¿Dónde está la sirena?

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Ilustración de Pablo Pino para el libro Cambio de idea, que publicamos en coautoría, Riderchail, 2016.

La busqué por todos lados
y no la pude encontrar
Ni siquiera en Villa Gesell
¡Y estuve adentro del mar!

En mi pueblo, que no hay playa
me conformé con buscar
en la fuente de la plaza
que está en la calle central.

No la encontré en la pileta,
que estaba medio vacía.
Tampoco en el bebedero
que pusieron en la esquina

¿En donde se habrá metido
la sirena de mis cuentos?
¿será que vive en la lluvia
y por eso no la encuentro?

Para mí que no

Genaro dice que es mago
pero yo sé que exagera.
No basta tener varita,
moñito, capa y galera.

Intentó que el gato hablara
en un idioma extranjero
pero solo consiguió
que maullara con esmero.

También quiso convertir
un garbanzo en una gema
pero justo germinó
¡No sirvió ni para cena!

Cuando quiso que su hermana
sin más, desapareciera
no pudo más que encerrarla
para que nadie la viera.

¡A que su juego de magia
está vencido o fallado!
Si no, que alguno me explique
cómo nada ha funcionado.

El suplente

¿No ves que funciona? El secreto es decirlo así, con la voz firme y convencida de que tenés razón. Pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. A ver, vos podés decir “vamos a ganar el Mundial”, pero si tenés una mínima duda te apuesto a que no pasamos ni a cuartos de final.

Cuando yo le dije al suplente lo que le dije, se lo dije así como te digo: con la voz firme y convencida de que tenía razón, pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. ¡Y  por eso funcionó!

Además, yo quería que las cosas salieran bien para él. Y eso porque me daba cuenta de que estaba pero no estaba en la escuela. Vos me entendés: su cuerpo se paseaba por ahí, pero la mente se le iba de viaje y él no podía evitarlo. Yo me di cuenta porque a mi mamá le pasa lo mismo todo el tiempo. Hay veces que se queda como petrificada, mirando pero sin mirar, como si su mente estuviera en cualquier otro lado, ¿me entendés? Y le pasa porque es ilustradora, porque capaz que está dibujando toda una historia en su cabeza y se puede pasar días y hasta semanas así, como ausente.

Bueno, con el suplente pasaba igual. Para mí que es algo de todos los artistas. El tipo te empezaba a preguntar algo, pero a mitad de la pregunta se colgaba mirando alguna cosa. Levantaba las cejas, se reía, ponía cara de sorprendido. No sé, como si estuviera mirando una película en el cine en vez de estar en el aula con nosotros.

Y después estaba su cuaderno violeta (mi mamá tiene una libreta azul), que era lo único en el mundo con lo que no se distraía. Pero el suplente no dibujaba, escribía. Escribía como loco, sin parar. Todo el recreo. O mientras hacíamos alguna actividad en la carpeta. O en las horas especiales, cuando estábamos con el profesor de música o en educación física. El suplente escribía, escribía sin parar. (Como mi mamá dibuja, dibuja sin parar ¿entendés lo que te digo?)

También le gustaba leer. Pero eso no lo vi tanto en la escuela sino en el 156, porque los dos tomábamos el mismo colectivo a la salida. Si el libro le gustaba, podía leer aunque estuviera parado y no se enteraba de nada de lo que pasaba alrededor. Pero cuando se aburría levantaba la cabeza a cada rato y capaz que hasta me daba charla.

—No todas las lecturas son buenas —me dijo una vez.

Y yo le dije que más vale, bastaba con fijarse en el manual. Él se rio con ganas cuando dije eso.

Y tal vez esa fue la razón por la que me animé a responder lo que respondí en la clase. Habíamos leído un cuento malísimo, y  las preguntas eran las típicas del manual: Sigue leyendo

¡Libre soy!

Como la reina de Arendelle, me siento libre. Ya vencido el plazo que estipulaba el contrato, y otra vez con los derechos exclusivos en mi poder, me doy el gusto de compartir un libro que me dio muchas satisfacciones y que volvería a publicar solo por el nudo en la panza que sentí cuando me citaron a hacer la corrección de galeras. Ese día supe con total certeza cuál iba a ser mi camino: escribir no era un pasatiempo, era mi elección de vida. Después de Pequeña Aldea, me animé a mandar mis textos a otras editoriales. Y fue cuando empecé a publicar «de verdad».

