Una idea congelada

Al principio, la idea de Nanuk no me gustó.

—¿Vender helados aquí, en el Ártico? —le dije, sacudiéndome la escarcha de las plumas. 

Y como no podía entender que no viera lo más obvio, también se lo planteé:

—¿De qué gustos? Si acá solamente hay nieve.

Ahí nomás se puso en acción. Fue un espectáculo inusual: no todos los días se ve un oso polar yendo y viniendo, oliendo todo a su paso, dejando un surco sobre el hielo. Fuimos testigos, todos. Porque todos lo vimos recolectar nieve. Clasificarla en capullos de clavel ártico (la única flor que crece por acá). Y meterse al agua para volver con un montón de algas que, después supimos, usaría para decorar.

Lo único que nadie vio fue el ingrediente secreto, que sin duda es fundamental. Porque la verdad sea dicha: su helado es espectacular. Y los gustos, riquísimos: nieve escarchada, nieve recién caída, nieve del aire, nieve del suelo, nieve ventosa, nieve granizada, nieve a punto nieve, nieve mojada, nieve congelada, súper nieve Nanuk.   

Su negocito habría continuado más, si no fuera porque yo metí el pico. No me siento orgullosa, pero las cosas no resultaron mal. Además, ¿para qué sirve una gaviota si no es para llevar mensajes de una punta otra?

Volé hasta la Antártida (al otro lado del mundo) y se lo conté a un pingüino. Y él, a una estrella de mar. Y ella, a una foca leopardo. En fin: ese mismo día me encargaron 6458 helados, así que emprendí vuelo con mi lista bajo el ala.

Cuando aterricé nuevamente en casa, Nanuk ya estaba agotado. Ojeroso, miraba la larga fila de clientes que nunca terminaba. Y claro, cuando vio mi lista colapsó.

Dio un zarpazo sobre los helados en exposición, pegó un gruñido feroz y se fue a dormir la siesta.

—¿Cuándo volvés? —le preguntó una morsa. Él rugió:

—¡Jamás!

Todos (desde el búho de las nieves hasta el zorro polar) se enojaron conmigo. Y eso sin contar a los 6458 clientes que me esperaban en la Antártida. Debía limpiar mi buen nombre y, sobre todo, volver a comerme un helado de Nanuk, así que pensé una estrategia de negocios.   

Ahora somos Nanuk y asociados. Tenemos recolectores de nieve, buscadores de algas, clasificadores, una sección de empaque y una transportista, que soy yo. Nanuk solo se levanta para añadir su ingrediente secreto, así que anda descansado y con mejor humor.

Eso que todavía no le di la noticia: nos vamos a expandir al Amazonas. Mañana me encuentro con un tucán para ver cómo resolvemos la cadena de frío. Tal vez podamos agregar nuevos gustos, como Agua descongelada o Nieve que se derritió.

Decidirá Nanuk, cuando se despierte.

Elijo creer

Mamá dice que lo de Lobo fue casualidad. Que no tuvo nada que ver el nombre: le puse así porque se parecía y punto. Cómo nos íbamos a imaginar, en medio de una ciudad y rodeados de edificios, que podía pasar lo que pasó. Ni el doctor Vera lo entiende todavía.

Cuando se lo llevamos, siendo un cachorro, lo revisó como a cualquier perro. Le escuchó el corazón, le miró los dientes, le puso una vacuna.

–Muy bien, Lobito. Estás sano –le dijo, y nosotros nos fuimos de lo más contentos para casa.

Esa misma noche empezó a aullarle a la luna. Pero eso no nos hizo sospechar, no todavía.  

–Son los genes del lobo –me explicó papá–, porque los perros descienden de los lobos ¿lo sabías?

Y no, no lo sabía. Pero lo busqué en Google y vi que papá tenía razón. El término científico es canis lupus, yel primer perro (prehistórico) vivió hace 33.000 años en Siberia. Antes de eso, todos eran lobos. Me pareció alucinante que le hubiera puesto el nombre, sin saber.

Al principio Lobo se comportaba como un perro cualquiera (salvo esa extravagancia de aullarle a la luna). Comía todo su alimento balanceado, dormía, jugaba conmigo y así todo el día. Lógicamente, enseguida empezó a crecer y tuvimos que cambiarle el almohadón donde dormía.

