Un gallo con caperuza

Había una vez un gallo que se metió adentro de un cuento. Lo primero que hizo fue cruzarse con Caperucita, que iba hacia la casa de su abuela enferma. Imposible resistirse al olorcito a pan caliente: con un solo movimiento de pico, le arrebató la canasta y se comió hasta la última miguita.   

Caperucita, sin pensarlo, le saltó encima y empezaron a volar las plumas. El gallo consiguió escapar, pero en el revoltijo se quedó con la caperuza puesta. Y así caminó por el bosque, hasta que se cruzó con el lobo. Como la caperuza le tapaba el pico, el villano del cuento creyó que estaba frente a la mismísima protagonista.

—¿Adónde vas? —le preguntó.  El gallo le contestó que a casa de su abuelita, para no cambiar la historia. Así que todo continuó más o menos igual que en la versión conocida: el lobo fue por el camino más corto y el gallo con caperuza por el camino más largo.

Cuando llegó a la casa de la abuela, el lobo ya tenía puesto el camisón. Pero ahora sí las cosas se torcieron un poco, porque al lobo le pareció raro el aspecto de la niña.  

—¡Pero cuántas plumas! —le dijo.
—Para deslumbrarte, abuelita.
—¡Tenés una cresta! —se sorprendió.
—Para desconcertarte, abuelita.
—¡Y qué pico más grande, nena!
—¡Para picotearte mejor!

Y así fue como el gallo se convirtió en el héroe inesperado del cuento: hizo que el lobo huyera como un cobarde y liberó a la abuela, que estaba encerrada en la cocina.

El final fue casi como cualquier final feliz, aunque sin ninguna perdiz (porque ya se sabe que las perdices son medio parientes de los gallos).

Iguales y diferentes

Los dos extremos del mundo
tienen cosas en común:
son blanquísimos y fríos,
tanto el norte como el sur.

A los dos los llaman polos,
no tienen husos horarios
ni todas las estaciones
(solo inviernos y veranos).

Las noches duran seis meses
pero no son tan oscuras
pues las auroras encienden
el cielo con mil figuras.

Y hasta aquí las semejanzas
que nos pueden confundir,
porque son muy diferentes
los dos polos entre sí.

Debajo del polo norte
no hay tierra donde pisar,
es una capa de hielo
que se extiende sobre el mar.

Su fauna es rica y variada:
es zona de osos polares,
de zorros, renos y búhos
y otros tantos ejemplares.

En cambio en el polo sur
la cosa es bien diferente:
Sus suelos blancos avanzan
encima del continente.

Con variedades de focas,
y muchísimos pingüinos,
ballenas que se pasean
por el mundo submarino.

Muy lejos uno del otro,
se saben diferenciar:
es cada extremo del mundo
un lugar particular.

La lista

Hay días que son soleados
incluso cuando no hay sol
(se sienten tan calentitos
adentro del corazón).

Me pasa cuando salimos
con mi familia a pasear
y también si alguna amiga
me invita a merendar.
Cuando la escuela organiza
un finde de campamento,
o hay clase especial de Ciencias
y hacemos experimentos.

Los días de cumpleaños,
el cuento antes de dormir,
la piyamada entre primos
y las clases de violín.
Los chistes que me dan risa,
las tardes con mis abuelos
las fiestas, las vacaciones
el postre y los caramelos.

Son tantas las cosas lindas,
hay tanto por qué reír
Te animo a seguir la lista
¿qué cosas te hacen feliz?

Un momento después

El miedo es ese momento exacto
mínimo
chiquito
que sentís en la panza cuando la seño
dice tu nombre
y vos
tenés que pasar al pizarrón
y afrontar esos ojos
tantos ojos
de tantos compañeros
que te miran fijo.

El miedo es ese momento exacto
mínimo
chiquito
que sentís en la panza
justo antes de patear
el penal
ese penal que puede
dar vuelta el campeonato.  

Pero hay un momento más,
poco después,
cuando tragás saliva y respirás profundo
y avanzás, por fin, al pizarrón
y sin pensar,
pateás la pelota
y sentís en la panza como un calor
que va subiendo,
mayúsculo
descomunal.
Ese es el momento exacto
de la valentía.

Ludoteca

Quiero vale cuatro

Mi tía siempre me dice
que el tío es muy mentiroso
por eso jugando al truco
es el más habilidoso.

Primos

Cuando en casa de mi abuelo
hacemos una juntada
los chicos siempre jugamos
a la mancha congelada.

