El miedo es ese momento exacto mínimo chiquito que sentís en la panza cuando la seño dice tu nombre y vos tenés que pasar al pizarrón y afrontar esos ojos tantos ojos de tantos compañeros que te miran fijo.
El miedo es ese momento exacto mínimo chiquito que sentís en la panza justo antes de patear el penal ese penal que puede dar vuelta el campeonato.
Pero hay un momento más, poco después, cuando tragás saliva y respirás profundo y avanzás, por fin, al pizarrón y sin pensar, pateás la pelota y sentís en la panza como un calor que va subiendo, mayúsculo descomunal. Ese es el momento exacto de la valentía.
Mi tía siempre me dice que el tío es muy mentiroso por eso jugando al truco es el más habilidoso.
Primos
Cuando en casa de mi abuelo hacemos una juntada los chicos siempre jugamos a la mancha congelada.
Campeón del Tuti-fruti
“Caballo” si toca Ce Con Ye escribo “yacaré” “delfín” si la letra es De “Gorila” para la Ge “Walabi” con Doble V (qué significa, no sé pero yo igual te gané).
¿Lobo está?
“Juguemos en el bosque…” comienza mi mamá y yo me voy vistiendo, feliz de madrugar: ¡qué lindo levantarme y ya poder jugar!
Vacaciones
De la sombrilla de al lado, de la otra que está más lejos se fueron armando equipos para el partido de tejo.
Adivina adivinador… ¿qué juegos jugamos hoy?
I Para empezar, lo primero será ponerse a contar La gente desaparece, ¿quién sabe dónde estará? Habrá que correr los muebles, mirar si alguno se asoma después decir punto y coma, (quien no adivinó se embroma)
II Tiene piezas y no es casa y aunque, dicen, rompe algo si jugamos a este juego no rompemos, ¡arreglamos!
Cuando llegó el primer inuit, el mundo era liso y blanco. No había montañas ni cuevas donde refugiarse del viento helado. No había ni un yuyito que creciera perdido en esa inmensidad. Ni siquiera se veía el mar: el hielo, siempre prolijo y recto, se extendía hasta el infinito.
Dos gigantes dominaban aquella extensión blanquísima, y no querían intrusos. Aquel inuit lo era. Un intruso pequeño y apetecible, que podía servirles de desayuno y ¿por qué no? También como diversión.
—El que lo agarre primero, se lo queda —dijo el gigante Número Uno.
—Me parece un buen trato —respondió Número Dos.
Y empezó la cacería. Número Uno dio un manotazo, y el inuit saltó con la agilidad de un delfín beluga. Número Dos quiso pisarlo, y el inuit corrió con la velocidad de una liebre polar. Siguieron muchos intentos igual de fallidos, y aunque el inuit pudo mantenerse siempre a salvo, era innegable el cansancio que empezaba a sentir hasta en los huesos. “Es cuestión de tiempo”, pensó, “antes o después, me atraparán”.
Y pidió una tregua. Un momento de descanso para repensar. Para encontrar un punto de escape y salir ileso de aquel encuentro desafortunado.
—Ustedes dos son muy fuertes, pero yo soy rápido —intentó convencerlos—. Van a pasar los días y seguiremos aquí. Hay que encontrar otra manera.
—¿Qué otra manera?
—Enfréntense entre ustedes. El más fuerte, se quedará conmigo.
—Es obvio que el más fuerte soy yo —dijo Número Uno.
—¡Eso quisieras! —respondió Número Dos.
Siguió una gran pelea. Número Uno cerró el puño. Número Dos intentó anticipar sus movimientos ¡Y lo logró! Cuando Número Uno lo abordó por la izquierda, él se arrojó a la derecha y ¡pum! Los dos cuerpos —enormes, pesados, descomunales— cayeron en toda su extensión.
El suelo se resquebrajó. Dejó de ser ese lugar seguro, liso, sin imperfecciones para llenarse de montículos y pozos. Los gigantes avanzaron, torpes, sobre ese nuevo terreno que se les presentaba. No tardaron en enredar sus pasos y ¡Pum! está vez el suelo se elevó por encima de las nubes. Así nació la primera montaña.
—¡Mirá lo que estás haciendo, bruto! —acusó Número Dos, y arrojó a su contrincante contra aquella nueva formación rocosa. Fue entonces cuando, por primera vez en sus vidas, ¡Pum! los gigantes vieron una cueva.
