La mamá de Olivia va a buscarla a danzas y se entera entonces que habrá festival.
─¿No tendrás vergüenza? ¡Habrá mucha gente!
─¡No, mamita! Quiero…¡Yo quiero bailar!
La mamá de Olivia va a buscarla a danzas y se entera entonces que habrá festival.
─¿No tendrás vergüenza? ¡Habrá mucha gente!
─¡No, mamita! Quiero…¡Yo quiero bailar!
«¿Y me va a tapar si me destapo?». Ni eso, ni prepararle la leche, ni llevarlo al cole, ni siquiera hacerle sana sana cuando se caiga de la bici otra vez, ahora que anda sin rueditas…¿Qué le puede importar a él que su madre lo mire desde el cielo entonces? El padre clava la vista en el televisor y sonríe con la esperanza de que el chico crea que los ojos le brillan por el reflejo de la pantalla. Ya ha tenido que hablar tres veces con la directora este último mes y excusarse con cuatro compañeritos distintos porque si no roba, pega y si no insulta, escupe. «¡Si ella estuviera aquí!», no puede evitar pensar y vuelve la cara hacia la ventana, para que Nahuel no vea la lágrima que le atraviesa el rostro diez años más viejo desde el entierro, seis meses atrás.
Y entonces la madre vuelve transparente, etérea como una brisa suave y se cuela a través del dintel de la ventana. Nahuel ve danzar frente a la biblioteca un millón de partículas transparentes que por el reflejo del atardecer parecen bichitos de luz. Un lomo amarillo le busca los ojos y el niño, como movido por una fuerza invisible pero irrechazable, acaricia la vetusta tapa donde un lobezno ceniciento corre al encuentro de (más tarde sabrá) el indio Castor Gris.
Y su tristeza, así, descansará de a ratos, perdiéndose en las páginas del libro.

La navidad de Juanito Laguna, 1961
Antes de que ocurriera aquel hecho inusitado, la vida de Alejandro solía ser terriblemente aburrida. No porque le faltaran juguetes, los tenía de a miles. Y tampoco porque le sobrara demasiado el tiempo: además de los cursos de siempre (inglés, natación, esgrima, volley, básquet, piano y computación), a su madre se le había ocurrido la genial idea de anotarlo en la misma escuela de arte adonde ella concurría tres veces por semana ¡Qué fastidio! Así era imposible para Alejandro estrenar los miles y miles de juguetes que se apilaban en los cinco canastos, semana a semana. Mucho menos podía pensar en invitar a un amigo, pues en la Saint Patrick School todos los niños estaban tan ocupados como él. Sigue leyendo
Yo conozco ese sueñito
es sin duda el más travieso
tú te esfuerzas por llamarlo
y el muy malo se te va
-¿Y si cierro los ojitos,
mami, alcanza para verlo?
-¡Mejor llama al angelito,
que lo traiga para acá!
Claudio clava clavos y Clotilde aclama: “Claudio, ¿clavas clavos o desclavas?”
Trinidad, traviesa, trepa en ese tren. Triqui, triqui, traca. Traca, treque, tru ¡Traigan tres tranvías, que trepe también!
Simón y Sophie vivieron antaño
en los agitados suelos de París;
ella era Señora de un noble hacendado
ahora empobrecido, mísero, infeliz
por haber perdido su heredad ostentando
más de lo que el fuero pudo permitir. Sigue leyendo
Una nueva mujer pronto comenzaba a asomarse. Y claro, se dice tan fácil. Como si una pudiera dar el portazo de una vez por todas, me gustaría verle la cara a éste si pido una docena de empanadas en la esquina. Solo eso. Una docena de empanadas y soy una mujer nueva, nuevita, nuevita. Otra persona. Que si las cocinan demasiado o tienen poca cebolla o le dan acidez y una no tiene ningún derecho a decir no tengo ganas, que no te cocino porque me harté de vos y de tus cosas y se me dio la gana llamar y llamé. Y sí, que fue con la plata que me diste para la tintorería y qué si me quise gastar el vuelto en una docenita, ¿a qué tanto escándalo? que ni un par de medias me compro para mí y me importan tres carajos tu acidez y la mar en coche, que para mí las empanadas compradas están más que bien porque no dan trabajo y un día de vacación es un día de vacación y yo me lo gano bien atendiendote de sol a sol como si fueses crío…
– ¿Qué hacés leyendo bobadas, vieja, y qué comemos?
– Ná… una novelita tonta que me hace pasar el rato ¡con un final más zonzo encima! Estaba pensando en hacer unas empanaditas ¿te parece bien, querido?
La abuela de Owen, Nain[1], siempre me había parecido rara. No solo porque hablara en chino (o, bueno, ese otro idioma que tampoco se entiende nada) sino también por ese parecido espeluznante que tenía a la bruja de Blancanieves, un parecido que todos en la escuela ─menos Owen, por supuesto─ encontrábamos. Sigue leyendo
A la abuela Cata, que me regaló esta historia
Todas las cosas buenas llegan primero a Buenos Aires. Como el daguerrotipo. Cuando la tía Lola mandó el primero por carta en la víspera de 1922, dos años antes de que el tren del rey viniera a Castellanos, papá largó una carcajada de esas que larga cuando se pone nervioso: Sigue leyendo
Neculqueo se acercó a la cama de Fray Bernardo y le besó la frente. El fraile, consumido por la fiebre, apenas entreabrió los ojos y tardó unos instantes en reconocer al muchacho más rebelde de la tribu.
─¡Viniste! Podré morirme en paz, hijo ─le dijo en un susurro, carraspeando.
El chico abrió las ventanas del convento de par en par, aunque le habían ordenado no tocar nada. Sigue leyendo