
Whatsappeando con el Hada Buena


Ser oficial de justicia
en el mundo de las hadas
es la peor profesión
¡No se compara con nada!
Me avisan que la princesa
sufrió un pinchazo letal
¿La sospechosa? Una anciana,
que (¡astuta!) la puso a hilar.
Y claro, si las princesas
no saben qué es una aguja.
La educan como una inútil
¡Y la culpa es de la bruja!
Decime vos ¿por qué corro,
busco pruebas, investigo…?
¡Si todos duermen la siesta
y yo no encuentro un testigo!
Al final, yo preocupado
y acá, todos muy tranquilos:
hasta el rey, cuando pregunto
¡me responde con ronquidos!
No hubo en la historia del teatro
nunca un misterio mayor
¿Cómo ha logrado Pinocho
ser el primer actor?
No importa si siente miedo,
alegría o confusión
¡el pobre tiene en el rostro
siempre la misma expresión!
“¡Flexiona un poco las piernas!”,
el coreógrafo le indica.
Y aunque Pinocho se esfuerza,
la cosa se le complica.
“¡Es de madera!”, se queja
el director impaciente
¡Más vale, si el hada azul
es demasiado exigente!
Pero lo más complicado,
según nos cuenta una actriz,
es que repite el libreto
¡y le crece la nariz!
¿Cómo iba a imaginarme, con lo enojado que estaba? ¿Vos sabés lo que es pasarte tres horas frente al muelle, esperando el momento justo? Porque tenés que estar atento al movimiento de las olas, a la dirección del viento, al peso de la plomada y a tu propia inclinación antes de lanzar el anzuelo al agua.
Y todo lo había conseguido yo, en uno de esos lanzamientos que –como mínimo— iba a dejarme pescar un pejerrey. Pero no, tenía que aparecer ella con su voz de pito y sus aires de nena caprichosa. Que los derechos de los peces y lo atroz de la pesca deportiva y que blablabla.
–¡Salí de ahí, querés! –le grité—O le aviso al guardacosta que pasate la baya. ¿No ves que no está permitido nadar en esta zona?
Ella me sacó la lengua. Y un segundo después, me quedé duro: lo último que vi fue su enorme coletazo de sirena que me salpicó con la furia de un tsunami.
¿Quién ha dicho que es chiquito
el famoso Pulgarcito?
Yo lo he visto y me resisto
a aceptar esa verdad…
Es más bien como un gigante:
en mi mundo, un elefante.
No les miento, solo intento
contarles la realidad…
Y su voz no es un murmullo
¡si suena como un serrucho!
no me achuchen, solo escuchen
ustedes y me dirán…
Su pie causa un terremoto
¡Madre mía, qué alboroto
cuando llega y pisotea
sin razón mi dulce hogar!
¡Qué me importa que me digan
“qué chiflada está esta hormiga”!
¡Mi abogado me ha contado
del derecho de opinar!
Pues, muy bien, ha terminado
esa chica de bailar;
al sacarse esos zapatos
rojos pudo descansar…
Todo el mundo la perdona
y ella aprende la lección.
Y nosotros, los zapatos…
¿Nadie tiene compasión?
Pues, muy bien, aquí seguimos
sin podernos detener
cuando nieva, cuando llueve,
cuando sale el sol también.
Por favor, ¿alguien le pide
al autor que nos creó
que detenga ya este baile
que hace siglos empezó?
¿Recuerdan aquella historia
de la joven fugitiva
que ocultaba su hermosura
tras una piel deslucida
de risible criatura?
(¿Era un asno o una mula?)
La joven había escapado
del palacio de su padre
(¿alguien sabe las razones?)
y aunque fuera buena, amable
y brillante en sus labores,
todo el mundo se burlaba
de su incierta fealdad,
ignorando que debajo
de la piel había en verdad
una joven soberana
de indiscutible beldad Sigue leyendo
El cuento lo llevó un fraile que tenía permiso para salir de la abadía y lo comentó en el mercado. Creo que al pescadero. Y el pescadero se lo dijo a su mujer. Y ya sabemos cómo son las mujeres, a la mañana lo sabía media aldea: el zapatero y su aprendiz, el sastre, la lavandera, el herrero, los soldados del rey, las amas de la Condesa de Acanomás (y la condesa, por supuesto), los vasallos del duque de Masallá (y la duquesa, que después se lo contó al duque porque ese día, me dijeron, andaba de cacería).
Y, claro, en algún momento, la historia cruzó el océano. No sé si habrá sido en boca de algún explorador. Tal vez, de un marinero o de un corsario. Porque eso de llevar y traer historias es algo que hace todo el mundo, sin distinción de clases ni de profesión. A todos nos encanta contar historias, desde los tiempos de Anselmo hasta nuestros días.
Y eso que pasaron una pila de años. ¿Qué digo, años? ¡Siglos! Porque Anselmo habrá vivido, no sé, ¿en el año 1000? Tal vez, incluso, mucho antes. De lo que sí puedo dar cuenta es del lugar: Anselmo vivía en una abadía, junto a un montón de monjes (entre ellos, aquel que fue con el cuento al pescadero). Pero lo principal de esta historia es que Anselmo era copista.
