Espantapájaros

scarecrow

Tengo que torcer tu itinerario
dirigir tu vuelo hacia otras tierras
que estén lejos, muy lejos,
de aquí.
Tengo que imponer respeto
y asustarte tanto que te pierdas
de tu propio instinto
de tu esencia
que es tu libertad
de ir o venir.
Tengo que alejarte, y no…
¡No quiero hacerlo!
Porque me siento solo si no estás
y es agradable tu calor
sobre mi hombro.
Porque me gusta ser
como yo soy,
No como me digan otros.

Héroes de Malvinas

soldaMalvi

Tenía una lata
con soldaditos
y yo jugaba.
Eran mis héroes
en una guerra
que era tan justa
que era tan nuestra
tan necesaria.

Y un día yo ya era grande
¿yo ya era grande?
llegó una carta:
me calcé el casco,
los borceguíes
y fui a la carga.
Manipularon mis movimientos
mis convicciones
mis esperanzas
y fui coraje,
patria
heroísmo
¿O bufonada?

Fui sobre todo
el soldadito
con que jugaban,
el instrumento
manso,
inconsciente
que camuflaba
sus desaciertos,
sus atropellos,
sus salvajadas
en una guerra
que no fue justa,
que no fue nuestra
ni necesaria.

 

 

La bella durmiente (conectada)

Había una vez un cuento que no dejaba de contarse. Se escuchaba en las casas familiares, en los palacios, en la aldea, en el mercado, en la montaña y en el mar. Y hasta cruzó continentes y atravesó los siglos para que yo pudiera contártelo hoy. De un modo un poco diferente, claro, porque los cuentos tienen que modernizarse. De otra forma los personajes se pondrían en huelga. Y lo que es más importante: tendrían razón. ¿O es justo que vos tengas un gps en el teléfono y el pobre Hansel tenga que marcar su recorrido con miguitas de pan?

En fin: el personaje de esta historia ya lo conocés bastante. El cuento te lo contaron mil veces y hasta seguro viste la película. Pero mi versión, te prometo, es un poco más novedosa.  Es una versión 2.0, últimísima y moderna, casi tanto como vos. Y viene a reivindicar fundamente tres cosas. La primera, que Maléfica no es tan mala. La segunda, que el príncipe valiente no es tan valiente. Y la tercera, que la bella durmiente está menos dormida de lo que parece.

Pero vamos por partes. Para empezar, hay que aclarar que la pobre Maléfica no fue culpable de la maldición. Es así desde tiempos inmemoriales: la gente tiende a señalar a quien suele equivocarse más seguido, y rara vez se preocupa por averiguar la verdad. Si alguien lo hubiera hecho en este caso, el cuento conocido sería otro. Precisamente, el que te estoy contando acá:

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Está claro que la bella durmiente no le dio bolilla a la cadena. En otras palabras: ella misma se echó la maldición. Pero no fue responsable del tiempo que duró el castigo. De eso hay que culparlo al príncipe valiente, que (según parece) no tenía mucho sentido de la orientación. Sigue leyendo

¿Será…?

pensador

¿Será que por un misterio cósmico
(un eclipse lunar, una constelación
una descarga extraña de energía)
las estatuas del mundo cobran vida?

¿que la gran Esfinge avanza
por el desierto de Guiza,
que deambula la Libertad
por Central Park
luminosa y sin prisa
y en Florencia el David
muy orondo camina?

¿Será que en Buenos Aires
el prodigio termina?
Colón le ceba un mate y Azurduy,
ya sin rencor, lo mira.

¿Será que las estatuas despiertan del error
y aprenden lo que el hombre no podría?

Desengaño amoroso

El pobre gallo ha intentado
conquistar a la gallina.
Le cantó con su guitarra
una milonga argentina.

Bailó también un merengue,
una lambada y un tango.
Probó con el reguetón,
y unos pasos de malambo.

Pero ella no lo registra
ni cuando canta boleros.
Es que suspira por otro:
¡el pájaro carpintero!

El traje nuevo del emperador (versión sobre el cuento de H.C. Andersen)

Hubo, hace mucho tiempo, un emperador tan vanidoso que se pasaba las tardes frente al espejo. Miraba los zapatos lustrados, los pantalones rectos y recién planchados, la camisa almidonada, la chaqueta prendida, la capa larguísima que arrastraba para darle a su andar un toque majestuoso.

Cada semana organizaba una fiesta distinta con tal de poder lucirse frente a los demás. Y, por supuestísimo, jamás repetía vestuario. Como sus sastres no daban abasto, siempre estaba dispuesto a contratar a alguien más. Y así fue como dos estafadores aprovecharon su oportunidad.

—Nuestras telas son prodigiosas — mintieron—: no puede verlas todo el mundo. Solo los que merecen tener la vida que llevan. Usted, por ejemplo, no tendrá ningún problema en verlas, porque merece estar en el trono y ser quien gobierna este gran imperio ¿verdad?

El soberado los contrató de inmediato porque ni por un minuto se le cruzó por la mente la posibilidad de que aquellas telas fueran invisibles para él. ¡Qué emocionante iba a ser vestirse con ellas! Les dio un adelanto cuantioso y los ubicó en la torre más alta del palacio, donde los bribones montaron  su taller.  Enseguida simularon estar ocupadísimos y exigieron oro, plata y piedras preciosas para poder fabricar aquella tela extraordinaria. Pero, por supuesto, no fabricaron nada.

Pasados unos días, el emperador le ordenó a su Ministro:

—Ve a mirar cómo está quedando el traje.

El pobre hombre casi se muere del susto cuando vio el telar: ¡estaba  vacío!  ¿Pero cómo iba a decir la verdad? Si llegaba a reconocer que no veía ninguna tela, iban a expulsarlo del palacio. Y por eso mintió:

— Jamás he visto un traje más hermoso.

