Cambio de roles

 

Jacinta la vio llegar secundada por quinientas carrozas. El sirviente abrió la portezuela del coche.  Y el pequeño pie de Isabella asomó vestido en seda de Pekín. Un destello salió de la hebilla de zafiros y las dos suspiraron a un tiempo: una por lo incómodo de aquel zapato, la otra porque nunca había visto de cerca una piedra así.

Jacinta era actriz, y le pesaba: siempre andar entre vagabundos, vestir disfraces suntuosos pero pasados de moda, ajados por el tiempo y  sucios hasta la indecencia. Admiraba a su delfina, Isabella.

Y actuaría esta vez para ella. Vio los rostros de las damas escondidos tras los abanicos y las finas confituras sobre las mesas servidas en porcelana oriental. Y tanto deseó aquello que, desconcentrada, ofreció un pésimo acto.

Isabella entendió perfectamente: ella misma muchas veces añoraba calzar otros zapatos, acaso más sencillos pero confortables, como los que Jacinta llevaba. Con el último acorde, la sala quedó en silencio. Jacinta salió llorando del salón, desesperada.

─¡Eso, mi amor! ─gritó el delfín cuando la vio a Isabella corriendo detrás de ella─ ¡Ve a exigirle que nos devuelva la paga! ─y Jacinta escuchó, a lo lejos, la risa de los invitados.

─Su Alteza…─ se disculpó Jacinta cuando la vio ─Yo no…

Pero Isabella no la dejó hablar: «Será el papel de tu vida», le dijo. Y las dos se alejaron, del brazo, por los jardines reales.

Antes de entrar al salón, Jacinta se miró el vestido magnífico y pomposo: tan lleno de bordados en oro, de tules y de moños. La puerta se abrió y ella avanzó, elegante y graciosa. El delfín la miró absorto, pero dejó que se sentara a su lado.

─Veamos el segundo acto ─dijo con autoridad. Nadie se atrevió a contradecirla.

Y entonces Isabella salió a escena: se movió sin pensar en la mirada ajena, atenta sólo al juego de no ser, por fin, Su Majestad. Tocó la clave deliciosamente, cantó con el vigor de un mirlo y recitó  las coplas con fervor. El silencio llenó la sala cuando el acto acabó. Y entonces Jacinta caminó con paso  regio, y ya nadie dudó de su talento. Se ubicó junto a ella.

Tomadas de la mano, compartieron felices la ovación: el público aplaudió rabiosamente aquella noche.

La máscara de Pocahontas

─Te divertirás, Rebeca. Las mascaradas son agradables. Tú te pones el antifaz así, y lo sostienes de esta manera con la mano izquierda. Después bailas como te he dicho: una inclinación de cabeza, un paso aquí, saltas, y otro paso más…

Mataoke mira a Rolfe en silencio. Ha sido una buena esposa hasta ahora. Ha aprendido a asentir. Ha cedido a ponerse estas ropas estrafalarias: el corset, la faja, el miriñaque. El incómodo peinado, porque una señora no anda con el cabello suelto. No por las calles londinenses, no subida a estos ricos carruajes ni viviendo en estas casas recubiertas de mármol.

Mataoke recuerda sus bosques. Recuerda la tarde aquella cuando llegaron los colonos. Recuerda, sobre todo, a John Smith. Cómo su gente lo capturó en Tenakomakah. No sabe todavía qué fuerza la arrastró hasta la pila de los sacrificios, para salvarlo.

–¡No lo mates, no! –El grito había salido de sus entrañas, sin que ella misma entendiese cómo ni por qué lo profería. Pero bastó para que su padre,  jefe de los powhatan, le perdonara la vida a aquel extranjero rubio, de ojos cristalinos y vestimenta extraña.

Rolfe se calza una capa y se mira al espejo. Sonríe mientras se peina la barba entrecana. Pero entonces la ve de reojo a Mataoke,  y la regaña:

–¡Parate derecha! ¡Atrás han quedado tus tiempos de Pocahontas! ¡Mírame! Eres hermosa a pesar de tu raza. Eres Rebeca Rolfe, británica y cristiana. ¿Puedes entender eso?