No, no lavaba copas. Tampoco coleccionaba copos de nieve. No se copiaba en la escuela, aunque por ese lado vamos mejor: Anselmo copiaba libros. Y en los tiempos de Anselmo copiar libros era toda una profesión.
Bueno: libros —lo que se dice libros—, no eran. En esos tiempos se llamaban códices, porque estaban escritos a mano y se armaban artesanalmente. Se cosían por pliegos y se encuadernaban con madera o cuero. Tener un libro en los tiempos de Anselmo era un lujo fenomenal. Y hacerlo, un privilegio de muy pocos.
Es que los copistas se divertían metiendo mano. Quiero decir, hacían sus comentarios y hasta cambiaban algunos detallitos. Así, si en el libro original decía: “¡Moros a la vista!”, el copista podía escribir: “La vista de los moros” y ahí nomás el libro dejaba de ser un relato de aventuras para convertirse en un manual de oftalmología.
Y así fue, me parece, cómo fueron multiplicándose los libros. Porque al principio todos hablaban de Historia o de religión y después fueron apareciendo un montón de otros temas. Y lo mismo, exactamente lo mismo, debe haber pasado con las letras, supongo.
Porque dicen que las letras no surgieron todas de pronto. Algunas tardaron en aparecer, como la eñe. En realidad no sé muy bien cómo fue la historia de cada letra: si las zanahorias aparecieron cuando empezó a usarse la letra z o si empezó a usarse la letra z cuando aparecieron las zanahorias.
La que sí conozco es la historia de la letra eñe, que es la que contó aquel fraile al pescadero y el pescadero a su mujer…Bueno, creo que ya les dije eso. La cuestión es que Anselmo, el copista, estaba como siempre en la biblioteca de la abadía. Fuera de los ruidos habituales —el trazo de la pluma, las gotitas de tinta cayendo sobre el escritorio, la lámpara de aceite que chispeaba — todo era silencio alrededor. Y él estaba muy cansado. ¡También! No cualquiera puede estar mil horas sentado, con la pluma en una mano y la lija en la otra (porque en ese entonces los errores no se borraban ¡se lijaban!); copiando con cuidado letra por letra, página por página. ¡Ay, cuántas ganas tenía de terminar! Si hubiera existido el reloj en ese entonces, segurísimo Anselmo lo habría mirado.
Lo que hizo, en cambio, fue mirar la luna. Justo, justito, cuando estaba escribiendo: África está repleta de monos. ¡Para qué! A ver, imagínense esto: una pluma de oca con la punta cargada de tinta, sostenida por una mano que acompaña el movimiento de unos ojos a los que justo, justito, se les ocurre mirar la luna.
Y sí, fue inevitable que la gota cayera sobre el pergamino. Más precisamente, sobre la letra ene, a la que le quedó un sombrerito de lo más simpático, así: ñ. Anselmo, claro, se quiso morir. Ahí nomás agarró la lija, para enmendar el error. Pero en medio del lij lij (muy suavecito, porque el pergamino tiende a romperse) se escuchó una voz que venía directo del sombrerito aquel:
—¡Moño!
¡El mundo se puso patas para arriba, obvio! En la abadía, porque debe dar impresión que las letras te hablen. Y en África, porque todos se vistieron de frac: cuentan que hasta las jirafas andaban con moñito.
Y yo no digo que una revolución igual no haya pasado, también, con el surgimiento de cada nueva letra. Pero con la eñe tuvo que ser especial. Mucho más especial. Primero, porque aquel día nacieron los ñoquis y los ñandúes y las mañas y cigüeñas y las piñatas y el otoño y la leña y las arañas y las castañuelas. Y segundo porque los hombres conocimos esta historia que —atravesando siglos y cruzando océanos— llegó para contarnos del origen de un idioma que (además de ser nuestro) está lleno de sueños y añoranzas y mañanas.
Érase una princesa
con extensa cabellera
que vivía en una torre
sin ascensor ni escalera.
La bruja que la cuidaba
usaba su larga trenza
para subir a la cima
y ver a la impar doncella.
—Rapónchigo —le decía—.
¡Suelta tu pelo, nena!
La joven, brava, aguantaba
el peso de la hechicera…
Pero, una vez, un buen mozo
príncipe que la viera
subiendo por el cabello
de la dama prisionera
quiso curiosear y entonces
(cuando la bruja se fuera)
subió veloz por la hebra
de pelo que lo asistiera.
Se vieron y enamoraron
y así tuvieron la idea
de escaparse a otro reinado
sin bruja que los agreda.
Pero el amor embobara
de pronto las dos cabezas,
y un tonto plan emprendió
la infortunada pareja.
Sostuvo el joven gallardo
por la trenza a la doncella
y no pensó que al bajarla
el pelo fuera con ella.
Cuando cayeron en cuenta
¡cuál fuera la pataleta!
El joven llora en el cielo.
La joven llora en la tierra.
Una queda protestando
(le molesta la melena).
Otro está refunfuñando
(ha perdido la escalera).