Idea

Cuando recién nos mudamos
mamá plantó la semilla
Yo iba al jardín y mi hermana
me llegaba a la rodilla.

Brotó una tarde de octubre
apenas dos, tres hojitas
Pero mamá hizo un festejo
y cocinó galletitas.

Nos dijo cómo regarlo:
¡No más de una vez al día!
El tallo se puso ancho
(en tronco se convertía)

Un día tuvo mil ramas
y muchas flores chiquitas
«¡Qué blancas y perfumadas!»,
opinaban las visitas.

Y ahora, que ya está grande
y lleno de mandarinas
me invade bajo su sombra
una idea repentina.

La pienso, la saboreo
¡Ay, qué idea más bonita!
¿Si como un gajo ahora mismo
y planto las semillitas?  

Continuación

El señor Hook completa el libro de viajes por última vez. Anota un horario, aunque no lleva reloj (odia los relojes) y es exacto: nueve horas, dieciséis minutos, dos segundos. Todavía no amanece. Es lógico: aquí, en Ushuaia, los días son cortísimos.  

Le cuesta recordar cómo llegó a este sitio. Pasaron demasiados años. Cuarenta y tres, para ser exactos. Un guardabarrera interrumpe sus pensamientos:

–¡Felicitaciones, señor Hook! –Él levanta el gancho en señal de saludo. Lleva tantos años aquí que ha adquirido buenos modales.

Atraviesa la puerta principal de la estación y se dirige directo al andén dos. Enciende la caldera. En cuatro minutos, la locomotora ya está en marcha. El humo se confunde con la nieve del paisaje. Blanco sobre blanco.

Hook se ha acostumbrado al frío. Es algo que extrañará. En eso piensa mientras jala la palanca. Tu tuuu, el silbato anuncia la salida. Nueve horas, veintidós minutos, cero segundos. Ya es hora.

El tren se aleja de la estación. Va sin pasajeros. Hook lo ha pedido como regalo de jubilación: un último viaje hasta los talleres. Si todo va bien, no llegará a los talleres.  

Acelera. El traqueteo del tren se confunde con los latidos de su propio corazón. Así de nervioso está. Como hace cuarenta y tres años, cuando sorpresivamente vino a parar a esta región desconocida.

Apenas recuerda los instantes previos a su llegada. La fastidiosa voz de Smee: “¡Cuidado, Capitán Garfio!”. Su gancho soltando el timón. El frío de la espada contra sus riñones. Un salto hasta el palo de mesana. ¡Ah, su adorado barco, el Jolly Roger, que levanta vuelo!  Y ese niño del demonio, Peter Pan.  

Zac, su espada corta una nube al medio. El enemigo retrocede y él avanza un paso. Zac, un paso más.  Zac, otro que es también el último. Cuando se da cuenta, ya está en el aire.  Pero él no puede volar.   

Y cae. Cae por toda una galaxia y llega al punto final de un planeta que se llama Tierra. A las aguas heladas del Canal de Beagle, donde alguien lo confunde con un náufrago. Lo llevan a una aldea, lo bañan, le dan ropa nueva, lo empiezan a llamar Hook y le enseñan el oficio de maquinista. Sin niños perdidos ni polvos mágicos ni inútiles ayudantes buenos para nada. En un tren seguro, que anda siempre por sus vías y no puede volar.   

Hasta ahora, porque es tiempo de volver a casa. Nueve horas, veintiocho minutos, cincuenta y siete segundos. Está por salir el sol y en ese amanecer se verá la ruta hacia el Nunca Jamás. Un nuevo Jolly Roger lo llevará a destino. Directo hasta la segunda estrella, sin escalas.   

Hook ha introducido suficiente polvo de hadas dentro de la caldera (¡hay tantas de estas criaturas desperdigadas por los bosques de la Patagonia!). Apenas asome el primer rayo, la locomotora se elevará. Y se elevará. Y atravesará el bosque. Y las montañas. Y el cielo. Y el universo lleno de estrellas. Y como el buen capitán de barco que nunca dejó de ser, Hook reconocerá su isla. El árbol de los ahorcados, el campamento indio, la roca de las sirenas.  

Y exactamente a las nueve horas, treinta y tres minutos, doce segundos (Hook lo sabe con certeza, aunque no le gustan los relojes) Peter Pan lo verá volver, después de cuarenta y tres años, montado en el mismísimo Tren del Fin del Mundo para acabar esa batalla que nunca terminaron.   

Un buen trato

Merlín es un exagerado (eso no lo vamos a negar) pero la verdad es que estamos donde queremos estar. Si vivimos en este lugar es porque estamos bajo su protección, y no somos desagradecidas. Está bien: la historia no es exactamente así como él la cuenta. ¿Pero a nosotras qué nos importa?