Mataoke endereza su espalda. Así la llamaba Smith: Pocahontas. También sus hermanos, a veces. ¿Cómo traducirían los europeos aquel nombre? En lengua algonquina Pocahontas es la niña pícara o traviesa. La niña libre. Era un bello nombre, Pocahontas.

–Vamos, Rebeca –le ordena Rolfe.

Mataoke vuelve al tocador y toma la máscara. Se mira al espejo. Ve su cabello recogido y su rostro empolvado. Su vestido alto hasta el cuello. Los innumerables botones. Es Rebecca la figura que le devuelve el reflejo. La Rebecca obediente y silenciosa. Británica y cristiana. ¡Si hasta su piel parece blanca, tan distinta a su raza! Pero sonríe. Sabe que detrás de esa mujer –de esa, que es la verdadera máscara—siguen estando los ojos de Pocahontas, la niña libre.

 

Decálogo para ser princesa

¿Y a mí qué me importa lo que piense Maru? La abuela siempre dice que con ganas se puede todo. Y yo me muero de ganas. Además, no puede ser tan difícil convertirme en princesa. Hay cosas que dan más trabajo, como ser médica. Y si no pregúntenle a mi prima Belu.

Aparte ya tengo casi todo. Primero, soy linda. Bueno, al menos cuando me peino, pero es obvio que si me coronan no voy a andar por ahí toda desgreñada.

Segundo, me gusta vestirme de princesa. Si no me gustara vestirme así sería una calamidad.

Tercero, soy solidaria. Porque la abuela dice que para gobernar (así sea una casa) hay que pensar todo el tiempo en el otro. Y yo a mamá la ayudo un montón: pongo la mesa, le doy de comer a Pipo y le cambio el papel de diario todas las mañanas. Porque hay que ver qué sucios que son los hámsters, así chiquititos y todo.

Cuarto, soy muy simpática.  Y eso es fundamental, porque las princesas tienen que sonreír aunque les duela la garganta. Y eso que el dolor de garganta es asqueroso, porque no te sale ni tragar.  Pero con esto también estoy bien: mamá dice que soy alegre hasta con anginas.

Quinto,  en el cole me va a genial. Ah, sí, para ser princesa hay que estudiar. Hay que saber de ciencias naturales, de ciencias sociales, de lengua, de matemática, de música, de artes plásticas…Un poco de cada materia. Sería un papelón que en una rueda de prensa te confundas mamíferos con invertebrados. Se han desatado guerras por errores así.  Me parece.

Sexto, soy responsable. Séptimo, respetuosa. Octavo, tengo buena disposición para trabajar.  Y todo eso me lo puso la señorita Yanina en el boletín, así que lo tengo certificado.

Noveno, lo dejo como comodín. Porque el mundo va cambiando todo el tiempo y una tiene que estar preparada para aceptar nuevos desafíos.

Lo único complicado es el príncipe azul. Pero si ya logré 9 de 10 sin terminar la primaria, lo tengo que consiguir en un ratito.

─¡Cande! ¡Llegó papá!

¿Cómo no me di cuenta?: es lindo, fuerte, juega bien al metegol y hace la chocolatada más rica del planeta.

─¡Papá!

─¿Cómo está mi princesa? ─Já. Ya le quiero ver la cara a Maru cuando le cuente que vivo con el príncipe azul.

Cómplice

 

Mi padre podrá decir lo que quiera, pero Antheia se lo merecía. Más que cualquier persona en este palacio se lo merecía. ¿No puede una esclava enamorarse? Si Afrodita ha querido que Admes encienda el alma de mi querida Anthea ¿quién es el emperador para impedirlo? ¿Acaso él puede más que la diosa del amor?

Es cierto que yo no me encontraba indispuesta. Es cierto que fingí el desmayo justo cuando mi padre estaba por bajar su pulgar. Admes había vencido al león y a la serpiente. ¿Qué más querían?