Así, con cada golpe, fueron esculpiendo un escenario diferente. ¡Pum! Y apareció una roca cristalina. ¡Pum, pum, pum! Un glaciar, un monte y un volcán. Con el último impacto, el hielo se quebró justo donde los dos gigantes pisaban. El inuit los vio caer: el mar, apareció de pronto dibujando un torbellino, y se los tragó para siempre.
Todavía hoy, los inuits agradecen la inteligencia de aquel antepasado. Por él, se libraron de los gigantes. Y también por él, el mundo se volvió más hermoso.
Un adelanto de lo que se viene con una editorial que amo desde que redescubrí (ya de grande) la LIJ: el capítulo 1 de Minúsculas.
* En la historia de la humanidad (y también de los animales) prevalecieron aquellos que aprendieron a colaborar e improvisar. (Charles Darwin)
** No es con quien naces sino con quien paces.
(Refrán)
Capítulo 1: un nombre
Veintisiete se pone en la fila. Lo hace en el momento que corresponde, siguiendo el paso de Veintiséis. Undostrés, undostrés. Sus patas avanzan de a pares. Intenta no escuchar el zumbido molesto de Saldeaquí, pero no puede evitarlo.
Saldeaquí se ha metido en su vida, irremediablemente. Saldeaquí y su zumbido molesto y su charla incesante y su vuelo a saltitos y su ala izquierda rota. Saldeaquí, que le puso un nombre. Un nombre para ella sola.
–Te voy a llamar Veintisiete.
–Ya te dije que me llamo Hormiga.
–Hormigas se llaman todas. Y son como mil quinientas en la colonia. Es como si yo me llamara Mosca. ¡Ridículo!
Y así le quedó el nombre. Veintisiete sabe que no tiene sentido, que Veintiséis puede desaparecer en el pico de un pájaro o, peor, en la zapatilla de un ser humano. Y entonces ella, sin Veintiséis adelante ¿seguirá siendo Veintisiete?
De esta forma se lo explicó a Saldeaquí. Por algo las hormigas no tienen nombre. Por algo son todas, una. Por algo no deciden solas.
–Poralgo no está mal –concedió la mosca–. Pero como nombre prefiero Veintisiete. Es más musical, y más tuyo.
Sus hermanas no entienden por qué le da charla. Si es fácil ignorarla, responder a sus zumbidos con pura indiferencia de hormiga. Es culpa de ella que la mosca se les haya pegado así, que se haya metido adentro del hormiguero como si fuera parte de la colonia. ¡Si se enterara la reina!
–¿Si se enterara de qué? –pregunta Veintisiete telepáticamente. Porque es así como se comunican las hormigas, a través de un complejo sistema a distancia que se establece entre antena y antena.
Pero nadie le contesta. Hay otras urgencias que atender. Como la fila. Undostrés, undostrés. Las patas avanzan de a pares sin perder el ritmo para que no se atrase la mudanza.
–¿Adónde vamos? –pregunta Saldeaquí.
Veintisiete podría haberse quedado callada. Podría haberle explicado, también, que es incorrecto decir “vamos”; que Saldeaquí no forma parte de ningún “nosotras”; que ya es tiempo de que se vaya por donde vino. Pero no. En cambio, va y se lo cuenta todo. Comparte con esa mosca molesta y desalada el secreto clasificado más reciente de la colonia:
–Nos mudamos a la cocina de los humanos.
Un recuerdo golpea con fuerza a Saldeaquí, que da un saltito en falso y trastabilla. Sin embargo, nadie le presta atención. Ninguna hormiga en la colonia, ni siquiera Veintisiete que es la más simpatiquísima de todas, sabe de los dedos que la torturaron. De aquel maldito día en que perdió el ala izquierda.
Había una vez, en una laguna medio seca, un sapo solitario. Había conocido tiempos mejores, eso es cierto. Tiempos de abundancia, cuando su laguna estaba rebosante de agua y él podía bañarse de cuerpo entero.
Ahora los días no eran tan divertidos —¡Ah, cómo extrañaba los panzazos en el agua! — pero se había acostumbrado a la rutina: cazar algún mosquito, dormir, mojar las patitas en el barro, cazar otro mosquito, dormir, y así… Hasta que apareció Ella. Ella que no era ninguna princesa de cuento, pero andaba disfrazada como una. Que pisoteaba su querida laguna con sus horribles botas de lluvia. Y que lo perseguía con verdadera insistencia.
—¡Dale, sapito lindo! Dame un beso ¿qué te cuesta?
La verdad que al sapo le costaba un montón. ¿O hay algo más asqueroso que besar a una cría humana? Con esa boca tan chiquita, y tan repleta de dientes. ¡Puaj! Ni loco, ni por todos los mosquitos del mundo se dejaría besar.
