Lucas en el mundo del espejo

 

Iba caminando Lucas aquel día

por las asombrosas calles del espejo.

Por allá adelante pudo ver a Alicia

que con Humpty Dumpty muy alegre hablaba.

 

Casi la llamaba Lucas pero en eso

vio justo a un soldado que se le acercaba:

─Voy para la guerra ─dijo en un bostezo─

Chivirín ─decía ─. Ajajá─cantaba…

 

─¿Cómo es que te llamas? ─preguntó al soldado.

─Soy Mambrú, mi amigo ─Chivirín, cantaba

─¿Te vas a la guerra? ─dijo preocupado

─Ajajá ─decía,  mientras se marchaba.

 

Mambrú caminaba muy rápidamente

─Vuelvo para pascuas ─crédulo opinaba.

Lucas tarareaba dentro de su mente

la canción y entonces todo se aclaraba… Sigue leyendo

Punto de vista

¿Quién ha dicho que es chiquito
el famoso Pulgarcito?
Yo lo he visto y me resisto
a aceptar esa verdad…

Es más bien como un gigante:
en mi mundo, un elefante.
No les miento, solo intento
contarles la realidad…

¿Que su voz no es un murmullo?
¡A mí me suena a un serrucho!
No me achuchen, solo escuchen
ustedes y me dirán…

Su pie causa un terremoto
¡Madre mía, qué alboroto
cuando llega y pisotea
sin razón mi dulce hogar!

Qué me importa que me digan
“¡Qué chiflada está esta hormiga!”
¡Mi abogado me ha contado
del derecho de opinar!

Bicho de campo

nocheestrellada

 

La seño sabe un montón, yo no digo que no. Con las fracciones, por ejemplo, es una capa. Y es un diccionario ambulante, además: palabra que le preguntás, te da la definición.

De lo que no sabe mucho es del campo. Pero bueno, no todos tienen la suerte que tengo yo. O sea, a la tía Esther para mostrarte cómo son en realidad las cosas. Porque la tía Esther vive en el campo. Y es toda una aventura visitarla. Sobre todo cuando llueve: hay que ver cómo te embarrás.

A veces mi tía viene a Buenos Aires. Un poco porque le gusta ir al teatro y salir a comer afuera y recorrer museos y hacer todas esas cosas que no puede hacer en el campo; y otro poco porque mi mamá es un bicho de ciudad. Como le gusta estar arreglada y anda siempre con tacos, en el campo la pasa mal: todo el tiempo se está enterrando.

Mi tía, nada que ver con mi mamá: hasta la luz eléctrica le importa poco. Dice que con los faroles de kerosén se arregla lo más bien. Y aunque tiene un panel solar –mi papá se lo instaló de prepo para que pueda cargar el celu– rara vez tiene señal.

Eso es lo más difícil que tiene el campo. Porque a mí me gustaría hablar de vez en cuando con la tía Esther, contarle por ejemplo lo que dijo hoy la maestra. Eso de que en el campo hay tranquilidad (se ve que nunca ensilló a Compadrito) y silencio (¿pensará que los animales son mudos?); y lo más equivocado de todo: que el tiempo corre despacio. Porque nada que ver, los días se pasan recontra rápido allá. Hay millones de cosas para hacer: subirte al molino, andar a caballo, mirar a Don Piú mientras ordeña las vacas o esquila las ovejas, pescar mojarritas en la laguna, meterte en el tanque australiano, perseguir codornices y treparte a la higuera. Y lo más lindo de todo: a la noche, mirar las estrellas. Porque en el campo parece que hay más estrellas que en la ciudad.

—Es por los edificios —dice la tía Esther—: hay tantos en Buenos Aires  que ya ni siquiera  se puede ver el cielo.

A mi mamá no le gusta que pasemos la noche afuera, dice que es peligroso porque ¿qué hacemos si nos pica un alacrán? Mi tía no le da bolilla y, entre los dos sacamos los colchones. Y nos quedamos así, mirando panza arriba, ese millón de luces que hay en el cielo.