Lo primero que hay que aclarar (más allá de lo que digan todos) es que Merlín no tiene un don extraordinario. Él dice que habla con las hormigas, y eso es verdad. Porque hablar, nos habla. “Traigan esas hojitas”, dice. Y nosotras, como entendemos y somos obedientes, le llevamos lo que nos pide. O sea: somos nosotras las del don extraordinario. Nosotras, que lo entendemos a él.  

Merlín, en cambio, no sabe ni una palabra de hormigonés. Incluso creo que ni siquiera nos escucha. Porque (antes de venir para Camelot) le pedimos de mil maneras diferentes que nos dejara en paz, que por favor dejara de observarnos. Y él seguía, como si nada. Todo el día tirado panza abajo, mirando lo que hacíamos o dejábamos de hacer. Incluso en esa época nos puso un nombre a cada una. Yo soy Diecisiete y mi mejor amiga (que en paz descanse) se llamaba Dieciséis.

A veces nos cambiábamos de lugar, para confundirlo. Y él, aunque no nos sacaba la vista de encima, ni siquiera se daba cuenta. Después iba y le decía a todo el mundo que nos conocía más que nadie. ¡Ja, él quisiera!

Otra de las pavadas que cuenta es que nosotras le revelamos la ubicación de Camelot. Que lo trajimos directo para acá. ¡Como si hubiera sido nuestra intención! En realidad, quisimos escaparnos (de verdad era muy molesto que nos estuviera observando todo el tiempo) pero estaba tan obsesionado con nosotras, que nos siguió.

A los pocos días detuvimos la marcha y empezamos a construir nuestro hormiguero bajo tierra. Entonces, se volvió loco.

–¿Dónde se metieron? –gritaba desde arriba y ¡zas, zas, zas! nos fue bombardeando a espadazos. Con su jueguito de la espada no solo perdimos a Dieciséis (que en paz descanse), yo me despedí de media antena y Diecisiete se quedó sobre tres patas. De alguna forma había que pararlo.  Así que la Reina nos ordenó. Hay que ver lo fortísimas que somos al trabajar en equipo. Nos agarramos de las patitas y formamos una red que aprisionó la punta de la espada.

Sentíamos cómo Merlín la tironeaba para arriba, pero no estábamos dispuestas a ceder. El hombre era un peligro con esa espada en mano, mejor que se quedara enterrada.

Enseguida empezó a desfilar un montón de gente. Claro: Merlín les había prometido que quien pudiera desenterrar la Excalibur (así le puso a la espada) sería Rey de una Nación. Nosotras aguantamos lo que pudimos. Tampoco nos íbamos a quedar eternamente así, sujetando la espada hasta el fin de nuestros días. Así que cuando llegó un tal Arturo, que nos cayó simpatiquísimo, soltamos la Excalibur y nos fuimos a buscar un nuevo hogar.

El hogar fue Camelot, y Merlín (que no puede hacer nada sin nosotras) decidió que era la Nación ideal para cumplir su promesa. No salió mal. El Rey Arturo mandó a construir un castillo justo encima de nuestro hormiguero. Y la mejor parte es que tenemos acceso directo a las cocinas del reino. A sus terrones de azúcar, sus tarros de miel, sus panes recién horneados.

Como contamos con la protección del Gran Mago Merlín (el Consejero del Rey) al cocinero no le queda más remedio que soportarnos. Así que estamos a mano: que Merlín cuente su historia como quiera, mientras nos deje seguir viviendo aquí, en nuestro Camelot-Paraíso.  

La luna de Milena

Me pone muy contenta compartir esta noticia. La luna de Milena, uno de mis cuentos más queridos (fue parte de una antología que me publicó Sigmar hace muchos años), ha ganado autonomía y ahora empieza a circular con nombre propio y en una edición que es un sueño (ilustrado hermosamente por María Lavezzi y editado con mimo por Editorial Ekeka, en tapa dura y un tamaño y un papel y unos colores hermosos).

Ya disponible en librerías y en la página web de la editorial.

La banda de los cinco

El Gran Suceso los sorprendió en medio de un espectáculo. Atenea custodiaba la telaraña, que pendía de un hilo y sostenía a todos los demás. Debajo de todo, casi tocando la base del frasco, estaba el señor Escargot. Wilson encima de él. Menina encima de Wilson. Y Bizbiz, por último, en la punta de la torre.   

Después de 62 días de confinamiento (en promedio, porque el niño cazador de bichos los había capturado en diferentes días) y tras 12 intentos de fuga, habían encontrado el modo de pasar el rato sin sufrir.

