Picaflor (Leyenda guaraní)

 

Ilustración de Ariel Ribeiro: https://www.facebook.com/ArielRibeiro

Ilustración de Ariel Ribeiro: https://www.facebook.com/ArielRibeiro

Cuentan los ancianos que el gran Tupá es justo y bueno cuando justa y buena es la intención de los hombres. Y la intención de Potí y Guanumby fue la más noble que existe en este mundo: amarse siempre y mucho, más allá del cielo y de la tierra, del tiempo y de la muerte, de la vida y de la humanidad.

Eran sus familias de tribus enemigas y hacía tanto tiempo que se odiaban que ya nadie conocía la razón. Cuentan que Potí era bella. Bella como el alba en primavera. Bella como el viento del atardecer que arrastra las hojas en otoño y alivia a los hombres del verano. Bella como el sol que acaricia los rostros y alumbra la sombra del invierno. A Guanumby no le costó enamorarse, y muy pronto Potí también lo amó.

Una y diez mil veces se encontraron más allá del monte blanco, bajo el sauce criollo, sin que nadie los viera. Pero un día la hermana de Potí sospechó. Sigilosa, la siguió hasta el monte y descubrió el secreto. Y enseguida se lo confió a su padre.

Al día siguiente, como siempre, Guanumby cruzó el monte blanco y esperó bajo el sauce. Pero Potí no llegó.  Desesperado, se acercó a la aldea, a riesgo de que lo mataran. Y encontró a Potí discutiendo fervorosamente con el cacique de su tribu:

─¡Jamás lo permitiré! ─le gritaba él.

─¡Estoy enamorada de Guanumby! ¡Debes entenderlo, padre!

─¡Nunca! Por la mañana te casarás con uno de los nuestros, y esa es mi última palabra.

Entonces Guanumby salió de su escondite. Como si hubieran podido ensayarlo una y diez mil veces gritaron al unísono, ante el horror del cacique:

─¡Oh, gran Tupá, no lo permitas!

Cuentan los ancianos que jamás se vio en la tierra otro prodigio igual. De pronto Potí y Guanumby vieron sus propios cuerpos, extrañados, como si ya no les pertenecieran. Potí se deshizo en un tallo pequeño pero firme y su piel se fue volviendo suave como un terciopelo: era una flor, una flor bellísima como ella misma lo había sido antes de que el gran Tupá la transformara.

Guanumby, al mismo tiempo, se volvió ligero como el aire: dos alas diminutas, casi transparentes y veloces lo mantuvieron en vuelo y, desesperado por encontrar a Potí, se alejó torpemente del lugar. Desde entonces la busca. Huele cada flor de cada monte de cada de cada aldea. Besa con su pico las corolas más bellas con la secreta esperanza de encontrarla. Cuentan que unos hombres lo vieron y quedaron extasiados por el color de sus plumas y la rapidez de sus movimientos.

─Picaflor ─lo nombraron, porque una y diez mil veces lo vieron escarbando con su pico el interior de las flores, ignorantes de que Guanumby solo busca los besos de su amada.

Cirilo va al acuario

─¡Cirilo, vamos al acuario! ─le cuenta su papá. Y Cirilo corre a preparar su mochila. Mete el libro de vampiros (¡porque le encanta su libro de vampiros!) y 4 caramelos de frutilla.

─¿Te ayudo? ─le pregunta su mamá, todavía en camisón, desde la puerta de su cuarto. Y Cirilo la mira serio, muy serio, antes de decir bajito:

─¿Por qué no estás vestida?

─Ema está muy movediza, el doctor quiere que me quede en casa ─le contesta su mamá, tocándose la panza que cada día está más grandota.

─Mejor no quiero tener una hermanita ─le dice Cirilo antes de salir corriendo con su libro de vampiros y los 4 caramelos en la mochila: su papá ya puso el auto en marcha.

En el acuario ve muchos peces: hay uno parecido a Nemo; y otro rayado como una cebra; pero el que más le gusta tiene bigotes, como su papá.

─¡Mirá, Cirilo, toda una familia de tortugas!  

Y Cirilo las ve bracear. Especialmente a las tortuguitas que van detrás. Una pasa por debajo de la otra. Mueven las  patas despacito y el agua sube y baja, divertida.

─¡Están jugando! ─grita Cirilo, y su papá sonríe.

Cuando llegan a casa, Cirilo corre a abrazar a su mamá:

─¡Quiero que nazca Ema, para llevarla al acuario!

─¡Seguro, muy pronto iremos los 4! ─le dice su mamá. Y Cirilo se queda pensando en si a Ema le gustarán los libros de vampiros.

