. Pero en Muy Muy Lejano muchas de esas sombras son mágicas: andan sueltas de sus dueños, aunque no dejan de buscarlos. Como la sombra de esta historia, que cada día vuelve a la misma casa. Allí la olvidó su dueña, una niña de ricitos dorados.

Los osos de esa casa tienen tamaños diferentes. Papá Oso es inmenso. Mamá Osa es apenas grande. Y Osito es solamente alto. La sombra podría sentir miedo. Pero no.

Sabe perfectamente cómo cambiar de tamaño. Cuando llega la hora de la cena, y los tres osos se sientan a la mesa, ella se ubica al lado —justo al lado— de la vela encendida. Es divertido verla: se vuelve una sombra inmensa. Tan inmensa como Papá Oso.

—Está bien —le dice él—. Puedes comer un poco de mi sopa.

Después de dos cucharadas, se separa de la vela encendida. Es divertido verla. Se vuelve una sombra apenas grande. Tan grande como Mamá Osa. 

—Está bien —le dice ella—. Puedes sentarte aquí conmigo.

Cuando se aburre de estar sentada, la sombra se aleja más de la vela. Es divertida verla: se vuelve una sombra solamente alta. Tan alta como Osito.

—Está bien—le dice él—. Podemos hacer una pijamada.

Cuando ya todos están en la cama, y la vela está apagada, la sombra aprovecha el cuarto oscuro y juega a las escondidas. Es divertido no verla. Se vuelve una sombra invisible. Tan invisible como el aire.

Papá Oso, Mamá Osa y Osito intentan adivinar en dónde está.

—Estás debajo de la cama —dice Papá Oso, cuando la siente respirar.

—Ahora estás en el armario —dice Mamá Osa, cuando escucha su risa ahogada.

—Y ahora estás justo a mi lado —dice Osito. Y le hace cosquillas, para que la sombra largue una carcajada.

Más tarde, cuando todos duermen, la sombra de la niña vuelve al bosque: pisa las hojas secas, se cuelga de los árboles y juega con otras sombras.

Si prestas atención y aprovechas la luz de la luna, vas a reconocerlas: una lleva una caperuza, otra tiene el tamaño de un dedo pulgar y la última, el cabello larguísimo.    Es lo que pasa con las sombras de Muy Muy Lejano. No solamente son mágicas ¡también son conocidas!

Explorador

La noticia se extendió rápidamente por toda la colonia. Peipí había partido hacia el norte, lo que es bastante lógico, porque en la Antártida no hay tantas opciones. Si mirás al Sur, no hay más que mar.

En cambio, el Norte es pura aventura. Hay cordilleras, y todo un mundo subterráneo. Los humanos saben que allí, en las profundidades, hay un lago rojo, rojísimo. Y también volcanes en erupción. Pero los pingüinos no están tan bien informados. Así que nadie sabe muy bien qué es lo que busca Peipí con este viaje.  

¡Ni siquiera él! Camina hacia donde le parece, con ese saltito corto que dan los pingüinos, las alas medio abiertas y las patas chuecas. Va bastante rápido. Lo suficiente para perderse de vista en ese desierto blanco e infinito, por el que va imprimiendo su huella. Parece que explora. Porque, cada tanto, se detiene y mira a su alrededor.

Al frente: hielo.

Atrás: hielo.

A los costados, hielo y más hielo.

Peipí pensaría que es el paisaje más aburrido del mundo, si no fuera el único que conoce. No sabe todavía que ese paisaje pronto cambiará, pero camina como si lo supiera.

Camina tanto, que llega a la base donde están los científicos. Sus patas comienzan a chapotear, el hielo se va convirtiendo en barro y, a medida que se acerca a ese lugar tan extraño, el suelo se vuelve firme.

—¿Y vos, cómo llegaste acá? —le dice una humana, con campera impermeable y botas de lluvia.

Pero Peipí no entiende el idioma de los humanos, y solamente la mira.

Ella se pone en cuclillas, le convida una galletita:

—Sé que preferís pescado —reconoce—, ¡pero es lo que hay!

Peipí la sigue mirando, petrificado. No toma la galletita (probablemente ni siquiera entiende que se la está ofreciendo) pero parece intrigado por esa criatura extraña que se le plantó a mitad de su ruta.

La humana grita algo, y uno de sus compañeros se asoma desde la base. No tarda nada en alcanzarlos.

—¡Pero qué bonito! —dice— Y raro que haya caminado solo hasta aquí, los pingüinos no suelen separarse de su colonia.

—Podríamos ponerle un chip en la pata ¿no? —dice la primera humana. Pero Peípí no tiene idea de esta conversación. Por supuesto, se da cuenta de que están haciendo unos sonidos raros, pero no puede saber que son palabras.

