Notifíquese (¡Yo-ho-ho!)

Podcast piratería

Por medio de la presente, intimo a ustedes por mi propio derecho a que en el plazo de 48 horas se retracten públicamente por utilizar de modo indebido las palabras “pirata”, “piratear” y “piratería” conforme explicaré más abajo.

En mi carácter de auténtico bucanero, navegante usual del Mar Caribe y ocasional de otros océanos no menos importantes como el Índico o el Atlántico, me siento profundamente agraviado por sus dichos que ponen una sombra de duda sobre el honor de mi estirpe.

De este modo, y atento a los artículos 109 y 110 del Código Penal que me ampara, me reservo el derecho de iniciar acciones legales contra ustedes y procedo a explicar por qué razones el uso indebido de las palabras “pirata”, “piratear” y “piratearía” atenta contra mi buen nombre y el de mis ancestros.

PRIMERA,  un verdadero pirata es duro, fiero y amedrentador; y aunque puede tener cicatrices y costurones en el rostro, difícilmente sufra de acné como el 90% de los jóvenes (¡inexpertos filibusteros!) que persiguen ustedes: un verdadero pirata, señores, no asiste a la escuela ni estudia computación. Ni siquiera escucha música bajada de internet (¡Por las barbas de Neptuno, si supiéramos qué es eso!).

A un verdadero pirata, por otra parte, no le interesan los libros (busca cosas más útiles como catalejos, trabucos o pólvora), lo que además tiene sentido porque no sabe leer (razón por la cual los mapas del tesoro solo se marcan con cruces, y esta carta ha sido escrita por un asesor letrado).  No conoce las redes sociales, ni siquiera las de pesca (capturamos a lo macho, con arpones). No “descarga” nada gratis; solo arcabuces y cañones de seis. Y eso si el botín vale la pena: una zagala hermosa, un enorme galeón o alguna fruta (usualmente andamos hambreados). Sigue leyendo

Detrás de su nuca

ilustrado por Silvana Benaghi, Billiken 4855

ilustrado por Silvana Benaghi, Billiken 4855

 

Parque Alegría S.A.

Calle de la Ánimas 653,

Ciudad del Santo Espíritu, Brasil.

28 de noviembre de 2009

De mi mayor consideración:

Me dirijo a usted a fin de solicitarle que tenga a bien revisar mis antecedentes laborales para evaluar la posibilidad de contratarme  en su Parque de Entretenimiento.

Como podrá observar en el Currículum Vitae que adjunto a la presente, tengo vasta experiencia asustando a los demás y cuento con las herramientas necesarias para llevar adelante esta difícil tarea. Por ello, considero oportuno postularme para el Juego “La casa del terror” cuya construcción se ha dispuesto ─curiosamente─ sobre mi morada.

Le ruego también que tenga presente que en este sitio he vivido (bueno, usted me entiende, esto de “he vivido” es un decir) los últimos diez años sin importunar a ningún vecino (a excepción, por supuesto, de algún intruso que se metiera en mi casa).  No obstante mi buen comportamiento, usted no tuvo ningún reparo en tirar abajo mi hogar y contrató, para colmo, a un obrero sordo como una tapia para conducir el vehículo que llevó adelante la tarea: el hombre ni se inmutó con mis pavorosos quejidos y la demolió igual. Sigue leyendo

Después del fuego (leyenda toba)

Cuando el hombre vio a Dapichí, supo que el destino de su tribu cambiaría. Si Dapichí baja a la Tierra, tiene algo grande que anunciar: siempre es así. Desde el comienzo de los tiempos es así. Desde antes de que el sol se convirtiera en una anciana que recorre el cielo. Desde antes, mucho antes, de que la luna se montara en su burrito perezoso siguiendo los mandatos de K´atá.

Dapichí se acercó a la tienda y, sin hablarle, le reveló al hombre la verdad:

─Eres un pioganak. Hoy sabrás qué ocurrirá mañana. Tendrás el don de la sanación, si así lo quieren las estrellas. Y la gente de bien te seguirá sin preguntar. Adonde sea.

No habían sido palabras: Dapichí se comunica en el silencio. Pero el hombre comprendió el idioma de los dioses, y se entregó a su destino. Sigue leyendo

Que las hay, las hay…

Un poco para María Alicia Esain. Y mucho para la Alibruji de Navarro.

 

Su foto de perfil en el feisbuk

Su foto de perfil en el feisbuk

Me han contado de una bruja

que circula por Navarro

que anda un poco desconfiada

suspirando por su barrio.

 

Primero empezó dudando

de cualquier cosa con alas;

fueran ángeles, murciélagos

o pequeñísimas hadas. Sigue leyendo

El buque fantasma (leyenda mapuche)

René Magritte, "El seductor", 1953.

René Magritte, «El seductor», 1953.

 

            No: no siempre temimos al Caleuche. Que siempre ha sido un buque prodigioso, no se discute pero ¿temerle? Temerle, no. El Caleuche era, al principio, amigo de nuestro pueblo. Como Cuca Blanca, que nos ayuda a encontrar el sendero correcto cuando estamos perdidos. O el Chime, eterno protector de nuestros bosques y lagos. ¡Caleuche no era distinto a ellos!

Cuando se avistaba, siempre por las noches, era porque los huincas se estaban acercando a nuestras rucas. Y hay que verlos a esos, más pálidos todavía, cuando se cruzan con algún espectro. Gracias al Caleuche se mantenían lejos. Un espectro de los buenos, como Cuca Blanca y el Chime. El Caleuche era igual que ellos.

