
Corte publicitario


Hubo, hace mucho tiempo, un emperador tan vanidoso que se pasaba las tardes frente al espejo. Miraba los zapatos lustrados, los pantalones rectos y recién planchados, la camisa almidonada, la chaqueta prendida, la capa larguísima que arrastraba para darle a su andar un toque majestuoso.
Cada semana organizaba una fiesta distinta con tal de poder lucirse frente a los demás. Y, por supuestísimo, jamás repetía vestuario. Como sus sastres no daban abasto, siempre estaba dispuesto a contratar a alguien más. Y así fue como dos estafadores aprovecharon su oportunidad.
—Nuestras telas son prodigiosas — mintieron—: no puede verlas todo el mundo. Solo los que merecen tener la vida que llevan. Usted, por ejemplo, no tendrá ningún problema en verlas, porque merece estar en el trono y ser quien gobierna este gran imperio ¿verdad?
El soberado los contrató de inmediato porque ni por un minuto se le cruzó por la mente la posibilidad de que aquellas telas fueran invisibles para él. ¡Qué emocionante iba a ser vestirse con ellas! Les dio un adelanto cuantioso y los ubicó en la torre más alta del palacio, donde los bribones montaron su taller. Enseguida simularon estar ocupadísimos y exigieron oro, plata y piedras preciosas para poder fabricar aquella tela extraordinaria. Pero, por supuesto, no fabricaron nada.
Pasados unos días, el emperador le ordenó a su Ministro:
—Ve a mirar cómo está quedando el traje.
El pobre hombre casi se muere del susto cuando vio el telar: ¡estaba vacío! ¿Pero cómo iba a decir la verdad? Si llegaba a reconocer que no veía ninguna tela, iban a expulsarlo del palacio. Y por eso mintió:
— Jamás he visto un traje más hermoso.
Y exactamente lo mismo hicieron los demás. Porque ni el secretario, ni el mozo de cuadra, ni el mayordomo, ni el primer lacayo pudieron ver ningún traje. Y, sin embargo, todos aseguraron sin dudar que aquel atuendo era lo más extraordinario que habían visto en sus vidas.
¿Cómo iba a hacer otra cosa el propio emperador, al día siguiente, cuando él mismo fue incapaz de ver el traje con el que estaban vistiéndolo? ¿Acaso era posible que, después de todo, no mereciera el trono?
—¿Qué les parece? —preguntó, incómodo, a sus consejeros. Y todos a la vez (aunque no vieran otra cosa que su ropa interior) exclamaron: ¡Magnífico! ¡Increíble! ¡Colosal!
Y así salió el monarca del palacio, demasiado preocupado por la opinión ajena como para confiar en sus propios ojos. Salió con su corona puesta y sus botitas forradas en seda. Pero sin ningún traje.
—¿Qué hace el emperador en camiseta? — murmuró un aldeano al verlo.
—¡Pero si está en calzoncillos! —agregó otro, a media voz.
—¡Su Majestad no lleva ningún traje! —un niño, por fin, gritó. Y entonces sí, todos en el pueblo comenzaron a reírse ¡a carcajadas!
Cuando el emperador (¡furioso!) ordenó su captura, los falsos sastres ya habían cruzado las fronteras del reino.

