La historia es conocida entre los camioneros. Y aun cuando entiendo que puede tratarse de una superchería de esas que se cuentan por aburrimiento o por ignorancia, he llegado a soñar con la mujer.
No, jamás la he visto. Pero sé que es ella: con sus jeans ajustados y sus botas salteñas; la camisa a cuadros anudada bajo el pecho; el colgante con la mariposa; el cabello semiatado, ondulado y cobrizo; la nariz respingada y las pecas y las largas pestañas y los ojos grises.
Es ella. Y en mis sueños aparece tal como la vio Román aquel amanecer lleno de bruma. Con la respiración agitada y el ojo izquierdo entrecerrado por la contusión. El mechón pegoteado en la mejilla, y la sangre ─tan fresca─ perdiéndose en el cuello.
Cada vez que paso por el cruce de Acheral, cuando apenas se asoma el desvío a la 307, me distraigo buscando a la mujer de mis sueños, que desconcertó a Román y sigue animando nuestras charlas en los encuentros fortuitos que nos depara la ruta.
Desde que conozco la historia, no puedo andar por la vieja traza de la 38 ─la que llaman (¡curiosamente!) “ruta de la muerte”, la de las rastras cañeras y la trocha angosta─ sin ponerme a contar las grutas que se van sumando. Los pañuelos rojos, las imágenes, las notas, las velas, las flores, las botellas, los crucifijos. Y no solo a la altura de Acheral, frente al desvío de la 307, donde Román vio a la mujer: los sombríos santuarios que los vivos levantan en memoria de sus muertos van sembrándose a la vera del camino como una plaga de yuyos que es imposible parar. Me pregunto cuántas historias habrá, como esta. Cuántas que nunca se han contado. ¿Cuántas? Sigue leyendo