La manzana de Blancanieves pasa en, este emotivo acto, a ser un libro «descatalogado». Y de algún modo no sé por qué (¿será el gusto de la libertad?) yo me siento feliz. Será porque decidí que, al menos así como está, no volvería a publicarlo. O porque no está mal cambiar los escenarios. Alguna vez tuvo su vidriera (¡Sí, en la Boutique del Libro de Unicenter!) y ahora me gustaría que circule libremente por la web. Sin autorizaciones y sin contratos, mientras no haya fines de lucro (aclaro). Y si los hubiera, mándenme un mensaje privado. Que todo en esta vida se soluciona hablando.

 

La bella durmiente (conectada)

Había una vez un cuento que no dejaba de contarse. Se escuchaba en las casas familiares, en los palacios, en la aldea, en el mercado, en la montaña y en el mar. Y hasta cruzó continentes y atravesó los siglos para que yo pudiera contártelo hoy. De un modo un poco diferente, claro, porque los cuentos tienen que modernizarse. De otra forma los personajes se pondrían en huelga. Y lo que es más importante: tendrían razón. ¿O es justo que vos tengas un gps en el teléfono y el pobre Hansel tenga que marcar su recorrido con miguitas de pan?

En fin: el personaje de esta historia ya lo conocés bastante. El cuento te lo contaron mil veces y hasta seguro viste la película. Pero mi versión, te prometo, es un poco más novedosa.  Es una versión 2.0, últimísima y moderna, casi tanto como vos. Y viene a reivindicar fundamente tres cosas. La primera, que Maléfica no es tan mala. La segunda, que el príncipe valiente no es tan valiente. Y la tercera, que la bella durmiente está menos dormida de lo que parece.

Pero vamos por partes. Para empezar, hay que aclarar que la pobre Maléfica no fue culpable de la maldición. Es así desde tiempos inmemoriales: la gente tiende a señalar a quien suele equivocarse más seguido, y rara vez se preocupa por averiguar la verdad. Si alguien lo hubiera hecho en este caso, el cuento conocido sería otro. Precisamente, el que te estoy contando acá:

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Está claro que la bella durmiente no le dio bolilla a la cadena. En otras palabras: ella misma se echó la maldición. Pero no fue responsable del tiempo que duró el castigo. De eso hay que culparlo al príncipe valiente, que (según parece) no tenía mucho sentido de la orientación. Sigue leyendo

Desengaño amoroso

El pobre gallo ha intentado
conquistar a la gallina.
Le cantó con su guitarra
una milonga argentina.

Bailó también un merengue,
una lambada y un tango.
Probó con el reguetón,
y unos pasos de malambo.

Pero ella no lo registra
ni cuando canta boleros.
Es que suspira por otro:
¡el pájaro carpintero!

Un restorán en la ruta

cosecha
Si reconocés la imagen, escribime (¡quisiera citar la fuente!)

Un perro lleno de rulos
y un burro muy aburrido
hallaron un restorán
de ruta en su recorrido.

—Yo quiero ensalada rusa,
y un barril con mandarinas.
—Yo rúcula con arroz
y manzana correntina.

El mozo los miró raro,
les dijo: —¡Es un disparate!
Aquí solo repartimos
turrón, romero y tomate.

¡No hay derecho!

Sube que te sube
troncos sujetando
nubes traspasando.
¡Pobre Periquín!

Trepa que te trepa
cielo atravesando
va como volando.
¡Pobre Periquín!

Anda que te anda
ramas escalando
ángeles pasando
¡Pobre Periquín!

Todo para el cuento
célebre y famoso
que aunque sigue hermoso.
¡No es de Periquín!

A las habichuelas
sí las respetaron,
y al gigante malo
¡bello porvenir!

Al que escala, en cambio,
nombre le cambiaron
Jack lo bautizaron.
¡Pobre Periquín!