A veces se pide demasiado de los gladiadores. Vencen a uno, dos, tres enemigos; pero después llegan los soldados del emperador ¡por montones! Y acaban rodeándolos, ¿cómo no? ¡Si no son dioses! Y con la lanza en la yugular deben esperar la decisión de otro mortal ─oh, sí, porque el emperador es un simple mortal; me lo ha dicho Anthea. Y es griega: sabe más que cualquiera de nosotros, los romanos─.  Así, mi padre decide el destino del gladiador: el pulgar hacia arriba, vive. El pulgar hacia abajo, muere.

Y la gente grita, vocifera, aplaude. Como si no se tratara de un hombre que esta a punto de morir por divertir a otros.

Y me encontraba yo pensando en todo esto cuando vi los ojos de mi pobre Antheia. ¿Cómo pueden decir que es una simple esclava? Si por ella he conocido los versos de Demóstenes y Lisias. Si he aprendido el griego mejor que el latín. Si ha sido mi confidente y mi amiga…Y Admes la miraba con la misma tristeza, como si con los ojos le prometiera que fueran a encontrarse en el inframundo.

Y entonces se me ocurrió todo. Me desmayé sobre mi padre, le quité las llaves del cinturón y en cuanto Anthea se arrojó a mí, desesperada, las deposité en sus manos. Ella miró las llaves extrañada pero las escondió a tiempo.

─¡Se suspende el espectáculo! ─gritó un soldado, y otro me alcanzó un vaso de vino. Admes volvió al calabozo.

Cómo fue la fuga, no sé. Supongo que Antheia engañó a los guardias. Que llegó hasta Admes y abrió la puerta de su celda. Que escaparon juntos hacia Cartago, donde las fuerzas del imperio todavía no llegan. Afrodita irá con ellos, no hay duda: para la diosa del amor no hay rangos sociales, ni emperadores capaces de detenerla.

 

Montaña rusa

 

Cuando me dijo que era una princesa pensé que presumía. Y eso que me pareció hermosa desde el primer día. En serio, si se lo dije a Iván apenas empezó con eso de “la negra”.

–No es un perro, nene. No le digas así.

Está bien: no le dije exactamente “Es hermosa”, pero fue más o menos lo mismo. Por lo menos,  Iván me entendió: –Ah, ¿qué? ¿te gusta? –me dijo.

Tanto como gustarme no sé. ¡Qué sé yo si me gusta! Pero que es linda, es linda. Hasta con la cabeza así, toda rapada. Seguro que es por los ojos, porque te mira todo el tiempo como sonriendo. Entonces yo me siento raro. Como si me acabara de bajar de la montaña rusa, entre mareado y feliz.

Lo peor es que todo el mundo sabía. ¡Hasta mi mamá! Al principio, cuando Kahila dejó de venir al colegio, no pregunté nada: por ahí se había ido de vacaciones, o tenía sarampión. ¿Qué me iba a andar preocupando? Pero ya cuando la maestra nos dijo que venían los exámenes trimestrales y ella no volvía, tuve que preguntar.

–Se volvió a Kenia ─me dijo Iván, que se sentaba conmigo.

Lo dijo como si yo supiera lo que era Kenia. Después (porque lo busqué en Internet) supe que quedaba en África. Que tiene unos paisajes alucinantes y un montón de animales sueltos por ahí. Nada de perros ni gatos ni tortuguitas. ¡Animales salvajes! Jirafas, elefantes, leones, leopardos, hipopótamos…

A la noche le conté a mamá que Kahila había dejado de venir al cole.

–¿la princesa masai? –me preguntó ella, totalmente enterada de todo. Y entonces me contó que su papá había venido a estudiar, que había tenido la suerte de conseguir una beca porque era un jefe guerrero de una tribu masai y…No escuché nada más.

