Los hilos del destino (versión de un cuento sufí)

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En un lejano país de Occidente que ya no figura en ningún mapa, hace muchos años –tantos, que no es posible contarlos—vivió Fátima, la hilandera. Aprendió el oficio de su padre, que había forjado su fortuna con sus manos prodigiosas: siempre separando, retorciendo y tensando los filamentos del cáñamo hasta volverlos madeja.

Sucedió que una vez los dos emprendieron una larga travesía por el Mediterráneo.

–Cuánto quisiera, hija mía, que en este viaje conozcas a algún joven rico con quien puedas casarte –dijo el padre sin saber que su deseo, en el fondo, era distinto: ¡solo quería ver a Fátima feliz!

El universo supo interpretarlo. Y labró, silencioso, su destino.  ¡Ay, si conociéramos de antemano nuestro porvenir! ¡Si pudiéramos ver los hilos invisibles que nos llevan a andar ciertos caminos!

Porque aquella noche, el barco en que viajaban de camino a Creta naufragó. Y Fátima perdió a su padre. Ella llegó, exhausta y asustada, a una costa de Alejandría donde la acogió una familia de tejedores.

Eran pobres. No tenían en el mundo otra cosa que su oficio para darle. Y Fátima –intuyendo tal vez los hilos invisibles que se iban extendiendo hacia su porvenir– dejó atrás su pasado de carreteles y madejas, de comida caliente y una cama mullida, para hacerse tejedora. Y aprendió todo sobre los nudos y las tinturas, sobre los peines y las púas que se utilizaban en aquel entonces para dar forma a los paños. Y lejos de sentirse desdichada por todo lo que había perdido, Fátima se permitió ser feliz. Sigue leyendo

Fue la bruja Lavandina

–¡Es el colmo de los males!–,

le decía a su mamá

la pobre Caperucita

que no deja de llorar.

¿Y ahora cuando alguien quiera

llamarla cómo lo hará?

¡Si ni ella sabe su nombre!,

¿cómo sabrán los demás?

–Yo soy para todo el mundo

Caperucita, nomás,

y saben que voy de rojo

pues rojo es todo el disfraz.

La pobre madre no sabe

de qué modo consolar

a la niña acongojada

por un error garrafal:

la célebre caperuza

que nunca deja de usar

nadó con la lavandina,

la que ha sabido matar

el rojo intenso del traje

que en rosa se quedará…

–Ay, mamita, qué tristeza–

la niña llorando está,

pues ha perdido en un tiempo

su traje y su identidad.

¡Yo quiero ser de madera!

Me ha contado Pepe Grillo

que Pinocho se lamenta

desde el día que ha dejado

de ser niño de madera.

Jugó el viernes un partido

de fútbol en la azotea:

era justo al mediodía

y él estaba sin remera.

¿Se imaginan qué desastre?

¡Ni siquiera una visera!

Se quedó  todo ampollado

como raba en la aceitera.

Encima la muy taimada

de una abeja traicionera

lo picó justo debajo

de una oreja y se creyera

todo el mundo que Pinocho

¡pobre! andaba con paperas… Sigue leyendo