¡Tengo un zombie! (Capítulo 9)

El partido más increíble de nuestras vidas

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Ilus de Maine Diaz.

¡Menos mal que Camila estaba conmigo! Porque, la verdad, yo solo no hubiera podido resolver lo de don Aníbal.

— ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó él al despertarse.

¡Y ella inventó de todo! Primero que había sido un meteorito, pero como mucho de astronomía no sabía terminó diciendo que en realidad había sido una teja con forma de meteorito; lo  que también resultó bastante confuso porque el techo del estadio es de chapa. Así que tuvo que agregar lo de un gato que andaba por los tejados atacando porteros. Bueno, la verdad, no sé si Aníbal se convenció del todo con su historia. Pero a mí me pareció brillante.

Y estoy seguro de que la cosa hubiera quedado ahí, si no fuera porque a Ojos (¡justo!) se le ocurrió hablar:

—Aaaagh —dijo muy claramente, desde mi mochila. Don Aníbal intentó sacármela de un tirón. Y así empezó el partido más increíble de nuestras vidas. Ojos (es decir, mi mochila) viajó de mis manos a las de Camila, y aunque el portero intentaba marcarnos nosotros nos concentramos en el juego. Poiiing, poiiing, poiiing picaba la cabeza de Ojos adentro de mi mochila y por mucho que don Aníbal se esforzaba, no podía alcanzarnos. En un momento, el tramposo, quiso hacerme la traba, pero antes de caer despatarrado logré encestarla.

—¡Triple! —gritó Camila, y recibió el rebote. No sé en qué momento los jugadores de Primera empezaron a entrar. En menos de un minuto, éramos dos equipos ubicados en la cancha. Don Aníbal, rojo de la furia, nos miraba desde un costado. Poiiiing, poiiing, poiiiing. Doble. Y otro doble. Y otro doble más. Poiiing, poiiiing, poiiiing. Alguien tiró una pelota desde afuera, pero la rechazamos: Ojos picaba genial.

—Debe haber una pelota en esa mochila —observó el padre de Camila, que acababa de llegar—. No viene mal que entrenen con un objeto extraño.

Los jugadores eran moles, para nosotros dos. Mi cabeza llegaba a las rodillas del que estaba en la base. Pero no me asusté ni me sentí chiquito. Conocía mi cuerpo mejor que nadie y poiiing poiiiing poiiing, pude sacarme de encima al que me estaba marcando. Pero lo mejor, lo mejor de todo, lo hizo Cami. No miraba la mochila; me miraba a mí, a los otros jugadores, al que la marcaba, al aro. Miraba todo a su alrededor y sentía, sentía con sus manos, la cabeza de Ojos bajo la tela de la mochila. Poiiiing, poiiiing, poiiiing. Me la pasó. Poiiing, poiiiing, poiiiing y un gigante se interpuso. Pero usé la altura a mi favor, y pasé entre sus piernas. Llegué a arrojarle la mochila a Cami. La vi flexionar las rodillas, inclinarse apenas, tomar envión, y saltar. Saltar para levantar vuelo. Porque ese día, en este estadio medio destruido, frente a dos miradas sorprendidas (impotente, la del portero; orgullosa, la de su papá) y rodeada de jugadores de Primera, Cami logró saltar, meter la mochila a través del aro y mantenerse colgada ahí por dos o tres segundos. Sí, aunque es difícil creerlo porque es mujer y mide un metro cuarenta y dos, Camila hizo una volcada. Y fue tan emocionante que todos nos quedamos en silencio.

 

 

¡Tengo un zombie! (capítulo 8)

Entrenador de lujo

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Ilus de Maine Diaz

Cuando se distrae así me dan ganas de matarlo. Antes en la cancha le pasaba lo mismo, la pelota le picaba al lado y él estaba en la luna. Y ahora yo acá tratando de confundir a Aníbal para que no se diera cuenta de nada, y él pensando en los pajaritos de colores en lugar de buscar un escondite para el zombie. Si Aníbal se despertaba, yo le tenía que explicar unas cuantas cosas: una, por qué le habíamos pegado. Dos, con qué le habíamos pegado. Tres, qué hacíamos en el estadio si estaba cerrado por refacciones. Y ni quería pensar si había llegado a ver a Ojos: ¿Cómo se le explica a un adulto que estamos entrenando con un zombie?

