A la señorita Mabel le gustan las cabezas peinadas, las uñas limpias y las zapatillas relucientes.
Supongo que por eso no le gusto yo: mis colitas siempre están caídas, las uñas con tanta mugre que hasta yo me sorprendo y las zapatillas del cole (que son blancas) de cualquier color que se te ocurra (menos blanco).
Por eso, el día de la excursión me hizo sentar con ella en el micro.
—¡Y que no vuele una mosca! –agregó con el dedo en alto, como si yo fuera la emperadora de los insectos voladores y pudiera dominarlos con el control de mi mente.
Durante el viaje me retó por un montón de cosas que no entendí: “No te arrodilles en el asiento”, “No te pegues el chicle en el flequillo”, “No dibujes con el dedo en la ventana”.
Después, cuando llegamos al planetario, pensé que iba a salvarme de sus NO. Pero no:
“No te corras de la fila”, “no hables”, “no toques”, “no comas alfajor”. Y el más contundente de todos, él más enérgico y definitivo, el que me tuvo en capilla el resto del viaje (y ni siquiera pude enterarme de qué es eso de estar en capilla porque ni me dejó preguntar):
—¡No interrumpas cuando habla un mayor!
El mayor era un guía que nos estaba contando de unas rocas lunares y de un ingeniero argentino que se subió a un cohete de la NASA y no sé adónde terminó. A mí su charla me interesaba bastante (la historia del astronauta era prometedora), pero tuve que interrumpirlo cuando una nena chiquita, como de primero o segundo grado, me preguntó por su grupo.
—Perdón, señor… —empecé a decirle, porque por ahí por donde estábamos no se veía a ningún grupo con chicos tan chiquitos.
Y entonces fue cuando la señorita Mabel me dijo el no más contundente de todos, el más enérgico y definitivo, el que me tuvo en capilla el resto del día (“¡No interrumpas cuando habla un mayor!”).
Le expliqué a la nenita que no podíamos interrumpir al guía pero que después la iba a ayudar a encontrar a su maestra y a sus compañeros. Y lo hubiera hecho, en serio, si no fuera porque la señorita Mabel otra vez me lo prohibió.
—Seño… ¿Me deja volver a la entrada, donde está el robot? Quiero ver si encuentro… —quise explicarle, inútilmente.
—Ah, no, no… Mirá, Malena. Yo a vos te tengo toda la paciencia del mundo —le iba a decir que mucha no, pero la vi tan enojada que preferí callarme—, pero todo tiene un límite ¿sabés? Si perdiste algo, jorobate. Vamos, que se nos va el micro.
Allá nos llevó a la rastra y a los gritos. “Todos en fila, todos en fila”, nos decía. Y claro, la nena se puso atrás de mí. Hice un último intento antes de que el chofer pusiera en marcha el motor.
—Seño, de verdad. Yo tengo que volver para ver…
—¡Se acabó, Malena! ¡Se acabó mi paciencia hoy! Andá a sentarte de una vez, ¿querés?
Y no, querer no quería. Pero estaba claro que a mi señorita eso le importaba un pepino. Y como la nena estaba tranquila (yo le había dado mi alfajor mordido y se lo estaba devorando con ganas) no me preocupé más y me senté al lado de ella.
Por qué la seño contó treinta y dos cabezas cuando éramos treinta y tres, es un misterio. Por qué no se vino a sentar enseguida y en cambio se quedó parada conversando con el chófer, otro misterio. Por qué ninguno de mis compañeros prestó atención a la nenita que iba sentada conmigo en el primer asiento del micro, ese probablemente sea el misterio más grande de todos.
La cuestión es que ya estábamos llegando al segundo peaje, cuando la seño por fin se quiso sentar. Y ahí la vio. Al principio se quedó dura, como una estatua. Después hizo una sonrisa rara, nerviosa. Me parece que quiso decir algo pero las palabras se le amontonaron en la boca y su voz arrojó un montón de sonidos que, la verdad, no parecían humanos. Tragó saliva y volvió a intentar. Dos y tres veces más, hasta que por fin lo logró. Pudo articular una oración entera y hasta ponerle signos de pregunta; aunque con una voz chiquita, muy pero muy chiquita:
—¿Y esta nena, Malena?
El final, el que se vio en la tele. El planetario lleno de policías, una madre llorando que casi la agarra a piñas a mi señorita. Otra maestra jurándole al periodista que nunca más pero nunca más iba a sacar a los chicos de excursión a ningún lado y que imagínese, una se da vuelta y zas, la nena que desaparece. El chofer explicando que él pegó la vuelta enseguida y que de ninguna manera la empresa de transportes había tenido nada que ver el supuesto secuestro de la menor o la confusión o la negligencia o cualquier otra carátula que la Justicia decidiera para el caso.
Pero lo más increíble de todo fue cómo terminó la seño Mabel: con los pelos parados, las uñas llenas de barro (la madre de la nena llegó a tirarla en un charco) y las zapatillas más sucias que las mías. Y es raro, porque esa versión de mi señorita a mi me cae mucho pero muchichísimo mejor que la anterior. ¡Se ve que tenemos distintos gustos!

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