Explorador

La noticia se extendió rápidamente por toda la colonia. Peipí había partido hacia el norte, lo que es bastante lógico, porque en la Antártida no hay tantas opciones. Si mirás al Sur, no hay más que mar.

En cambio, el Norte es pura aventura. Hay cordilleras, y todo un mundo subterráneo. Los humanos saben que allí, en las profundidades, hay un lago rojo, rojísimo. Y también volcanes en erupción. Pero los pingüinos no están tan bien informados. Así que nadie sabe muy bien qué es lo que busca Peipí con este viaje.  

¡Ni siquiera él! Camina hacia donde le parece, con ese saltito corto que dan los pingüinos, las alas medio abiertas y las patas chuecas. Va bastante rápido. Lo suficiente para perderse de vista en ese desierto blanco e infinito, por el que va imprimiendo su huella. Parece que explora. Porque, cada tanto, se detiene y mira a su alrededor.

Al frente: hielo.

Atrás: hielo.

A los costados, hielo y más hielo.

Peipí pensaría que es el paisaje más aburrido del mundo, si no fuera el único que conoce. No sabe todavía que ese paisaje pronto cambiará, pero camina como si lo supiera.

Camina tanto, que llega a la base donde están los científicos. Sus patas comienzan a chapotear, el hielo se va convirtiendo en barro y, a medida que se acerca a ese lugar tan extraño, el suelo se vuelve firme.

—¿Y vos, cómo llegaste acá? —le dice una humana, con campera impermeable y botas de lluvia.

Pero Peipí no entiende el idioma de los humanos, y solamente la mira.

Ella se pone en cuclillas, le convida una galletita:

—Sé que preferís pescado —reconoce—, ¡pero es lo que hay!

Peipí la sigue mirando, petrificado. No toma la galletita (probablemente ni siquiera entiende que se la está ofreciendo) pero parece intrigado por esa criatura extraña que se le plantó a mitad de su ruta.

La humana grita algo, y uno de sus compañeros se asoma desde la base. No tarda nada en alcanzarlos.

—¡Pero qué bonito! —dice— Y raro que haya caminado solo hasta aquí, los pingüinos no suelen separarse de su colonia.

—Podríamos ponerle un chip en la pata ¿no? —dice la primera humana. Pero Peípí no tiene idea de esta conversación. Por supuesto, se da cuenta de que están haciendo unos sonidos raros, pero no puede saber que son palabras.

Sin embargo (¿será intuición?) él también intenta decir algo. Grazna una sucesión de silbidos, que los humanos perciben como una bocina de bicicleta.

No pueden evitar reírse y, en medio de las carcajadas, uno de ellos pierde un guante. Peipí mira con detenimiento lo que acaba de caer. ¿Será piel, será una extremidad completa? Peipí no puede saberlo, y gira sobre sus pasos.  

—¡Lo espantaste con esa risa tuya de dinosaurio, bobo! —le dice la humana a su compañero, en cuanto ve que el pingüino empieza a alejarse.  

Peipí ya no escucha sus risas porque el viento es la única banda sonora de su regreso. Camina con el mismo ritmo de antes, pero más decidido. Ahora sabe adónde va, y sobre todo sabe por qué: esto tiene que contarlo.

Mientras camina, ya imagina cómo lo rodearán sus compañeros. Alguno dirá, seguramente, que se lo está inventando todo. Pero a Peipí no le importa, porque él conoce la verdad. Sabe que que en algún punto de la Antártida hay dos criaturas mitológicas, que hacen sonidos extraños y mudan la piel de repente.

O tal vez pierden una extremidad, eso Peipí todavía tiene que investigarlo.

Casi iguales

Quila y Akiak son casi iguales. Grises, como casi todos los narvales, y con la piel elástica y moteada. Tienen el vientre blanco, dos pequeñas aletas pectorales y una cresta en el lomo, que sirve para romper hielo: con ella, cuando la superficie del mar se congela (algo que pasa seguido en el polo norte) fabrican ventanas con vista al cielo que disfrutan todos los habitantes del Mar Ártico.  

Aunque los dos son grandes como ballenas y tienen la apariencia de un delfín, solamente a Quila la confunden a veces:

—¿Sos una beluga? No, esperá, esperá, ya sé: ¡sos una marsopa!

En cambio, nadie confunde a Akiak. Todos saben que, obviamente, es un narval. Y eso es porque él es macho y tiene un colmillo largo y puntiagudo que resalta como un cuerno.

—¡Yo soy tan narval como vos! —se queja Quila—, solo que no tengo un colmillo expuesto, porque soy hembra. ¡Las hembras somos así!

A Akiak le divierte hacerla enojar (¡por algo son hermanos!) y no pierde oportunidad de demostrarle qué fantástico es andar por la vida con un colmillo como el suyo. Un colmillo con el que puede jugar a los espadachines (¡ziz, zas!), con el que puede cortar redes y picar caracolas abandonadas.

Por eso Quila está de mal humor. Va varios metros adelante, para no tener que escuchar a su hermano. Y esa también es la razón por la que ni siquiera ve pasar el gran bloque de hielo que se desprende desde la superficie y apresa el colmillo de su hermano. Cuando siente la explosión, Quila gira la cabeza. Ve las aguas revueltas, a los peces huyendo hacia distintas direcciones, las burbujas que se multiplican a su alrededor.