Siempre fue gigantesco. Verlo así, en medio del mar ─con sus enormes velas desplegadas, la música a todo sonar y las risotadas de sus tripulantes─ nunca fue poca cosa. Pero al principio solo se metía con los huincas: a ellos sí los buscaba. ¡Ay,  si se quedaban varados en el mar! El Caleuche, hambriento de tripulantes, se lanzaba sobre ellos con la precisión del cóndor que acecha en las montañas.

Porque al Caleuche solo suben los muertos. O los brujos, que saben volver de la muerte, al menos una vez. Y hacían bien los huincas en temerle, porque el Caleuche navega indistintamente por encima y por debajo del mar. Si lo tienes enfrente, ya es tarde. Una vez alguno se tiró por la borda. Cuentan que sus gritos de dolor se escuchaban a través de las olas; que los peces huían horrorizados por tanta crueldad. Fue tal la tempestad que desató el Calueche aquella vez en el océano que la espuma alcanzó las cumbres. Nadie más intentó escaparse, jamás.  Sigue leyendo

El volcán de hielo (leyenda mapuche)

volcan_lanin El huemul sentía el crujir de otros pasos, cerca: cada vez más cerca. Las voces de los hombres, susurrando.  El zumbido amenazante de las flechas saliendo del carcaj. Solo, solo aquel zumbido entre miles de ruidos familiares, inofensivos todos:  la cascada fluyendo, el tactac del carpintero en un pehuen, allá más lejos;  un martín pescador deslizándose en picada a través del tobogán invisible que es el viento,  y la bandurria –como un tenor—elevándose sobre la música silenciosa del bosque. Y entonces sobrevino la primera embestida: fiuuuu.  Y el huemul dio un salto, victorioso. Fiuuuu, fiuuuu, fiuuuu. Y el temor fue combustible para el animal, que esquivó con precisión cada flechazo. Y corrió. Corrió presuroso hacia la cima. La cima protegida por Pillán, guardián de la montaña. ─¡Se escapa! –gritó uno. ─¡Jamás! – Y otra vez con la flecha en el carcaj, el más valiente de los cazadores, Quechuán, les indicó a los otros  continuar camino arriba. Los demás dudaron: no querían contradecir al  korá más temerario de la aldea, pero avanzar significaba enfrentarse a Pillán. A Pillan que  es un dios. Que es el bien y el mal. Que protege la montaña y no perdona las impertinencias, jamás. ─¡Vamos! ─gritó Quechuán, insolente, desde lo alto─ ¿qué esperan? Y aunque el viento soplaba con más violencia arriba, aunque huyeron las bandurrias y los carpinteros y el martín pescador se refugió en su nido, avanzaron los jóvenes hacia la cima prohibida. Arriba, el huemul no escapó. Las cuatro flechas lo cercaron  como puntos cardinales: fiuuup, muslo derecho. Fiuuup, justo en medio del cráneo. Fiuuup, fiuuup: la estocada sangrante y el suspiro final. Vieron los jóvenes cómo el cielo se ennegreció de pronto. Sintieron la Madre Tierra, encendiéndose a su paso. Al viento, rugir como un salvaje jabalí. Y una lluvia de cenizas, copiosa y enfurecida, comenzó a cubrir toda la aldea. Y el volcán despertó. Una explosión, y el negro firmamento se volvió violáceo. Otra, y los jóvenes corrieron ─por fin─ ladera abajo. ─¿Qué es lo que he hecho? ─lloró Quechuán, arrepentido. Y la sangre del huemul, que cargaba en sus hombros, dibujaba una lágrima en su pecho. Así lo vio llegar su amada Huilefún, a la aldea. Ella corrió a su encuentro, pero él la apartó: Sigue leyendo

La prisionera del lago (leyenda mapuche)

Fotografía tomada por W. Baliero, disponible en http://www.fotonat.org

Incluso los monstruos más horrendos se enamoran. Monstruos que son capaces de succionar, con una horrible ventosa, la sangre de sus víctimas. De clavar sus garras mortuorias sobre las indefensas yugulares donde se esconde la vida. Y acallar los gritos de desesperación en un abrazo tiránico y forzado, sin detener por ello la agonía interminable y cruenta de aquel que sabe (¡lamentablemente, sabe!) que está muriendo de asfixia.

Y así era el Trelke,  se dice: criatura monstruosa que habitaba los lagos y se presentaba ─de súbito─ sobre la orilla para capturar de un zarpazo hasta el menor indicio de movimiento y vida. Y así arrastraba a los insectos. Y a las flores. Y a las semillas que llevaba el viento. Y a los animales y a los hombres. Y una vez en las profundidades… En las profundidades, nadie sabía ─hasta que Huala lo descubrió─ qué es lo que hacía con ellos.

Huala vivía con sus padres muy cerca de la orilla. Desde su ruca, sentados frente al fuego, solían observar las aguas calmas que, únicamente en ocasiones, una brisa invisible acariciaba. Habían escuchado hablar del Trelke, muchas veces. Y aunque nunca lo habían visto, le temían:

─¡No te acerques a la orilla, Huala!

─Quedate aquí, donde podamos verte.

Pero cada tanto, aunque también se sentía aterrada por el relato de sus mayores,  la niña se olvidaba de las advertencias y se acercaba a la playa. Le gustaba ver su reflejo sobre el espejo azulino de las aguas: los ojos como castañas; los cabellos trenzados; los labios entreabiertos en una mueca de asombro, siempre. Como si no acabara de entender la fuerza mágica que era capaz de apresar su imagen en el lago.

Huala no sospechaba entonces que  por debajo de aquel reflejo misterioso unos ojos invisibles la observaban. Unos ojos que la vieron cada vez, con cada día, volverse más hermosa.   Sigue leyendo