Caracoles

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Sin querer, el plan me salió redondo. A mi abuela le solucioné el problema de los caracoles. A los caracoles los salvé. Y el día terminó genial para mí.   

Claro que hubo imprevistos. Pero fueron precisamente esos imprevistos los que generaron un resultado exitoso.  

Primero: yo no imaginé que en el jardín de mi abuela pudiera haber tantísimos caracoles. Pensé que iba a sacar, como mucho, diez. Pero terminaron siendo sesenta y tres.

Segundo: los caracoles no son tan tranquilos como dicen. En diez minutos pueden hacer un desastre.

Tercero, y el más determinante de todos los imprevistos: mi mamá  entendió cualquier cosa. 

Todo empezó a la tardecita. Cuando mi abuela, como si nada, me pidió el arma homicida:

–Dame ese frasquito, Jere. El que dice “mata babosas y caracoles”.

Por supuesto,  yo me negué. Porque una cosa es quererla mucho a mi abuela y  otra muy distinta es ser cómplice de asesinato. Entonces fue cuando comenzó a explicarme que los caracoles son una plaga y que las plantas tienen derecho también a la vida y que sus rosales y que sus geranios y que blablablá.

Y en medio de todo su discurso amoroso hacia las flores pero insensible hacia los moluscos, a mí se me ocurrió la buenísima idea de buscarles otro hogar. Alguno en el que nadie los sentenciara a muerte solo por querer alimentarse.

–Te juro que me llevo hasta el último caracol, abue. Pero no los mates.

Y empecé a juntar. Al principio en un platito, pero enseguida necesité un balde. Mi abuela protestó en cuanto me vio entrar a la casa:  

– ¡Sacá de mi vista esos bichos horripilantes!

A mí en cambio me parecían simpatiquísimos con su andar gelatinoso. No paraban de moverse adentro del balde y largaban como una espuma que empezó a pintar de blanco los caparazones.

–¡Qué asco! –volvió a protestar mi abuela. Así que enganché el balde en el manubrio de la bicicleta y me fui. Pedaleé sin pensar adónde iba y mis piernas, acostumbradas a hacer el recorrido de regreso a casa,  me llevaron hasta ahí.

Estaba por meter las llaves en la puerta cuando se me ocurrió que podía llevarlos hasta la canchita donde entrenamos los domingos. Pero mis ganas de hacer pis fueron más urgentes, y entré a casa.   

Una pared blanca. Una bicicleta apoyada en la pared. Un balde colgando del manubrio de la bicicleta. Un menjunje de antenas y caparazones adentro de ese balde. Y diez minutos enteros para hacer un desastre.

Por fin, el grito de mi mamá: “¡Jeremíaaaaas!”.      

Había baba de caracol por donde miraras. Desde el paragüero hasta la tele. Y sesenta y tres caracoles sueltos por el living de mi casa, que mantenían el grito de mi mamá encendido.

 Cuando terminamos de limpiar todo aquel lío, antes de que yo pudiera decirle que enseguida me los llevaba para la canchita, ella me preguntó: 

–¿Tienen que ser caracoles? ¿No podés elegir otra mascota?

Al perro lo llamé Caracol, por supuesto. Y a los caracoles, los saludo cada domingo después del entrenamiento. Después de todo, yo tuve mi final feliz gracias a ellos.  

Cuestión de gustos

A la señorita Mabel le gustan las cabezas peinadas, las uñas limpias y las zapatillas relucientes.

Supongo que por eso no le gusto yo: mis colitas siempre están caídas, las uñas con tanta mugre que hasta yo me sorprendo y las zapatillas del cole (que son blancas) de cualquier color que se te ocurra (menos blanco).

Por eso, el día de la excursión me hizo sentar con ella en el micro.
—¡Y que no vuele una mosca! –agregó con el dedo en alto, como si yo fuera la emperadora de los insectos voladores y pudiera dominarlos con el control de mi mente.

Durante el viaje me retó por un montón de cosas que no entendí: “No te arrodilles en el asiento”, “No te pegues el chicle en el flequillo”, “No dibujes con el dedo en la ventana”.