Carey: La eterna fugitiva

En la región más austral del planeta, allí donde las nieves son eternas y las aguas gélidas, Carey vio venir desde el horizonte una enorme embarcación que avanzaba con la velocidad de una foca, resquebrajando la fina capa de hielo que en verano cubría el océano. Vio bajar de esa embarcación a un hombre joven, cubierto con pieles coloridas, y Carey pensó que era un cazador: la única criatura que conocía con tan vivos colores era el arcoíris, y se imaginó a aquel hombre, solo, despellejando sus  tonos como si se tratase de un simple guanaco. Sigue leyendo

Ulises va al jardín

Ulises tomó la leche y se comió un pan. Se puso la ropa solo, ¡hasta las zapatillas! Pero dejó que su mamá le atara los cordones.
─¡Qué contento estás! ─le dijo su papá, y le sacó una foto.
─¡A verla! ─dijo Ulises. Y el papá le mostró: Ulises sonreía en esa foto, con su guardapolvo y su bolsita azul.
─¡Hola, Ulises! ─lo saludó Inés, la señorita, cuando llegaron al jardín. Pero Ulises no se movió.
─Te vemos en un rato─ le dijo su mamá.
─¡Mirá cuántos amigos! ─sugirió el papá. Ulises miró. Pero no vio a ninguno.
Ulises no parecía el de la foto. Estaba serio, con los ojos brillando de tristeza. Le habían dicho que en el jardín habría un montón de juegos. Y un montón de sorpresas. Y un montón de amigos. Pero Ulises no vio nada de eso. Sólo sus papás yéndose a casa.
─¡Vamos a dibujar! ─dijo Inés, ya en la salita. Ulises tomó un lápiz azul. Dibujó un nene. Estaba serio. Y solo.
─¿Cómo te llamás? ─le dijo una nena de su mesa. Ulises no contestó.
─Yo soy Ana─le contó, divertida, y le dio un lápiz rojo. Ulises no lo agarró.
Ana sacó un caramelo:
─¿Querés? ─le dijo. Ulises se lo comió. Después tomó el lápiz rojo. Le agregó una nena y un caramelo al dibujo.
─¿Hiciste muchos amigos? ─le preguntó su mamá después, cuando lo fue a buscar.
─Una sola─ dijo Ulises ¡Pero pronto tendría muchos más!

Adivinanzas

1
Es un frío visitante
que llega una vez al año
y se queda por tres meses
¡son tres meses de catarro!

2
Tiene piezas y no es casa
y aunque, dicen, rompe algo
si jugamos a este juego
no rompemos, ¡arreglamos!

3
Cinco hermanitos
siempre juntitos
desde el más gordito
hasta el más chiquito.
Si están agachados
pueden atrapar
Y si van parados
van a saludar.

Mi amigo Martín Fierro

Martín Fierro por el querido Fontanarrosa

Imagine, compadre, mi sorpresa
ver que un gaucho como yo
que no comprende las letras
se ha vuelto, así, tan famoso
en mi tierra y en la ajena
tan solo por ir cantando
por el mundo su gran pena…

Figúrese que hace tiempo
que Martín Fierro es mi amigo
pues trabajábamos juntos
en unos campos vecinos
Nunca fui como el tal Cruz
(al que quiso más que al vino)
pero hemos sido compadres
y nos tomamos cariño… Sigue leyendo

Guerreros invisibles

La primera vez que lo vi, yo misma no lo podía creer. Era inadmisible, bochornosamente inaceptable, imposible e improbable que un chiquito común y corriente como Lucas Manuel se volviera de pronto, porque sí, en menos de un santiamén como diría mi abuela, en un ser diminuto, en una miniatura de hormiga. Sigue leyendo

La bella escultora

Natasha llegó al palacio en medio de una tormenta de nieve. Caminó unos pasos por el sendero principal pero el graznido de unos gansos la entretuvo:
─Buscan el calor de la cocina ─le explicó el ama de llaves, señalando el humo de la chimenea que daba a esa parte del jardín.
Hacía tanto frío que, aun dentro del palacio, Natasha se dejó el echarpe. Los doce sirvientes que allí estaban sólo pudieron ver sus enormes ojos, bellos y cristalinos, asomando por encima de aquel montón de lana. Sigue leyendo

Reina tras bambalinas

Jacinta la vio llegar secundada por quinientas carrozas. El sirviente abrió la portezuela del coche. Y el pequeño pie de Isabella asomó vestido en seda de Pekín. Un destello salió de la hebilla de zafiros y las dos suspiraron a un tiempo: una por lo incómodo de aquel zapato, la otra porque nunca había visto de cerca una piedra así. Sigue leyendo

Cenizas en el bosque

De todas las hadas del fuego, Melián había sido la única en inquietarse por el entusiasmo de Liwen, que siempre le insistía a su padre:
─¡Déjame encender la pira! ¿En qué puedo equivocarme? Sigue leyendo