La escuela del bosque

En el bosque hay una escuela

cuyo techo es todo pan,

las ventanas son de azúcar

y galletas lo demás.

Dicen que fue donada

con toda amabilidad

por dos hermanos que fueran

alumnos un tiempo atrás.

En la cocina hay un horno

(no sé si de leña o gas)

que se encuentra clausurado

por orden ministerial…

¿Será porque allí encerrada

─según cuentan por acá─

hay una bruja malvada

que espera para escapar?

¿O será que si prendieran

el horno se quedarán

sin techo, muro y ventanas

ni escuela para enseñar?

 

Con las luces del cielo (versión de una leyenda mocoví)

 

En la noche está escrita la historia de nuestros ancestros. Hay que mirar arriba, nomás; al inmenso piguem, que otros llaman cielo. Desde allí nos hablan las estrellas y no importa el tiempo que ha pasado. Todo queda labrado para que no olvidemos.

Hoy quiero contarles una historia de esas. Está escrita, muy clara, en esas cuatro estrellas ¿Las ven? Algunos las llaman Cruz del Sur, ¡aunque es tan clara la huella! Arriba, los tres dedos.  La imagen se completa si miramos, abajo, la otra estrella: así pisa el manic, ñandú de nuestras tierras.

En esa huella está escrita la historia de Nemec, bravo cacique de nuestro pueblo. ¡Nunca fallaba, Nemec! ¡Nunca escapaban sus presas! Hasta esa tarde, al menos.

Cuentan que de cedro hizo el arco. Lo puso al  fuego, para corvarlo. Anudó en sus extremos una enorme raíz, y la fue tensando. Para las flechas, usó espinas de cardón, embebidas en la savia venenosa de un laurel de flor.

Entalló también la punta de su lanza y la encastró en la vara. De quebracho, la vara. Porque el quebracho es fuerte  y su madera, noble.

Y juntó piedras pesadas. Con cuero de tapir las cubrió. Y las ató con lianas. Midió el peso en la fuerza de su brazo y ensayó el movimiento de su cuerpo: la muñeca girando a la derecha, el torso firme y la postura erguida. ¡Había que verlo a Nemec, cuando lanzaba! Las boleadoras (veloces como martinetas) siempre alcanzaban la presa, que quedaba enredada en un golpe mortal.

Y así salió Nemec, como otros días. Con su arco y sus flechas. Con su lanza filosa y las piedras pesadas, listas para arrojar. Estaba atento ¡Al acecho! Escuchando los ruidos que llegaban, como una brisa lejana, desde la llanura.  Las pisadas. Los silbidos del viento. Los arbustos que se abrían ante el paso inocente del manic, que ignorante del peligro, avanzaba más y más.

Y se vieron. ¡Uno al otro se vieron! Nemec, conteniendo la respiración. Apretando la lanza entre sus dedos inclementes. Midiendo la distancia, para no fallar.

Y el ave, declinando su altura para iniciar carrera.  El cuello, tenso. Las alas, bien abiertas y listas para dar el giro: ¡tenía que huir!

Todo fue a un tiempo: el movimiento del brazo, el salto del manic y la corrida. ¡Falló la lanza de Nemec! Buscó entonces las flechas. Una, dos y tres fueron perdiéndose en el horizonte junto con la presa. Siguió corriendo el ave. Detrás iba el cacique que nunca renunciaba. Hizo silbar las boleadoras sobre su cabeza. No se tocaban, no se acercaban siquiera: tomaban fuerza en el giro, porque era diestro Nemec. Pero de pronto, las detuvo. Las piedras cayeron a sus pies. Y él, de rodillas, se quedó en silencio.

Porque el manic trepó el cielo. Con el mismo paso vigoroso, con la prisa y el alivio del que escapa justo a tiempo, ¡el manic trepó al cielo! Subió, subió y subió hasta perderse en la tarde luminosa. Y allá quedó su huella, como una marca indeleble y eterna que atraviesa los siglos, para que recordemos.

A nuestros ancestros. Al cacique Nemec, que vio el prodigio. A los seres indefensos que nuestra tierra protege. A las estrellas que nos hablan de nuestras raíces; que nos cuentan de nuestro pasado y dibujan la historia con las luces del cielo.