Después, cuando llegamos al planetario, pensé que iba a salvarme de sus NO. Pero no:
“No te corras de la fila”, “no hables”, “no toques”, “no comas alfajor”. Y el más contundente de todos, él más enérgico y definitivo, el que me tuvo en capilla el resto del viaje (y ni siquiera pude enterarme de qué es eso de estar en capilla porque ni me dejó preguntar):
—¡No interrumpas cuando habla un mayor! Sigue leyendo

El primer viaje de Simbad (versión de un cuento de Las mil y una noches)

El primer viaje de Simbad tuvo un inicio: la ciudad de Bagdad, que comenzó a verse más y más chiquita a medida que el barco se alejaba de la orilla. Así, fueron quedando atrás las cúpulas y las torres altas, los patios con azulejos y el olor a jazmín.

Pero Simbad apenas se dio cuenta de eso. Toda su atención estaba puesta en el canasto de mimbre que había cargado con cuidado en la bodega del barco. Aquel era tu tesoro, un montón de artículos que iba a vender sin dificultad: agua de rosas, aceites de lavanda, sedas finísimas y canela en rama.

Pero no sucedió como esperaba. Porque llegaron a una isla que no estaba en los mapas. Tenía una forma extraña. Y mucha vegetación, aunque despareja: zonas verdísimas y otras grises y resecas.

El capitán decidió mantener distancia. Y Simbad, a nado, se acercó a explorar. Apenas pisó la isla, notó que era inestable. Al tercer paso, la tierra se elevó. Y al cuarto, volvió a bajar. Y a subir, y a bajar. ¡La tierra respiraba!

Simbad no supo qué ocurrió primero: el grito de su capitán (“¡Sal de ahí, sal de ahí!”), el sacudón que lo hizo volar por los aires o la certeza de que, definitivamente, aquello no era una isla sino una enorme ballena.

Una enorme ballena que saltó con todo su cuerpo y lo lanzó lejos, muy lejos, del barco y de sus planes.

Fue un largo naufragio. De no ser por la tabla que milagrosamente apareció a su lado, la historia habría terminado aquí. Y habría terminado mal.

Pero por suerte (y por la tabla), Simbad se mantuvo a flote. Y esta vez sí llegó a una isla de verdad. Como se elevaba por encima del mar tuvo que escalarla. Y aquel esfuerzo lo dejó muy débil.

Si no hubiera recordado las cúpulas, las torres altas, los patios con azulejos y el olor a jazmín de su querida ciudad, no habría encontrado la fuerza para levantarse. Pero recordó. Y bebió de un arroyo y comió frutas frescas.

Y un día, encontró una gruta que terminó siendo un túnel. Simbad llegó así a una ciudad pequeña con un mercado concurrido. Vio alfombras, lámparas, piedras preciosas… Y también, en un canasto de mimbre: agua de rosas, aceites de lavanda, sedas finísimas y canela en rama.

Simbad levantó la vista y reconoció en el vendedor al capitán del barco, que se alegró muchísimo al verlo.

—¡Esto te pertenece! —le dijo—. Y en cuanto termines de venderlo todo, regresamos a Bagdad.

Eso hicieron, al día siguiente. Y Simbad disfrutó tanto contando sus aventuras, que antes de desembarcar ya estaba planeando un nuevo viaje.

Los músicos de Bremen (versión de un cuento de los Grimm)

La imagen ilustra la portada de una publicación extranjera, que puede consultarse en el siguiente link: https://www.osta.ee/peter-holeinone-bremeni-linna-moosekandid-205786811.html

Esta historia tiene dos comienzos. El primero:

Había una vez un burro que tuvo que dejar su hogar. Su amo lo había reemplazado  por otro burro más joven y  él, por no morirse de pena, se inventó un sueño:

—Viajaré a Bremen. ¡Y allí me convertiré en músico!

Por el camino fue encontrando otros animales  (un perro, un gato, un gallo cantor) que habían tenido su misma suerte: amos desagradecidos que los hicieron a un lado porque estaban viejos.

Y así fue como el sueño de uno se convirtió en el sueño de cuatro.  Si el cuento se acabara aquí mismo, aquella banda formada de camino a Bremen no habría admitido otro nombre que Los amos ingratos.

Pero el cuento no se acaba aquí. Al contrario,  en este punto es cuando vuelve a empezar.