Ahora no puedo hacer otra cosa que esperar: cuando sea grande voy a viajar a Kenia. Como es una princesa, cualquiera me va a poder decir adónde vive. Eso si decido ir a visitarla, claro. Tendría que ir, la verdad. Por lo menos para pedirle perdón por no haberle creído.  Y un poco, pero solo un poco, para que me mire como sonriendo y yo me quede así, entre mareado y feliz. Como si acabara de bajarme de la montaña rusa.

 

Carta reveladora

Junín, 18 de abril de 2011

Mi preciosa Tatiana:

Como prometí, te escribo para contarte la historia de Anastasia. No la que se publicó en los diarios, sobre la que se escribieron libros y se filmaron películas, sino la otra. La verdadera. La que mi abuela me contó a mí. La que espero que algún día le cuentes a tus nietos.

La noche que fusilaron al zar y su familia no fue distinta a otras. Hacía ya mucho que estaban prisioneros pero nunca los habían despertado así, de madrugada.  “¡Vamos, al sótano!”, les dijeron. Llegaron a ver un pelotón. Un fogonazo. En medio del tiroteo Anastasia pudo ocultarse. Vio cómo un soldado contaba los cadáveres dos veces: el zar. La zarina. El pequeño Alexis. Olga. María. Tatiana. ¿Y Anastasia? ¿Dónde está Anastasia? Y entonces sin mirar atrás, la princesa escapó.

En diciembre de 1919, llegó al Puerto de Bremen. Se embarcó en el Hannover, una nave enorme, con el falso nombre de Rosalyn Hoffman y emprendió su viaje a Buenos Aires. Cuando vengas a verme te mostraré todo: el boleto del barco; algunas fotos de la familia que mi abuela (oh, sí, Anastasia era mi abuela) logró ocultar en su vestido la noche del asesinato (de ella con Alexis, de María y Olga en el salón, del zar y la zarina en los jardines de invierno) y el collar de zafiros que le salvó la vida. La bala que iba al corazón quedó incrustada allí. Ya verás tú misma la piedra dañada.

Habrás escuchado que muchas mujeres reclamaron el trono. ¡Falsas Anastasias, todas! La única legítima decidió no hacerlo ¿Qué podía decir? ¿Que estaba bien aquí, en un lejano país americano, viviendo pobremente? ¿Que se había enamorado de un simple zapatero andaluz?  La tragedia la volvió más sabia: no necesitaba un imperio para ser feliz. Y calló.

Espero que siempre recuerdes eso, mi pequeña princesa (y no es esta solo una forma cariñosa de llamarte: por tus venas corre sangre Románov). Sé que guardarás nuestro secreto. Un secreto que ya lleva casi un siglo en la familia Hoffman.

Que la vida te bendiga y Dios te proteja siempre.