 

 

 

 

 

La ciudad dorada (versión de una leyenda mapuche)

 

Cuentan que hace muchas lunas, huyendo de los huincas, algunos de nuestros ancestros cruzaron la Gran Cordillera. Usaron pasadizos que nadie conocía, guiados por un magnífico cóndor que iba trazándoles en el cielo la mejor ruta.

Y así llegaron a estas tierras. Vieron los majestuosos coihues, los ardientes arrayanes y los robles. Degustaron las moras y la rosa mosqueta. Sintieron por primera vez el aroma del canelo y vieron,  como en un espejo, sus propias sonrisas reflejándose en los lagos.

Y entonces no avanzaron más. Armaron sus rukas al pie de las cumbres y en un claro del bosque encendieron el fuego. Le dieron un nombre a la región —Nahuel Huapi—, y hasta los huincas siguen llamándola así, como  nuestros ancestros quisieron.

Por varias lunas, aquellos hombres y mujeres bailaron y cantaron alabanzas a Ngenechén, que los había guiado, a través de aquel cóndor, a una tierra amable y prodigiosa. Porque en nuestros bosques y estepas hallaron alimento; y en las montañas, llenas de grutas, el refugio que necesitaban.  Y entonces quisieron obsequiarle al gran dios un tesoro mejor que las palabras y los cantos.

—Algo tan inmenso como estas montañas —sugirió alguno.

—Puro como el agua que desciende de las cumbres para calmar nuestra sed —dijo una mujer.

—Y luminoso como Kuyen, que alumbra cada noche nuestra aldea —agregó un anciano del Consejo.

Pero fue la machi quien, finalmente, decidió por todos:

—Ya que no podemos crear las montañas ni el agua cristalina ni la luz de la luna ¡Levantemos una ciudad! Que sea inmensa, pura y luminosa como estas tierras, y sirva como obsequio al buen dios que nos ha dado tanto a nosotros.

Y así fue como construyeron una enorme ciudad para Ngenechén. Las murallas, altísimas, fueron de oro. Y formaron los puentes con láminas de plata. Trajeron piedras de lugares lejanos y así usaron el ámbar y el zafiro y el cuarzo para revestir los suelos. Y los suntuosos altares —de jaspe, amatista y ónix— brillaron tanto que a lo lejos, toda la ciudad se parecía a una noche estrellada. Sigue leyendo

¡Rapónchigos! ¿Y ahora?

Érase una princesa
con extensa cabellera
que vivía en una torre
sin ascensor ni escalera.
La bruja que la cuidaba
usaba su larga trenza
para subir a la cima
y ver a la impar doncella.

—Rapónchigo —le decía—.
¡Suelta tu pelo, nena!
La joven, brava, aguantaba
el peso de la hechicera…

Pero, una vez, un buen mozo
príncipe que la viera
subiendo por el cabello
de la dama prisionera

quiso curiosear y entonces
(cuando la bruja se fuera)
subió veloz por la hebra
de pelo que lo asistiera.

Se vieron y enamoraron
y así tuvieron la idea
de escaparse a otro reinado
sin bruja que los agreda.

Pero el amor embobara
de pronto las dos cabezas,
y un tonto plan emprendió
la infortunada pareja.

Sostuvo el joven gallardo
por la trenza a la doncella
y no pensó que al bajarla
el pelo fuera con ella.

Cuando cayeron en cuenta
¡cuál fuera la pataleta!
El joven llora en el cielo.
La joven llora en la tierra.

Una queda protestando
(le molesta la melena).
Otro está refunfuñando
(ha perdido la escalera).

Los hilos del destino (versión de un cuento sufí)

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En un lejano país de Occidente que ya no figura en ningún mapa, hace muchos años –tantos, que no es posible contarlos—vivió Fátima, la hilandera. Aprendió el oficio de su padre, que había forjado su fortuna con sus manos prodigiosas: siempre separando, retorciendo y tensando los filamentos del cáñamo hasta volverlos madeja.