Y este es el segundo comienzo:

Hubo una vez un burro, un perro, un gato y un gallo que dejaron atrás sus casas para cumplir un sueño: iban a ser músicos, los mejores músicos que el mundo hubiera conocido jamás.

Cuando se hizo de noche, buscaron refugio en una vieja casa que parecía abandonada. El burro se paró  en dos patas sobre la ventana. Sobre él, el perro. Encima, el gato. Y en lo alto de aquella torre, el gallo cantor. Y así vieron a una banda de ladrones  contando su botín. Y, lo más tentador, olieron una rica cena que les alegró la panza.

Entonces se convirtieron en un monstruo hambriento que rebuznó, ladró, maulló y  cacareó. Y que, finalmente,  cayó con todo su peso por la ventana. ¡Qué entrada triunfal!

Los ladrones, asustados por el estallido y aquella música infernal,  huyeron de la casa como si hubieran visto un fantasma.

Pero al rato, uno de ellos volvió. La sala estaba completamente a oscuras. Y él, creyendo que los ojos del gato eran dos braseros encendidos, se acercó demasiado. Zas, un rasguñón.

Intentó salir por la puerta trasera pero, ñam, el perro lo mordió.

Probó por la entrada principal y, pum, el burro le dio una patada.

Y en medio de todo aquel lío, el gallo, que estaba subido al techo, empezó a cantar “¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí!”.

—Fui atacado por tres brujas— contaría  el hombre más tarde —, rasguñado, acuchillado y golpeado (¡zas, ñam, pum!) por orden de un demonio superior que gritaba “¡Que venga aquí, que venga aquí!”.

Y este es el único final que tiene el cuento. Porque los músicos de Bremen no llegaron a Bremen. Aunque sí formaron su banda (se llama Los espanta ladrones y ensayan en aquella casa abandonada). Pero lo más importante es que siguen juntos. Y, sobre todo,  que nunca se sienten viejos.

Hansel y Gretel ( versión del cuento de los Grimm)

Todo comienza en una pequeña casa, a las afueras del bosque. Es invierno, el viento se cuela por la ventana y Hansel y Gretel (los protagonistas de este cuento) se acurrucan para no sentir frío.  La voz de su  madrastra se escucha desde la otra punta:

—¡Hay que abandonarlos en el bosque!

Ojalá no estuviera hablando de ellos. Pero es la madrastra del cuento (¡ay!): le corresponde ser malvada.

Los hermanitos sienten miedo por uno, dos, tres segundos. Después, se les ocurre un plan: a la mañana siguiente,  mientras se internan en el bosque, van dejando miguitas por el camino. El plan es técnicamente bueno, así sabrán por dónde regresar.  Pero  el bosque está lleno de pajaritos. Y (¡ay!) a los pajaritos les encantan las migas.

El resultado: se quedan sin volver a casa, en medio de una noche ruidosa. Las hojas crujen bajo sus pies. Algo vuela al ras de sus cabezas. Y una respiración les hace cosquillas en la nuca.

Sin pensarlo, comienzan a correr. Corren tanto que ya casi amanece. Y por fin  llegan a una casa.

Una casa con olor a fresa, paredes de malvavisco y techo de puro chocolate en rama. Comen con  ganas, y  no ven llegar a una viejita amable que les ofrece licuado de durazno.

Pero (¡ay!) las viejitas amables de los cuentos son peores que las madrastras. Esta en particular es una bruja come-niños.

A Hansel lo encierra en una jaula y  a Gretel la pone a limpiar.

—¡Muéstrame tu dedo! —le dice a al niño cada día mientras lo llena de golosinas para hacerlo engordar. Y Hansel la engaña mostrándole un huesito de pollo (por suerte la bruja es corta de vista).

Pero  un día la mujer decide no esperar más. Y prende el horno a máxima potencia para comerse a ambos niños en la cena (¡ay!).

A Gretel le lleva uno, dos, tres segundos elaborar un nuevo plan.

—No entramos los dos en el horno —dice con tono sabihondo.

La bruja la mira (bueno, es un decir: ya dijimos que es un poco ciega).

— ¡Hasta yo podría pararme ahí dentro! – le contesta.

—A que no…

La bruja cae en la trampa. Se mete adentro del horno y eso es lo último que hace: Gretel cierra la puerta (¡pum!). Y problema resuelto.