Sin embargo (¿será intuición?) él también intenta decir algo. Grazna una sucesión de silbidos, que los humanos perciben como una bocina de bicicleta.

No pueden evitar reírse y, en medio de las carcajadas, uno de ellos pierde un guante. Peipí mira con detenimiento lo que acaba de caer. ¿Será piel, será una extremidad completa? Peipí no puede saberlo, y gira sobre sus pasos.  

—¡Lo espantaste con esa risa tuya de dinosaurio, bobo! —le dice la humana a su compañero, en cuanto ve que el pingüino empieza a alejarse.  

Peipí ya no escucha sus risas porque el viento es la única banda sonora de su regreso. Camina con el mismo ritmo de antes, pero más decidido. Ahora sabe adónde va, y sobre todo sabe por qué: esto tiene que contarlo.

Mientras camina, ya imagina cómo lo rodearán sus compañeros. Alguno dirá, seguramente, que se lo está inventando todo. Pero a Peipí no le importa, porque él conoce la verdad. Sabe que que en algún punto de la Antártida hay dos criaturas mitológicas, que hacen sonidos extraños y mudan la piel de repente.

O tal vez pierden una extremidad, eso Peipí todavía tiene que investigarlo.

La duración del invierno (leyenda tehuelche)

Cuentan los Tehuelches que Elal es el más sabio de todos sus dioses. El que puso en su lugar al Sol y a la Luna. El que modeló con barro a los hombres, les enseñó a cazar y a trabajar el cuero que les dio abrigo.  El que inventó el fuego y dio alivio a las criaturas que tiritaban de frío.

Fue Elal, también, quien determinó la duración del invierno, al intervenir con su infinita sabiduría en una discusión absurda. El pleito había comenzado en una asamblea de animales, mientras discutían sobre la inconveniencia de que el invierno se hubiera establecido como habitante permanente de la Patagonia:

—¡Es imposible bañarse, con las lagunas congeladas! —se quejó el flamenco— ¡Tendré que irme de aquí!

—Yo, en cambio, no me quejo —opinó el zorro, coqueto—. Mi pelaje mejora con el frío.

—Además, las huellas se ven mejor en la nieve —observó el puma—. Soy un excelente cazador en invierno.

—¡Por esa misma razón quiero que se terminen las nevadas! —protestó el guanaco— ¡Basta de ser una presa fácil!

Y así siguieron discutiendo los animales por mucho tiempo. Algunos estaban entusiasmados con la idea de que el invierno se quedara para siempre, pero otros suplicaban algún descanso: el frío les entumecía los músculos, les arruinaba las plumas, les impedía buscar alimento.

—¡Me da igual si no están de acuerdo! —pataleó el ñandú (lo que es mucho decir, porque el ñandú tiene unas patas enormes)—. Acá somos muchos los que estamos felices con el invierno, y al que no le guste ¡que se vaya! 

—También somos muchos los que necesitamos un respiro—contestó la mara—. Lo justo es que el invierno se quede solo una temporada.

El ñandú resopló, y la miró con desprecio. ¿Quién se creía que era esa cuadrúpeda orejuda, para contradecirlo así?

—Yo no tengo la culpa de tu pelo corto—le contestó, autoritario—, ¡andá a vivir al Ecuador!

—No tengo por qué, si el invierno viene cada tanto. Insisto en que es lo más justo ¿qué le parece si votamos?

Hubo un murmullo general de aprobación, pero duró poco porque el ñandú lanzó un picotazo. Los animales se dispersaron y la mara, que entendió bien el mensaje, comenzó a correr. El ñandú salió detrás, decidido a cazarla. Fue una carrera pareja, porque los dos eran rápidos.

Elal, que observaba todo desde la cima del Chaltén (adonde había llegado montado en un cisne blanco), esperó. Tal vez porqué ya sabía lo que iba a ocurrir y necesitaba que los hechos sucedieran exactamente así como sucedieron.

Después de una larga corrida, la mara llegó a su madriguera. Pegó un salto pero no alcanzó: la cola le quedó afuera. Era una cola larga y vistosa (en aquel entonces, todas las maras la tenían), que era muy útil para espantar insectos.  

El ñandú no dudó: apoyó toda la fuerza de sus patas en esa cola que quedaba expuesta, y lo hizo tan bruscamente que la cortó. En el mismo momento que la mara pegó un grito de dolor, Elal descendió de las alturas.

—Ya que la mara perdió su cola —dijo— lo justo es que tú, Ñandú, pierdas la discusión: el invierno solo se quedará por tres lunas llenas, y regresará cuando los bosques pierdan sus hojas.