Sucedió que una vez los dos emprendieron una larga travesía por el Mediterráneo.

–Cuánto quisiera, hija mía, que en este viaje conozcas a algún joven rico con quien puedas casarte –dijo el padre sin saber que su deseo, en el fondo, era distinto: ¡solo quería ver a Fátima feliz!

El universo supo interpretarlo. Y labró, silencioso, su destino.  ¡Ay, si conociéramos de antemano nuestro porvenir! ¡Si pudiéramos ver los hilos invisibles que nos llevan a andar ciertos caminos!

Porque aquella noche, el barco en que viajaban de camino a Creta naufragó. Y Fátima perdió a su padre. Ella llegó, exhausta y asustada, a una costa de Alejandría donde la acogió una familia de tejedores.

Eran pobres. No tenían en el mundo otra cosa que su oficio para darle. Y Fátima –intuyendo tal vez los hilos invisibles que se iban extendiendo hacia su porvenir– dejó atrás su pasado de carreteles y madejas, de comida caliente y una cama mullida, para hacerse tejedora. Y aprendió todo sobre los nudos y las tinturas, sobre los peines y las púas que se utilizaban en aquel entonces para dar forma a los paños. Y lejos de sentirse desdichada por todo lo que había perdido, Fátima se permitió ser feliz. Sigue leyendo

La luna de Milena

─Ay, cómo nos costó entender la luna de Milena ¿no? ─me dijo la abuela hoy. Y yo me maté de risa. Salimos por la puerta de Libertad, solas, porque papá se quedó con Mile para ayudarla a cambiarse. Qué lástima que mamá se lo perdió. Seguro que llama hoy para ver cómo salió todo. Porque mamá es así, no quiere perderse nada. Ni su congreso de Retórica en Chile ni esto que pasó hoy. Mamá es lingüista. Una intelectual, dice papá. Como una profesora de Lengua pero más. Una profesora que publica libros. Libros aburridísimos, eso sí, que no lee ni mi papá. Y eso que papá lee todo el tiempo porque es profesor de Historia.

La cosa es que mamá, pobre, no pudo venir hoy. Y seguro está triste, allá sola en Chile. Papá dice que no entiende tanto esfuerzo para nada, que aunque se la pasa en la universidad no gana más que él. A mamá no le gusta que le diga eso, dice que es un envidioso. Que si él hubiera podido…Siempre se pelean por lo mismo, antes y ahora. Papá dice que a él le aburre la investigación y que en cambio dar clases en el secundario le divierte muchísimo. Que los chicos lo hacen reír todo el tiempo. Que está justo donde quiere estar. Y mamá se ríe: «¡Pero por favor!».

Se separaron hace dos años, antes de que empezara todo el problema con Mile. Ahora por lo menos no se gritan tanto. Antes era peor. La abuela decía que eran como perro y gato. Pero de los que pelean, porque en casa, por ejemplo,  Genoveva y Camilo se llevan re-bien, si hasta duermen juntos. Y eso que son perro y gato en serio.

Con la abuela caminamos hasta el bar donde nos dijo papá que los esperáramos. Ella se pidió un té y yo un café con leche. Tres medialunas para las dos y una sevenup para Mile, que seguro vendría con sed.

─ Qué bien estuvo ¿no? ─le dije.

─¡Divina! ─me contestó ─¡Mirá si nos hubiéramos quedado con una sola historia de las cosas! Sigue leyendo

Fue la bruja Lavandina

–¡Es el colmo de los males!–,

le decía a su mamá

la pobre Caperucita

que no deja de llorar.

¿Y ahora cuando alguien quiera

llamarla cómo lo hará?

¡Si ni ella sabe su nombre!,

¿cómo sabrán los demás?

–Yo soy para todo el mundo

Caperucita, nomás,

y saben que voy de rojo

pues rojo es todo el disfraz.

La pobre madre no sabe

de qué modo consolar

a la niña acongojada

por un error garrafal:

la célebre caperuza

que nunca deja de usar

nadó con la lavandina,

la que ha sabido matar

el rojo intenso del traje

que en rosa se quedará…

–Ay, mamita, qué tristeza–

la niña llorando está,

pues ha perdido en un tiempo

su traje y su identidad.

