
En este cuento el protagonista sos vos. Tenés una hermana, y están perdidos en medio del bosque. Es una época diferente, no hay calles pavimentadas ni teléfonos celulares ni satélites que te ubiquen en un mapa. Los pajaritos acaban de comerse el camino de migas que vos, astutamente, trazaste para volver a casa.
—¿Y ahora qué hacemos? —te pregunta tu hermana.
Y a vos no se te ocurre otra cosa mejor que caminar. Por fin llegan a una casa. A primera vista, es igual a cualquier otra. Con una puerta, una ventana, un techo a dos aguas.
Pero las apariencias engañan: enseguida te das cuenta de que no es una casa normal. Está hecha de pan y cubierta de biscocho, con ventanas y techos de azúcar. Vos preferís el chocolate y los caramelos masticables. Pero esas eran las golosinas de entonces, y las golosinas se aceptan siempre.
Mientras chupás una ventana, aparece una viejecita que se muestra muy amable y los invita a entrar. Ustedes dicen que sí. ¡Mal hecho! En esta y en cualquier época, conviene desconfiar de los desconocidos. ¿Pero qué sentido tiene lamentarse ahora, cuando ya cayeron en la trampa?
Apenas se cierra la puerta, la viejecita deja de ser amable. Tiene una risa estruendosa y aliento de renacuajo, manos huesudas y uñas encorvadas.
Ya conocés el cuento, así que sospechás que vos y tu hermanita han sido raptados por una auténtica bruja. Lo corroborás cuando te mete adentro de una jaula y pone a tu hermana a cocinar.
—¡Tenés que engordar! —te dice con voz de bruja.
Pero la comida huele mal. Tal vez en esa época fueran platos apetitosos, pero a vos no te gustan nada: guiso de conejo, tubérculos, sopa de ortiga.
La bruja, por fin, te pregunta:
—¿Qué querés comer?
Y vos (que sos un argentino de pura cepa) le contestás:
—Un alfajor de dulce de leche.
Pero la receta no está en su libro de hechizos. Así que le pregunta a tu hermana. Como no son tiempos de internet, ella improvisa:
—Del alfajor, no tengo idea. Pero el dulce de leche no parece complicado. Si es de leche, lleva leche. Si es dulce, debe tener azúcar.
La bruja pone los ingredientes en el caldero que tiene sobre el fuego, y hace lo que hace con todos sus mejunjes: revolver. Pero pasa un rato largo sin que la mezcla cambie para nada.
—Tiene que ser marrón, y más espeso —dictaminás, con sabiduría. Así que la bruja sigue revolviendo.
Y sigue revolviendo.
Revuelve tanto que se queda dormida.
En este punto no está muy claro lo que pasa. Tal vez tu hermana aprovecha que está dormida y roba la llave de la jaula. O intenta leer en voz alta alguno de los hechizos del libro: capaz alguno sirve para abrir jaulas.
Como sea, consiguen escapar. Llegan a un gran río, imposible de cruzar, y aprovechan la ayuda de un gran pato blanco…
O no: vos podés tener un final más cinematográfico: ¿qué tal si te subís a una escoba? Una que, en un vuelo directo, te devuelva al siglo XXI.
Y Colorín colorado,
con el permiso del viento,
podés empezar de nuevo
y contar tu propio cuento.