La prisionera del lago (leyenda mapuche)

Fotografía tomada por W. Baliero, disponible en http://www.fotonat.org

Incluso los monstruos más horrendos se enamoran. Monstruos que son capaces de succionar, con una horrible ventosa, la sangre de sus víctimas. De clavar sus garras mortuorias sobre las indefensas yugulares donde se esconde la vida. Y acallar los gritos de desesperación en un abrazo tiránico y forzado, sin detener por ello la agonía interminable y cruenta de aquel que sabe (¡lamentablemente, sabe!) que está muriendo de asfixia.

Y así era el Trelke,  se dice: criatura monstruosa que habitaba los lagos y se presentaba ─de súbito─ sobre la orilla para capturar de un zarpazo hasta el menor indicio de movimiento y vida. Y así arrastraba a los insectos. Y a las flores. Y a las semillas que llevaba el viento. Y a los animales y a los hombres. Y una vez en las profundidades… En las profundidades, nadie sabía ─hasta que Huala lo descubrió─ qué es lo que hacía con ellos.

Huala vivía con sus padres muy cerca de la orilla. Desde su ruca, sentados frente al fuego, solían observar las aguas calmas que, únicamente en ocasiones, una brisa invisible acariciaba. Habían escuchado hablar del Trelke, muchas veces. Y aunque nunca lo habían visto, le temían:

─¡No te acerques a la orilla, Huala!

─Quedate aquí, donde podamos verte.

Pero cada tanto, aunque también se sentía aterrada por el relato de sus mayores,  la niña se olvidaba de las advertencias y se acercaba a la playa. Le gustaba ver su reflejo sobre el espejo azulino de las aguas: los ojos como castañas; los cabellos trenzados; los labios entreabiertos en una mueca de asombro, siempre. Como si no acabara de entender la fuerza mágica que era capaz de apresar su imagen en el lago.

Huala no sospechaba entonces que  por debajo de aquel reflejo misterioso unos ojos invisibles la observaban. Unos ojos que la vieron cada vez, con cada día, volverse más hermosa.   Sigue leyendo

Buscador

Busco huellas de elefante

o pisaditas de hormiga

profundas, superficiales,

vistosas o transparentes

reales o de mentira.

 

Busco un fósil imposible

de un bicho jamás nacido

ni asiatico ni argentino:

mejor si es extraterrestre

de algún planeta perdido

 

Busco seis plumas doradas

de un gorrión inexistente

que aparezcan escondidas

en un rincón de mi patria

o por otro continente.

 

Busco y busco

¡Siempre busco!

Jamás dejo de buscar

Y si algún día encontrara

la cosa jamás pensada

la perdería enseguida

para volver a empezar…

¡Que llueva, que llueva!

─¡Uy, llueve! ─suspiró mi abuela.
─Algún día iba a pasar ─observó mi mamá.
─¿No habría sido mejor que le advirtiéramos? ─preguntó doña Conce cuando la vio pasar por la ventana, con su vestido Lila y las botitas nuevas.
─Es cuestión de minutos. Si la ve Gutierrez, ¡zas!
Y eso que Gutierrez generalmente es inofensivo. Es más: es imposible que te caiga mal. Cuando empieza a mover la cola como diciéndote “¿qué tal?” segurísimo te dan ganas de acariciarlo. Y si te pone esa mirada así, tan de perro de la calle, más. En realidad Gutierrez es adorable: dulce, bueno, juguetón. El mejor perro del barrio, sin ninguna duda.
El único problema con Gutierrez son los paraguas. Lo vuelven loco. Pero loco, reloco. Loco al punto de que no es posible reconocerlo. De que se transforma en una especie de increíble Hulk, aunque no cambia de color ni deja de ser perro, claro. Lo que sí deja es de ser un perro adorable (o sea dulce, bueno y juguetón) para transformarse en una fiera desconocida y sumamente peligrosa.
Bueno, la verdad, estoy exagerando. Porque Gutierrez es incapaz de lastimar a nadie. Pero pasearte así, delante de su propio hocico, con un objeto que lo pone tan réquete-loco es, como mínimo, imprudente. Y más si vas con un vestido lila y botitas nuevas. Como la pobre Violeta, que como hace poco se mudó al barrio, no conoce a Gutierrez y ni sospecha lo que le espera.
Por eso la seguimos, para protegerla. Llegamos justo cuando Gutierrez la alcanzó en la esquina. Empezó a aullar, y ella lo miró. Nosotras entre tanto nos escondimos atrás de un árbol, porque ¿qué le íbamos a explicar? Además, si Gutierrez llegaba a vernos…
Pero no calculamos que justo en ese momento Violeta se iba a dar vuelta:
─¿Qué te pasa, perrito, por qué llorás? ─Y menos que la muy imprudente se iba a agachar para acariciarlo.
Y entonces pasó todo. Rápido, muy rápido. Nosotras saltamos del escondite. Gutierrez dio un mordiscón y salió corriendo. Violeta, a la que no se le ocurrió soltar el paraguas que el perro llevaba entre los dientes iba ─plaf, plaf, plaf─ saltando en cada charco. Y peor: mi abuela sujetando a Violeta; Mamá, a mi abuela; Doña Conce, a mamá. Y yo atrás de todo, flameando como una bandera.
Ya sé: a primera vista puede parecer que nada resultó bien. Después de todo, a Violeta se le estropeó el vestido y Gutierrez se salió con la suya. ¡Pero nos divertimos! Tanto, que ya estamos preparando los paraguas para la próxima lluvia.

¡Con razón!

¡Pim! con la varita
y el libraco viene
con la bruja Kika
«Quiero una manzana»
¡pom!, señala el plato
¡se evapora el gato!
«¡Quiero a mi minino!»
¡Pum! y el gato vuelve
convertido en pino
«¡Libro ineficiente!»
¡Pam! y, equivocada,
viene la manzana.
«¿Qué es lo que me aqueja?»
y el espejo, sabio,
pronto la aconseja:

¡Pem!, y ella obediente
para ver el libro…
¡se pone los lentes!