Pequeña exploradora

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Julián miró la esfera sin pestañear. Era roja, brillante, del tamaño de un melón mediano pero más redondita. La lanzó al aire, despacio, para poder atajarla. Liviana. Al menos así, vacía. Había que ver después, cuando tuviera su población.

La recolección fue durísima. No es que no fuera un buen día para las hormigas: hacía bastante calor. Encontró mariposas, mosquitos, caracoles, incluso alguna babosa en el cantero del fondo. Pero hormigas, ni pista. Ni negras ni coloradas.
A las dos horas, ya estaba toda la familia buscando. Hasta el perro (que seguramente no tenía idea de qué buscaban) olfateaba por aquí o allá, solo por acompañar.
—Qué bichos inteligentes —dijo el abuelo. Y Julián le preguntó por qué.
—Digo…Sabrán que vas a encerrarlas en el hormigario y se esconden…
Julián no había pensado en eso. En armar su propia colonia, sí. En alimentarlas y verlas trabajar, también. En darles un hogar, sobre todo. Un hogar redondo y rojo. Pero ¿encerrarlas? No, a Julián no le gustaba convertirse en carcelero.
Y justo su mamá encontró una.
—¡Por fin! —gritaron todos.
Era una hormiga colorada, con dos antenas y seis patas. Perfecta para el hormigario. “Una hormiga medio pava, que se dejó atrapar”, pensó Julián.
La miró a través de la lupa que viene incorporada en esa esfera roja que es el hormigario. Las dos antenitas apenas se movían un poco, pero las patas…Las patas iban y venían tan rápido que Julián pensó que, en una de esas vueltas, iban a olvidarse el cuerpo por ahí.
La llamó Soledad porque, pobre, ¿qué otro nombre le iba a poner? Con un gotero le dio un poco de agua. Y metió las migas del desayuno por el tubito del costado, para que comiera. Soledad caminaba y caminaba por ese mundo rojo y circular, sin parar. Y así le dio la vuelta al mundo varias veces.
“Es toda una exploradora”, pensó Julián. Y abrió el hormigario, para que pudiera conocer otros planetas.

El último taxi (leyenda urbana)

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Mire que yo no me dejo llevar por todas esas historias de fantasmas que la gente repite como si fueran verdad. ¡Se escucha cada pavada!  Como eso de que han visto a Gardel, a metros de su propia tumba, conversando con Gilda ¡Pero, por favor! ¿De qué podrían hablar? No hay que saber mucho de música para darse cuenta de que la cumbia está en las antípodas del tango.

Es que acá en Chacarita hay un montón de muertos famosos, y eso despierta la imaginación de la gente. ¿No visitó todavía el panteón de personalidades? Le digo que al cementerio, muy a mi pesar, llegan más turistas que otra cosa. Y digo “muy a mi pesar” porque los turistas no compran flores. Pueden sacarse mil fotos en la tumba de Bonavena, pero al tipo no le ponen ni un clavel. Es así, la muerte ya no es lo que era.

Cuando yo era un pibe, no sabe lo que trabajábamos acá en el día de los muertos. Porque esta florería la fundó mi abuelo ¿le conté? ¡Ah, eran otros tiempos! La familia se pasaba el día al lado del difunto. Limpiaban las bóvedas, se traían el mate y se sentaban sin tanto prurito sobre las tumbas. ¡Y así se pasaban las horas charlando con sus muertos!

Por eso esa chica me llamó la atención. Tatuajes y aritos por todos lados, tan de esta generación  y, sin embargo, hizo lo que nadie hace en estos días: se pasó el día aquí. Llegó tempranísimo, no eran ni las siete. Yo, por lo menos, no había terminado de acomodar el puesto.

Compró un ramo de calas y eso también me extrañó. Ahora la gente prefiere fresias o jazmines; no se dan cuenta de que no duran nada y al pobre muerto enseguida le quedan las flores marchitas.  Desde acá se ve el ramo ¿lo ve? La chica estuvo a los pies de esa tumba todo el santo día.

Y ahí mismo la encontré yo, muerta, a la mañana siguiente. Hubiera pensado que dormía, de no ser porque la vi tomar el taxi la noche anterior. La historia por acá es conocida. Hay quien dice que la patente es RIP 666, pero esas son mentiras. Yo lo vi con mis propios ojos y le puedo asegurar que el coche no tiene patente alguna. Acá no es la primera vez que alguien se muere sobre la tumba del ser amado. Parece de película. Es hasta romántico si lo piensa un poco. Pero con el cementerio como escenario la cosa es más bien espeluznante. Más que conmover, espanta ¿no? Sigue leyendo

Dos versiones

¿Qué pasa si cambiamos de lugar algunas palabras en un cuento? Tal vez, algo como esto…

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Versión 1

El señor Morgan tiene tres cualidades que lo vuelven especial: es tremendamente alto, tiene un bigote fino y ondulado y (lo más importante) puede hacerte vivir la mejor aventura de tu vida.