La primera en entrar al frasco había sido Menina. Estaba tan acostumbrada al hormiguero que la soledad le resultó insoportable. Se habría dejado morir de hambre, de no por el señor Escargot (el segundo prisionero). Los caracoles pueden ser muy persuasivos, sobre todo cuando generan una baba asquerosa que lo ensucia todo, y vos sos una hormiga ultra maniática de la limpieza.

Para cuando llegó Wilson, el bicho bolita, Menina y Escargot formaban ya un buen equipo. Bajo una hoja de laurel, habían improvisado un depósito de miguitas (el niño humano los mantenía bien alimentados), lejos del gotero que embarraba el otro lado del frasco.        

Atenea llegó el día que montaron el primer espectáculo. Los tres estaban haciendo equilibrio sobre la tapa. Escargot producía suficiente baba como para mantenerlos pegoteados a todos. La acrobacia los hacía reír. Y la risa les borraba la tristeza del encierro.   

También los salvó de la araña. A Atenea le resultó tan divertido el show de bienvenida, que enseguida renunció a su deseo de almorzárselos, y puso su telaraña al servicio del espectáculo.

A los pocos días, Bizbiz sumó al elenco una cortina musical. El mosquito recién llegado zumbaba de maravillas y la banda sonora mejoró la performance. Para aquellos días, la vida anterior al frasco estaba ya tan lejos, que ninguno esperaba el Gran Suceso.

Pero el Gran Suceso llegó. Y el impacto fue violento. Hay que ver la velocidad de vuelo que puede alcanzar un frasco al ser embestido por un proyectil apestoso (dicen que fue una zapatilla, pero este no es un hecho que se haya podido constatar con certeza). 

La caída no los dejó ilesos. El señor Escargot se abolló el caparazón. Menina perdió una antena y pasaron varias semanas antes de que Wilson pudiera volver a hacerse bolita. Atenea, aunque había logrado caer en sus ocho patas, a veces (todavía) camina en zigzag por culpa del vértigo. Y aunque Bizbiz apenas sufrió alguna herida, cada tanto necesita hablar del Gran Suceso para entender qué pasó.

No solo el golpe fue difícil. La libertad es algo tan inmenso que a veces puede asustar. Pero bastan unos segundos para hacernos a la idea.

Así pasó con La banda de los cinco, que se fueron en fila, a buscarse un hogar. Y no volvieron a acordarse del frasco, ni del encierro, ni del niño cazador de insectos. Porque había otras cosas más importantes en qué pensar.

Como el próximo espectáculo, que por fin darían al aire libre.

Una mezcla rara

Al principio mi abuelo y doña Eugenia se llevaban mal. ¡Lógico: son tan diferentes! Ella habla demasiado. Y él, demasiado poco. Ella es capaz de creerte cualquier cosa (como que la luz del palier la rompió un extraterrestre en vez de mi pelota). Y él no puede creer en nada que no esté científicamente comprobado. Ella se viste con colores chillones y para mi abuelo una bufanda gris es demasiado llamativa.

–Son como el vals y el heavy metal –decía la del 4°B, que es profesora de música.

–Como un defensor y un delantero –decía el entrenador de fútbol que vive en el 3°A.  

–O como el agua y el aceite –decía el chef de la Planta Baja.

Y el científico del 5°C se ponía a hablarnos de moléculas y polaridades, de mezclas imposibles y heterogéneas y un montón de otras cosas de las que nadie entendía un pepino.   

Pero en algo coincidíamos todos. Había que evitar a toda costa que mi abuelo y doña Eugenia se cruzasen. Nunca, jamás de los jamases, bajo ninguna circunstancia y por ninguna razón, podíamos permitir que eso pasara.

Porque cuando mi abuelo y doña Eugenia se cruzaban, la cosa terminaba mal. Las reuniones de consorcio con ellos se hacían eternas. Porque uno quería “esto” y  el otro quería “aquello”. Si uno decía “sí”, el otro decía “no”. Y ambos eran capaces de discutir durante horas por las cosas más absurdas (como la trayectoria de vuelo de un mosquito).

El caso es que nadie sabe muy bien lo que pasó ese día. Pero el vals y el heavy metal, el defensor y el delantero, el agua y el aceite se quedaron encerrados en el ascensor durante siete minutos eternísimos.

En el edificio todos se pusieron como locos. El chef les prometió unas milanesas si lograban salir sin lastimarse. La profesora de música puso a todo volumen Trátame suavemente, un tema de Soda Stereo. El entrenador de fútbol les dio una charla motivacional acerca de la rivalidad y de lo importante que es trabajar en equipo. Y el científico se puso a hablar del polo norte y el polo sur, de las fuerzas magnéticas y la atracción de los opuestos.

