La versión de Osito

Érase una vez una humana que se metió en nuestra casa. Se tomó mi sopa, rompió mi silla y durmió en mi cama. Después, salió corriendo hacia el bosque.  

Yo la seguí. No porque estuviera enojado, todo lo contrario. Era la primera vez que alguien de mi edad venía a dormir a casa, ¡y yo quería tener una pijamada!

Crucé el bosque con miedo. Las hojas crujían bajo mis patas. El viento silbaba entre las ramas peladas y un montón de sombras se movían a mi alrededor. Tuve que detenerme muchas veces, porque mi corazón se aceleraba.  

Cuando llegué a su casa, no pedí permiso para entrar (después de todo, ella tampoco había pedido permiso para entrar a la mía). Sobre la mesa había un pote de yogur. Era demasiado chiquito y, en mi intento de agarrarlo, terminé volcándolo. Quise limpiar la silla que estaba junto a la mesa, pero no resistió el peso de mi garra y ¡pum! acabó hecha añicos.

El ruido asustó a la humana, que pegó un grito. Gracias a eso, supe que estaba escondida debajo de su cama. Me eché a su lado; aunque no podía verla (todo estaba muy oscuro), escuchaba muy claro el sonido de su respiración. Me pareció que lo mejor era contarle de mis intenciones. Le dije que quería jugar y pasar una noche entera despierto. Que podíamos contar historias de risa, comer pochoclos y formar una banda de rock.

Pero creo que la humana no entiende el idioma de los rugidos, porque la única respuesta fue el latido acelerado de su corazón. Y yo, que soy un experto en el tema, sé que eso significa miedo.

Decidí esperar a que se le pasara y, de puro aburrido, empecé a jugar con el rayito de luz que entraba por la ventana. Si levantaba la cabeza, en la pared se dibujaba una de mis orejas. Si me corría hacia un lado, se veían las dos. Si levantaba una garra, se formaba un camino largo. ¡Era divertido!

Y más, cuando la humana se animó a salir de su escondite para sumarse al juego: con los puños sobre su cabeza, formó la sombra de un oso. Y eso nos dio risa a los dos. Fue justo en ese momento cuando empezó, por fin, nuestra pijamada.

Sombras mágicas

Todos los bosques del mundo tienen sombras. Pero en Muy Muy Lejano muchas de esas sombras son mágicas: andan sueltas de sus dueños, aunque no dejan de buscarlos. Como la sombra de esta historia, que cada día vuelve a la misma casa. Allí la olvidó su dueña, una niña de ricitos dorados.

Los osos de esa casa tienen tamaños diferentes. Papá Oso es inmenso. Mamá Osa es apenas grande. Y Osito es solamente alto. La sombra podría sentir miedo. Pero no.

Sabe perfectamente cómo cambiar de tamaño. Cuando llega la hora de la cena, y los tres osos se sientan a la mesa, ella se ubica al lado —justo al lado— de la vela encendida. Es divertido verla: se vuelve una sombra inmensa. Tan inmensa como Papá Oso.

—Está bien —le dice él—. Puedes comer un poco de mi sopa.

Después de dos cucharadas, se separa de la vela encendida. Es divertido verla. Se vuelve una sombra apenas grande. Tan grande como Mamá Osa. 

—Está bien —le dice ella—. Puedes sentarte aquí conmigo.

Cuando se aburre de estar sentada, la sombra se aleja más de la vela. Es divertido verla: se vuelve una sombra solamente alta. Tan alta como Osito.

—Está bien—le dice él—. Podemos hacer una pijamada.

Cuando ya todos están en la cama, y la vela está apagada, la sombra aprovecha el cuarto oscuro y juega a las escondidas. Es divertido no verla. Se vuelve una sombra invisible. Tan invisible como el aire.

Papá Oso, Mamá Osa y Osito intentan adivinar en dónde está.

—Estás debajo de la cama —dice Papá Oso, cuando la siente respirar.

—Ahora estás en el armario —dice Mamá Osa, cuando escucha su risa ahogada.

—Y ahora estás justo a mi lado —dice Osito. Y le hace cosquillas, para que la sombra largue una carcajada.

Más tarde, cuando todos duermen, la sombra de la niña vuelve al bosque: pisa las hojas secas, se cuelga de los árboles y juega con otras sombras.

Si prestas atención y aprovechas la luz de la luna, vas a reconocerlas: una lleva una caperuza, otra tiene el tamaño de un dedo pulgar y la última, el cabello larguísimo.    Es lo que pasa con las sombras de Muy Muy Lejano. No solamente son mágicas ¡también son conocidas!

Ricitos tras las rejas

¡Es una nena adorable!
¡Y, ay, sus ricitos dorados!
Parece de propaganda
con su vestido a volados.

Pero aun así lo que hizo
no fue ninguna pavada
Es un delito y es grave:
“usurpación de morada”.

Los osos la denunciaron
con justísima razón:
como Pancha por su casa
los esperó en camisón.

A ver, no pedimos mucho:
¡Un poco de educación!
Preguntá antes de mudarte,
esperá la invitación.

¡Igual se la ve contenta
y tan feliz en la cárcel!
ya eligió una buena cama
y está dispuesta a quedarse.

El guardia se quejó un poco,
la acusa de confianzuda:
le exige de desayuno
té dulce con medialunas.