Campeón del Tuti-fruti

“Caballo” si toca Ce
Con Ye escribo “yacaré”
“delfín” si la letra es De
“Gorila” para la Ge
“Walabi” con Doble V
(qué significa, no sé
pero yo igual te gané).

¿Lobo está?

“Juguemos en el bosque…”
comienza mi mamá
y yo me voy vistiendo,
feliz de madrugar:
¡qué lindo levantarme
y ya poder jugar!

Vacaciones

De la sombrilla de al lado,
de la otra que está más lejos
se fueron armando equipos
para el partido de tejo.

Adivina adivinador… ¿qué juegos jugamos hoy?

I
Para empezar, lo primero será ponerse a contar
La gente desaparece, ¿quién sabe dónde estará?
Habrá que correr los muebles, mirar si alguno se asoma
después decir punto y coma,
                     (quien no adivinó se embroma)

II
Tiene piezas y no es casa
y aunque, dicen, rompe algo
si jugamos a este juego
no rompemos, ¡arreglamos!

Ganador

Algunos dicen que existe
y algunos dicen que no,
pues huellas dejó a montones
Pero ver… ¡nadie lo vio!

Se tienen pocas certezas:
es grande, descomunal,
peludo como los monos
y blanco como un glaciar.

Anda flojo de papeles
respecto a su identidad:
lo llaman Yeti y Pie grande,
según la necesidad.

Abominable, le dicen
pero eso ya es prejuzgar
porque si nadie lo ha visto
¿qué se ponen a opinar?

Si vive en el Himalaya,
en Nebraska o Canadá
en Australia o en el Tíbet
¡nunca nadie lo sabrá!

Lo que puede confirmarse
sin nadie que contradiga,
es que es el gran ganador
cuando juega a la escondida.

La gran pelea (leyenda inuit)

Cuando llegó el primer inuit, el mundo era liso y blanco. No había montañas ni cuevas donde refugiarse del viento helado. No había ni un yuyito que creciera perdido en esa inmensidad.  Ni siquiera se veía el mar: el hielo, siempre prolijo y recto, se extendía hasta el infinito.

Dos gigantes dominaban aquella extensión blanquísima, y no querían intrusos. Aquel inuit lo era. Un intruso pequeño y apetecible, que podía servirles de desayuno y ¿por qué no? También como diversión.

—El que lo agarre primero, se lo queda —dijo el gigante Número Uno.   

—Me parece un buen trato —respondió Número Dos.  

Y empezó la cacería. Número Uno dio un manotazo, y el inuit saltó con la agilidad de un delfín beluga. Número Dos quiso pisarlo, y el inuit corrió con la velocidad de una liebre polar. Siguieron muchos intentos igual de fallidos, y aunque el inuit pudo mantenerse siempre a salvo, era innegable el cansancio que empezaba a sentir hasta en los huesos. “Es cuestión de tiempo”, pensó, “antes o después, me atraparán”.

Y pidió una tregua. Un momento de descanso para repensar. Para encontrar un punto de escape y salir ileso de aquel encuentro desafortunado.

—Ustedes dos son muy fuertes, pero yo soy rápido —intentó convencerlos—. Van a pasar los días y seguiremos aquí. Hay que encontrar otra manera.

—¿Qué otra manera?

—Enfréntense entre ustedes. El más fuerte, se quedará conmigo.

—Es obvio que el más fuerte soy yo —dijo Número Uno.

—¡Eso quisieras! —respondió Número Dos.

Siguió una gran pelea. Número Uno cerró el puño. Número Dos intentó anticipar sus movimientos ¡Y lo logró! Cuando Número Uno lo abordó por la izquierda, él se arrojó a la derecha y ¡pum! Los dos cuerpos —enormes, pesados, descomunales— cayeron en toda su extensión.

El suelo se resquebrajó. Dejó de ser ese lugar seguro, liso, sin imperfecciones para llenarse de montículos y pozos. Los gigantes avanzaron, torpes, sobre ese nuevo terreno que se les presentaba. No tardaron en enredar sus pasos y ¡Pum! está vez el suelo se elevó por encima de las nubes. Así nació la primera montaña.

—¡Mirá lo que estás haciendo, bruto! —acusó Número Dos, y arrojó a su contrincante contra aquella nueva formación rocosa. Fue entonces cuando, por primera vez en sus vidas, ¡Pum! los gigantes vieron una cueva.  