Cuando saca a su hermano de la  jaula  llegamos al final. Lo que pasó después es un misterio. Tal vez volvieron a su casa (si encontraron el camino y, sobre todo, las ganas de volver a ver a su madrastra). O tal vez se quedaron comiendo golosinas en la casa de la bruja. La única certeza es que tardaron uno, dos, tres segundos en ser felices para siempre.

La reina de las abejas (versión de un cuento de los Grimm)

Hubo una vez, en un reino muy lejano, tres príncipes muy jóvenes. Los dos mayores no tomaban en serio las responsabilidades del palacio y, cada vez que podían, se escapaban para divertirse un rato.

El hermano pequeño, en cambio, era distinto. Cumplía sin protestar con todas sus obligaciones: por la mañana tomaba clases de esgrima, matemática y francés; salía a cabalgar por la tarde y a la noche se reunía con su padre, el rey, para estar al tanto de las necesidades de su pueblo.

Solo abandonaba sus tareas, si sus hermanos mayores demoraban en volver. Entonces, por miedo a que les hubiera pasado algo, no dudaba en salir a buscarlos. Y así sucedió aquella vez.

Los encontró en medio de un bosque, a las afueras del reino. Estaban a punto de destruir un hormiguero y, entre risas, intentaban decidir quién de los dos daría el primer pisotón.

—¡Ninguno! —dijo el hermano pequeño, haciendo notar su presencia— Dejen ese hormiguero en paz.

—¿Por qué siempre tienes que ser tan aburrido? —se quejó el mayor.

—¡Insoportablemente serio! —agregó el segundo.

Pero como sabían (en el fondo de su corazón) que su hermano serio y aburrido era, de los tres, el que tomaba mejores decisiones, optaron por hacerle caso.

Y por la misma razón aceptaron regresar al palacio, aunque no dejaron de quejarse hasta dar con una laguna llena de patos.

—¡Tengo mi escopeta aquí mismo! —avisó el mayor.

—¿Qué tal si les disparamos? —sugirió el segundo.

Pero el hermano pequeño, otra vez, se interpuso:

—¡Nadie les va a disparar! ¡Dejen en paz a esos patos!

Y aunque nuevamente lo acusaron de ser muy serio y aburrido, los mayores optaron por hacerle caso porque (en el fondo de su corazón) sabían muy bien que el hermano pequeño era, de los tres, el que tomaba mejores decisiones.

Siguieron caminando entre protestas y resoplidos, hasta que escucharon un zumbido muy intenso encima de sus cabezas. Vieron entonces un enorme panal, repleto de miel, que estaba custodiado por mil abejas.

—¡Yo quiero esa miel! —dijo el hermano mayor.

— ¡Quememos el panal, yo te ayudo! —se emocionó el segundo.

Pero una vez más el hermano pequeño los detuvo:

—¡No permitiré que destruyan el panal! ¡Dejen en paz a las abejas!

Y aunque, como siempre, lo acusaron de ser muy serio y aburrido no dudaron en hacerle caso porque sabían muy bien (en el fondo de su corazón) que las decisiones de su hermano pequeño siempre eran las acertadas.

Y hubieran seguido quejándose por horas y horas, de no ser porque llegaron a un misterioso castillo. El silencio era abrumador. Una espesa vegetación asfixiaba los muros y el aroma de un riquísimo banquete los invitó a avanzar.

Llegaron hasta el establo y vieron, con sorpresa, dos caballos convertidos en piedra. Atravesaron el patio principal y se extrañaron frente a la imagen también petrificada de dos guardias. Por último, abrieron con cuidado el portón de la entrada que, rechinando, se cerró tras ellos.

Entonces vieron a un hombrecito que, con un gesto,  les señaló la mesa ricamente servida. Y como los tres hermanos estaban muertos de hambre, no dudaron en comer lo que se les ofrecía.

Cuando ya estuvieron satisfechos, el hombrecito les habló:

—Hemos sido víctimas de un encantamiento y solo puede liberarnos una persona de su rango.

A continuación, les recitó estos versos:

Romperá el encantamiento
Aquel noble caballero
que supere las tres pruebas
que ha mandado el hechicero.
 
Deberá, pues, en el bosque
hallar mil perlas plateadas
y al fondo de la laguna
una gran llave dorada.
 