Así fue como el invierno se volvió un viajero itinerante, que viene una vez al año y a los tres meses se va. Y así también responden los tehuelches a una pregunta difícil que suelen hacerse las almas más curiosas: ¿por qué las maras no tienen cola?

Casi iguales

Quila y Akiak son casi iguales. Grises, como casi todos los narvales, y con la piel elástica y moteada. Tienen el vientre blanco, dos pequeñas aletas pectorales y una cresta en el lomo, que sirve para romper hielo: con ella, cuando la superficie del mar se congela (algo que pasa seguido en el polo norte) fabrican ventanas con vista al cielo que disfrutan todos los habitantes del Mar Ártico.  

Aunque los dos son grandes como ballenas y tienen la apariencia de un delfín, solamente a Quila la confunden a veces:

—¿Sos una beluga? No, esperá, esperá, ya sé: ¡sos una marsopa!

En cambio, nadie confunde a Akiak. Todos saben que, obviamente, es un narval. Y eso es porque él es macho y tiene un colmillo largo y puntiagudo que resalta como un cuerno.

—¡Yo soy tan narval como vos! —se queja Quila—, solo que no tengo un colmillo expuesto, porque soy hembra. ¡Las hembras somos así!

A Akiak le divierte hacerla enojar (¡por algo son hermanos!) y no pierde oportunidad de demostrarle qué fantástico es andar por la vida con un colmillo como el suyo. Un colmillo con el que puede jugar a los espadachines (¡ziz, zas!), con el que puede cortar redes y picar caracolas abandonadas.

Por eso Quila está de mal humor. Va varios metros adelante, para no tener que escuchar a su hermano. Y esa también es la razón por la que ni siquiera ve pasar el gran bloque de hielo que se desprende desde la superficie y apresa el colmillo de su hermano. Cuando siente la explosión, Quila gira la cabeza. Ve las aguas revueltas, a los peces huyendo hacia distintas direcciones, las burbujas que se multiplican a su alrededor.

—¡Akiak! —grita, pero ya no cabe ni un sonido en el mar y si su hermano responde, ella no se entera.  

Cuando vuelve sobre su nado y se encuentra con la enorme montaña, no duda y baja en picada. En el fondo, casi en las profundidades, lo ve a Akiak. Con su piel gris, elástica y moteada. Con sus pequeñas aletas pectorales y la cresta en el lomo. Está parecido a ella, porque el colmillo no se muestra, enterrado como está en ese bloque de escombros. 

—¡Sacá el colmillo de ahí! —le sugiere a su hermano.

—¿No ves que no puedo moverme? —contesta él.

Quila intenta deshacer el hielo con la cresta, pero la capa es demasiado gruesa. Siente tanta bronca, que da un coletazo. Y el mar le responde.

Lo hace con una onda tenue, casi imperceptible, que cae como un látigo sobre aquel bloque inmenso. La montaña apenas cambia, pero Quila dobla la apuesta. Comienza a girar sobre sí misma, improvisa una pirueta y salta. El agua sigue sus movimientos, al principio tímidamente, pero en cada repetición va cobrando fuerza. La coreografía se repite una y otra vez: giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto.

Pronto se forma un torbellino alrededor, una corriente que sube en espiral y hace temblar esa enorme pirámide de hielo.  Giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto (¡y por fin!) el derrumbe. La segunda explosión que, está vez, le concede a Akiak la libertad.  

Y allá van los dos, uno junto al otro. Casi iguales; con su piel gris, elástica y moteada. Con sus pequeñas aletas pectorales y la cresta en el lomo.

—¡Menos mal que sos hembra! —le dice, agradecido, Akiak— ¡Yo no podría dar esos giros con este colmillo aparatoso!

Quila no le contesta. ¡Pero ahora está de buen humor!  

Un gallo con caperuza

Había una vez un gallo que se metió adentro de un cuento. Lo primero que hizo fue cruzarse con Caperucita, que iba hacia la casa de su abuela enferma. Imposible resistirse al olorcito a pan caliente: con un solo movimiento de pico, le arrebató la canasta y se comió hasta la última miguita.   

Caperucita, sin pensarlo, le saltó encima y empezaron a volar las plumas. El gallo consiguió escapar, pero en el revoltijo se quedó con la caperuza puesta. Y así caminó por el bosque, hasta que se cruzó con el lobo. Como la caperuza le tapaba el pico, el villano del cuento creyó que estaba frente a la mismísima protagonista.

—¿Adónde vas? —le preguntó.  El gallo le contestó que a casa de su abuelita, para no cambiar la historia. Así que todo continuó más o menos igual que en la versión conocida: el lobo fue por el camino más corto y el gallo con caperuza por el camino más largo.