No es broma. Yo mismo desconfié el primer día que lo vi. Llegó a nuestro colegio un día de lluvia y apenas pisó el patio, todos nos volvimos a mirarlo. No era para menos, su altura casi tocaba el punto más alto del mástil. Está bien: puede que esté exagerando un poco, pero el caso es que altísimo, como ningún otro hombre que yo haya visto jamás.

Recuerdo, cuando se presentó, su bigote enrulado moviéndose con el viento:

—Soy el nuevo maestro —dijo. Los chicos nos quedamos todos en silencio, seguramente preocupados por el futuro que nos esperaba con un hombre así.

Pues bien, nos equivocamos. ¡Y mucho, nos equivocamos! Porque el señor Morgan, con su altura desproporcionada y su bigote raro, terminó siendo lo mejor que nos podría haber pasado. Nos reunió en la biblioteca y sacó un cuaderno azul. Y así, como si nada, leyó la historia más inquietante que escuché en mi vida: un capitán que emprende un viaje con un montón de marineros y pierde el rumbo. Por fin llegan a un muelle  donde encuentran un misterioso cuaderno azul. Un cuaderno azul, igual al que el señor Morgan tenía entre sus manos.

No me di cuenta enseguida de lo que pasaba. Lo primero que noté fue la vestimenta de mis compañeros, parecían personajes salidos de aquel cuento. Y lo más inquietante, el escenario a nuestro alrededor: ¡Estábamos en la cubierta de un barco!

 

Versión 2

El señor Morgan tiene tres cualidades que lo vuelven especial: es tremendamente alto, tiene un bigote fino y ondulado y (lo más importante) puede hacerte vivir la mejor aventura de tu vida.

No es broma. Yo mismo desconfié el primer día que lo vi. Llegó a nuestro barco un día de lluvia y apenas pisó el muelle, todos nos volvimos a mirarlo. No era para menos, su altura casi tocaba el punto más alto del mástil. Está bien: puede que esté exagerando un poco, pero el caso es que altísimo, como ningún otro hombre que yo haya visto jamás.

Recuerdo, cuando se presentó, su bigote enrulado moviéndose con el viento:

—Soy el nuevo capitán —dijo. Los marineros nos quedamos todos en silencio, seguramente preocupados por el futuro que nos esperaba con un hombre así.

Pues bien, nos equivocamos. ¡Y mucho, nos equivocamos! Porque el señor Morgan, con su altura desproporcionada y su bigote raro, terminó siendo lo mejor que nos podría haber pasado. Nos reunió en la cubierta y sacó un cuaderno azul. Y así, como si nada, leyó la historia más inquietante que escuché en mi vida: un maestro que emprende un viaje con un montón de chicos y pierde el rumbo. Por fin llegan a un patio  donde encuentran un misterioso cuaderno azul. Un cuaderno azul, igual al que el señor Morgan tenía entre sus manos.

No me di cuenta enseguida de lo que pasaba. Lo primero que noté fue la vestimenta de mis compañeros, parecían personajes salidos de aquel cuento. Y lo más inquietante, el escenario a nuestro alrededor: ¡Estábamos en la biblioteca de un colegio!

 

Fragmento de ¡TENGO UN ZOMBIE! (Letra Impresa, 2015)

Ilustraciones de Maine Díaz

                                                                   Ilustraciones de Maine Díaz

 

Capítulo 1: Más bueno que la leche de alpiste

¡Está bien, Camila! Te cuento la verdad desde el principio. Pero por favor no grites, que lo vas a asustar. Yo sé que, en teoría, es espeluznante. Pero eso es culpa de la tele y, lo reconozco, también de los videojuegos. ¡Con lo que a mí me gustan los videojuegos!

Aunque (ahora lo sé) es completamente cierto lo que dice mi mamá: una cosa es la realidad y otra muy distinta lo que pasa adentro de la pantalla.

“¡No podés vivir desconectado del mundo que te rodea, Bauti!”. ¿Sabés las veces que la escuché a mi mamá decir eso? Y yo, al principio, mucho no lo entendía. Me apagaba la Play y empezaba con lo del aire libre y los deportes y eso de so-cia-li-zar. Así, separado en sílabas, como si por eso yo entendiera mejor lo que quiere decir la palabra: so-cia-li-zar.