El cuarto de las durmientes
con esa llave abrirá:
y las mil perlas brillantes
a la más joven, dará.
 

—Tengo que advertirles— les dijo, por último, el hombrecito— que deberán intentarlo uno por vez. Y aquel que no consiga cumplir con las tres pruebas, quedará convertido en piedra como los caballos y los guardias que vieron al entrar.

El hermano mayor lo intentó primero. Pero solo encontró cien perlas en el bosque y, antes de que pudiera darse cuenta, su cuerpo se volvió macizo.

Siguió el hermano segundo pero no tuvo mejor suerte. Halló otras doscientas perlas antes de quedarse congelado como estatua.

Entonces continuó la tarea el más pequeño. Pero no tuvo que trabajar demasiado porque  de repente se apareció una larga hilera de hormigas, cargando las perlas que faltaban.

—Vinimos a ayudarte —dijo una de ellas— porque fuiste muy bueno con nosotras hoy.

Más tarde, el joven nadó por un buen rato en la laguna buscando la llave dorada. Pero no la encontró. Se hubiera puesto a llorar allí mismo, de no ser porque vio venir un pato que la traía en su pico.

—Te ayudo —le dijo— porque fuiste muy bueno con nosotros hoy.

Una vez en el palacio, el joven abrió el aposento de las princesas con la llave mágica. Al ver que estaban petrificadas, se desesperó. ¡Así sería difícil reconocer a la más joven! El hombrecito, que las había visto comiendo antes de ser hechizadas, creyó que era oportuno comentarle:

—La mayor comió un terrón de azúcar. La del medio, una fresa. La que nos importa para romper el hechizo, la menor, comió una enorme cucharada de miel.

Entonces, el joven príncipe se acercó a sus bocas, pero fue inútil: no sintió ni olor a azúcar, ni olor a fresas, ni olor a miel. Y una vez más se habría entregado a la tristeza de no ser por el zumbido alegre de una abeja que se posó sobre los labios de una de las princesas.

—Soy la reina de las abejas —le dijo— y he venido a ayudarte porque hoy fuiste muy bueno con nosotras. Te aseguro que esta jovencita ha comido una buena cucharada de miel antes de dormir.

Y así fue cómo el hermano más pequeño, el aburrido y el serio, logró romper el encantamiento de aquel castillo. Y al hacerlo, no solo se despertaron los caballos, los guardias y las princesas, sino también sus hermanos mayores que, atraídos por la música del salón principal, lo vieron bailando de buena gana con la princesa más joven.

Y como sabían (en el fondo de su corazón) que su hermano pequeño siempre tomaba las decisiones acertadas, no dudaron ni por un instante en unirse a la fiesta. Aunque, claro, esta vez ¡no se quejaron ni un poco!

Montaña rusa

 

Fue igual que una montaña rusa. Porque al principio me dejé llevar y ni pensé en la caída. Nos fuimos haciendo amigos despacio. Un día hablamos un poquito, al otro un rato más. Y en algún momento empezamos a estar juntos en el recreo. Todo el recreo.

Cuando la conocí, no me gustaba. Y eso que todo el mundo estaba encantado con Kahila. Hasta mi mamá:

—¡Vas a ser compañero de una princesa masái! ¿No es increíble, Rolo? —me dijo.

La verdad que a mí no me parecía increíble ni me importaba. De hecho, creo que no había nada en este mundo que me interesara menos que las princesas.

La seño la presentó diciendo que venía de un país africano y que su papá era un guerrero masái que había venido a Buenos Aires para estudiar no sé que cosa de los derechos humanos. Y la sentó al lado mío.

Ella miró mi carpeta, mi cartuchera, mi mochila y mi lapicera del Rojo. Y tengo que reconocer que me sorprendió que estuviera tan enterada:

—¿Quién es el mejor jugador de Independiente? —preguntó.

Así fue como empezamos a charlar. Le hablé de Bochini, el mejor jugador de nuestra historia. Y de Nico Domingo que es el número uno en estos días.  De Agüero y de Biglia, que empezaron en el Rojo y ahora están en la selección. Y, por supuesto, de las 18 copas internacionales que son mi gran orgullo.

