Puras mentiras

Otra publicación que me llena de felicidad. Sobre todo porque es el primer proyecto que concreto con mi amiga de la infancia Luciana Carossia. Dejo aquí el inicio de uno de los cuentos, «¡Palabra de honor!»

Al final, terminé sintiendo culpa. Por un lado se lo merecía: alguien tenía que ponerla en su lugar, después de todo. Pero no sé, tal vez se me fue la mano. ¡Se puso tan blanca! La verdad es que pensé que iba a caerse desmayada allí mismo. Y que tendría que arrastrarla hasta la casa. ¿Y cómo le explicaba a la tía Estela? Llegar así, caminando porque el Vazquito se asustó más que ella (eso no me lo esperaba: ¿dónde se ha visto un caballo que se asuste así?), con mi prima que estaba ─les juro─ más blanca que la Albina. Y eso es mucho decir. Porque la Albina es más blanca que su propia leche. En serio, papá no estaba muy convencido de comprarla al principio: porque ¿a quién se le ocurre comprar una holando-argentina así, sin ninguna mancha? A primera vista parece que está enferma, que te va a dar una leche de morondanga. Pero por suerte a mi papá se le ocurrió comprarla. Y fue genial, porque la Albina es la mejor de todas. Por lejos. Da una leche espumosa, pesadita, de esas que se pagan bien.

Y así estaba mi prima Delfi ese día. Blanca, reblanca como la Albina. Tal vez, incluso, un poquito más. En serio, parece que exagero, pero es verdad. Si hasta yo me asusté al verla así. Tanto que casi, casi le cuento todo.  ¡Qué se yo qué pensé en ese momento! ¿Y si el susto la mataba?  Y no es que Delfi me caiga bien, para nada. La verdad es que me parece bastante odiosa casi todo el tiempo. Bueno, por lo menos antes de que pasara todo esto, porque ahora, la verdad, está más tranquila que una vaca preñada.

Pero la cuestión es que mi prima ese día, por suerte, en cuanto vio la luz salió corriendo. Quiero decir, por lo menos no se murió ni se cayó desmayada. Iba gritando como loca, eso sí, revoleando las manos y la cabeza como una yegua salvaje. Pero mejor eso que tener que llevarla a la rastra, dando yo las explicaciones. Así, por lo menos todas las preguntas fueron para ella:

─¿Qué pasó?

─¿Dónde?

─¿Cuándo?

─¿Qué estaban haciendo?

─¿Entonces?

─¿Quién te dijo eso?

Ah, sí, para cuando llegaron a esa pregunta todas las miradas se clavaron en mí. No pude zafar. Así que puse mi mejor cara de arrepentimiento. No debe ser una cara muy buena, la verdad: jamás me evitó un castigo. Pero he notado que con mi cara de arrepentimiento los sermones son menos largos. Me mandan enseguida a mi habitación, a pensar. Y pensar no es tan malo: se me ocurren las mejores ideas cuando me mandan a pensar a mi cuarto. Sigue leyendo