La duración del invierno (leyenda tehuelche)

Cuentan los Tehuelches que Elal es el más sabio de todos sus dioses. El que puso en su lugar al Sol y a la Luna. El que modeló con barro a los hombres, les enseñó a cazar y a trabajar el cuero que les dio abrigo.  El que inventó el fuego y dio alivio a las criaturas que tiritaban de frío.

Fue Elal, también, quien determinó la duración del invierno, al intervenir con su infinita sabiduría en una discusión absurda. El pleito había comenzado en una asamblea de animales, mientras discutían sobre la inconveniencia de que el invierno se hubiera establecido como habitante permanente de la Patagonia:

—¡Es imposible bañarse, con las lagunas congeladas! —se quejó el flamenco— ¡Tendré que irme de aquí!

—Yo, en cambio, no me quejo —opinó el zorro, coqueto—. Mi pelaje mejora con el frío.

—Además, las huellas se ven mejor en la nieve —observó el puma—. Soy un excelente cazador en invierno.

—¡Por esa misma razón quiero que se terminen las nevadas! —protestó el guanaco— ¡Basta de ser una presa fácil!

Y así siguieron discutiendo los animales por mucho tiempo. Algunos estaban entusiasmados con la idea de que el invierno se quedara para siempre, pero otros suplicaban algún descanso: el frío les entumecía los músculos, les arruinaba las plumas, les impedía buscar alimento.

—¡Me da igual si no están de acuerdo! —pataleó el ñandú (lo que es mucho decir, porque el ñandú tiene unas patas enormes)—. Acá somos muchos los que estamos felices con el invierno, y al que no le guste ¡que se vaya! 

—También somos muchos los que necesitamos un respiro—contestó la mara—. Lo justo es que el invierno se quede solo una temporada.

El ñandú resopló, y la miró con desprecio. ¿Quién se creía que era esa cuadrúpeda orejuda, para contradecirlo así?

—Yo no tengo la culpa de tu pelo corto—le contestó, autoritario—, ¡andá a vivir al Ecuador!

—No tengo por qué, si el invierno viene cada tanto. Insisto en que es lo más justo ¿qué le parece si votamos?

Hubo un murmullo general de aprobación, pero duró poco porque el ñandú lanzó un picotazo. Los animales se dispersaron y la mara, que entendió bien el mensaje, comenzó a correr. El ñandú salió detrás, decidido a cazarla. Fue una carrera pareja, porque los dos eran rápidos.

Elal, que observaba todo desde la cima del Chaltén (adonde había llegado montado en un cisne blanco), esperó. Tal vez porqué ya sabía lo que iba a ocurrir y necesitaba que los hechos sucedieran exactamente así como sucedieron.

Después de una larga corrida, la mara llegó a su madriguera. Pegó un salto pero no alcanzó: la cola le quedó afuera. Era una cola larga y vistosa (en aquel entonces, todas las maras la tenían), que era muy útil para espantar insectos.  

El ñandú no dudó: apoyó toda la fuerza de sus patas en esa cola que quedaba expuesta, y lo hizo tan bruscamente que la cortó. En el mismo momento que la mara pegó un grito de dolor, Elal descendió de las alturas.

—Ya que la mara perdió su cola —dijo— lo justo es que tú, Ñandú, pierdas la discusión: el invierno solo se quedará por tres lunas llenas, y regresará cuando los bosques pierdan sus hojas.

Así fue como el invierno se volvió un viajero itinerante, que viene una vez al año y a los tres meses se va. Y así también responden los tehuelches a una pregunta difícil que suelen hacerse las almas más curiosas: ¿por qué las maras no tienen cola?