Paseo por la Patagonia

(POEMA PARA SER CANTADO CON LA MÚSICA DE SEMINARE, DE SERÚ GIRÁN)

Quiero ver
y encontrar
ya que estoy en este lugar
maravilloso…
Más aquí, más allá
quiero ver algún animal
frente a mis ojos…
No una vaca, un caballo, no
Quiero algo mucho mejor:
quiero ver
y encontrar
todos esos animales
que no hay allá
Uh…En esa ciudad
donde vivo yo.

¿Cuándo se
va a cruzar
por la ruta y me va a mirar
fijo a los ojos…?
Más aquí, más allá
algún ciervo voy a encontrar
y sacar fotos…
Un ñandú, una mara o más:
algún cóndor querrá volar
sobre mí
para mí
Y tal vez tenga la suerte
de encontrar
Uh…Un hada que esté
buscándome a mí.

Y tal vez tenga la suerte
de encontrar
Uh…Un hada que esté
buscándome a mí.

Renata y su sombra

─¿Regamos las plantas? ─le dice mamá,y Renata corre por su regadera.

Pero entonces nota que alguien va detrás: si ella corre, avanza. Si está quieta, espera.

“Una nueva amiga” piensa y vuelve atrás. Y la nueva amiga se vuelve con ella.

Estira la mano, la quiere tocar. Pero más se acerca, la otra más se aleja.

Con su regadera la quiere mojar. Renata se asusta: ¡tiene otra cabeza!

Corre apresurada sin mirar atrás, y con la manguera casi se tropieza.

─¡Ahora yo! ─ enseguida pide a su mamá. Riega las baldosas, riega las macetas.

Y la ve a su amiga justo por detrás ¡con una serpiente que se le atraviesa!

─¡Quiero entrar!—le dice pronto a su mamá. Y también le pide ya su mamadera.

Se queda dormida y empieza a soñar con la nueva amiga que se quedó afuera.

Coartada

Para que no se enteren de que me he marchado dejé a la vista el papel doblado en cuatro. Mabel querida, que verás los números malditos y el nombre de la que, imaginarás, congeló nuestro tálamo. «¿Aló?», dirá la secretaria del Coronel y el mundo se esfumará para ti. Dormirás a los niños y fingirás que esta noche trabajo en el Ministerio, sin escuchar a la prensa clandestina que ya hablará del secuestro de Evita.

Yo llegaré a Milán , ensimismado. Escucharé la misa in memoriam. Marcaré los números malditos: «Está hecho, Coronel».

Mabel querida, que no sospecharás que, viudo, atravesé los mares para arrancar un tumor de nuestra patria.

El día que el mar se enfureció

¡Qué habría sido de los niños si Yanka, el hada más piadosa del océano, no hubiera llegado a tiempo aquel día!

 El mar estaba calmo. Los remos que Puku movía con destreza ante los ojos admirados de Usuri parecían grandes patas de tortuga braceando al ritmo de la marea; hasta que detuvieron la canoa para pescar. Sigue leyendo

¿A qué tanto ruido?

Brum bram brum se ha enojado el trueno

 y el cielo se ha puesto su negro sombrero

 Brum bram brum lloran las estrellas

 la luna, asustada, se apena con ellas

 Un grillo se asoma: “Escuche, Don trueno

 Cri, cri, me pregunto si su canto ameno

cri cri se escuchara más bajo y sereno

 cri cri yo podría dormirme de nuevo».

La luna prisionera

En el inicio de los tiempos no había luna, ni tampoco estrellas. Por las noches, atemorizado por la oscuridad, Anku cerraba los ojos y se concentraba para escuchar el único ruido que reconocía, el de la cascada. Por eso le gustaba la primavera, porque entonces la nieve acumulada en la cima comenzaba a deshacerse y a bajar en forma de agua, entre las grietas de la montaña. Sigue leyendo

Un nuevo aroma en la tierra

Hace muchos, muchos años, cuando los hombres convivían sin pensar quién era dueño de qué tierra porque la tierra era del mundo y no del hombre, el hada Millaray se dejó ver por Lemunko, el hijo menor del cacique. Sigue leyendo

Olivia y el festival

La mamá de Olivia va a buscarla a danzas y se entera entonces que habrá festival.

─¿No tendrás vergüenza? ¡Habrá mucha gente!

─¡No, mamita! Quiero…¡Yo quiero bailar!

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Consuelo

«¿Y me va a tapar si me destapo?». Ni eso, ni prepararle la leche, ni llevarlo al cole, ni siquiera hacerle sana sana cuando se caiga de la bici otra vez, ahora que anda sin rueditas…¿Qué le puede importar a él que su madre lo mire desde el cielo entonces? El padre clava la vista en el televisor y sonríe con la esperanza de que el chico crea que los ojos le brillan por el reflejo de la pantalla. Ya ha tenido que hablar tres veces con la directora este último mes y excusarse con cuatro compañeritos distintos porque si no roba, pega y si no insulta, escupe. «¡Si ella estuviera aquí!», no puede evitar pensar y vuelve la cara hacia la ventana, para que Nahuel no vea la lágrima que le atraviesa el rostro diez años más viejo desde el entierro, seis meses atrás.

Y entonces la madre vuelve transparente, etérea como una brisa suave y se cuela  a través del dintel de la ventana. Nahuel ve danzar frente a la biblioteca un millón de partículas transparentes que por el reflejo del atardecer parecen bichitos de luz. Un lomo amarillo le busca los ojos y el niño, como movido por una fuerza invisible pero irrechazable, acaricia la vetusta tapa donde un lobezno ceniciento corre al encuentro de (más tarde sabrá) el indio Castor Gris.

Y su tristeza, así, descansará de a ratos, perdiéndose en las páginas del libro.

Amigo en colores

La navidad de Juanito Laguna, 1961

La navidad de Juanito Laguna, 1961

Antes de que ocurriera aquel hecho inusitado, la vida de Alejandro solía ser terriblemente aburrida. No porque le faltaran juguetes, los tenía de a miles. Y tampoco porque le sobrara demasiado el tiempo: además de los cursos de siempre (inglés, natación, esgrima, volley, básquet, piano y computación), a su madre se le había ocurrido la genial idea de anotarlo en la misma escuela de arte adonde ella concurría tres veces por semana ¡Qué fastidio! Así era imposible para Alejandro estrenar los miles y miles de juguetes que se apilaban en los cinco canastos, semana a semana. Mucho menos podía pensar en invitar a un amigo, pues en la Saint Patrick School todos los niños estaban tan ocupados como él. Sigue leyendo