Cuando llegó a la casa de la abuela, el lobo ya tenía puesto el camisón. Pero ahora sí las cosas se torcieron un poco, porque al lobo le pareció raro el aspecto de la niña.  

—¡Pero cuántas plumas! —le dijo.
—Para deslumbrarte, abuelita.
—¡Tenés una cresta! —se sorprendió.
—Para desconcertarte, abuelita.
—¡Y qué pico más grande, nena!
—¡Para picotearte mejor!

Y así fue como el gallo se convirtió en el héroe inesperado del cuento: hizo que el lobo huyera como un cobarde y liberó a la abuela, que estaba encerrada en la cocina.

El final fue casi como cualquier final feliz, aunque sin ninguna perdiz (porque ya se sabe que las perdices son medio parientes de los gallos).

Iguales y diferentes

Los dos extremos del mundo
tienen cosas en común:
son blanquísimos y fríos,
tanto el norte como el sur.

A los dos los llaman polos,
no tienen husos horarios
ni todas las estaciones
(solo inviernos y veranos).

Las noches duran seis meses
pero no son tan oscuras
pues las auroras encienden
el cielo con mil figuras.

Y hasta aquí las semejanzas
que nos pueden confundir,
porque son muy diferentes
los dos polos entre sí.

Debajo del polo norte
no hay tierra donde pisar,
es una capa de hielo
que se extiende sobre el mar.

Su fauna es rica y variada:
es zona de osos polares,
de zorros, renos y búhos
y otros tantos ejemplares.

En cambio en el polo sur
la cosa es bien diferente:
Sus suelos blancos avanzan
encima del continente.

Con variedades de focas,
y muchísimos pingüinos,
ballenas que se pasean
por el mundo submarino.

Muy lejos uno del otro,
se saben diferenciar:
es cada extremo del mundo
un lugar particular.

La lista

Hay días que son soleados
incluso cuando no hay sol
(se sienten tan calentitos
adentro del corazón).

Me pasa cuando salimos
con mi familia a pasear
y también si alguna amiga
me invita a merendar.
Cuando la escuela organiza
un finde de campamento,
o hay clase especial de Ciencias
y hacemos experimentos.

Los días de cumpleaños,
el cuento antes de dormir,
la piyamada entre primos
y las clases de violín.
Los chistes que me dan risa,
las tardes con mis abuelos
las fiestas, las vacaciones
el postre y los caramelos.

Son tantas las cosas lindas,
hay tanto por qué reír
Te animo a seguir la lista
¿qué cosas te hacen feliz?

Un momento después

El miedo es ese momento exacto
mínimo
chiquito
que sentís en la panza cuando la seño
dice tu nombre
y vos
tenés que pasar al pizarrón
y afrontar esos ojos
tantos ojos
de tantos compañeros
que te miran fijo.

El miedo es ese momento exacto
mínimo
chiquito
que sentís en la panza
justo antes de patear
el penal
ese penal que puede
dar vuelta el campeonato.  

Pero hay un momento más,
poco después,
cuando tragás saliva y respirás profundo
y avanzás, por fin, al pizarrón
y sin pensar,
pateás la pelota
y sentís en la panza como un calor
que va subiendo,
mayúsculo
descomunal.
Ese es el momento exacto
de la valentía.

Ludoteca

Quiero vale cuatro

Mi tía siempre me dice
que el tío es muy mentiroso
por eso jugando al truco
es el más habilidoso.

Primos

Cuando en casa de mi abuelo
hacemos una juntada
los chicos siempre jugamos
a la mancha congelada.

Campeón del Tuti-fruti

“Caballo” si toca Ce
Con Ye escribo “yacaré”
“delfín” si la letra es De
“Gorila” para la Ge
“Walabi” con Doble V
(qué significa, no sé
pero yo igual te gané).

¿Lobo está?

“Juguemos en el bosque…”
comienza mi mamá
y yo me voy vistiendo,
feliz de madrugar:
¡qué lindo levantarme
y ya poder jugar!

Vacaciones

De la sombrilla de al lado,
de la otra que está más lejos
se fueron armando equipos
para el partido de tejo.

Adivina adivinador… ¿qué juegos jugamos hoy?

I
Para empezar, lo primero será ponerse a contar
La gente desaparece, ¿quién sabe dónde estará?
Habrá que correr los muebles, mirar si alguno se asoma
después decir punto y coma,
                     (quien no adivinó se embroma)

II
Tiene piezas y no es casa
y aunque, dicen, rompe algo
si jugamos a este juego
no rompemos, ¡arreglamos!