Y exactamente lo mismo hicieron los demás. Porque ni el secretario, ni el mozo de cuadra, ni el mayordomo, ni el primer lacayo pudieron ver ningún traje. Y, sin embargo, todos aseguraron sin dudar que aquel atuendo era lo más  extraordinario que habían visto en sus vidas.

¿Cómo iba a hacer otra cosa el propio emperador, al día siguiente, cuando él mismo fue incapaz de ver el traje con el que estaban vistiéndolo? ¿Acaso era posible que, después de todo, no mereciera el trono?

—¿Qué les parece? —preguntó, incómodo, a sus consejeros. Y todos a la vez (aunque no vieran otra cosa que su ropa interior) exclamaron: ¡Magnífico! ¡Increíble! ¡Colosal!

Y así salió el monarca del palacio, demasiado preocupado por la opinión ajena como para confiar en sus propios ojos. Salió con su corona puesta y sus botitas forradas en seda. Pero sin ningún traje.

—¿Qué hace el emperador en camiseta? — murmuró un aldeano al verlo.

—¡Pero si está en calzoncillos!  —agregó otro, a media voz.

—¡Su Majestad no lleva ningún traje! —un niño, por fin, gritó.  Y entonces sí, todos en el pueblo comenzaron a reírse ¡a carcajadas!

Cuando el emperador (¡furioso!) ordenó su captura, los falsos sastres ya habían cruzado las fronteras del reino.

Un restorán en la ruta

cosecha
Si reconocés la imagen, escribime (¡quisiera citar la fuente!)

Un perro lleno de rulos
y un burro muy aburrido
hallaron un restorán
de ruta en su recorrido.

—Yo quiero ensalada rusa,
y un barril con mandarinas.
—Yo rúcula con arroz
y manzana correntina.

El mozo los miró raro,
les dijo: —¡Es un disparate!
Aquí solo repartimos
turrón, romero y tomate.

Receta para una tarde aburrida (o sobre cómo convertir a tu hermanita en un monstruo)

INGREDIENTES:

Tu hermanita

1 medibacha de tu mamá

1 pantufla de tu papá (o una pata de rana)

10 chupetines bolita

1 bolsa de caramelos masticables

Fibras (variedad de colores en cantidad necesaria)

Un piolín (solo si usás la pata de rana)

 

PROCEDIMIENTO:

  1. Decile a tu hermana que vas a jugar a las princesas. Esto es estrictamente necesario si no querés pasar directamente al punto 7.
  2. Chupá 8 chupetines para activarles la función de pegamento.
  3. Con cuidado, pegalos sobre la cabeza de tu hermana.  Por supuesto, a ella decile que estás poniéndole una corona (aunque para vos sea completamente obvio que son ojos atravesados por pequeñas lanzas). Si es necesario, pasá directamente al punto 7.
  4. Decile que meta las dos piernas en un lado de la medibacha para convertirse en La Sirenita (ella estará muy contenta con su cola de pez, pero vos sabrás la verdad: es un horrible monstruo de una sola pata).
  5. Yo no pude lograr que metiera los dos pies adentro de la pantufla de papá (no se creyó que era una aleta); pero vos podés intentarlo. Si no, la otra opción es que hagas lo que hice yo: usar una pata de rana. El problema es que los dos pies juntos no entran en el agujero y vas a tener que atarla con un piolín. A mí me ayudó pensar que ese piolín era una horrible serpiente saliéndole del tobillo pero reconozco que tengo imaginación: el piolín más bien parece una lombriz.
  6. Con las fibras, tatuale el cuerpo como quieras. Yo le hice rayas en los brazos y le pinté la cara toda verde (¡me quedó igualita a Hulk!). A ella decile que la estás maquillando (lo que, por otra parte, no es ninguna mentira). Y sé astuto: empezá por la cara, porque cuando te vea dibujándole rayas en los brazos ya va a empezar a llamar a tu mamá.
  7. Impedí a toda costa que llame a tu mamá: ponele inmediatamente un chupetín en la boca (para eso te sugerí dejar dos, uno para ella y otro para vos, porque seguro te van a dar ganas).
  8. Si fuiste rápido en el punto 7, vas a poder continuar (yo no tuve tanta suerte). Ofrecele al menos siete caramelos masticables, con la condición de que se los ponga todos juntos en la boca. Si todavía no terminó el chupetín, mucho mejor: para que hable un idioma de verdad monstruoso conviene que mastique mucho y tenga poco espacio libre en la boca.
  9. Antes de hacer hablar a tu monstruo asegurate de haber cumplido sin errores el punto 8. Es decir, que no te pase lo que me pasó a mí: por haberme comido casi todos los caramelos antes, no tuve más remedio que ofrecerle solo dos. Y me consta que con dos no alcanza: en vez de decir “Aughh” tu monstruo seguirá hablando bastante bien en español y puede que tire todo tu proyecto por la borda si se le ocurre gritar como a mi hermana:

─Mamaaaaaaaaaá, mirá lo que me hizo Juliaaaaaaaaaaaaaaaaaaán.

  1. No vayas a culparme si estás en penitencia toda la semana. Yo te doy la receta, pero el cocinero sos vos.

 

Colorín colorado

Y Colorín colorado…
estos cuentos enrimados
ya se van a descansar.
Y colorín colorete…

¿Quién será el nuevo jinete
que se ponga a cabalgar?
Pues los cuentos infinitos,
como saben, nunca duermen.

Sólo esperan que alguien quiera
volverlos a despertar…
¿Quién de todos los oyentes
será el príncipe valiente
que se atreva al desafío
de volverlos a inventar?