Cómo me gustaría que la seño fuera, que viera de verdad lo que es ese lugar.  Y se dé cuenta entonces de que no es aburrido como ella piensa. Porque, al contrario: a mí no hay nada en el mundo que me guste más. Es que soy bicho de campo, me parece.

 

 

¡Súper Rydhans!

Rydhans

Y mirá que a Rydhans la quiero, claro que la quiero. Después de todo, es la perra de mis abuelos y ya estaba en este mundo cuando yo nací. Además es linda: tan larga y petisa, con sus patas cortas. Y negra pero negra, así, brillante. Como si la acabaran de lustrar.

—¿De que país provienen los perros salchicha? —leyó mi prima, que estaba jugando al Preguntados en el celular.

Yo la miré a Rydhans, por supuesto. Y contesté, muy seguro:

—Argentina.

Por la música me di cuenta de que la respuesta estaba mal. Pero no tomé consciencia de la gravedad del caso hasta que mi prima me mostró la pantalla.  A ver: no me desilusioné por haber perdido, sino porque tuve que enfrentar la dolorosa verdad.

Que Rydhans es una perra especial, lo sabe todo el mundo. Primero, tiene 19 años. Segundo, se salvó del envenenador serial que mató a todos los perros de su cuadra. Además la operaron como once veces (por un tumor de mamas y no sé qué cosa en la espina dorsal) y siempre, pero siempre, sobrevivió. En fin: o es un gato disfrazado (por sus siete vidas, digo), o hay algo más. Y claro: supe  que había algo más en el Mundial 2010,  cuando jugamos contra Grecia.

Agüero tiró al arco, Milito pateó al centro, remató el Kun y Rydhans estornudó una, dos y tres veces. Tzorbas la sacó siempre. Así que cuando apareció Messi (¡Vamos, pulga, ya era hora!) no me sorprendió que se perdiera el gol: una milésima de segundo antes, Rydhans también había estornudado. Sigue leyendo

Gato con zapatos

Yo lo vi a este mismo gato
no con botas, con zapatos.
Y sé bien lo que te digo,
¡Tengo pruebas, además!

Se paseaba con un joven
importante y bien vestido
(imposible que sea otro
que el Marqués de Carabás).

¡Tan panzón iba el minino!
Acababa de almorzar:
no sé si pescado frito
o un ogro a la provenzal.

Andaba con una bolsa,
colgada al hombro, verás:
dos orejas de conejo
se asomaban por detrás.

¿Qué por qué dejó las botas?
¿Cómo quieren que lo sepa?
¡Vamos, gente impertinente!
¡Las tendría que lustrar!

¿Nadie piensa en los zapatos?

Pues, muy bien, ha terminado
esa chica de bailar;
al sacarse esos zapatos
rojos pudo descansar…
Todo el mundo la perdona
y ella aprende la lección.
Y nosotros, los zapatos…
¿Nadie tiene compasión?
Pues, muy bien, aquí seguimos
sin podernos detener
cuando nieva, cuando llueve,
cuando sale el sol también.

Por favor, ¿alguien le pide
al autor que nos creó
que detenga ya este baile
que hace siglos empezó?

Rapunzel

Érase una vez una muchacha con los cabellos largos como un río. Vivió encerrada en una torre durante tantos años que el mundo para ella no era más que una ventana. Por allí entraba la luz y el aire fresco. También los ruidos que venían del bosque. Y el aleteo de los pájaros que volaban alto y la penumbra de la noche y el retumbar de los truenos.

Fuera de aquella torre, no tenía recuerdos. Una mujer la había encerrado allí el mismo día en que nació. Su nombre, Gothel. Su profesión, la bruja mala de los cuentos. Tenía un pasatiempo, también: plantar rapónchigos. Porque no era cuestión de cultivar cualquier verdura ordinaria, las brujas tienen que ser originales y los rapónchigos, ciertamente, lo son. Con sus flores azules y acampanadas es difícil adivinar sus raíces, tan pulposas y blancas.