Tenía las patas más largas, se había vuelto cabezón y empezaba a caminar raro. 

–Parece una top model –dijo papá, que fue el que se dio cuenta de que Lobo apoyaba su pata trasera exactamente en el mismo lugar en donde antes había puesto la delantera. Era un capo del equilibrio, mi Lobito.

Pero un día se enfermó de la panza. El doctor Vera le quitó el alimento balanceado y le dijo a mi mamá que le preparara arroz, por lo menos hasta ver qué tenía. Le hizo un montón de análisis y nos mandó con muchas recomendaciones a casa.

Lobo no se puso mejor, todo lo contrario. Y tuvimos que volver a la Veterinaria.

Y entonces el doctor Vera sospechó. Primero hizo un repaso en voz alta:

–Camina erguido, le hace mal el arroz e incluso el alimento balanceado…

Después, agarró el teléfono y llamó a la doctora “Algo”. Me emocioné cuando dijo canis lupus. Me sentí importante, como parte de esa reunión de expertos veterinarios.

–Es musculoso, sí. Hocico largo, también… –dijo sin soltar el teléfono mientras acariciaba la trompa de Lobo. Después nos miró a nosotros–, ¿es sociable?

–Re –dije yo, aunque mamá movió la cabeza como diciendo “más o menos”. Porque, la verdad, solo me daba bolilla a mí.

Lo demás se lo imaginan. Mamá le dio un corte de carne (“Ni lo cocine”, le dijo el doctor Vera), y esa fue la prueba de oro. Lobo se puso rebien después de comerlo con ganas.

El día que se lo llevaron lloré toda la tarde. 

–Tenés que entender. Es un animal salvaje, tiene que estar con su manada–Y blablablá. La cuestión es que me dejaron sin Lobo.

Y ahora me quieren conformar con un pececito. Ya tuvimos mucho por este año, dice mamá. Un pececito es menos riesgo, cero stress. Una apuesta segura.

Todavía no le dije que le voy a poner Tiburón. Ni le voy a decir, por las dudas. Que se entere, en todo caso, cuando tengamos que cambiarle la pecera.    

La banda de los cinco

El Gran Suceso los sorprendió en medio de un espectáculo. Atenea custodiaba la telaraña, que pendía de un hilo y sostenía a todos los demás. Debajo de todo, casi tocando la base del frasco, estaba el señor Escargot. Wilson encima de él. Menina encima de Wilson. Y Bizbiz, por último, en la punta de la torre.   

Después de 62 días de confinamiento (en promedio, porque el niño cazador de bichos los había capturado en diferentes días) y tras 12 intentos de fuga, habían encontrado el modo de pasar el rato sin sufrir.

La primera en entrar al frasco había sido Menina. Estaba tan acostumbrada al hormiguero que la soledad le resultó insoportable. Se habría dejado morir de hambre, de no por el señor Escargot (el segundo prisionero). Los caracoles pueden ser muy persuasivos, sobre todo cuando generan una baba asquerosa que lo ensucia todo, y vos sos una hormiga ultra maniática de la limpieza.

Para cuando llegó Wilson, el bicho bolita, Menina y Escargot formaban ya un buen equipo. Bajo una hoja de laurel, habían improvisado un depósito de miguitas (el niño humano los mantenía bien alimentados), lejos del gotero que embarraba el otro lado del frasco.        

Atenea llegó el día que montaron el primer espectáculo. Los tres estaban haciendo equilibrio sobre la tapa. Escargot producía suficiente baba como para mantenerlos pegoteados a todos. La acrobacia los hacía reír. Y la risa les borraba la tristeza del encierro.   

También los salvó de la araña. A Atenea le resultó tan divertido el show de bienvenida, que enseguida renunció a su deseo de almorzárselos, y puso su telaraña al servicio del espectáculo.

A los pocos días, Bizbiz sumó al elenco una cortina musical. El mosquito recién llegado zumbaba de maravillas y la banda sonora mejoró la performance. Para aquellos días, la vida anterior al frasco estaba ya tan lejos, que ninguno esperaba el Gran Suceso.