—¡Dale, sapito lindo, déjame deshacer el hechizo! — insistía Ella sin parar.
Y él, que no entendía de cuentos ni de príncipes encantados, daba saltos cada vez más largos. Más y más largos.
Y así pasó un molino. Y Ella, detrás.
Después, cruzó una tranquera. Y Ella, también detrás.
Y atravesó un cuadro lleno de vacas, una tranquera más, un cuadro lleno de caballos. Y ella: detrás, detrás, detrás.
Y por fin llegaron a un tanque australiano. Estaba a tope de agua: cristalina, fresca, lista para usar.
Ella no tardó ni dos segundos en revolear las botas y —¡plaf! — tirarse de un panzazo al agua (todavía con el disfraz puesto).
El sapo tardó un poquito más, porque no es fácil calcular la altura del salto cuando estás subiendo una escalera. Digamos que subía tres escalones, pero después bajaba dos. Y así tuvo que volver a empezar varias veces.
Por suerte, el sol todavía estaba alto cuando finalmente asomó su cabeza viscosa. Y ella, ¡cómo lo celebró!
—¡Yo sabía, sapito lindo! Dale, metete al agua conmigo.
Y sí: tuvieron un final feliz. No de esos que terminan con un beso (¡puaj!), pero sí con un rato divertido y, sobre todo, súper mojado.
Y así como te lo cuento con el sol como testigo nadaron sapo y princesa como dos buenos amigos.
Esta historia ocurrió en las lejanas tierras de Britania, donde vivió el mago Merlín. Un mago poderosísimo, que a veces adoptaba la forma de un hombre pero que también sabía transformarse: había sido ciervo, había sido árbol, había sido torre, había sido lluvia. Podía ver el futuro, y por eso lo llamaban adivino. Y también hechicero, porque sabía de hierbas y pócimas mágicas.
Por eso, los reyes confiaban en él. Como Uther, que no dudó en pedirle ayuda cuando nació su hijo Arturo:
—Tengo demasiados enemigos —le dijo—, y temo que lo lastimen. ¡Llévatelo!
Merlín lo cuidó los primeros años, pero cuando el niño comenzó a hablar quiso que tuviera amigos de su edad. Lo vistió, le dio un atado con sus pertenencias, y le dijo que se presentara en casa de un noble y dijera palabra por palabra: “Soy Arturo, y me envía Merlín. Desde hoy viviré con ustedes”.
Nadie en el castillo se animó a contrariar los deseos del gran mago y el niño fue adoptado sin preguntas, como un hijo más. Y pasaron los años.
Muchos, muchos años.
Arturo era ya un adolescente, cuando el rey Uther murió. Y todos en el reino se desesperaron, porque nadie conocía la existencia de Arturo y entonces, si el rey no había dejado un heredero, ¿quién iba a gobernarlos?
Merlín no necesitó reunir a los ciudadanos. Su voz se escuchó en cada rincón de Britania. Sonó en las casas, en los palacios, en las posadas, en los mercados, en las calles, en los caminos más apartados:
—Sí hay un heredero —dijo—, pero ni él mismo lo sabe.
Y les contó de Excalibur.
Excalibur era una espada mágica. Tan única y poderosa, que solo podría tomarla el próximo rey de Britania. Merlín la clavó en una piedra, y esperó.
Desfilaron nobles, religiosos, soldados, campesinos, artesanos y hasta pordioseros. Todos quisieron probar suerte. ¿Qué podían perder? Con una mano, con otra, con alguna artimaña (usaron ganzúas, sogas, pinzas ¡nada servía!). Intentaron incluso entre varios, juntos a la vez. Pero Excalibur seguía allí.
Clavada en la piedra. Firme. Inmóvil.
Hasta que llegó Arturo. Durante muchos días, había observado el esfuerzo de los otros. No pensaba en la posibilidad de que él mismo pudiera levantar la espada. No creía que fuera más fuerte que el resto; ni más inteligente, ni más capaz. No sabía que justamente por esto —por no creerse más que ninguno— merecía ser el rey de Britania.
Sin saber por qué (aunque algunos dirían que fue movido por Merlín), se puso en la fila. El sol ya se ocultaba, cuando llegó su turno. Apenas acercó su mano, Excalibur se iluminó. Era una luz blanca, potentísima, que terminó de estallar cuando el muchacho, sin hacer ningún esfuerzo, levantó la espada.
Arturo fue un buen rey. Fijó su corte en Camelot, donde instaló una legendaria mesa redonda que compartió con sus caballeros más leales.