Tu abuela Olga

La expedición

─¡Sigrid! ¿Cuándo estarás lista, por Odín? Tu padre y tus hermanos no pueden esperarte todo el día.
Los rojos cabellos de Sigrid caen sobre los hombros en dos trenzas. Un broche en forma de martillo sujeta su capa azul. Prueba un colgante en el cuello, luego otro. Se calza un brazalete de plata. Los aros dorados, piensa, ¿mejor con forma de dragón u otra vez el martillo?
─¡Sigrid! ¡Sigrid! ─vuelve a interrumpirla su madre─ ¡Ya todos están en el drakkar, preguntando por ti!
¡El drakkar! A Sigrid le fascina el Drakkar. Como todas las embarcaciones vikingas, tiene muchos detalles deliciosos. Como el dragón que Olaf esculpió en la proa. Ella hubiera querido ayudarlo. Pero, claro, su padre tuvo la mala idea de convertirse en el mejor guerrero de la historia y ella tiene que seguir sus pasos: nada de andar tallando dragones en las proas.
Ojalá tuviera la suerte de Olaf, que se la pasa haciendo cosas bonitas todo el día. El broche del martillo se lo regaló él. Claro que en absoluto secreto: su padre jamás consentiría que un simple artesano la cortejara. ¡Lástima! Porque Olaf es lindo.
Y ahora Sigrid tendrá que subirse al drakkar. Y sujetar el hacha. Y poner un pie delante para esperar la señal de ataque, una vez en tierra. Y no mirar atrás. Y encomendarse a los dioses para obtener la victoria. Y siempre seguir su instinto porque el que duda, muere. Así que nada de pensar en Olaf. Ni en su pequeño broche de martillo. Ni siquiera en el dragón de la proa, porque eso le hace pensar en Olaf y estamos otra vez en lo mismo.
─¡Sigrid! ¡Sigrid! ¡Ay, si no fueras la hija de tu padre, ya se habrían ido sin ti!
¡Ay, si no fuera la hija de su padre! Eso es justamente lo que piensa ella. Así podría juntar sus trenzas, mirándolo a Olaf. A él le gustaría eso.
─¡Sigrid! Ya verás cómo se enojó tu padre. Te ha dejado aquí, para que aprendas. Ahora tendrás que esperar hasta la próxima expedición, en otoño.
¡En otoño! Eso no está tan mal. Habrá que contarle a Olaf que se quedó en tierra, que podrán estar juntos hasta otoño. Ah, sí, ¿cómo no? ¡toda una calamidad!

Turandot (leyenda persa)

Un día murió el emperador y el jardín imperial se vistió de luto. Lloraron los sauces. Las flores de loto se inclinaron en señal de pena. Las rosas se deshojaron, desahuciadas.
En uno de los aposentos lloraba Turandot, la princesa. No encontraba consuelo. ¡Tan grande era su pena!
Pero fue distinto para Pupinkó. Había sido ministro del Gran Dragón Celeste, amado emperador, ¿Por cuánto tiempo? Y ahora…Ahora por fin…Ahora, siempre y cuando Turandot no se casara:
─¡Gobernaré hasta entonces, Turandot! Eres muy joven para tener esposo.
Pero los años pasaron. Y muchos traspasaron la muralla imperial. Cruzaron los jardines. Tocaron la puerta del palacio.
─Quiero casarme con ella ─dijo uno. Y otro. Y otro más.
Y entonces Pupinkó publicó un decreto: «Desposará a la princesa aquel que descifre un acertijo. Y el que no, morirá».
Y uno fracasó en aquella empresa. Y otro. Y otro más.
─¡Corten su cabeza! ─gritaba Pupinkó, casi riendo. Y todos en el pueblo se entristecieron con cada muerte. Y también Turandot.
Pero un día llegó Calaf. Con sus ojos oscuros. Y su cabello negro y sedoso. Y su porte regio. Y su nobleza. Y su astucia. Y su amor. Porque Calaf amaba a Turandot, más que a todo. Y ella lo vio en sus ojos. Y también lo amó.
«¿Qué animal es que te ataca solo por hambre o temor?, su lengua es muy venenosa; y aún más, su corazón».
Durante varios segundos el pueblo estuvo expectante. Y Calaf, callado. Los ojos de Turandot se desesperaron. Una señal, pidió secretamente. Una señal del cielo para salvarlo.
Y entonces una serpiente se arrastró desde el jardín. Subió las escalinatas. Enroscada en sí misma, elevó la cabeza y con un zumbido aterrador mostró su lengua venenosa.
─Sé la respuesta ─dijo Calaf, por fin─. Ataca por hambre de poder, y temor de perder el trono. Venenosa es su lengua que dictamina sentencias injustas. Y más su corazón, que jamás se apiada. El animal es Pupinkó.
El magistrado no pudo contradecirlo. La serpiente se fue sin atacar a nadie. No era venenoso su corazón, después de todo.
Al día siguiente Calaf y Turandot se casaron. Y Pupinkó…Nadie sabe muy bien qué fue de Pupinkó. Pero, la verdad, tampoco lo extrañan demasiado.