—¡Akiak! —grita, pero ya no cabe ni un sonido en el mar y si su hermano responde, ella no se entera.  

Cuando vuelve sobre su nado y se encuentra con la enorme montaña, no duda y baja en picada. En el fondo, casi en las profundidades, lo ve a Akiak. Con su piel gris, elástica y moteada. Con sus pequeñas aletas pectorales y la cresta en el lomo. Está parecido a ella, porque el colmillo no se muestra, enterrado como está en ese bloque de escombros. 

—¡Sacá el colmillo de ahí! —le sugiere a su hermano.

—¿No ves que no puedo moverme? —contesta él.

Quila intenta deshacer el hielo con la cresta, pero la capa es demasiado gruesa. Siente tanta bronca, que da un coletazo. Y el mar le responde.

Lo hace con una onda tenue, casi imperceptible, que cae como un látigo sobre aquel bloque inmenso. La montaña apenas cambia, pero Quila dobla la apuesta. Comienza a girar sobre sí misma, improvisa una pirueta y salta. El agua sigue sus movimientos, al principio tímidamente, pero en cada repetición va cobrando fuerza. La coreografía se repite una y otra vez: giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto.

Pronto se forma un torbellino alrededor, una corriente que sube en espiral y hace temblar esa enorme pirámide de hielo.  Giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto (¡y por fin!) el derrumbe. La segunda explosión que, está vez, le concede a Akiak la libertad.  

Y allá van los dos, uno junto al otro. Casi iguales; con su piel gris, elástica y moteada. Con sus pequeñas aletas pectorales y la cresta en el lomo.

—¡Menos mal que sos hembra! —le dice, agradecido, Akiak— ¡Yo no podría dar esos giros con este colmillo aparatoso!

Quila no le contesta. ¡Pero ahora está de buen humor!  

Detrás de los anteojos

 

Miércoles 25 de septiembre

Daily planet, Metrópolis

Señor director:

Le llamará la atención que yo, siendo reportero de Daily Planet, haya decidido escribir esta carta pública. Lo que pasa es que usted siempre me manda a cubrir alguna noticia sobre Superman, y yo tengo la impresión de que en estos casos  la gente se queda en la superficie del asunto ¿me entiende? No presta demasiada atención al cronista porque, claro, qué puede importar el cronista si el magnífico Superman consiguió parar un tren antes de que cayera por el precipicio. O arregló un dique que estuvo a punto de dejar anegada la ciudad. O nos salvó de una invasión alienígena.

Este muchacho es increíble, es cierto. Con el flequillito cayéndole sobre la frente y esos pectorales impresionantes, que Jimmy sabe capturar tan bien en sus fotos. Hasta en aquella que fue portada ¿se acuerda? El superhombre estaba sosteniendo un edificio de 83 pisos, pero igual tenía la ceja así medio levantada, y esa sonrisa de costado que tanto les gusta a las mujeres de nuestra ciudad. Estaba como si no tuviera quién sabe cuántas toneladas sobre su espalda ¿me entiende?

Y no crea que me molesta todo esto, no. Si yo contra Superman no tengo nada; al contrario. Lo que me molesta es que la misma gente que lo idolatra, ni siquiera lo mire bien. Porque yo ahora le digo todo esto, y le hablo del flequillito y de la ceja y de su media sonrisa, y seguro todo el mundo me da la razón.  No habrá ningún lector de esta carta que se atreva a decir lo contrario pero… ¿lo conocen? Quiero decir, ¿lo conocen en serio, más allá de su traje? ¿si anduviera vestido, digamos, con camisa y corbata? ¿si tuviera un trabajo ordinario como el mío? ¿si usara anteojos como yo? Sigue leyendo →

Cambio de idea

6 de mayo:

Me enamoré. Se viste raro como todos los humanos pero me encantan sus rulos. Sobre todo cuando el viento los embarulla. Ligia dice que tiene ojos saltones, pero es mentira. Apenas puedo respirar de lo lindo que es.

7 de mayo:

Ligia no entiende qué le veo. Dice que es narigón. Eso es porque ella se cree todas las historias que cuentan sobre los humanos: que son temerarios, impiadosos, crueles y asesinos. Para mí, nada que ver: ¡los humanos son lindos! Y más si tienen rulos.

8 de mayo:

Se lo pasa leyendo. Sentado ahí, en la escollera. Me di cuenta porque de repente largó una carcajada.  Y al rato, frunció el ceño, preocupado. Sin dejar de mirar hacia abajo, enderezó la espalda. Cerró el puño. Se mordió los labios. Suspiró. Hizo un ruido raro con los dientes y enseguida después enarcó las cejas como si adentro del libro hubiera visto un tiburón tigre o algo así.

─Es obvio que está leyendo ─le dije a Ligia.

Y también le dije que deberíamos tener libros en el mar.

─¡Los libros se deshacen con el agua, tonta! ¡Vamos, si papá nos ve acá nos mata a las dos!

Ni pude despedirme de sus rulos, mi hermana me hundió con ella en la profundidad.  Sigue leyendo →