¿Por qué pensás que me anotó en básquet? Y (vos sabés) yo era un verdadero desastre.  Y cuando digo desastre, es desastre-desastre. ¡No podía ni picar la pelota! Y como encima ustedes me miraban con desconfianza (no me digas que no), yo me equivocaba más. ¡Si no hacían otra cosa que reírse de mí! Y, claro, eso me ponía peor. Me temblaban las manos y pensaba que todos ustedes tenían razón, que yo era un desastre total y era mejor que me fuera a mi casa a jugar a la Play porque en eso sí era bueno. Y entonces, obvio, cada vez que intentaba encestar la pelota, la mandaba para cualquier lado.

–Hay que concentrarse más, Bautista –me decía, encima, tu papá. ¡Como si fuera fácil! Con todos los ojos mirándome, y las risas y los murmullos que llenaban todo el estadio.

Mirá, si me preguntabas hace un mes, ni loco me imaginaba que iba a terminar siendo el capitán del equipo. ¡El capitán! A veces todavía ni yo mismo me lo creo. Así que no te culpo por haber sospechado.

Pero ¿sabés? Todo se lo debo a Ojos. Porque es como te digo: parece espeluznante, pero nunca en mi vida tuve un amigo mejor. Por eso tenés que prometerme que no vas a contarle a nadie. Pero a nadie, a nadie, a nadie, ¿entendés?

¿Te imaginás si se entera algún grande? ¡Vamos a terminar en la tele! Y lo peor: se lo van a llevar. Capaz que lo descuartizan para hacer experimentos. ¡Y cualquier cosa, menos eso! Porque Ojos no sabe defenderse solo. Si por lo menos ladrara como Coki. Pero lo más que sabe decir es Aaagh. Te mira con esos ojos llenos de sangre que tiene, con los cachetes caídos y la boca así, siempre abierta y babeando, y  te deja hacer lo que quieras con él ¡Es más bueno que la leche de alpiste, te juro! Y mirá que la leche de alpiste, para mi tía Leila (que es profesora de yoga, naturista y vegetariana) es lo mejor que existe en todo el planeta Tierra.

 

Capítulo 2: Como una película de terror

De Bautista me esperaba cualquier cosa, menos lo que me contó. ¡Yo sabía que había algo raro! Si cuando llegó al club, era malísimo jugando. Aunque yo no me reía como los demás. Será porque al principio a mí también me cargaron. Y es recontra feo eso. Ya bastante horrible es llegar a un lugar donde nadie te conoce como para tener que soportar, encima, la burla de los demás. Y eso que fui buena desde el principio. Está bien: yo tengo ventaja. Mi papá jugó en primera división un montón de años, y ahora es el entrenador del club. Digamos que crecí picando la pelota. Ese no fue el problema para mí. El problema fueron los demás: Sigue leyendo

¡Dinosaurio a la vista! (una nueva aventura de la bruja Serena)

boceto serena bruja

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Está bien: me hizo el mejor regalo de cumpleaños. Yo no voy discutir eso. Y también reconozco que tener una amiga bruja tiene un montón de otras ventajas y no aburrirte nunca es una de ellas.  Por ejemplo, no importa si se cortó la luz:

—¡Saracasam! —Y la Play sigue funcionando.

Si querés salir a jugar a la pelota y no para de llover:

—¡Saracasam!—Y tu jardín se transforma en un estadio cubierto.

Si no hay nada para ver en la tele, si ya te leíste todos los libros de la biblioteca y no tenés ganas de jugar a ningún juego de mesa:

—¡Saracasam! ¡Saracasam! ¡Saracasam! —Serena te transporta a un estudio de televisión, te mete adentro de un libro policial y convierte el living de tu casa en un enorme tablero de ajedrez.

¡Ah, sí: tener una amiga bruja a veces puede ser genial!

Pero solo a veces.

Porque también tenés de los otros días. De esos en los que te decís a vos mismo:

—Decime, Fausto: ¿quién te mandó a sentarte con Serena el primer día de clases?

Bueno, en rigor la que me mandó a sentarme con Serena el primer día de clases fue la señorita Laura. Pero antes del primer recreo, ya éramos mejores amigos y de eso solo fuimos responsables Serena y yo. ¿Cómo iba a imaginarme que un tiempo después se iba a convertir en una bruja hecha y derecha, de esas que pueden volar por la estratósfera con una auténtica escoba de bruja y hacerte aparecer en plena escuela un gato con un cangrejo jugando al tejo adentro de un espejo? (Ah sí, los hechizos de Serena, para que funcionen, tienen que rimar).

