
Cuando llegó el primer inuit, el mundo era liso y blanco. No había montañas ni cuevas donde refugiarse del viento helado. No había ni un yuyito que creciera perdido en esa inmensidad. Ni siquiera se veía el mar: el hielo, siempre prolijo y recto, se extendía hasta el infinito.
Dos gigantes dominaban aquella extensión blanquísima, y no querían intrusos. Aquel inuit lo era. Un intruso pequeño y apetecible, que podía servirles de desayuno y ¿por qué no? También como diversión.
—El que lo agarre primero, se lo queda —dijo el gigante Número Uno.
—Me parece un buen trato —respondió Número Dos.
Y empezó la cacería. Número Uno dio un manotazo, y el inuit saltó con la agilidad de un delfín beluga. Número Dos quiso pisarlo, y el inuit corrió con la velocidad de una liebre polar. Siguieron muchos intentos igual de fallidos, y aunque el inuit pudo mantenerse siempre a salvo, era innegable el cansancio que empezaba a sentir hasta en los huesos. “Es cuestión de tiempo”, pensó, “antes o después, me atraparán”.
Y pidió una tregua. Un momento de descanso para repensar. Para encontrar un punto de escape y salir ileso de aquel encuentro desafortunado.
—Ustedes dos son muy fuertes, pero yo soy rápido —intentó convencerlos—. Van a pasar los días y seguiremos aquí. Hay que encontrar otra manera.
—¿Qué otra manera?
—Enfréntense entre ustedes. El más fuerte, se quedará conmigo.
—Es obvio que el más fuerte soy yo —dijo Número Uno.
—¡Eso quisieras! —respondió Número Dos.
Siguió una gran pelea. Número Uno cerró el puño. Número Dos intentó anticipar sus movimientos ¡Y lo logró! Cuando Número Uno lo abordó por la izquierda, él se arrojó a la derecha y ¡pum! Los dos cuerpos —enormes, pesados, descomunales— cayeron en toda su extensión.
El suelo se resquebrajó. Dejó de ser ese lugar seguro, liso, sin imperfecciones para llenarse de montículos y pozos. Los gigantes avanzaron, torpes, sobre ese nuevo terreno que se les presentaba. No tardaron en enredar sus pasos y ¡Pum! está vez el suelo se elevó por encima de las nubes. Así nació la primera montaña.
—¡Mirá lo que estás haciendo, bruto! —acusó Número Dos, y arrojó a su contrincante contra aquella nueva formación rocosa. Fue entonces cuando, por primera vez en sus vidas, ¡Pum! los gigantes vieron una cueva.
Así, con cada golpe, fueron esculpiendo un escenario diferente. ¡Pum! Y apareció una roca cristalina. ¡Pum, pum, pum! Un glaciar, un monte y un volcán. Con el último impacto, el hielo se quebró justo donde los dos gigantes pisaban. El inuit los vio caer: el mar, apareció de pronto dibujando un torbellino, y se los tragó para siempre.
Todavía hoy, los inuits agradecen la inteligencia de aquel antepasado. Por él, se libraron de los gigantes. Y también por él, el mundo se volvió más hermoso.