Ovillo

gatito

 

Cuando la palabras sueltan este mundo

juegan y dibujan otro.

Combinan las texturas, los colores

incluso lo que no puede tocarse

pero vive más allá de los nombres…

El mundo es un ovillo

de palabras

que rueda

si aprendemos a jugar.

Hambre feroz

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Cuando la seño Lidia me dio el papel del lobo feroz, no pensé que iba a resultar tan bien. Al contrario: creo que me asusté. Tener que actuar delante de todo el colegio, pararme en  medio del escenario, mostrar las garras y pegar un alarido espeluznante antes de comerme (¡enteras!) a Caperucita y a su abuela, era como demasiado.

Además, la seño Lidia es demasiado exigente. Tenés que verla cuando nos olvidamos la letra. Y que no se te ocurra tentarte en medio del diálogo porque ahí sí: sonaste. Empieza a decir que no nos tomamos nada en serio, que quién la mandó a meterse en estas cosas, y que nunca más (¡que nunca más!) dirigirá una obra en esta escuela.

La verdad es que yo el día del estreno estaba un poco nervioso. La luz me apuntaba justo en medio de los ojos y el disfraz me  daba calor (y peor cuando encima me tuve que poner la cofia de la abuelita). Así que con disimulo me corrí un poquito la máscara para poder respirar.

Y entonces fue cuando Ema, que hacía de Caperucita, se sentó en el borde de la cama y me puso su canasta repleta de muffins justo debajo de la nariz. Y a mí los nervios me dan hambre, no lo puedo evitar.

Y encima el interrogatorio: que por qué  tengo los ojos tan grandes; que por qué soy tan orejón; que por qué, que por qué, que por qué… ¡La verdad que el lobo del cuento tenía una paciencia! Yo me hubiera comido a Caperucita sin tanta explicación.

El caso es que no me comí a Caperucita, pero sí todos los muffins. ¡Todos! Y según parece, la mamá de Ema los había hecho especialmente para que los compartiéramos después de la función. Así que hay que ver cómo se puso la primera actriz. ¡Más roja que la caperuza que llevaba puesta!

Y así, sin pensar en el sermón que nos daría la señorita Lidia, Ema se salió completamente del libreto y me gritó enfurecida:

–¡Te comiste todo, nene!

Por suerte, salvé la situación. Un poco porque vi que la señorita Lidia se puso blanca de repente y otro poco para limpiar mi honor (tampoco era cuestión de que quedara como un glotón adelante de toda la escuela). Así que me ajusté la máscara, salté de la cama, me paré en medio del escenario mostrando las garras y grité:

—¡Sí, me comí todo: a tu abuelita y al nene!

Y ahí nomás la gente se empezó a reír. ¡A carcajadas! Hasta la señorita Lidia se agarró la panza de tanta risa que le dio.  Ema y yo nos miramos, y por un segundo pensé que también íbamos a tentarnos. Pero no: continuamos muy serios el resto de la función. Al final, nos aplaudieron un montonazo. Y a mí (especialmente a mí, que era el súper villano) me aplaudieron de pie.

Ese día descubrí dos cosas: que la mamá de Ema hace los muffins más ricos del planeta, y que yo quiero ser actor.

 

 

 

Hora pico

 

¡Es re injusto! ¡Éramos un montón y me ponen en penitencia a mí solo! ¿Yo qué culpa tengo del tráfico, a ver? ¡A que ahora también me dicen que soy el responsable de la hora pico! Yo manejo   con prudencia, claro, pero no puedo hacerme cargo de las maniobras del resto.  Y eso que toqué bocina. ¡Cómo tres veces, toqué! Pero en este patio nadie te da bolilla. Ya le expliqué a mi mamá, pero no quiere entenderme.

Una vez que tomás  envión es muy difícil parar la bici, y entonces no te queda otra que empezar a esquivar obstáculos. El primero fue Titán que salió corriendo atrás del gato del vecino, como siempre.  Yo tuve que doblar a la izquierda y, claro, en dos pedaleadas ya estaba encima de la cucha. Como tengo buenos reflejos, di la vuelta en U pero con tan mala suerte que casi aplasto a Josefina (¿Se pasa la vida en su caparazón y justo se le ocurre salir en ese momento?). Entonces sí clavé los frenos, pero la bici patinó. Y la rueda le dio de lleno a la pelota, que empujó la patineta, que tiró el tacho de pintura azul.