Pero el Gran Suceso llegó. Y el impacto fue violento. Hay que ver la velocidad de vuelo que puede alcanzar un frasco al ser embestido por un proyectil apestoso (dicen que fue una zapatilla, pero este no es un hecho que se haya podido constatar con certeza). 

La caída no los dejó ilesos. El señor Escargot se abolló el caparazón. Menina perdió una antena y pasaron varias semanas antes de que Wilson pudiera volver a hacerse bolita. Atenea, aunque había logrado caer en sus ocho patas, a veces (todavía) camina en zigzag por culpa del vértigo. Y aunque Bizbiz apenas sufrió alguna herida, cada tanto necesita hablar del Gran Suceso para entender qué pasó.

No solo el golpe fue difícil. La libertad es algo tan inmenso que a veces puede asustar. Pero bastan unos segundos para hacernos a la idea.

Así pasó con La banda de los cinco, que se fueron en fila, a buscarse un hogar. Y no volvieron a acordarse del frasco, ni del encierro, ni del niño cazador de insectos. Porque había otras cosas más importantes en qué pensar.

Como el próximo espectáculo, que por fin darían al aire libre.

Una mezcla rara

Al principio mi abuelo y doña Eugenia se llevaban mal. ¡Lógico: son tan diferentes! Ella habla demasiado. Y él, demasiado poco. Ella es capaz de creerte cualquier cosa (como que la luz del palier la rompió un extraterrestre en vez de mi pelota). Y él no puede creer en nada que no esté científicamente comprobado. Ella se viste con colores chillones y para mi abuelo una bufanda gris es demasiado llamativa.

–Son como el vals y el heavy metal –decía la del 4°B, que es profesora de música.

–Como un defensor y un delantero –decía el entrenador de fútbol que vive en el 3°A.  

–O como el agua y el aceite –decía el chef de la Planta Baja.

Y el científico del 5°C se ponía a hablarnos de moléculas y polaridades, de mezclas imposibles y heterogéneas y un montón de otras cosas de las que nadie entendía un pepino.   

Pero en algo coincidíamos todos. Había que evitar a toda costa que mi abuelo y doña Eugenia se cruzasen. Nunca, jamás de los jamases, bajo ninguna circunstancia y por ninguna razón, podíamos permitir que eso pasara.

Porque cuando mi abuelo y doña Eugenia se cruzaban, la cosa terminaba mal. Las reuniones de consorcio con ellos se hacían eternas. Porque uno quería “esto” y  el otro quería “aquello”. Si uno decía “sí”, el otro decía “no”. Y ambos eran capaces de discutir durante horas por las cosas más absurdas (como la trayectoria de vuelo de un mosquito).

El caso es que nadie sabe muy bien lo que pasó ese día. Pero el vals y el heavy metal, el defensor y el delantero, el agua y el aceite se quedaron encerrados en el ascensor durante siete minutos eternísimos.

En el edificio todos se pusieron como locos. El chef les prometió unas milanesas si lograban salir sin lastimarse. La profesora de música puso a todo volumen Trátame suavemente, un tema de Soda Stereo. El entrenador de fútbol les dio una charla motivacional acerca de la rivalidad y de lo importante que es trabajar en equipo. Y el científico se puso a hablar del polo norte y el polo sur, de las fuerzas magnéticas y la atracción de los opuestos.

A los siete minutos exactos, sin que nadie pudiera entender cómo ni por qué, ocurrieron dos cosas extrañísimas. El ascensor se puso a funcionar de nuevo, y mi abuelo y doña Eugenia salieron sonriendo y conversando como si nada.

–Le queda muy bien el rojo–le dijo mi abuelo, como si todos los demás no existiéramos.

–Ay, pero qué dice. Usted siempre tan amable conmigo –le contestó ella, y por supuesto a nosotros ni nos miró.   

Y así salieron juntos a la calle, caminando para el mismo lado, como si eso fuera lo más natural del mundo y se acabaran de conocer.

–Son como el bandoneón y el tango –dijo la del 4° B.

–Como Maradona y Batistuta –propuso el del 3° A.

–Como le leche y el chocolate –suspiró el de Planta Baja.