Ella, a su vez, me habló de Gor Mahia, un equipo que juega en la Liga de Kenia (que es donde está su tribu). De la camiseta verde y blanca, que llevaba abajo del guardapolvo, y sobre todo de Odhiambo, que es su jugador preferido. Cuando me quise mandar la parte y le nombré todos los equipos africanos que aparecen en la Play (Zambia, Nigeria, Egipto, Senegal…), ella me cortó en seco:

—¿Y a mí qué me importan todos esos?  ¿O para vos la selección de Brasil es igual a la de Argentina?

Fue como un sopapo. Pero, la verdad, tenía razón. Porque hay muchos países africanos y no son todos lo mismo. Lo sé porque esa tarde busqué en internet, y aprendí un montón de cosas sobre Kenia. Quedé alucinado por sus atardeceres rojos y sus árboles altos que tocan las nubes. Pero sobre todo por sus animales, que acá solo vemos en los zoológicos: elefantes, cebras, jirafas, leones.

Supongo que fue en ese momento (cuando empezamos a hablar de cualquier cosa y no solamente de fútbol), que Kahila empezó a parecerme hermosa.  Me gustaban sus trencitas minúsculas, que bajaban como hormigas en fila hasta su nuca. Y sus collares de colores y el hoyito que se le hacía en medio de la pera cada vez que se reía. Yo me sentía entonces todo el tiempo como si hubiera bajado recién de la montaña rusa, entre mareado y feliz.

Y fue seguramente por eso, que dolió tanto la caída:

-¿Cómo no te enteraste que se volvió a Kenia, Rolo? – me dijo mi mamá, como si nada.

Ahora no puedo hacer otra cosa que esperar: cuando sea grande voy a ir visitarla. Como es una princesa, cualquiera va a poder decirme adónde vive. Y entonces nos vamos a ir juntos hasta Nairobi, que es la ciudad donde está el estadio de Gor Mahia. Y después nos vamos a subir en  un elefante mientras le cuento que Independiente va por la copa 110. En una de esas, todavía tiene sus trencitas y el hoyito en la pera. Y capaz que hasta me mira con sus ojos negros de chocolate amargo y yo vuelvo a sentirme así, como si acabara de bajarme de una montaña rusa.

¿Valiente, yo?

Qué ironía que todos me miren así. Como si yo fuera el más valiente de los valientes.  Justo a mí, que casi siempre estoy muerto de miedo.  Y no es que sea terrible tener miedo. Hasta los animales más grandes tienen miedo. Hasta los más feroces. Y no lo digo yo sino Don Búho. Don Búho que es el más sabio entre los sabios acá.

—Yo conocí por lo menos dos leones —me dijo el otro día— que eran el colmo de la cobardía. Uno le tenía miedo a la noche, el otro a las hormigas.

Yo me reí. Del segundo me reí. ¡Porque tenerle miedo a las hormigas! Hasta yo, que soy el zorrino más miedoso del mundo, sé que las hormigas son inofensivas.

Pero mi caso es distinto. Mucho más delicado. Yo ya sé que nadie es perfecto y que uno tiene que aceptarse como es. Mi mamá, por ejemplo,  es malísima haciendo madrigueras. Y a mi primo Zuri no le pidas que te traiga miel porque se lleva re mal con las abejas. Cada uno tiene sus defectos y está bien,  yo no me quejo de eso. ¿Pero justo a mí tenía que tocarme ser miedoso?

Porque no me importaría ser un león miedoso. O una serpiente miedosa. Ni siquiera una mosca miedosa. El problema no es el miedo: no, señor. El problema es que soy un zorrino. Y, ay, los zorrinos cuando tenemos miedo… La cola se me levanta sola, así, de golpe, sin que yo pueda evitarlo y pufff… Ahí nomás lo rocío todo con este olor que ni yo mismo soporto. Y da igual que después te revuelques en el barro o te refriegues contra mil especies diferentes de flores: el olor no se va. Y se queda con vos hasta que pasan muchos soles. Y te lo llevás a la madriguera y  a cualquier tronco que te subas. Y lo peor, lo peor de todo, es que quedás en evidencia.

—Así que te pegaste un susto… —te dice uno.

—Qué cosa vos con el miedo —te dice otro.

Y encima te lo dicen desde lejos (tres árboles y medio de distancia, como mínimo), frunciendo los hocicos y haciendo la cabeza a un lado.

