
Ilustración de María Delia Lozupone (http://delicionesdelius.blogspot.com.ar/)
Dorina vivía con su madre en una región lejana (de esas que no figuran en los mapas), bajo un techo de paja y entre paredes de adobe. Al fondo de su casa había un corral, que estaba siempre alborotado por las gallinas. La niña cada mañana recogía los huevos y atravesaba el bosque para venderlos en una aldea cercana.
Una tarde, cansada ya de andar, se detuvo a mitad de camino bajo la sombra de un árbol. Del bolsillo de su delantal, sacó un trozo de pan duro. Antes de dar el primer mordisco vio, escondida entre las ramas, a una vieja mujer que la observaba.
Vestía como una vagabunda y era muy delgada. Tenía las manos huesudas, la piel muy fina y el rostro arrugado como un carozo. Dorina le ofreció su pan:
–Puede comerlo, si quiere.
La mujer se acercó y tomó lo que la niña le ofrecía, con las manos temblorosas. Y comió con desesperación. Antes de irse, le dio a Dorina un obsequio: una cacerolita tiznada por el fuego, con las asas gastadas y un poco abollada en el borde superior.
–Cuando llegues a tu casa –le explicó la mujer–, coloca la cacerolita en una superficie firme y, en voz alta, exclama:
Por la bondad de Dorina
cacerolita, cocina.
Que nunca falte en la mesa
un buen guiso de lentejas.
La cacerolita, entonces, cocinará para ti. Y solo se detendrá cuando le digas:
Cacerolita, detente
Que ya hay guiso suficiente Sigue leyendo