Y el del 5° C nos habló nuevamente de moléculas y polaridades, de mezclas posibles y homogéneas y otro montón de cosas de las que no entendimos ni un pepino.  

Caracoles

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Sin querer, el plan me salió redondo. A mi abuela le solucioné el problema de los caracoles. A los caracoles los salvé. Y el día terminó genial para mí.   

Claro que hubo imprevistos. Pero fueron precisamente esos imprevistos los que generaron un resultado exitoso.  

Primero: yo no imaginé que en el jardín de mi abuela pudiera haber tantísimos caracoles. Pensé que iba a sacar, como mucho, diez. Pero terminaron siendo sesenta y tres.

Segundo: los caracoles no son tan tranquilos como dicen. En diez minutos pueden hacer un desastre.

Tercero, y el más determinante de todos los imprevistos: mi mamá  entendió cualquier cosa. 

Todo empezó a la tardecita. Cuando mi abuela, como si nada, me pidió el arma homicida:

–Dame ese frasquito, Jere. El que dice “mata babosas y caracoles”.

Por supuesto,  yo me negué. Porque una cosa es quererla mucho a mi abuela y  otra muy distinta es ser cómplice de asesinato. Entonces fue cuando comenzó a explicarme que los caracoles son una plaga y que las plantas tienen derecho también a la vida y que sus rosales y que sus geranios y que blablablá.

Y en medio de todo su discurso amoroso hacia las flores pero insensible hacia los moluscos, a mí se me ocurrió la buenísima idea de buscarles otro hogar. Alguno en el que nadie los sentenciara a muerte solo por querer alimentarse.

–Te juro que me llevo hasta el último caracol, abue. Pero no los mates.

Y empecé a juntar. Al principio en un platito, pero enseguida necesité un balde. Mi abuela protestó en cuanto me vio entrar a la casa:  

– ¡Sacá de mi vista esos bichos horripilantes!

A mí en cambio me parecían simpatiquísimos con su andar gelatinoso. No paraban de moverse adentro del balde y largaban como una espuma que empezó a pintar de blanco los caparazones.

–¡Qué asco! –volvió a protestar mi abuela. Así que enganché el balde en el manubrio de la bicicleta y me fui. Pedaleé sin pensar adónde iba y mis piernas, acostumbradas a hacer el recorrido de regreso a casa,  me llevaron hasta ahí.

Estaba por meter las llaves en la puerta cuando se me ocurrió que podía llevarlos hasta la canchita donde entrenamos los domingos. Pero mis ganas de hacer pis fueron más urgentes, y entré a casa.   

Una pared blanca. Una bicicleta apoyada en la pared. Un balde colgando del manubrio de la bicicleta. Un menjunje de antenas y caparazones adentro de ese balde. Y diez minutos enteros para hacer un desastre.

Por fin, el grito de mi mamá: “¡Jeremíaaaaas!”.      

Había baba de caracol por donde miraras. Desde el paragüero hasta la tele. Y sesenta y tres caracoles sueltos por el living de mi casa, que mantenían el grito de mi mamá encendido.

 Cuando terminamos de limpiar todo aquel lío, antes de que yo pudiera decirle que enseguida me los llevaba para la canchita, ella me preguntó: 

–¿Tienen que ser caracoles? ¿No podés elegir otra mascota?

Al perro lo llamé Caracol, por supuesto. Y a los caracoles, los saludo cada domingo después del entrenamiento. Después de todo, yo tuve mi final feliz gracias a ellos.  

Cuestión de gustos

A la señorita Mabel le gustan las cabezas peinadas, las uñas limpias y las zapatillas relucientes.

Supongo que por eso no le gusto yo: mis colitas siempre están caídas, las uñas con tanta mugre que hasta yo me sorprendo y las zapatillas del cole (que son blancas) de cualquier color que se te ocurra (menos blanco).

Por eso, el día de la excursión me hizo sentar con ella en el micro.
—¡Y que no vuele una mosca! –agregó con el dedo en alto, como si yo fuera la emperadora de los insectos voladores y pudiera dominarlos con el control de mi mente.

Durante el viaje me retó por un montón de cosas que no entendí: “No te arrodilles en el asiento”, “No te pegues el chicle en el flequillo”, “No dibujes con el dedo en la ventana”.