Porque eso es lo que hacemos (Bauti empezó antes que yo; pero ahora, desde que los descubrí, siempre entrenamos los tres). No es que papá nos enseñe mal, pero el zombie tiene otros recursos. Por ejemplo, a veces se quita los ojos y los pone al ras del piso para controlarnos los pasos. Así sabe si ponemos bien el peso del cuerpo, si deberíamos pisar con más fuerza o más despacio y con qué envión tenemos que despegar el talón antes de saltar. A veces sus brazos nos siguen por toda la cancha: nos ayudan a mantener la postura y también a pivotear, que es cuando giramos manteniendo un pie fijo en el suelo (lo que nos puede salvar si intentan quitarnos la pelota). Cuando estamos a punto de tirar al aro, más de una vez nos da una palmada al hombro como animándonos. Y ni hablar cuando encestamos, nos abraza como un compañero más, aunque el resto de su cuerpo esté fuera de la cancha. Y a veces, nos presta su cabeza (que no sé por qué rebota) para hacer jueguitos. La picamos de un lado al otro, pasándola entre las piernas. Si escuchamos Aaagh es que lo estamos haciendo mal y hay que pararse distinto, flexionando un poco más la rodilla y con menos apertura. Parece que no, pero orienta un montón que “la pelota” te hable.

Y ahora estábamos a punto de perder todo eso. Porque si Aníbal llegaba a enterarse, la noticia llegaría a las autoridades del Club y chau entrenamiento. Además vendrían de un canal de televisión y a Ojos se lo llevarían los científicos porque, obvio, ¿dónde se ha visto un zombie que salga de un videojuego? La verdad, no podía entender que Bauti siguiera ahí, papando moscas como dice mi abuela (aunque no sé que tienen que ver las moscas con esto de andar siempre distraído).

—¿Querés apurarte? —le dije, para hacerlo regresar a la realidad— ¡Aníbal ya se está despertando!

Y entonces desarmó a Ojos como si fuera un rompecabezas: metió brazos, piernas, orejas, manos, pies y nariz adentro de su mochila. ¡Justo un segundo antes de que Aníbal se despertara!

 

 

¡Tengo un zombie! (Capítulo 7)

Mientras el portero dormía…

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Ilus de Maine Diaz.

Yo nunca soy agresivo, es lo único que puedo decir a mi favor. Pero me desesperé cuando el portero nos descubrió en el estadio.

—¿Qué hacen acá? —nos gritó desde la puerta. Si no reaccionaba, estábamos perdidos. Por eso le arrojé la cabeza de Ojos. ¡Y qué buen tiro: le di en medio de la frente! Aníbal cayó como una torre de Jenga. Yo intenté seguir las instrucciones de Camila:

—¡Escondé el zombie, rápido; yo distraigo al portero!

Pero el que se distrajo fui yo. Porque me puse a pensar en el día que lo llevé allí. Fue cuando mi tía Leila volvió a su casa, y tuve que buscarle a Ojos un nuevo hogar.   No me dio trabajo trasladarlo hasta el club: probablemente porque elegí un buen camino (fuimos por calles solitarias, aprovechando que muchas estaban todavía cerradas al tránsito) y además le puse una campera con capucha y le bajé la cabeza. Por suerte, él en ningún momento levantó la vista. Hubiera sido un problema cuando nos cruzamos primero con los tipos que estaban arreglando el poste de luz, después con la mujer que cobra la cuota social (justo estaba en la entrada pegando un cartelito: “Se suspenden todas las actividades hasta nuevo aviso”) y por último con el papá de Camila, que estaba en la puerta del estadio:

—Esto fue un desastre —me dijo—. No creo que tengamos clase hasta dentro de un mes.

A Ojos, por suerte, ni lo miró. Y ni siquiera estoy seguro de que me haya mirado a mí, en realidad. Estaba tan sorprendido con los destrozos que había dejado el temporal, que fue fácil meterme en donde quise.

