Buscador

Busco huellas de elefante

o pisaditas de hormiga

profundas, superficiales,

vistosas o transparentes

reales o de mentira.

 

Busco un fósil imposible

de un bicho jamás nacido

ni asiatico ni argentino:

mejor si es extraterrestre

de algún planeta perdido

 

Busco seis plumas doradas

de un gorrión inexistente

que aparezcan escondidas

en un rincón de mi patria

o por otro continente.

 

Busco y busco

¡Siempre busco!

Jamás dejo de buscar

Y si algún día encontrara

la cosa jamás pensada

la perdería enseguida

para volver a empezar…

¡Que llueva, que llueva!

─¡Uy, llueve! ─suspiró mi abuela.
─Algún día iba a pasar ─observó mi mamá.
─¿No habría sido mejor que le advirtiéramos? ─preguntó doña Conce cuando la vio pasar por la ventana, con su vestido Lila y las botitas nuevas.
─Es cuestión de minutos. Si la ve Gutierrez, ¡zas!
Y eso que Gutierrez generalmente es inofensivo. Es más: es imposible que te caiga mal. Cuando empieza a mover la cola como diciéndote “¿qué tal?” segurísimo te dan ganas de acariciarlo. Y si te pone esa mirada así, tan de perro de la calle, más. En realidad Gutierrez es adorable: dulce, bueno, juguetón. El mejor perro del barrio, sin ninguna duda.
El único problema con Gutierrez son los paraguas. Lo vuelven loco. Pero loco, reloco. Loco al punto de que no es posible reconocerlo. De que se transforma en una especie de increíble Hulk, aunque no cambia de color ni deja de ser perro, claro. Lo que sí deja es de ser un perro adorable (o sea dulce, bueno y juguetón) para transformarse en una fiera desconocida y sumamente peligrosa.
Bueno, la verdad, estoy exagerando. Porque Gutierrez es incapaz de lastimar a nadie. Pero pasearte así, delante de su propio hocico, con un objeto que lo pone tan réquete-loco es, como mínimo, imprudente. Y más si vas con un vestido lila y botitas nuevas. Como la pobre Violeta, que como hace poco se mudó al barrio, no conoce a Gutierrez y ni sospecha lo que le espera.
Por eso la seguimos, para protegerla. Llegamos justo cuando Gutierrez la alcanzó en la esquina. Empezó a aullar, y ella lo miró. Nosotras entre tanto nos escondimos atrás de un árbol, porque ¿qué le íbamos a explicar? Además, si Gutierrez llegaba a vernos…
Pero no calculamos que justo en ese momento Violeta se iba a dar vuelta:
─¿Qué te pasa, perrito, por qué llorás? ─Y menos que la muy imprudente se iba a agachar para acariciarlo.
Y entonces pasó todo. Rápido, muy rápido. Nosotras saltamos del escondite. Gutierrez dio un mordiscón y salió corriendo. Violeta, a la que no se le ocurrió soltar el paraguas que el perro llevaba entre los dientes iba ─plaf, plaf, plaf─ saltando en cada charco. Y peor: mi abuela sujetando a Violeta; Mamá, a mi abuela; Doña Conce, a mamá. Y yo atrás de todo, flameando como una bandera.
Ya sé: a primera vista puede parecer que nada resultó bien. Después de todo, a Violeta se le estropeó el vestido y Gutierrez se salió con la suya. ¡Pero nos divertimos! Tanto, que ya estamos preparando los paraguas para la próxima lluvia.

¡Con razón!

¡Pim! con la varita
y el libraco viene
con la bruja Kika
«Quiero una manzana»
¡pom!, señala el plato
¡se evapora el gato!
«¡Quiero a mi minino!»
¡Pum! y el gato vuelve
convertido en pino
«¡Libro ineficiente!»
¡Pam! y, equivocada,
viene la manzana.
«¿Qué es lo que me aqueja?»
y el espejo, sabio,
pronto la aconseja:

¡Pem!, y ella obediente
para ver el libro…
¡se pone los lentes!

Un calor de muerte

Un rey moribundo me dejó un reinado

lleno de bufandas, guantes y acolchados

Yo no soy doctor ¿pero no es posible,

deductivo, dable y hasta presumible

que el hombre se muera de puro abrigado?

Limerick 2

La ilustración es de David Pugliese

“Es mejor no acercarse a la luna”

dijo el gran astronauta Labruna,

que no sabe por qué está alunada.

“Le ofrecí, con candor, mi ensalada

y en el ojo me dio la aceituna”

Limerick

Un papel (bailarín) satinado

presentó una función en Bragado

¡Oh, tan  triste fue su actuación

que no pudo con el papelón

y  ahora va, de marrón, disfrazado!

Puras mentiras

Otra publicación que me llena de felicidad. Sobre todo porque es el primer proyecto que concreto con mi amiga de la infancia Luciana Carossia. Dejo aquí el inicio de uno de los cuentos, «¡Palabra de honor!»

Al final, terminé sintiendo culpa. Por un lado se lo merecía: alguien tenía que ponerla en su lugar, después de todo. Pero no sé, tal vez se me fue la mano. ¡Se puso tan blanca! La verdad es que pensé que iba a caerse desmayada allí mismo. Y que tendría que arrastrarla hasta la casa. ¿Y cómo le explicaba a la tía Estela? Llegar así, caminando porque el Vazquito se asustó más que ella (eso no me lo esperaba: ¿dónde se ha visto un caballo que se asuste así?), con mi prima que estaba ─les juro─ más blanca que la Albina. Y eso es mucho decir. Porque la Albina es más blanca que su propia leche. En serio, papá no estaba muy convencido de comprarla al principio: porque ¿a quién se le ocurre comprar una holando-argentina así, sin ninguna mancha? A primera vista parece que está enferma, que te va a dar una leche de morondanga. Pero por suerte a mi papá se le ocurrió comprarla. Y fue genial, porque la Albina es la mejor de todas. Por lejos. Da una leche espumosa, pesadita, de esas que se pagan bien.

Y así estaba mi prima Delfi ese día. Blanca, reblanca como la Albina. Tal vez, incluso, un poquito más. En serio, parece que exagero, pero es verdad. Si hasta yo me asusté al verla así. Tanto que casi, casi le cuento todo.  ¡Qué se yo qué pensé en ese momento! ¿Y si el susto la mataba?  Y no es que Delfi me caiga bien, para nada. La verdad es que me parece bastante odiosa casi todo el tiempo. Bueno, por lo menos antes de que pasara todo esto, porque ahora, la verdad, está más tranquila que una vaca preñada.

Pero la cuestión es que mi prima ese día, por suerte, en cuanto vio la luz salió corriendo. Quiero decir, por lo menos no se murió ni se cayó desmayada. Iba gritando como loca, eso sí, revoleando las manos y la cabeza como una yegua salvaje. Pero mejor eso que tener que llevarla a la rastra, dando yo las explicaciones. Así, por lo menos todas las preguntas fueron para ella:

─¿Qué pasó?

─¿Dónde?

─¿Cuándo?

─¿Qué estaban haciendo?

─¿Entonces?

─¿Quién te dijo eso?

Ah, sí, para cuando llegaron a esa pregunta todas las miradas se clavaron en mí. No pude zafar. Así que puse mi mejor cara de arrepentimiento. No debe ser una cara muy buena, la verdad: jamás me evitó un castigo. Pero he notado que con mi cara de arrepentimiento los sermones son menos largos. Me mandan enseguida a mi habitación, a pensar. Y pensar no es tan malo: se me ocurren las mejores ideas cuando me mandan a pensar a mi cuarto. Sigue leyendo