El primer viaje de Simbad (versión de un cuento de Las mil y una noches)

El primer viaje de Simbad tuvo un inicio: la ciudad de Bagdad, que comenzó a verse más y más chiquita a medida que el barco se alejaba de la orilla. Así, fueron quedando atrás las cúpulas y las torres altas, los patios con azulejos y el olor a jazmín.

Pero Simbad apenas se dio cuenta de eso. Toda su atención estaba puesta en el canasto de mimbre que había cargado con cuidado en la bodega del barco. Aquel era tu tesoro, un montón de artículos que iba a vender sin dificultad: agua de rosas, aceites de lavanda, sedas finísimas y canela en rama.

Pero no sucedió como esperaba. Porque llegaron a una isla que no estaba en los mapas. Tenía una forma extraña. Y mucha vegetación, aunque despareja: zonas verdísimas y otras grises y resecas.

El capitán decidió mantener distancia. Y Simbad, a nado, se acercó a explorar. Apenas pisó la isla, notó que era inestable. Al tercer paso, la tierra se elevó. Y al cuarto, volvió a bajar. Y a subir, y a bajar. ¡La tierra respiraba!

Simbad no supo qué ocurrió primero: el grito de su capitán (“¡Sal de ahí, sal de ahí!”), el sacudón que lo hizo volar por los aires o la certeza de que, definitivamente, aquello no era una isla sino una enorme ballena.

Una enorme ballena que saltó con todo su cuerpo y lo lanzó lejos, muy lejos, del barco y de sus planes.

Fue un largo naufragio. De no ser por la tabla que milagrosamente apareció a su lado, la historia habría terminado aquí. Y habría terminado mal.

Pero por suerte (y por la tabla), Simbad se mantuvo a flote. Y esta vez sí llegó a una isla de verdad. Como se elevaba por encima del mar tuvo que escalarla. Y aquel esfuerzo lo dejó muy débil.

Si no hubiera recordado las cúpulas, las torres altas, los patios con azulejos y el olor a jazmín de su querida ciudad, no habría encontrado la fuerza para levantarse. Pero recordó. Y bebió de un arroyo y comió frutas frescas.

Y un día, encontró una gruta que terminó siendo un túnel. Simbad llegó así a una ciudad pequeña con un mercado concurrido. Vio alfombras, lámparas, piedras preciosas… Y también, en un canasto de mimbre: agua de rosas, aceites de lavanda, sedas finísimas y canela en rama.

Simbad levantó la vista y reconoció en el vendedor al capitán del barco, que se alegró muchísimo al verlo.

—¡Esto te pertenece! —le dijo—. Y en cuanto termines de venderlo todo, regresamos a Bagdad.

Eso hicieron, al día siguiente. Y Simbad disfrutó tanto contando sus aventuras, que antes de desembarcar ya estaba planeando un nuevo viaje.

El primer viaje de Simbad

beneaththesea

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He llegado a saber que Simbad el Marino vivió tantas aventuras en sus siete viajes, que el mismísimo califa Harún Al-Rachid se las hizo escribir a sus cronistas para que nadie olvidara aquellos veintisiete años de peligros y  andanzas. Cuentan que no siempre fue un aventurero y la primera vez que se embarcó no imaginaba que aquella travesía iba a dar un giro tan completo a su vida: porque nunca más pudo quedarse mucho tiempo en Bagdad sin que el mar lo llamara.

Era Simbad un joven como cualquier otro: un poco irresponsable y tarambana, que solo pensaba en el presente y nada más. Por eso, al morir su padre (quien le había dejado una considerable fortuna) no hizo más que malgastar todo y cuanto tenía en fiestas que duraban muchos días y banquetes que nadie llegaba a disfrutar.

—Algún día se acabará el dinero de tu padre —una vez le dijo su buen amigo Mubarak.

—¡Pues ese día empezaré a trabajar! —le contestó Simbad, despreocupado, sin saber que efectivamente ese día iba a llegar.

Cuando esto ocurrió, vendió todos los muebles que había en su propiedad (lo único que le quedaba) y compró mercancías en el zoco para embarcarse y poder venderlas por las ciudades del mundo. Así,  junto a otros comerciantes como él,  navegó por el río Basora durante muchos días  y muchas noches hasta salir al mar. Sigue leyendo

Y así empezó

 

─¡Vendo, vendo! ─grita Simbad─ ¡Vendo mi suerte para la aventura!

Está parado sobre un barril, en medio de Bagdad. La gente empieza a acercarse, curiosa.

─¡Vendo! ─grita Simbad─ ¡Vendo mi presencia y le aseguro un naufragio!

Todos empiezan a murmurar:

─¿Quién ese este insensato?

─¿Vende un naufragio, dice?

─¡Está loco de remate!

─¡Vendo, vendo! ─sigue insistiendo Simbad─ ¡Vendo mi mala suerte, de primera mano!

─¿Pero qué dice, hombre? ─lo interrumpe uno ─¿Para qué querríamos su mala suerte, a ver?

─Para viajar en un pájaro gigante. Y hacer equilibrio sobre una ballena. Y aventurarse en un barco pirata. Y conocer al temible anciano del mar ¿sabe que existe el anciano del mar? ¡De verdad: yo mismo fui su esclavo!

La gente empieza a hacer fila: Simbad, sin saberlo, acababa de inaugurar la primera agencia de “turismo aventura” que conoció el mundo, mucho antes de que empezaran a practicarse los deportes extremos.