Así, con cada golpe, fueron esculpiendo un escenario diferente. ¡Pum! Y apareció una roca cristalina. ¡Pum, pum, pum! Un glaciar, un monte y un volcán. Con el último impacto, el hielo se quebró justo donde los dos gigantes pisaban. El inuit los vio caer:  el mar, apareció de pronto dibujando un torbellino, y se los tragó para siempre.

Todavía hoy, los inuits agradecen la inteligencia de aquel antepasado. Por él, se libraron de los gigantes. Y también por él, el mundo se volvió más hermoso.   

Varitas de todo tipo

Circula por Muy lejano
un vendedor de varitas.
Ofrece de todo tipo,
variadas y muy bonitas.

Los leñadores las piden
casi siempre de madera:
funcionan bien en el bosque,
son fuertes y duraderas.

Un hada muy conocida
se la llevó de cristal:
la usó para hacer zapatos
y fue un éxito mundial.

Un genio medió gruñón
pidió de vidrio espejado:
combina con su botella
y da buenos resultados.

De plomo se la llevó
un soldadito valiente
(Si la logra levantar
andará perfectamente).

De metal, de plastilina
de plástico o algodón
¡Varitas de todo tipo
y para cada ocasión!

1. Un nombre

Un adelanto de lo que se viene con una editorial que amo desde que redescubrí (ya de grande) la LIJ: el capítulo 1 de Minúsculas.

*
En la historia de la humanidad (y también de los animales) prevalecieron aquellos que aprendieron a colaborar e improvisar.
(Charles Darwin)

**
No es con quien naces sino con quien paces.

(Refrán)

Capítulo 1: un nombre

    Veintisiete se pone en la fila. Lo hace en el momento que corresponde, siguiendo el paso de Veintiséis. Undostrés, undostrés. Sus patas avanzan de a pares. Intenta no escuchar el zumbido molesto de Saldeaquí, pero no puede evitarlo.

    Saldeaquí se ha metido en su vida, irremediablemente. Saldeaquí y su zumbido molesto y su charla incesante y su vuelo a saltitos y su ala izquierda rota. Saldeaquí, que le puso un nombre. Un nombre para ella sola.

    –Te voy a llamar Veintisiete.

    –Ya te dije que me llamo Hormiga.

    –Hormigas se llaman todas. Y son como mil quinientas en la colonia. Es como si yo me llamara Mosca. ¡Ridículo!

    Y así le quedó el nombre. Veintisiete sabe que no tiene sentido, que Veintiséis puede desaparecer en el pico de un pájaro o, peor, en la zapatilla de un ser humano. Y entonces ella, sin Veintiséis adelante ¿seguirá siendo Veintisiete?

    De esta forma se lo explicó a Saldeaquí. Por algo las hormigas no tienen nombre. Por algo son todas, una. Por algo no deciden solas.

    Poralgo no está mal –concedió la mosca–. Pero como nombre prefiero Veintisiete. Es más musical, y más tuyo.

    Sus hermanas no entienden por qué le da charla. Si es fácil ignorarla, responder a sus zumbidos con pura indiferencia de hormiga. Es culpa de ella que la mosca se les haya pegado así, que se haya metido adentro del hormiguero como si fuera parte de la colonia. ¡Si se enterara la reina!

    –¿Si se enterara de qué? –pregunta Veintisiete telepáticamente. Porque es así como se comunican las hormigas, a través de un complejo sistema a distancia que se establece entre antena y antena.

    Pero nadie le contesta. Hay otras urgencias que atender. Como la fila. Undostrés, undostrés. Las patas avanzan de a pares sin perder el ritmo para que no se atrase la mudanza.

    –¿Adónde vamos? –pregunta Saldeaquí.

    Veintisiete podría haberse quedado callada. Podría haberle explicado, también, que es incorrecto decir “vamos”; que Saldeaquí no forma parte de ningún “nosotras”; que ya es tiempo de que se vaya por donde vino. Pero no. En cambio, va y se lo cuenta todo. Comparte con esa mosca molesta y desalada el secreto clasificado más reciente de la colonia:    

    –Nos mudamos a la cocina de los humanos.  

    Un recuerdo golpea con fuerza a Saldeaquí, que da un saltito en falso y trastabilla. Sin embargo, nadie le presta atención. Ninguna hormiga en la colonia, ni siquiera Veintisiete que es la más simpatiquísima de todas, sabe de los dedos que la torturaron. De aquel maldito día en que perdió el ala izquierda.