El secreto del Monte Sapo

El mismo Dioges construyó el altar. Mientras lo hacía, miraba de reojo a Junia que ─en cambio─ no bajaba la vista para nada. Sus ojos penetrantes, insistentes, lo buscaban y habría estado así toda la tarde si no fuera por Livia, que con tanta dulzura como rectitud se vio en la necesidad de increparla:
─¡Niña, ya basta con Dioges! Si tu padre te viera mirándolo así…
─¡Sabría que nos amamos!
─¡Y él recibiría seiscientos azotes! ¡Es un esclavo, Junia, igual que yo!
─¡No lo son para mí, Livia! ¡No tengo nada que ver con las infamias de mi padre, por más que se encapriche en convertirme en lo que él es! Para mí eres tan libre como yo. Y Dioges, digno de ser amado.
Era lógico que Junia pensara así: había crecido en casa de los esclavos. Su madre había muerto en el parto y su padre, demasiado ocupado con sus viajes a Oriente, no tenía entonces ni tiempo ni interés de criarla. Así su pensamiento creció libre, suelto de las ataduras que sin duda habrían ajustado una educación que nunca recibió. O, al menos, que no recibió a tiempo. Livia era su hermana; así lo sentía en su corazón. Y Dioges…Dioges, la única razón de su existencia.
Pero el tiempo pasó y su padre empezó a envejecer. Su padre, dueño de trescientos esclavos, del domus más opulento de toda Roma, de la tienda de telas más exquisita que abría sólo para la nobleza y el ejército imperial. Su padre, el eterno viajero. El desconocido. El hombre que olvidó de pronto quince años de ausencia y pretendió doblegarla, exigiéndole ser lo que no era: una joven elegante, instruida, con porte delicado y el gesto orgulloso de los patricios que no miran con desdén a sus sirvientes, simplemente porque ni siquiera los ven.
Junia estaba en edad casadera y si conseguía encontrarle un marido igualmente rico y poderoso como él, ya no habría que ocuparse tanto de la tienda, ni emprender largas travesías al Oriente. Ya podría entregarse a la vejez, a disfrutar los frutos de tantos años de esforzado trabajo. Lo que su padre no sabía, todavía, era que el corazón de Junia ya no le pertenecía: ella jamás aceptaría casarse con otro que no fuera Dioges. Sigue leyendo

Abrazo de colores (leyenda guaraní)

Ya no queda en la región ningún anciano que haya presenciado aquello: sucedió hace tantos años que nadie recuerda quién fue el primero en referir la historia. Tantos, que en la Tierra habitaban ─junto a los hombres─ los hijos del Gran Tupá.
Y algunos hijos del Gran Tupá fueron monstruosos y despiadados, como Boi. La enorme serpiente que habitaba el río, exigía cada año una doncella para ser entregada en sacrificio. Y aquel año, cuentan, la eligió a Naipí. Naipí con la noche en sus cabellos. Naipí con el alba en su mirada; en sus ojos de almendra y de melaza. Naipí con su sonrisa de orquídea y nube blanca. Con su piel de cobre y de tersura; y su voz de pájaro campana.
¡Ay, el joven Tarobá cuánto la amaba! Tanto que esa noche, sin mirar peligros, intentó salvarla. Pero Boi los sintió. Escuchó sus voces sobre la canoa que se deslizaba, sigilosa, por el río. El río que hasta entonces gobernaba. El río que era Boi.
La fiera serpiente encorvó su lomo y el río se partió en múltiples pendientes y cascadas: la frágil canoa se precipitó al vacío.
Cuentan que desde entonces unas inmensas cataratas habitan la región de Iguazú. Y que Naipí descansa, convertida en piedra, bajo el salto más alto. Dicen también que Tarobá se transformó en un árbol cuyas ramas intentan acercarse a ella. Pero Boi se interpone.
Sin embargo, cuando los rayos del sol penetran las aguas cristalinas, un arco iris se extiende, poderoso, desde la piedra al árbol: son Tarobá y Naipí que atraviesan los siglos abrazándose.
Boi, impotente, nada puede hacer para evitarlo.