1. Un nombre

Un adelanto de lo que se viene con una editorial que amo desde que redescubrí (ya de grande) la LIJ: el capítulo 1 de Minúsculas.

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En la historia de la humanidad (y también de los animales) prevalecieron aquellos que aprendieron a colaborar e improvisar.
(Charles Darwin)

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No es con quien naces sino con quien paces.

(Refrán)

Capítulo 1: un nombre

    Veintisiete se pone en la fila. Lo hace en el momento que corresponde, siguiendo el paso de Veintiséis. Undostrés, undostrés. Sus patas avanzan de a pares. Intenta no escuchar el zumbido molesto de Saldeaquí, pero no puede evitarlo.

    Saldeaquí se ha metido en su vida, irremediablemente. Saldeaquí y su zumbido molesto y su charla incesante y su vuelo a saltitos y su ala izquierda rota. Saldeaquí, que le puso un nombre. Un nombre para ella sola.

    –Te voy a llamar Veintisiete.

    –Ya te dije que me llamo Hormiga.

    –Hormigas se llaman todas. Y son como mil quinientas en la colonia. Es como si yo me llamara Mosca. ¡Ridículo!

    Y así le quedó el nombre. Veintisiete sabe que no tiene sentido, que Veintiséis puede desaparecer en el pico de un pájaro o, peor, en la zapatilla de un ser humano. Y entonces ella, sin Veintiséis adelante ¿seguirá siendo Veintisiete?

    De esta forma se lo explicó a Saldeaquí. Por algo las hormigas no tienen nombre. Por algo son todas, una. Por algo no deciden solas.

    Poralgo no está mal –concedió la mosca–. Pero como nombre prefiero Veintisiete. Es más musical, y más tuyo.

    Sus hermanas no entienden por qué le da charla. Si es fácil ignorarla, responder a sus zumbidos con pura indiferencia de hormiga. Es culpa de ella que la mosca se les haya pegado así, que se haya metido adentro del hormiguero como si fuera parte de la colonia. ¡Si se enterara la reina!

    –¿Si se enterara de qué? –pregunta Veintisiete telepáticamente. Porque es así como se comunican las hormigas, a través de un complejo sistema a distancia que se establece entre antena y antena.

    Pero nadie le contesta. Hay otras urgencias que atender. Como la fila. Undostrés, undostrés. Las patas avanzan de a pares sin perder el ritmo para que no se atrase la mudanza.

    –¿Adónde vamos? –pregunta Saldeaquí.

    Veintisiete podría haberse quedado callada. Podría haberle explicado, también, que es incorrecto decir “vamos”; que Saldeaquí no forma parte de ningún “nosotras”; que ya es tiempo de que se vaya por donde vino. Pero no. En cambio, va y se lo cuenta todo. Comparte con esa mosca molesta y desalada el secreto clasificado más reciente de la colonia:    

    –Nos mudamos a la cocina de los humanos.  

    Un recuerdo golpea con fuerza a Saldeaquí, que da un saltito en falso y trastabilla. Sin embargo, nadie le presta atención. Ninguna hormiga en la colonia, ni siquiera Veintisiete que es la más simpatiquísima de todas, sabe de los dedos que la torturaron. De aquel maldito día en que perdió el ala izquierda.

    ¡Tengo un zombie! (capítulo 8)

    Entrenador de lujo

    capi8

    Ilus de Maine Diaz

    Cuando se distrae así me dan ganas de matarlo. Antes en la cancha le pasaba lo mismo, la pelota le picaba al lado y él estaba en la luna. Y ahora yo acá tratando de confundir a Aníbal para que no se diera cuenta de nada, y él pensando en los pajaritos de colores en lugar de buscar un escondite para el zombie. Si Aníbal se despertaba, yo le tenía que explicar unas cuantas cosas: una, por qué le habíamos pegado. Dos, con qué le habíamos pegado. Tres, qué hacíamos en el estadio si estaba cerrado por refacciones. Y ni quería pensar si había llegado a ver a Ojos: ¿Cómo se le explica a un adulto que estamos entrenando con un zombie?

    Porque eso es lo que hacemos (Bauti empezó antes que yo; pero ahora, desde que los descubrí, siempre entrenamos los tres). No es que papá nos enseñe mal, pero el zombie tiene otros recursos. Por ejemplo, a veces se quita los ojos y los pone al ras del piso para controlarnos los pasos. Así sabe si ponemos bien el peso del cuerpo, si deberíamos pisar con más fuerza o más despacio y con qué envión tenemos que despegar el talón antes de saltar. A veces sus brazos nos siguen por toda la cancha: nos ayudan a mantener la postura y también a pivotear, que es cuando giramos manteniendo un pie fijo en el suelo (lo que nos puede salvar si intentan quitarnos la pelota). Cuando estamos a punto de tirar al aro, más de una vez nos da una palmada al hombro como animándonos. Y ni hablar cuando encestamos, nos abraza como un compañero más, aunque el resto de su cuerpo esté fuera de la cancha. Y a veces, nos presta su cabeza (que no sé por qué rebota) para hacer jueguitos. La picamos de un lado al otro, pasándola entre las piernas. Si escuchamos Aaagh es que lo estamos haciendo mal y hay que pararse distinto, flexionando un poco más la rodilla y con menos apertura. Parece que no, pero orienta un montón que “la pelota” te hable.

    Y ahora estábamos a punto de perder todo eso. Porque si Aníbal llegaba a enterarse, la noticia llegaría a las autoridades del Club y chau entrenamiento. Además vendrían de un canal de televisión y a Ojos se lo llevarían los científicos porque, obvio, ¿dónde se ha visto un zombie que salga de un videojuego? La verdad, no podía entender que Bauti siguiera ahí, papando moscas como dice mi abuela (aunque no sé que tienen que ver las moscas con esto de andar siempre distraído).

    —¿Querés apurarte? —le dije, para hacerlo regresar a la realidad— ¡Aníbal ya se está despertando!

    Y entonces desarmó a Ojos como si fuera un rompecabezas: metió brazos, piernas, orejas, manos, pies y nariz adentro de su mochila. ¡Justo un segundo antes de que Aníbal se despertara!