Yeh Shen (La Cenicienta china)

Hubo hace mucho  tiempo en el sur de China una jovencita llamada Yeh Shen. Sus pies eran tan pequeños que parecían flores de loto. Y sus pasos tan suaves, que nunca se escuchaban por la casa.

—¡Siempre te apareces de repente, como un demonio! —le gritaba su madrastra. Y, como castigo,  la mandaba a preparar vino de arroz,  a peinar a su hermanastra o a buscar agua al río. Esta última tarea era la que a Yeh Shen más disfrutaba. Porque en el río vivía su único amigo en el mundo, el pez dorado.

A él le contó del Baile de Primavera. Que, por supuesto, su madrastra y su hermanastra ya estaban ahí. Que ella, en cambio, había tenido que quedarse para juntar las cerezas del huerto, (¡y que eran tantas!). Que no quería nada más que ver cómo era el baile. Que había escuchado que la plaza estaría llena de crisantemos; que habría violines de dos cuerdas y flautas de bambú, y que a ella le gustaría tanto (¡pero tanto!) estar allí.

Hasta entonces, Yeh Shen no sospechaba que su amigo era un espíritu guardián del río. Así que no esperaba de ningún modo lo que sucedió. Ni la brisa que le alborotó los cabellos, ni las mil grullas volando sobre el rosado cielo, ni la luz repentina que por instante la obligó a cerrar los ojos. No esperaba nada de eso. Sigue leyendo

¡Libre soy!

Como la reina de Arendelle, me siento libre. Ya vencido el plazo que estipulaba el contrato, y otra vez con los derechos exclusivos en mi poder, me doy el gusto de compartir un libro que me dio muchas satisfacciones y que volvería a publicar solo por el nudo en la panza que sentí cuando me citaron a hacer la corrección de galeras. Ese día supe con total certeza cuál iba a ser mi camino: escribir no era un pasatiempo, era mi elección de vida. Después de Pequeña Aldea, me animé a mandar mis textos a otras editoriales. Y fue cuando empecé a publicar «de verdad».

La manzana de Blancanieves pasa en, este emotivo acto, a ser un libro «descatalogado». Y de algún modo no sé por qué (¿será el gusto de la libertad?) yo me siento feliz. Será porque decidí que, al menos así como está, no volvería a publicarlo. O porque no está mal cambiar los escenarios. Alguna vez tuvo su vidriera (¡Sí, en la Boutique del Libro de Unicenter!) y ahora me gustaría que circule libremente por la web. Sin autorizaciones y sin contratos, mientras no haya fines de lucro (aclaro). Y si los hubiera, mándenme un mensaje privado. Que todo en esta vida se soluciona hablando.

 

La bella durmiente (conectada)

Había una vez un cuento que no dejaba de contarse. Se escuchaba en las casas familiares, en los palacios, en la aldea, en el mercado, en la montaña y en el mar. Y hasta cruzó continentes y atravesó los siglos para que yo pudiera contártelo hoy. De un modo un poco diferente, claro, porque los cuentos tienen que modernizarse. De otra forma los personajes se pondrían en huelga. Y lo que es más importante: tendrían razón. ¿O es justo que vos tengas un gps en el teléfono y el pobre Hansel tenga que marcar su recorrido con miguitas de pan?

En fin: el personaje de esta historia ya lo conocés bastante. El cuento te lo contaron mil veces y hasta seguro viste la película. Pero mi versión, te prometo, es un poco más novedosa.  Es una versión 2.0, últimísima y moderna, casi tanto como vos. Y viene a reivindicar fundamente tres cosas. La primera, que Maléfica no es tan mala. La segunda, que el príncipe valiente no es tan valiente. Y la tercera, que la bella durmiente está menos dormida de lo que parece.

Pero vamos por partes. Para empezar, hay que aclarar que la pobre Maléfica no fue culpable de la maldición. Es así desde tiempos inmemoriales: la gente tiende a señalar a quien suele equivocarse más seguido, y rara vez se preocupa por averiguar la verdad. Si alguien lo hubiera hecho en este caso, el cuento conocido sería otro. Precisamente, el que te estoy contando acá:

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Está claro que la bella durmiente no le dio bolilla a la cadena. En otras palabras: ella misma se echó la maldición. Pero no fue responsable del tiempo que duró el castigo. De eso hay que culparlo al príncipe valiente, que (según parece) no tenía mucho sentido de la orientación. Sigue leyendo

¡Ábrete, Sésamo! (por favor)

Alí Baba se encontraba
justo parado en la entrada
del prodigioso escondite
cuando un estruendo escuchó.
¡Cómo olvidar el berrinche,
el escándalo, el bochinche
que Ali Baba provocara
cuando su pie se quedó
prisionero de la trampa
de esa puerta milenaria
que, aunque nadie lo ordenara,
de repente se cerró!
¡De la angustia se quedara
sin memoria ni palabras!
Le salió un “abracadabra”
¡Pobre hombre!, no sirvió.
¿Cómo diablos se llamaba
la semilla esa que estaba
en la fórmula famosa?
¿No me cuentan, por favor?
¿era lino, mijo, soja?,
¿un garbanzo u otra cosa?
¡Más finito que una hoja
el pobre pie le quedó!