El caso es que, sin duda, el martes anterior a mi cumpleaños fue uno de esos días difíciles. De esos en los que ser amigo de Serena se vuelve más riesgoso que hacer un recorrido de turismo aventura. ¡Y no exagero!

Porque Serena será una amiga increíble, la más fantástica rimadora que la poesía haya conocido jamás, la bruja más divertida de todo Francisco Álvarez, pero tiene las ideas más aterradoras del planeta. Y algo todavía peor: la magia para hacerlas realidad.

A ver: a mí me gustan los dinosaurios, claro. ¿A qué chico no le gustan los dinosaurios? Además, soy un experto indiscutido en el tema. Por ejemplo, sé que el iguanadón se alimentaba de arbustos y árboles pequeños. Que el staurikosaurus corría sobre sus patas traseras y usaba la boca como un látigo para atrapar a sus presas. Que los saurópodos tenían el cuello tan largo que la comida les llegaba al estómago 30 segundos después de que la tragaran.

Y sé también lo más importante del asunto: de los carnívoros tenés que desconfiar. ¿Pero de qué te sirve toda la sabiduría del mundo si tenés una amiga que, además de bruja, es cabeza dura? Ni te molestes en discutir con Serena: no importa lo que le digas, siempre hace lo que ella quiere. Sigue leyendo

Golpe de suerte

 

Un billete de Navidad le hacía cosquillas en el bolsillo. Se sentía feliz. Feliz por haberlo conseguido con su propio esfuerzo (cortar enredaderas y sacar yuyos, tender la cama, poner y levantar la mesa, dejar la ropa sucia en el lavadero y los zapatos guardados en el placard).

—¡Pero Joaquín! Gastar tus ahorros en un billete de lotería es tirar la plata! —le advirtió su mamá antes de que saliera a comprarlo.

—¡Si siempre me decís que hay que ganarse la lotería para comprar lo que yo quiero!

—Para que no pidas más de lo que tenés.  Uno tiene que aceptar el destino que le tocó.

—¿Y no vale salir a buscarlo?

¿Cómo iba a decirle que no? Después de todo, eran sus ahorros. Así que la madre lo dejó comprar ese billete, sin saber que efectivamente aquello les cambiaría la vida. Sigue leyendo

El caso de la bella durmiente

Ser oficial de justicia
en el mundo de las hadas
es la peor profesión
¡No se compara con nada!

Me avisan que la princesa
sufrió un pinchazo letal
¿La sospechosa? Una anciana,
que (¡astuta!) la puso a hilar.

Y claro, si las princesas
no saben qué es una aguja.
La educan como una inútil
¡Y la culpa es de la bruja!

Decime vos ¿por qué corro,
busco pruebas, investigo…?
¡Si todos duermen la siesta
y yo no encuentro un testigo!

Al final, yo preocupado
y acá, todos muy tranquilos:
hasta el rey, cuando pregunto
¡me responde con ronquidos!

Misterio en el escenario

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No hubo en la historia del teatro

nunca un misterio mayor

¿Cómo ha logrado Pinocho

ser el primer actor?

 

No importa si siente miedo,

alegría o confusión

¡el pobre tiene en el rostro

siempre la misma expresión!

 

“¡Flexiona un poco las piernas!”,

el coreógrafo le indica.

Y aunque Pinocho se esfuerza,

la cosa se le complica.

 

“¡Es de madera!”, se queja

el director impaciente

¡Más vale, si el hada azul

es demasiado exigente!

 

Pero lo más complicado,

según nos cuenta una actriz,

es que repite el libreto

¡y le crece la nariz!

 

«La cicatriz», en lengua de señas:-)

https://www.youtube.com/watch?v=dSM3lpJxB6k#t=83

De pesca

¿Cómo iba a imaginarme, con lo enojado que estaba? ¿Vos sabés lo que es pasarte tres horas frente al muelle, esperando el momento justo? Porque tenés que estar atento al movimiento de las olas, a la dirección del viento, al peso de la plomada y a tu propia inclinación antes de lanzar el anzuelo al agua.

Y todo lo había conseguido yo, en uno de esos lanzamientos que –como mínimo— iba a dejarme pescar un pejerrey. Pero no, tenía que aparecer ella con su voz de pito y sus aires de nena caprichosa. Que los derechos de los peces y lo atroz de la pesca deportiva y que blablabla.

–¡Salí de ahí, querés! –le grité—O le aviso al guardacosta que pasate la baya. ¿No ves que no está permitido nadar en esta zona?

Ella me sacó la lengua. Y un segundo después, me quedé duro: lo último que vi fue su enorme coletazo de sirena que me salpicó con la furia de un tsunami.