Después, cuando llegamos al planetario, pensé que iba a salvarme de sus NO. Pero no:
“No te corras de la fila”, “no hables”, “no toques”, “no comas alfajor”. Y el más contundente de todos, él más enérgico y definitivo, el que me tuvo en capilla el resto del viaje (y ni siquiera pude enterarme de qué es eso de estar en capilla porque ni me dejó preguntar):
—¡No interrumpas cuando habla un mayor! Sigue leyendo

Una buena pregunta

Cuando empecé el nuevo colegio, les dije a todos que me llamaba Agustín. Fue lo que me salió cuando la maestra me hizo pasar al frente.

Ella me miró y volvió a revisar el registro, pero no dijo nada. Supongo que entendió mi traducción  y aceptó llamarme así: Agustín. Aunque mi nombre, ella sabía, era otro.

Mudarnos a  la Argentina fue una forma de empezar otra vez y hacer de cuenta que nada había pasado.  De a poco me fui alejando de todas las palabras que me lastimaban: Erratzu y los Pirineos y el dragón de Herensurge y la cueva de Abauntz.

No es que no me gustaran las historias de Amama. Al contrario: me hacían pensar demasiado en papá. Eran historias con olor a cuajada, porque la abuela siempre me las contaba en la cocina. Y el olor a cuajada por esos días me ponía muy triste.

─¡Vasco tenías que ser! ─me dijo mamá en cuanto se enteró de todo─ ¿qué tiene de malo tu nombre, a ver? No, si a vos se te mete una idea en la cabeza y sos igual a tu padre…

Justo lo que no quería. Otra vez hablar de papá. Y mamá no me lo hacía fácil, había llenado la casa de fotografías. Y me cargoseaba todo el tiempo: “Dale, preguntame lo que quieras. No podés hacer de cuenta que nunca existió”.

Claro que no podía. Si todo el tiempo nos estaba visitando algún familiar. Y la gente llegaba y me acariciaba la cabeza:

— ¿Y qué tal la nueva escuela?

— ¿Te gusta la Argentina?

—Pensar que eras un bebé la última vez que te vi.

Después bajaban la voz para hablar con mamá. Obvio que yo también escuchaba. Y qué injusto todo. Con lo bueno que era del vasco, decime. Qué necesidad, con la inteligencia que tenía. Podría haber estudiado cualquier cosa. Cualquier cosa, si era inteligentísimo. ¡pero ay,  esa vocación que tenía él! Y claro, hiciste bien en volverte con el nene. Qué ibas a hacer allá, que ni una pensión… Pero en todos lados es igual, te digo. Acá a los bomberos tienen la misma suerte, los tipos se dejan la vida y a la primera de cambio todo el mundo se olvida. Pero fuerza, nena, que la vida sigue. Ya van a ver como todo se va acomodando de a poquito. Avisen cualquier cosa que necesiten. Lo que sea, si puede ayudarse en algo.

Por eso me gustaba más Agustín.  Como no estaba acostumbrado a que me llamaran así, era como si de golpe me hubiera convertido en otro chico. Como si yo no fuera yo;  y lo más importante: como si lo que había pasado, no hubiera pasado en absoluto. Nadie en la nueva escuela sabía nada de papá. Nadie me acariciaba la cabeza. Nadie se quejaba de ese trabajo suyo que se lo llevó tan pronto. Nadie  repetía: “Con lo bueno que era el vasco, decime”. Y así era más fácil olvidar.

Pero el día que vino ese neurólogo cambió todo. Había hecho un máster en la University de no sé dónde y era dueño de una  clínica de neurología vascular y no sé qué más. La seño nos hizo pensar un millón de preguntas para hacerle, porque era una persona muy importante y tenía un trabajo de esos para admirar. No había tiempo para que preguntáramos todos (solo podía venir un rato a nuestra escuela y eso porque era el padre de una alumna de tercero), pero la seño dijo que mi pregunta era ingeniosa y la eligió para el final.

Faltaban cinco minutos para que tocara el timbre cuando me dio la señal:

—Preguntá vos, Agustín.

Al principio pensé que el neurólogo no me había escuchado, porque se quedó callado un rato. Pero justo cuando estaba por leer de nuevo mi pregunta, empezó a hablar.