¿Fue culpa mía? ¡Por supuesto que no! Y si no, miren las huellas que hay en la cocina. Por suerte, el piso es blanco y se notan bien: esas, claramente, son del gato del vecino. Estas, más grandotas, son las de Titán. Y acá están las de Josefina, que como arrastró su lechuga terminó dibujando un lago justo al lado de la mesa.

Pero evidentemente, a mi mamá las pruebas no la convencen. Al contrario: más mira la cocina y más me quiere castigar. Ni siquiera quiso escuchar una idea buenísima que se me ocurrió con todo esto. Porque estoy seguro: si pusiéramos un semáforo en el medio del patio, no tendríamos problemas nunca más. ¡Ni siquiera en hora pico!

Culpa

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Cuando entró al cuarto ya estaban dormidos. El libro sobre la mesa de luz, con el señalador todavía en la misma página. Se sintió culpable. Aunque estaban lo suficientemente grandes para leer solos, tenían un ritual. Y ella llegaba tarde, una vez más. Siempre tanto trabajo y el tráfico y los informes que no pueden demorarse más. Y qué pena: la lectura quedará para mañana.

Los arropa (ese es un gusto al que no va a renunciar). Les besa la nariz como cada noche y presiente el escalofrío en su respiración dormida. A Javi hay que cortarle el pelo.  Este pijama ya no sirve más: cuánto ha crecido Cande últimamente. Sale de la habitación sin hacer ruido.

Se asoma entonces a su propio cuarto y ve la televisión encendida. Como las últimas noches, nadie la mira. Pedro le da la espalda, sentado al borde de la cama, otra vez con la vista fija en la misma foto. La foto de los cuatro, aquella navidad. Los ojos de él se pierden en quién sabe qué recuerdos y ella nota por primera vez algunas canas: es cierto aquello de que la tristeza nos hace envejecer. Y entonces otra vez vuelve la imagen para llenarla de culpa: el trabajo, el tráfico, los informes que no pueden demorarse más. Y también el asfalto mojado de aquel día, las luces que la encandilan y finalmente el camión. El camión que (congelando el tiempo) seguirá postergando los encuentros, día tras día.

¡Mirá quién habla!

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https://qso.com.au/events/family/peter-and-wolf

Por mí, que Esopo cuente la historia que quiera. Total, yo sé la verdad. Con todo ese asunto de que hay que educar a los niños, enseñarles que no mientan  y bla bla bla los adultos son capaces de inventar cualquier disparate. Y qué importa que el lobo quede mal parado ¿no? ¡Si total es el lobo! ¿A quién le puede importar el lobo? Pues que se enteren: le importa a mi mamá.

—A ver, decime qué necesidad… Yo no digo que no puedas comerte dos o tres ovejas, ¿pero todas? ¿De verdad era necesario que te las comieras todas, hijo?

Inútil explicarle que no. Que esa, justamente, fue la primera mentira de ese señor. Que yo apenas me comí una y lo hice como favor, porque ni hambre tenía. Pero claro, como toda la manada le cayó encima, ella no me creyó:

—¡Tendremos que emigrar otra vez! —sentenció Gran Lobo.

—¡Ese lobezno tuyo no dejó ni una oveja para el resto! —se quejó Loba gris.

—¿Y ahora cómo hacemos para que no nos persigan? —lloraba, dramática como siempre, Loba Vieja.

—¡A ver si aprende ese glotón de una vez! —Ya ni me acuerdo quién lo dijo.

Lo que sí sé es que por culpa de ese Esopo me convertí en la bestia más temible para los humanos y en el peor compañero del mundo para los lobos. ¿Y todo por qué? ¡Porque soy solidario! ¡Ese chico se estaba muriendo de aburrimiento y ya no sabía cómo llamar la atención! ¿O no empezó aquel día a los gritos, como un desaforado?

—¡El lobo! ¡El lobo! ¡Ayúdenme, por favor!

Y al día siguiente gritó igual. Y al otro y al otro. ¿Y vino alguien? ¡Por supuesto que no! Ni aquel día, ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Segunda mentira de ese señor: jamás se acercó ningún aldeano a ayudar a ese pobre muchacho.