La madre de Rapunzel, estando embarazada de ella, soñó con esos rapónchigos. Y pensaba, al desayunar: “qué ricos quedarían dorados en la sartén”. Y mientras almorzaba: “los comería cortados en juliana”. Y a la hora del té, “¡qué exquisito debe ser su jugo!”. Y en la cena: “¡Ah, si pudiera mojarlos en salsa de mostaza!”. Y así se pasó varios días añorando los rapónchigos con los que había soñado. Todo el tiempo hablando de lo mismo: rapónchigos acaramelados, al vino o al escabeche.

Y sí: un día, el padre de Rapunzel tuvo que salir a buscarlos. Y no fue nada fácil dar con ellos, pero llegó finalmente a la huerta de Gothel. ¡Ah, que maravilla azul! ¡Qué pétalos grandes y luminosos! Sin pensarlo dos veces, saltó el pequeño muro que los resguardaba. Y cuando tuvo los bolsillos llenos, justo un instante antes de partir, una enorme sombra se interpuso en su camino. Sigue leyendo

Los duendes del zapatero

Cansados de hacer zapatos

los duendes del zapatero

pensaron en veranear:

Pensaron en las montañas

nevadas pero faltaban

las botas para esquiar…

Pensaron en las ciudades

¿mas cómo sin zapatillas

modernas para gastar?

Pensaron en irse al campo:

faltaban las alpargatas

de yute, para variar…

Pensaron saltar las olas:

Ojotas no confeccionan:

¡la arena los va a quemar!…

─¿Me dejan observar algo?

¿Se me permite opinar?

─les dije a este par de duendes

que no dejan de pensar─

¡O preparan las valijas

o a ponerse a remendar!

¡O no son tan quisquillosos

o no van a veranear!

El gato con botas

Hubo en estas tierras un molinero muy pobre que llegó a ser rey. No era muy apuesto, la verdad. Tampoco demasiado valiente. Ni siquiera extremadamente astuto. Pero tenía un gato muy emprendedor que supo cómo hacer para engrosar su fortuna. Y entonces sí, rodeado de riquezas, pudo comprar ropa elegante que lo hizo parecer buen mozo. Y, como todos lo respetaban y hasta lo miraban con admiración, fue adquiriendo el coraje de los grandes caballeros.  Y hasta empezó a pensar lúcidamente en cuanto ya no tuvo que preocuparse por los avatares de la vida diaria. Y con estas cualidades, claro, le resultó fácil conquistar a la princesa y (¡más importante!) a su futuro suegro, el rey.

Pero empecemos por el principio que, en realidad, fue un final. Porque todo comenzó cuando el padre del joven se moría. Los bienes eran tan pocos que no hubo necesidad, siquiera, de un magistrado. Tres posesiones, tres hijos. De mayor a menor: un molino, un burro y un gato. Al joven de esta historia, le tocó el gato.

—¡Qué calamidad! —se lamentó al principio. Al dolor de perder a su padre, se le sumó el problema de no tener con qué vivir. Sus hermanos, al menos, podrían trabajar juntos y seguir siendo molineros. ¡Pero él! ¿Qué podía aportar él a la empresa, si no tenía más que un gato?

El gato, claro, lo escuchó lamentarse. Incluso, hasta dejó que se desahogara. Pero después de acicalarse un rato, dormir una siesta y lamerse las patas delanteras, decidió ponerle fin a tanta tragedia y empezar a actuar:

—No soy tan poca cosa. Es más: de las tres heredades de tu padre, te aseguro que soy la más productiva. Te lo demostraré: solo consígueme una bolsa de arpillera y un par de botas, que yo haré lo demás. Sigue leyendo