—¿Qué sería yo si no fuera neurólogo? A ver, dejame pensar…

Otro silencio largo y todos empezaron a guardar. Yo no entendí por qué el neurólogo tardaba tanto para contestar una pregunta tan obvia. Hubiera sido cirujano o cardiólogo. O presidente de la Nación. O dueño de una Multinacional. No sé, después de ser neurólogo, tenés que mantener cierto status. Por eso me quedé de piedra cuando nos dijo, totalmente convencido:

—¡Bombero! Hubiera sido bombero.

La seño se rio como si hubiera contado un chiste buenísimo. Pero yo no. Yo no me reí ni un poquito.

—Lo digo en serio — aclaró él, y me pareció que la seño se ponía un poco colorada—. Hubiera elegido  otra profesión igual de importante. Una que me permitiera seguir salvando vidas. ¿Contesté bien tu pregunta, Agustín?

─En realidad ─le aclaré. Se lo aclaré a todos─, me llamo Agosti.

Entonces tocó el timbre. Y a mí me vino como un olor a cuajada que, por primera vez en mucho tiempo, no me puso tan triste. Y tuve ganas de volver a casa. Quería hacerle a mamá un montón de preguntas que tenía atoradas en la garganta.

El suplente

¿No ves que funciona? El secreto es decirlo así, con la voz firme y convencida de que tenés razón. Pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. A ver, vos podés decir “vamos a ganar el Mundial”, pero si tenés una mínima duda te apuesto a que no pasamos ni a cuartos de final.

Cuando yo le dije al suplente lo que le dije, se lo dije así como te digo: con la voz firme y convencida de que tenía razón, pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. ¡Y  por eso funcionó!

Además, yo quería que las cosas salieran bien para él. Y eso porque me daba cuenta de que estaba pero no estaba en la escuela. Vos me entendés: su cuerpo se paseaba por ahí, pero la mente se le iba de viaje y él no podía evitarlo. Yo me di cuenta porque a mi mamá le pasa lo mismo todo el tiempo. Hay veces que se queda como petrificada, mirando pero sin mirar, como si su mente estuviera en cualquier otro lado, ¿me entendés? Y le pasa porque es ilustradora, porque capaz que está dibujando toda una historia en su cabeza y se puede pasar días y hasta semanas así, como ausente.

Bueno, con el suplente pasaba igual. Para mí que es algo de todos los artistas. El tipo te empezaba a preguntar algo, pero a mitad de la pregunta se colgaba mirando alguna cosa. Levantaba las cejas, se reía, ponía cara de sorprendido. No sé, como si estuviera mirando una película en el cine en vez de estar en el aula con nosotros.

Y después estaba su cuaderno violeta (mi mamá tiene una libreta azul), que era lo único en el mundo con lo que no se distraía. Pero el suplente no dibujaba, escribía. Escribía como loco, sin parar. Todo el recreo. O mientras hacíamos alguna actividad en la carpeta. O en las horas especiales, cuando estábamos con el profesor de música o en educación física. El suplente escribía, escribía sin parar. (Como mi mamá dibuja, dibuja sin parar ¿entendés lo que te digo?)

También le gustaba leer. Pero eso no lo vi tanto en la escuela sino en el 156, porque los dos tomábamos el mismo colectivo a la salida. Si el libro le gustaba, podía leer aunque estuviera parado y no se enteraba de nada de lo que pasaba alrededor. Pero cuando se aburría levantaba la cabeza a cada rato y capaz que hasta me daba charla.

—No todas las lecturas son buenas —me dijo una vez.

Y yo le dije que más vale, bastaba con fijarse en el manual. Él se rio con ganas cuando dije eso.

Y tal vez esa fue la razón por la que me animé a responder lo que respondí en la clase. Habíamos leído un cuento malísimo, y  las preguntas eran las típicas del manual: Sigue leyendo

Cuando me soltó el miedo

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Ilustración de David Gracía Forés: http://untipoilustrado.tumblr.com

Yo con la oscuridad me equivoqué. Pensé que íbamos a ser enemigos enemiguísimos por el resto de la eternidad, que yo iba a llegar a viejo teniéndole miedo y que jamás (¡jamás!) íbamos a hacer las paces.