Un perro lleno de rulos
y un burro muy aburrido
hallaron un restorán
de ruta en su recorrido.
—Yo quiero ensalada rusa,
y un barril con mandarinas.
—Yo rúcula con arroz
y manzana correntina.
El mozo los miró raro,
les dijo: —¡Es un disparate!
Aquí solo repartimos
turrón, romero y tomate.
INGREDIENTES:
Tu hermanita
1 medibacha de tu mamá
1 pantufla de tu papá (o una pata de rana)
10 chupetines bolita
1 bolsa de caramelos masticables
Fibras (variedad de colores en cantidad necesaria)
Un piolín (solo si usás la pata de rana)
PROCEDIMIENTO:
─Mamaaaaaaaaaá, mirá lo que me hizo Juliaaaaaaaaaaaaaaaaaaán.
Y Colorín colorado…
estos cuentos enrimados
ya se van a descansar.
Y colorín colorete…
¿Quién será el nuevo jinete
que se ponga a cabalgar?
Pues los cuentos infinitos,
como saben, nunca duermen.
Sólo esperan que alguien quiera
volverlos a despertar…
¿Quién de todos los oyentes
será el príncipe valiente
que se atreva al desafío
de volverlos a inventar?
Peter Pan y Campanita vuelan:
van con alas invisibles
desafiando al viento, ¡libres!
y unas nubes, boquiabiertas
deliberan si son globos, aves
ovnis o avionetas…
Yo voy volando con ellos
Aquí bien alto ¿me observan?
¿no ven allí, que a lo lejos
un fiero barco navega?
Aquel de allá, ese que lleva
una espantosa bandera
que en el mar, como en espejo
dibuja una calavera.
Lleva ese barco a montones
bombas, piratas, cañones.
Y entonces Garfio dispone
y el viejo Smee nos increpa:
─¡Venid aquí a la cubierta
que entre indios y sirenas
libraremos la batalla más cruenta!
No hagamos caso ¡volemos!
que ya está cerca la tierra
donde gobiernan los sueños
porque no hay más pobladores
que varios niños pequeños.
Ninguna duda me altera.
No habrá temor que me pierda:
creo en las hadas, los duendes
los niños que nunca crecen,
los magos, las hechiceras.
Quiero volar ya muy alto
adonde vayan mis sueños
Sin preocuparme del tiempo
del porvenir, del sustento
de la gente que me diga
“¡Peter Pan es puro cuento!”
Nada me importa, ¡yo creo!
Vale la pena el intento.
Voy a pelear contra el viento
enfrente de los cañones
de los piratas gruñones
de aquel que diga “está loca
sólo son puras visiones”.
Porque este libro es ejemplo
de que es posible volar.
¿O alguno podrá negarme
que hay algo de magia en esto?
Yo lo soñé, así, enrimado
lleno de cuentos alados
Y mientras vos vas leyendo
seguro yo estoy pensando
¿Qué niño estará leyendo
los versos que yo he soñado?
Y aunque ignoro muchas cosas
de este mundo complicado
Campanita me ha confiado
una innegable verdad:
Para alcanzar nuestros sueños
¡hay que animarse a soñar!
Sube que te sube
troncos sujetando
nubes traspasando.
¡Pobre Periquín!
Trepa que te trepa
cielo atravesando
va como volando.
¡Pobre Periquín!
Anda que te anda
ramas escalando
ángeles pasando
¡Pobre Periquín!
Todo para el cuento
célebre y famoso
que aunque sigue hermoso.
¡No es de Periquín!
A las habichuelas
sí las respetaron,
y al gigante malo
¡bello porvenir!
Al que escala, en cambio,
nombre le cambiaron
Jack lo bautizaron.
¡Pobre Periquín!
Alí Baba se encontraba
justo parado en la entrada
del prodigioso escondite
cuando un estruendo escuchó.
¡Cómo olvidar el berrinche,
el escándalo, el bochinche
que Ali Baba provocara
cuando su pie se quedó
prisionero de la trampa
de esa puerta milenaria
que, aunque nadie lo ordenara,
de repente se cerró!
¡De la angustia se quedara
sin memoria ni palabras!
Le salió un “abracadabra”
¡Pobre hombre!, no sirvió.
¿Cómo diablos se llamaba
la semilla esa que estaba
en la fórmula famosa?
¿No me cuentan, por favor?
¿era lino, mijo, soja?,
¿un garbanzo u otra cosa?
¡Más finito que una hoja
el pobre pie le quedó!

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Nunca nadie ha detenido
en la madre la atención,
¿no recuerdan cómo ha sido
que aquel genio despertó?
Fue la madre de Aladino,
que aquel día la lustró,
pues pensó que más limpita
le hallaría comprador…
Hete aquí que al repasarla
aquel fiero efrit salió,
se expandió, malhumorado
y la pobre no lo vio…
—Soy tu esclavo ¿qué deseas?
—el gigante preguntó.
Mas la anciana no contesta,
¡está sorda!, digo yo.
y ella sigue refregando
¡y qué lustre que le dio!
No es del susto que cayera
como muerta.
¡No, no, no!
Es que estaba muy cansada
ya de tanto franelear.
Solo quiso hacer la siesta
¡qué se iba a desmayar!