Y por eso, y no porque soy valiente, yo pregunté lo que pregunté. Porque yo quiero saber cómo hay que hacer para que los humanos te lleven a la luna. Según Don Búho, a veces precisan animales. Hubo una perra, Laika, que fue una astronauta famosa. Y bueno: yo también puedo ser.

Y eso no quiere decir que no me vaya a morir de miedo. Obvio que me voy a morir de miedo. Apenas se cierre la puerta del cohete espacial, no voy a poder evitarlo.  La cola se me va a parar de así de golpe, y puff… Ya todos sabemos.

Pero, bueno: al menos no voy a quedar en evidencia. Adentro del cohete voy a estar yo solo (porque dice don Búho que a los animales los mandan siempre solos) y una vez allá… ¿qué me puede importar?  Total,  384.400 kilómetros de distancia (es lo que según Don Búho, nos separa de la luna) son un poco más que tres árboles y medio ¿no?

 

Una buena pregunta

Cuando empecé el nuevo colegio, les dije a todos que me llamaba Agustín. Fue lo que me salió cuando la maestra me hizo pasar al frente.

Ella me miró y volvió a revisar el registro, pero no dijo nada. Supongo que entendió mi traducción  y aceptó llamarme así: Agustín. Aunque mi nombre, ella sabía, era otro.

Mudarnos a  la Argentina fue una forma de empezar otra vez y hacer de cuenta que nada había pasado.  De a poco me fui alejando de todas las palabras que me lastimaban: Erratzu y los Pirineos y el dragón de Herensurge y la cueva de Abauntz.

No es que no me gustaran las historias de Amama. Al contrario: me hacían pensar demasiado en papá. Eran historias con olor a cuajada, porque la abuela siempre me las contaba en la cocina. Y el olor a cuajada por esos días me ponía muy triste.

─¡Vasco tenías que ser! ─me dijo mamá en cuanto se enteró de todo─ ¿qué tiene de malo tu nombre, a ver? No, si a vos se te mete una idea en la cabeza y sos igual a tu padre…

Justo lo que no quería. Otra vez hablar de papá. Y mamá no me lo hacía fácil, había llenado la casa de fotografías. Y me cargoseaba todo el tiempo: “Dale, preguntame lo que quieras. No podés hacer de cuenta que nunca existió”.

Claro que no podía. Si todo el tiempo nos estaba visitando algún familiar. Y la gente llegaba y me acariciaba la cabeza:

— ¿Y qué tal la nueva escuela?

— ¿Te gusta la Argentina?

—Pensar que eras un bebé la última vez que te vi.

Después bajaban la voz para hablar con mamá. Obvio que yo también escuchaba. Y qué injusto todo. Con lo bueno que era del vasco, decime. Qué necesidad, con la inteligencia que tenía. Podría haber estudiado cualquier cosa. Cualquier cosa, si era inteligentísimo. ¡pero ay,  esa vocación que tenía él! Y claro, hiciste bien en volverte con el nene. Qué ibas a hacer allá, que ni una pensión… Pero en todos lados es igual, te digo. Acá a los bomberos tienen la misma suerte, los tipos se dejan la vida y a la primera de cambio todo el mundo se olvida. Pero fuerza, nena, que la vida sigue. Ya van a ver como todo se va acomodando de a poquito. Avisen cualquier cosa que necesiten. Lo que sea, si puede ayudarse en algo.

Por eso me gustaba más Agustín.  Como no estaba acostumbrado a que me llamaran así, era como si de golpe me hubiera convertido en otro chico. Como si yo no fuera yo;  y lo más importante: como si lo que había pasado, no hubiera pasado en absoluto. Nadie en la nueva escuela sabía nada de papá. Nadie me acariciaba la cabeza. Nadie se quejaba de ese trabajo suyo que se lo llevó tan pronto. Nadie  repetía: “Con lo bueno que era el vasco, decime”. Y así era más fácil olvidar.

Pero el día que vino ese neurólogo cambió todo. Había hecho un máster en la University de no sé dónde y era dueño de una  clínica de neurología vascular y no sé qué más. La seño nos hizo pensar un millón de preguntas para hacerle, porque era una persona muy importante y tenía un trabajo de esos para admirar. No había tiempo para que preguntáramos todos (solo podía venir un rato a nuestra escuela y eso porque era el padre de una alumna de tercero), pero la seño dijo que mi pregunta era ingeniosa y la eligió para el final.