Y quise en el estadio, claro. Sabía que iba a estar cerrado por tiempo indeterminado (primero había que arreglar otras cosas más urgentes como el techo del salón principal, que se había volado por completo), pero nunca me imaginé que sería el lugar perfecto para nosotros dos. O para los tres, porque ahora se sumó Camila.

Ojos nos entrena en el estadio. Sí, ya sé que a simple vista no tiene ninguna cualidad para el deporte. Pero eso es justamente lo mejor en él: verlo jugar tan bien a pesar de que es bajito, torpe y súper lento (en fin: ¡tan igual a mí!) me ayudó un montón. Entendí, por ejemplo, que lo importante es controlar la pelota. Y que al picarla, hay que sentirla en las manos. Porque los ojos deben estar atentos alrededor: midiendo la distancia que te separa del aro, del jugador que te está marcando y de los compañeros que puedan recibir el pase. Y lo mejor: aprovechar la estatura a tu favor, pasar entre las piernas largas de los otros, como un ratón furtivo que se roba un queso.

—¿Querés apurarte? —el grito de Camila me hizo volver a la realidad— ¡Aníbal ya se está despertando!

Por suerte, logré esconder a Ojos justo a tiempo.

¡Tengo un zombie! (capítulo 6)

¡Pero qué ojos!

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Ilus de Maine Díaz.

Una vez que pasó la primera impresión (que debe haber sido fea), Bauti tuvo la lucidez de esconder al zombie. No fue una gran lucidez, debo decir, porque lo puso atrás de la cortina. Pero por lo menos no lo dejó en medio del living donde habría llamado más la atención.

La mamá los pasó a buscar (a él y a su tía) porque no podían quedarse a dormir ahí; sin luz, sin agua y con el techo roto. La verdad es que era un desastre Ituzaingó. Me acuerdo que a la mañana siguiente del tornado, fuimos con mi papá hasta el club. Todos caminaban como zombies (¡qué comparación se me viene a ocurrir!) como si no pudieran entender lo que había pasado. Árboles gigantescos que atravesaban las calles, semáforos partidos como escarbadientes, postes de luz que habían caído de lleno en algún techo. ¡Todo estaba silencioso! No solo porque los autos no pasaban sino también porque nadie hablaba. Mi papá, por ejemplo, cuando llegó al club lo miró a Aníbal (que es el portero) sin decir una palabra. Ni hola, ni buen día, ni qué barbaridad. Por su parte, Aníbal levantó las cejas, hizo un chistido, se mordió los labios. Pero palabras, ninguna. ¡Ninguna!

Y Bauti dice que en su casa fue igual. Que la tía Leila suspiraba y su mamá negaba con la cabeza; casi siempre sin hablar.

—¡Terrible! —decían cada tanto, una o la otra. Porque ninguna de las dos podían creer que una tormenta pudiera lastimar así.

Pero todo esto fue bueno para Bauti.  Su mamá y su tía Leila estaban tan en su mundo que apenas le prestaban atención a él. Y por otra parte, como había habido tantos destrozos en el barrio de su tía, durante el día se la pasaban allá. Y estar en la casa de la tía Leila significaba estar con Ojos. Y así fue como empezaron a conocerse.

Lo primero que supo Bauti es que no era para nada inquieto: lo encontró en el mismo lugar donde lo había dejado el día anterior, atrás de la cortina del living. Y casi en el mismo acto supo también que no sentía ningún dolor, porque en cuanto lo tomó de la mano y tironeó para que se moviera, el brazo se le desprendió.  En ese momento horroroso fue cuando le puso el nombre. Porque el zombie no hizo ninguna mueca, no se quejó para nada ni intentó recuperar la parte del cuerpo que había perdido:

—¡Pero tendrías que haberle visto los ojos, Cami! Esa mirada me lo dijo todo, y supe que nunca pero nunca me iba a lastimar.

Le dije a Bauti que el nombre estaba bueno. Pero seguía sin entender el asunto de la Play: ¿Ojos tendría que volver al videojuego? Y justo cuando estaba por responderme eso, se prendieron las luces del estadio.