Las luces estaban encendidas cuando lo vi. El peor disfraz del mundo, sin ninguna duda.
—¿No se te ocurrió nada mejor que ponerte una sábana encima? —le grité mientras tironeaba de la tela para desenmascararlo.
Tuve que sacarme el antifaz para ver mejor lo que no había: ¡Nadie! ¡Nadie debajo de la sábana! Por suerte se cortó la luz: ni el rostro más espeluznante me habría asustado tanto aquel día.