El campeonato

Sí, señor, yo he presenciado
su bochornosa actuación,
me ubiqué en primera fila.
¡Qué terrible papelón!
Cierta ventaja tenía
la Sirenita en el mar
(o eso pensamos nosotros)
¿por qué si no iba a apostar?
Miré a los tres contrincantes:
un pequeñuelo esquimal,
un regordote elefante
y un vejestorio caimán…
Calculamos diez brazadas
¡no mucho más hasta allá!
No, con su cola brillante
toda escamada, además…
Era imposible, pensamos,
que otro pudiera ganar
el magistral campeonato
de natación estatal.
Pero ya ve, yo he perdido
medio penique ¡qué mal!
por apostar ciegamente
que la primera en llegar
al entablado del muelle
sería la niña del mar.
Le digo yo, no es sensato
en una joven confiar.
Por más sirena que sea,
por más que sepa nadar.
Adolescente y tontuela
¿era imperioso parar
para mirar al muchacho
que por allí fue a pasar?
Y, mire usted, vaya y pase
que le pudiera ganar
ese reptil vejestorio
o el pequeñuelo esquimal…
¡Pero no diga, mi amigo,
que el elefante quedara
en tercer puesto y la chica
¡en el último lugar!

Alegato del sapo

Es verdad que a Pulgarcita
aquel día la rapté,
fueran nobles mis razones
ya lo verá, señor juez.
Este sapo introvertido
es mi hijo, ya lo ve.
No es buen mozo pero tiene,
como el padre, un “no sé qué”.
Pulgarcita es tan pequeña
del derecho y el revés,
y tan linda su carita
y su cáscara de nuez
que la quise como nuera;
¿y qué mal le podía hacer
este sapo tan viscoso?
(como el padre, ya lo sé).

Pero ¿vio? quiso meterse
un cardumen en acción
y los peces se llevaron
mi pequeña adquisición.
Y seguro Pulgarcita
se lamenta del error
de escaparse de este sapo
tan viscoso ¡sí, señor!

El caso de la bella durmiente

Ser oficial de justicia
en el mundo de las hadas
es la peor profesión
¡No se compara con nada!

Me avisan que la princesa
sufrió un pinchazo letal
¿La sospechosa? Una anciana,
que (¡astuta!) la puso a hilar.

Y claro, si las princesas
no saben qué es una aguja.
La educan como una inútil
¡Y la culpa es de la bruja!

Decime vos ¿por qué corro,
busco pruebas, investigo…?
¡Si todos duermen la siesta
y yo no encuentro un testigo!

Al final, yo preocupado
y acá, todos muy tranquilos:
hasta el rey, cuando pregunto
¡me responde con ronquidos!

Cuestión de perspectiva

¿Quién ha dicho que es chiquito

el famoso Pulgarcito?

Yo lo he visto y me resisto

a aceptar esa verdad…

Es más bien como un gigante:

en mi mundo, un elefante.

No les miento, solo intento

contarles la realidad…

Y su voz no es un murmullo

¡si suena como un serrucho!

no me achuchen, solo escuchen

ustedes y me dirán…

Su pie causa un terremoto

¡Madre mía, qué alboroto

cuando llega y pisotea

sin razón mi dulce hogar!

¡Qué me importa que me digan

“qué chiflada está esta hormiga”!

¡Mi abogado me ha contado

del derecho de opinar!

El testigo

Yo lo vi a este mismo gato
no con botas, con zapatos.
Y sé bien lo que les digo,
¡Tengo pruebas, además!
pues venía con un joven
importante y bien vestido
(imposible que sea otro
que el Marqués de Carabás).
¡Tan panzón iba el menino!
¿Hace falta que recuerde
el atraco que se diera
con el ogro, tiempo atrás?
¿Todavía no me creen?
¿Si les digo que llevaba
una bolsa de arpillera
y un conejo que atrapara
por deporte, nada más?
¿Qué por qué dejó las botas?
¿Cómo quieren que lo sepa?
¡Vamos, gente impertinente!
¡Las tendría que lustrar!

¿Nadie piensa en los zapatos?

Pues, muy bien, ha terminado
esa chica de bailar;
al sacarse esos zapatos
rojos pudo descansar…
Todo el mundo la perdona
y ella aprende la lección.
Y nosotros, los zapatos…
¿Nadie tiene compasión?
Pues, muy bien, aquí seguimos
sin podernos detener
cuando nieva, cuando llueve,
cuando sale el sol también.

Por favor, ¿alguien le pide
al autor que nos creó
que detenga ya este baile
que hace siglos empezó?