Un gallo con caperuza

Había una vez un gallo que se metió adentro de un cuento. Lo primero que hizo fue cruzarse con Caperucita, que iba hacia la casa de su abuela enferma. Imposible resistirse al olorcito a pan caliente: con un solo movimiento de pico, le arrebató la canasta y se comió hasta la última miguita.   

Caperucita, sin pensarlo, le saltó encima y empezaron a volar las plumas. El gallo consiguió escapar, pero en el revoltijo se quedó con la caperuza puesta. Y así caminó por el bosque, hasta que se cruzó con el lobo. Como la caperuza le tapaba el pico, el villano del cuento creyó que estaba frente a la mismísima protagonista.

—¿Adónde vas? —le preguntó.  El gallo le contestó que a casa de su abuelita, para no cambiar la historia. Así que todo continuó más o menos igual que en la versión conocida: el lobo fue por el camino más corto y el gallo con caperuza por el camino más largo.

Cuando llegó a la casa de la abuela, el lobo ya tenía puesto el camisón. Pero ahora sí las cosas se torcieron un poco, porque al lobo le pareció raro el aspecto de la niña.  

—¡Pero cuántas plumas! —le dijo.
—Para deslumbrarte, abuelita.
—¡Tenés una cresta! —se sorprendió.
—Para desconcertarte, abuelita.
—¡Y qué pico más grande, nena!
—¡Para picotearte mejor!

Y así fue como el gallo se convirtió en el héroe inesperado del cuento: hizo que el lobo huyera como un cobarde y liberó a la abuela, que estaba encerrada en la cocina.

El final fue casi como cualquier final feliz, aunque sin ninguna perdiz (porque ya se sabe que las perdices son medio parientes de los gallos).

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