Faltaban cinco minutos para que tocara el timbre cuando me dio la señal:

—Preguntá vos, Agustín.

Al principio pensé que el neurólogo no me había escuchado, porque se quedó callado un rato. Pero justo cuando estaba por leer de nuevo mi pregunta, empezó a hablar.

—¿Qué sería yo si no fuera neurólogo? A ver, dejame pensar…

Otro silencio largo y todos empezaron a guardar. Yo no entendí por qué el neurólogo tardaba tanto para contestar una pregunta tan obvia. Hubiera sido cirujano o cardiólogo. O presidente de la Nación. O dueño de una Multinacional. No sé, después de ser neurólogo, tenés que mantener cierto status. Por eso me quedé de piedra cuando nos dijo, totalmente convencido:

—¡Bombero! Hubiera sido bombero.

La seño se rio como si hubiera contado un chiste buenísimo. Pero yo no. Yo no me reí ni un poquito.

—Lo digo en serio — aclaró él, y me pareció que la seño se ponía un poco colorada—. Hubiera elegido  otra profesión igual de importante. Una que me permitiera seguir salvando vidas. ¿Contesté bien tu pregunta, Agustín?

─En realidad ─le aclaré. Se lo aclaré a todos─, me llamo Agosti.

Entonces tocó el timbre. Y a mí me vino como un olor a cuajada que, por primera vez en mucho tiempo, no me puso tan triste. Y tuve ganas de volver a casa. Quería hacerle a mamá un montón de preguntas que tenía atoradas en la garganta.

El suplente

¿No ves que funciona? El secreto es decirlo así, con la voz firme y convencida de que tenés razón. Pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. A ver, vos podés decir “vamos a ganar el Mundial”, pero si tenés una mínima duda te apuesto a que no pasamos ni a cuartos de final.

Cuando yo le dije al suplente lo que le dije, se lo dije así como te digo: con la voz firme y convencida de que tenía razón, pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. ¡Y  por eso funcionó!

Además, yo quería que las cosas salieran bien para él. Y eso porque me daba cuenta de que estaba pero no estaba en la escuela. Vos me entendés: su cuerpo se paseaba por ahí, pero la mente se le iba de viaje y él no podía evitarlo. Yo me di cuenta porque a mi mamá le pasa lo mismo todo el tiempo. Hay veces que se queda como petrificada, mirando pero sin mirar, como si su mente estuviera en cualquier otro lado, ¿me entendés? Y le pasa porque es ilustradora, porque capaz que está dibujando toda una historia en su cabeza y se puede pasar días y hasta semanas así, como ausente.

Bueno, con el suplente pasaba igual. Para mí que es algo de todos los artistas. El tipo te empezaba a preguntar algo, pero a mitad de la pregunta se colgaba mirando alguna cosa. Levantaba las cejas, se reía, ponía cara de sorprendido. No sé, como si estuviera mirando una película en el cine en vez de estar en el aula con nosotros.

Y después estaba su cuaderno violeta (mi mamá tiene una libreta azul), que era lo único en el mundo con lo que no se distraía. Pero el suplente no dibujaba, escribía. Escribía como loco, sin parar. Todo el recreo. O mientras hacíamos alguna actividad en la carpeta. O en las horas especiales, cuando estábamos con el profesor de música o en educación física. El suplente escribía, escribía sin parar. (Como mi mamá dibuja, dibuja sin parar ¿entendés lo que te digo?)

También le gustaba leer. Pero eso no lo vi tanto en la escuela sino en el 156, porque los dos tomábamos el mismo colectivo a la salida. Si el libro le gustaba, podía leer aunque estuviera parado y no se enteraba de nada de lo que pasaba alrededor. Pero cuando se aburría levantaba la cabeza a cada rato y capaz que hasta me daba charla.

—No todas las lecturas son buenas —me dijo una vez.

Y yo le dije que más vale, bastaba con fijarse en el manual. Él se rio con ganas cuando dije eso.

Y tal vez esa fue la razón por la que me animé a responder lo que respondí en la clase. Habíamos leído un cuento malísimo, y  las preguntas eran las típicas del manual: Sigue leyendo