Un secreto en mi barrio

Ya sé que tu papá es profesor de la universidad, me lo dijiste mil veces. Y que se doctoró en Dublín y publicó veintisiete libros. Por eso me parece raro que, sabiendo tanto como sabe, no dude ni un poquito. Porque dice Bobe que (en pequeña medida)  la duda, la levadura y la sal no pueden hacer daño.

Y mi tío Benja está convencido de que para saber hay que dudar. Y a mí me parece que tiene razón. Porque antes la gente creía que la Tierra era cuadrada, hasta que un día alguno se animó a preguntar:

–¿Pero no será redonda? –Y entonces todos supieron la verdad.

Igual, es obvio que algunos cuentan pavadas. Como el chico ese (¿te acordás, en el cumple de Cami?) que dijo que la piel del gigante era pura corteza. Y te digo, como metáfora, vaya y pase: porque no digo que no pueda tener la piel un poco más gruesa o más oscura, y esté medio arrugada también, pero de ahí a creerme que es un árbol… ¿O no oíste vos cuando contó que lloraba savia y que de los dedos le salían unas ramitas verdes?

¡Eso sí que es mentira! Y tampoco creo que mida doce metros. ¿Cómo haría para esconderse, si no? ¡Y lo de los gatos! Lo de los gatos es otra barbaridad. Si fuera cierto que camina rodeado siempre de gatos, con lo barulleros que son los gatos,  ya lo hubieran llevado al Instituto Pasteur. O peor: a la NASA. ¿O vos pensás que los yanquis se perderían la oportunidad de tener un gigante en sus laboratorios? Sigue leyendo