¡Yo quiero ser de madera!

Me ha contado Pepe Grillo

que Pinocho se lamenta

desde el día que ha dejado

de ser niño de madera.

Jugó el viernes un partido

de fútbol en la azotea:

era justo al mediodía

y él estaba sin remera.

¿Se imaginan qué desastre?

¡Ni siquiera una visera!

Se quedó  todo ampollado

como raba en la aceitera.

Encima la muy taimada

de una abeja traicionera

lo picó justo debajo

de una oreja y se creyera

todo el mundo que Pinocho

¡pobre! andaba con paperas… Sigue leyendo

La confesión (leyenda urbana)

ojos

 

Yo le tomé la declaración. El tipo vino temprano, ni siquiera habíamos llegado a enchufar la cafetera. Y sí, estaba nervioso. Pero todos están así cuando vienen a la seccional. Porque pensá: ¿por qué razón vas a venir? O tenés que hacer un maldito trámite o tuviste un accidente con el auto o te asaltaron, y en cualquier caso estás con los pelos de punta. Así que al principio mucha bolilla no le di.

–¿Alguien que me pueda atender? –gritó en cuanto me vio meterme en la cocina.  La gente a veces se desubica. Porque qué se pensaba, ¿que no teníamos otra cosa que hacer?  Y decí que Pedro es tan señorito, que enseguida salió a decirle “un momento, por favor”. Si era por mí, lo insultaba.

Está bien: el tipo tenía sus razones ¿pero yo qué sabía? Para mí era uno más, y justo viene a llegar antes del desayuno. De mala gana lo hice pasar a la oficina.

–Vine a entregarme –dijo.

Me puse los lentes. Su rostro no me era familiar, para nada. Pero como siempre estamos recibiendo alguna foto o identikit, prendí la computadora para ver los últimos registros. Eso llevó un rato. Porque acá tenemos Windows noventa y pico, así que imaginate. Mientras, aproveché para buscar la Olympus: las confesiones hay que grabarlas, por protocolo ¿viste?

Cuando por fin se cargó el programa, miré los registros y nada. Al tipo no lo buscaban ni en este ni en ningún otro distrito. Le pedí el documento para verificar antecedentes, y tampoco. Limpito, estaba. Ni una multa, el loco. Sigue leyendo

La estación fantasma (leyenda urbana)

Estación fantasma

Mi abuela vivía sobre la calle Mitre, frente a Miserere. Teníamos un ritual: aplastábamos galletitas con el palo de amasar, las metíamos con cuidado en una bolsa transparente y empezábamos la travesía.

El subte para mí era descender a un mundo nuevo, por donde navegábamos a velocidad dragón a través del centro de la tierra: viajábamos de un mundo a otro. Del marrón al rosa, del rosa al carmín: los mosaicos de las estaciones eran mis coordenadas para ubicarme en el mapa. Llegar a la estación Perú –con la balanza antigua, la tabaquería devenida en kiosco, las publicidades de Centenario y Tienda El Paraíso—era sin duda lo mejor del viaje. El preludio de las palomas, nuestro destino final.

Porque en Plaza de Mayo subíamos al mundo conocido, con la casa rosada, el cabildo, los puestos callejeros, la fuente y la pirámide. Con las miles de palomas que volaban entre los vallados, esquivando a la gente, para llegar a mí cuando –como un dios de las tempestades– desplegaba mi lluvia de miguitas.

¿Cómo no recordar todo esto cuando Zunni nos pidió el trabajo? Investigar sobre la dimensión simbólica de las movilidades urbanas me hizo volver a la infancia y a mis fantasías. Me di cuenta entre otras cosas de que mi mirada, ahora, era más pesimista. Apenas llegué a la entrada de Acoyte y vi las rejas solemnes, hechas de puro hierro; las escaleras blancas que iban bajando hacia una bóveda oscura, tuve la imagen mental de un cementerio. Y pensar que de chico, para mí, el subte era movimiento y ruido. Era ir con mi abuela y disfrutar y vivir la aventura. Sigue leyendo