¡Tengo un zombie! (capítulo 6)

¡Pero qué ojos!

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Ilus de Maine Díaz.

Una vez que pasó la primera impresión (que debe haber sido fea), Bauti tuvo la lucidez de esconder al zombie. No fue una gran lucidez, debo decir, porque lo puso atrás de la cortina. Pero por lo menos no lo dejó en medio del living donde habría llamado más la atención.

La mamá los pasó a buscar (a él y a su tía) porque no podían quedarse a dormir ahí; sin luz, sin agua y con el techo roto. La verdad es que era un desastre Ituzaingó. Me acuerdo que a la mañana siguiente del tornado, fuimos con mi papá hasta el club. Todos caminaban como zombies (¡qué comparación se me viene a ocurrir!) como si no pudieran entender lo que había pasado. Árboles gigantescos que atravesaban las calles, semáforos partidos como escarbadientes, postes de luz que habían caído de lleno en algún techo. ¡Todo estaba silencioso! No solo porque los autos no pasaban sino también porque nadie hablaba. Mi papá, por ejemplo, cuando llegó al club lo miró a Aníbal (que es el portero) sin decir una palabra. Ni hola, ni buen día, ni qué barbaridad. Por su parte, Aníbal levantó las cejas, hizo un chistido, se mordió los labios. Pero palabras, ninguna. ¡Ninguna!

Y Bauti dice que en su casa fue igual. Que la tía Leila suspiraba y su mamá negaba con la cabeza; casi siempre sin hablar.

—¡Terrible! —decían cada tanto, una o la otra. Porque ninguna de las dos podían creer que una tormenta pudiera lastimar así.

Pero todo esto fue bueno para Bauti.  Su mamá y su tía Leila estaban tan en su mundo que apenas le prestaban atención a él. Y por otra parte, como había habido tantos destrozos en el barrio de su tía, durante el día se la pasaban allá. Y estar en la casa de la tía Leila significaba estar con Ojos. Y así fue como empezaron a conocerse.

Lo primero que supo Bauti es que no era para nada inquieto: lo encontró en el mismo lugar donde lo había dejado el día anterior, atrás de la cortina del living. Y casi en el mismo acto supo también que no sentía ningún dolor, porque en cuanto lo tomó de la mano y tironeó para que se moviera, el brazo se le desprendió.  En ese momento horroroso fue cuando le puso el nombre. Porque el zombie no hizo ninguna mueca, no se quejó para nada ni intentó recuperar la parte del cuerpo que había perdido:

—¡Pero tendrías que haberle visto los ojos, Cami! Esa mirada me lo dijo todo, y supe que nunca pero nunca me iba a lastimar.

Le dije a Bauti que el nombre estaba bueno. Pero seguía sin entender el asunto de la Play: ¿Ojos tendría que volver al videojuego? Y justo cuando estaba por responderme eso, se prendieron las luces del estadio.

Fragmento de ¡TENGO UN ZOMBIE! (Letra Impresa, 2015)

Ilustraciones de Maine Díaz

                                                                   Ilustraciones de Maine Díaz

 

Capítulo 1: Más bueno que la leche de alpiste

¡Está bien, Camila! Te cuento la verdad desde el principio. Pero por favor no grites, que lo vas a asustar. Yo sé que, en teoría, es espeluznante. Pero eso es culpa de la tele y, lo reconozco, también de los videojuegos. ¡Con lo que a mí me gustan los videojuegos!

Aunque (ahora lo sé) es completamente cierto lo que dice mi mamá: una cosa es la realidad y otra muy distinta lo que pasa adentro de la pantalla.

“¡No podés vivir desconectado del mundo que te rodea, Bauti!”. ¿Sabés las veces que la escuché a mi mamá decir eso? Y yo, al principio, mucho no lo entendía. Me apagaba la Play y empezaba con lo del aire libre y los deportes y eso de so-cia-li-zar. Así, separado en sílabas, como si por eso yo entendiera mejor lo que quiere decir la palabra: so-cia-li-zar.

¿Por qué pensás que me anotó en básquet? Y (vos sabés) yo era un verdadero desastre.  Y cuando digo desastre, es desastre-desastre. ¡No podía ni picar la pelota! Y como encima ustedes me miraban con desconfianza (no me digas que no), yo me equivocaba más. ¡Si no hacían otra cosa que reírse de mí! Y, claro, eso me ponía peor. Me temblaban las manos y pensaba que todos ustedes tenían razón, que yo era un desastre total y era mejor que me fuera a mi casa a jugar a la Play porque en eso sí era bueno. Y entonces, obvio, cada vez que intentaba encestar la pelota, la mandaba para cualquier lado.

–Hay que concentrarse más, Bautista –me decía, encima, tu papá. ¡Como si fuera fácil! Con todos los ojos mirándome, y las risas y los murmullos que llenaban todo el estadio.

Mirá, si me preguntabas hace un mes, ni loco me imaginaba que iba a terminar siendo el capitán del equipo. ¡El capitán! A veces todavía ni yo mismo me lo creo. Así que no te culpo por haber sospechado.

Pero ¿sabés? Todo se lo debo a Ojos. Porque es como te digo: parece espeluznante, pero nunca en mi vida tuve un amigo mejor. Por eso tenés que prometerme que no vas a contarle a nadie. Pero a nadie, a nadie, a nadie, ¿entendés?

¿Te imaginás si se entera algún grande? ¡Vamos a terminar en la tele! Y lo peor: se lo van a llevar. Capaz que lo descuartizan para hacer experimentos. ¡Y cualquier cosa, menos eso! Porque Ojos no sabe defenderse solo. Si por lo menos ladrara como Coki. Pero lo más que sabe decir es Aaagh. Te mira con esos ojos llenos de sangre que tiene, con los cachetes caídos y la boca así, siempre abierta y babeando, y  te deja hacer lo que quieras con él ¡Es más bueno que la leche de alpiste, te juro! Y mirá que la leche de alpiste, para mi tía Leila (que es profesora de yoga, naturista y vegetariana) es lo mejor que existe en todo el planeta Tierra.

 

Capítulo 2: Como una película de terror

De Bautista me esperaba cualquier cosa, menos lo que me contó. ¡Yo sabía que había algo raro! Si cuando llegó al club, era malísimo jugando. Aunque yo no me reía como los demás. Será porque al principio a mí también me cargaron. Y es recontra feo eso. Ya bastante horrible es llegar a un lugar donde nadie te conoce como para tener que soportar, encima, la burla de los demás. Y eso que fui buena desde el principio. Está bien: yo tengo ventaja. Mi papá jugó en primera división un montón de años, y ahora es el entrenador del club. Digamos que crecí picando la pelota. Ese no fue el problema para mí. El problema fueron los demás: Sigue leyendo