Excepto yo, claro. Y eso que ya lo dije: ¡Ni hambre tenía ese día! Pero me partió el corazón. Es que soy un lobo sensible ¿para qué negarlo? Me dio tanta pena que me dije: ¡Y bueno! ¡Vamos a hacer un esfuercito!

¡La emoción que le dio cuando me vio! ¡Ni él mismo podía creerlo! Si ni siquiera pudo articular una palabra. Y ahí tenés la tercera mentira de ese señor: cuando aparecí de verdad, el chico no gritó (igual está clarísimo: no hubiera servido para mucho) ¡Si hasta me miró agradecido! ¡Más vale! ¿A qué chico no le gusta un poco de acción? ¡Hay que estar todo el día en el monte, mirando el cielo!

Así que Pedro imaginó la historia, yo interpreté el papel y el que se lleva los laureles es ese tal Esopo que encima levanta el dedo para decirles a los chicos que nunca hay que mentir. ¡Pero mirá quién habla! ¿O no son los escritores los más grandes mentirosos?

 

 

 

 

 

 

 

 

Fiesta de disfraces

 

Las luces estaban encendidas cuando lo vi. El peor disfraz del mundo, sin ninguna duda.

—¿No se te ocurrió nada mejor que ponerte una sábana encima? —le grité mientras tironeaba de la tela para desenmascararlo.

Tuve que sacarme el antifaz para ver mejor lo que no había: ¡Nadie! ¡Nadie debajo de la sábana! Por suerte se cortó la luz: ni el rostro más espeluznante me habría asustado tanto aquel día.

Abuela-hada

Eran tres hermanas: Fernanda, Evangelina y Guadalupe. Vivían sobre la calle Alvear, en Ituzaingó y a mí me encantaba ir a su casa. Cuando jugábamos al Mago de Oz, en el patio, las baldosas se pintaban de amarillo y aparecían cien torres hechas de piedras preciosas, al final del camino. Un día llegó su abuela de visita:

—¡Hada! —gritaron las tres.

Y entonces, yo lo entendí todo.

Pequeña exploradora

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http://damianzain.blogspot.com.ar/

 

Julián miró la esfera sin pestañear. Era roja, brillante, del tamaño de un melón mediano pero más redondita. La lanzó al aire, despacio, para poder atajarla. Liviana. Al menos así, vacía. Había que ver después, cuando tuviera su población.

La recolección fue durísima. No es que no fuera un buen día para las hormigas: hacía bastante calor. Encontró mariposas, mosquitos, caracoles, incluso alguna babosa en el cantero del fondo. Pero hormigas, ni pista. Ni negras ni coloradas.
A las dos horas, ya estaba toda la familia buscando. Hasta el perro (que seguramente no tenía idea de qué buscaban) olfateaba por aquí o allá, solo por acompañar.
—Qué bichos inteligentes —dijo el abuelo. Y Julián le preguntó por qué.
—Digo…Sabrán que vas a encerrarlas en el hormigario y se esconden…
Julián no había pensado en eso. En armar su propia colonia, sí. En alimentarlas y verlas trabajar, también. En darles un hogar, sobre todo. Un hogar redondo y rojo. Pero ¿encerrarlas? No, a Julián no le gustaba convertirse en carcelero.
Y justo su mamá encontró una.
—¡Por fin! —gritaron todos.
Era una hormiga colorada, con dos antenas y seis patas. Perfecta para el hormigario. “Una hormiga medio pava, que se dejó atrapar”, pensó Julián.
La miró a través de la lupa que viene incorporada en esa esfera roja que es el hormigario. Las dos antenitas apenas se movían un poco, pero las patas…Las patas iban y venían tan rápido que Julián pensó que, en una de esas vueltas, iban a olvidarse el cuerpo por ahí.
La llamó Soledad porque, pobre, ¿qué otro nombre le iba a poner? Con un gotero le dio un poco de agua. Y metió las migas del desayuno por el tubito del costado, para que comiera. Soledad caminaba y caminaba por ese mundo rojo y circular, sin parar. Y así le dio la vuelta al mundo varias veces.
“Es toda una exploradora”, pensó Julián. Y abrió el hormigario, para que pudiera conocer otros planetas.