Dar un paso en la oscuridad, para mí era exactamente igual que cruzar la avenida sin mirar, que nadar en un estanque lleno de cocodrilos o andar sin manos en la bici sobre una calle de asfalto.  En fin: una de las acciones más riesgosas y temerarias del planeta.  Y me hubiera seguido sintiendo así, si no fuera por mi abuelo, los chinos y la empresa de luz eléctrica.

Lo que ocurrió aquella noche fue más o menos mágico. No mágico en serio, porque nadie me apuntó con una varita ni me tomé ninguna pócima milenaria para volverme súper valiente. Lo que digo es que fue mágico de algún  modo, porque el miedo se terminó. Así de repente y sin que yo me diera cuenta de nada. Como si alguien hubiera dicho ¡Abracadabra! Así de fácil el miedo me dejó.

El abuelo me había invitado a dormir a su casa, y ningún plan me hubiera parecido mejor que ese.  Ir a dormir a la casa del abuelo, significaba una noche de pizza, truco y gaseosa. ¿Qué felicidad mayor puede existir?

Yo acababa de cantar Quiero retruco, cuando se cortó la luz. No era poca cosa que se cortara la luz en lo de mi abuelo, porque mi abuelo vive en un quinto piso. Si me daba miedo la oscuridad en la planta baja, hay que ver lo que sentí en ese momento. Era un miedo quintuplicado, un miedo que iba subiendo uno, dos, tres, cuatro, cinco pisos. Que iba devorando los muebles, las paredes,  el suelo que estaba debajo de nuestros pies.

Escuché cómo el abuelo corrió la silla. Los pocos pasos que dio hasta la cocina, el cajón que se abría. Un ruido a movimiento de bolsa  y el chasquido del fósforo, por fin.

Cuando la luz chiquitita se prendió en la vela el miedo empezó a soltarme un poco. Pero solo un poco.

—Mirá la pared —dijo el abuelo.

La sombra caricaturesca  que formaban sus manos me hizo soltar una carcajada.

–¡Parece un lobo! —grité.

Junté las dos manos para imitarlo. Separé los pulgares, como él, y aparecieron de pronto dos orejas. La boca se formó con los otros dedos: el meñique y el anular por un lado, el mayor y el índice por el otro.

—¡Se llaman sombras chinas! —me explicó el abuelo.

Y entonces fue cuando el miedo me soltó del todo.

La bella durmiente (conectada)

Había una vez un cuento que no dejaba de contarse. Se escuchaba en las casas familiares, en los palacios, en la aldea, en el mercado, en la montaña y en el mar. Y hasta cruzó continentes y atravesó los siglos para que yo pudiera contártelo hoy. De un modo un poco diferente, claro, porque los cuentos tienen que modernizarse. De otra forma los personajes se pondrían en huelga. Y lo que es más importante: tendrían razón. ¿O es justo que vos tengas un gps en el teléfono y el pobre Hansel tenga que marcar su recorrido con miguitas de pan?

En fin: el personaje de esta historia ya lo conocés bastante. El cuento te lo contaron mil veces y hasta seguro viste la película. Pero mi versión, te prometo, es un poco más novedosa.  Es una versión 2.0, últimísima y moderna, casi tanto como vos. Y viene a reivindicar fundamente tres cosas. La primera, que Maléfica no es tan mala. La segunda, que el príncipe valiente no es tan valiente. Y la tercera, que la bella durmiente está menos dormida de lo que parece.

Pero vamos por partes. Para empezar, hay que aclarar que la pobre Maléfica no fue culpable de la maldición. Es así desde tiempos inmemoriales: la gente tiende a señalar a quien suele equivocarse más seguido, y rara vez se preocupa por averiguar la verdad. Si alguien lo hubiera hecho en este caso, el cuento conocido sería otro. Precisamente, el que te estoy contando acá:

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Está claro que la bella durmiente no le dio bolilla a la cadena. En otras palabras: ella misma se echó la maldición. Pero no fue responsable del tiempo que duró el castigo. De eso hay que culparlo al príncipe valiente, que (según parece) no tenía mucho sentido de la orientación. Sigue leyendo