A los siete minutos exactos, sin que nadie pudiera entender cómo ni por qué, ocurrieron dos cosas extrañísimas. El ascensor se puso a funcionar de nuevo, y mi abuelo y doña Eugenia salieron sonriendo y conversando como si nada.

–Le queda muy bien el rojo–le dijo mi abuelo, como si todos los demás no existiéramos.

–Ay, pero qué dice. Usted siempre tan amable conmigo –le contestó ella, y por supuesto a nosotros ni nos miró.   

Y así salieron juntos a la calle, caminando para el mismo lado, como si eso fuera lo más natural del mundo y se acabaran de conocer.

–Son como el bandoneón y el tango –dijo la del 4° B.

–Como Maradona y Batistuta –propuso el del 3° A.

–Como le leche y el chocolate –suspiró el de Planta Baja.

Y el del 5° C nos habló nuevamente de moléculas y polaridades, de mezclas posibles y homogéneas y otro montón de cosas de las que no entendimos ni un pepino.  

Limericks de otoño

Cuando el viento sopla de repente
una hormiga que es súper valiente
enseguida se arroja
sobre una buena hoja
y comienza a volar en parapente.

**
Te lo juro mil veces, me arrodillo
aunque sé que creerme no es sencillo
pero dicen que en abril
llegan hadas al jardín
y nos pintan el mundo de amarillo.

Caracoles

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Sin querer, el plan me salió redondo. A mi abuela le solucioné el problema de los caracoles. A los caracoles los salvé. Y el día terminó genial para mí.   

Claro que hubo imprevistos. Pero fueron precisamente esos imprevistos los que generaron un resultado exitoso.  

Primero: yo no imaginé que en el jardín de mi abuela pudiera haber tantísimos caracoles. Pensé que iba a sacar, como mucho, diez. Pero terminaron siendo sesenta y tres.

Segundo: los caracoles no son tan tranquilos como dicen. En diez minutos pueden hacer un desastre.

Tercero, y el más determinante de todos los imprevistos: mi mamá  entendió cualquier cosa. 

Todo empezó a la tardecita. Cuando mi abuela, como si nada, me pidió el arma homicida:

–Dame ese frasquito, Jere. El que dice “mata babosas y caracoles”.

Por supuesto,  yo me negué. Porque una cosa es quererla mucho a mi abuela y  otra muy distinta es ser cómplice de asesinato. Entonces fue cuando comenzó a explicarme que los caracoles son una plaga y que las plantas tienen derecho también a la vida y que sus rosales y que sus geranios y que blablablá.

Y en medio de todo su discurso amoroso hacia las flores pero insensible hacia los moluscos, a mí se me ocurrió la buenísima idea de buscarles otro hogar. Alguno en el que nadie los sentenciara a muerte solo por querer alimentarse.

–Te juro que me llevo hasta el último caracol, abue. Pero no los mates.

Y empecé a juntar. Al principio en un platito, pero enseguida necesité un balde. Mi abuela protestó en cuanto me vio entrar a la casa:  

– ¡Sacá de mi vista esos bichos horripilantes!

A mí en cambio me parecían simpatiquísimos con su andar gelatinoso. No paraban de moverse adentro del balde y largaban como una espuma que empezó a pintar de blanco los caparazones.

–¡Qué asco! –volvió a protestar mi abuela. Así que enganché el balde en el manubrio de la bicicleta y me fui. Pedaleé sin pensar adónde iba y mis piernas, acostumbradas a hacer el recorrido de regreso a casa,  me llevaron hasta ahí.

Estaba por meter las llaves en la puerta cuando se me ocurrió que podía llevarlos hasta la canchita donde entrenamos los domingos. Pero mis ganas de hacer pis fueron más urgentes, y entré a casa.   

Una pared blanca. Una bicicleta apoyada en la pared. Un balde colgando del manubrio de la bicicleta. Un menjunje de antenas y caparazones adentro de ese balde. Y diez minutos enteros para hacer un desastre.

Por fin, el grito de mi mamá: “¡Jeremíaaaaas!”.      

Había baba de caracol por donde miraras. Desde el paragüero hasta la tele. Y sesenta y tres caracoles sueltos por el living de mi casa, que mantenían el grito de mi mamá encendido.

 Cuando terminamos de limpiar todo aquel lío, antes de que yo pudiera decirle que enseguida me los llevaba para la canchita, ella me preguntó: 

–¿Tienen que ser caracoles? ¿No podés elegir otra mascota?

Al perro lo llamé Caracol, por supuesto. Y a los caracoles, los saludo cada domingo después del entrenamiento. Después de todo, yo tuve mi final feliz gracias a ellos.