Fue la bruja Lavandina

–¡Es el colmo de los males!–,

le decía a su mamá

la pobre Caperucita

que no deja de llorar.

¿Y ahora cuando alguien quiera

llamarla cómo lo hará?

¡Si ni ella sabe su nombre!,

¿cómo sabrán los demás?

–Yo soy para todo el mundo

Caperucita, nomás,

y saben que voy de rojo

pues rojo es todo el disfraz.

La pobre madre no sabe

de qué modo consolar

a la niña acongojada

por un error garrafal:

la célebre caperuza

que nunca deja de usar

nadó con la lavandina,

la que ha sabido matar

el rojo intenso del traje

que en rosa se quedará…

–Ay, mamita, qué tristeza–

la niña llorando está,

pues ha perdido en un tiempo

su traje y su identidad.

¡Yo quiero ser de madera!

Me ha contado Pepe Grillo

que Pinocho se lamenta

desde el día que ha dejado

de ser niño de madera.

Jugó el viernes un partido

de fútbol en la azotea:

era justo al mediodía

y él estaba sin remera.

¿Se imaginan qué desastre?

¡Ni siquiera una visera!

Se quedó  todo ampollado

como raba en la aceitera.

Encima la muy taimada

de una abeja traicionera

lo picó justo debajo

de una oreja y se creyera

todo el mundo que Pinocho

¡pobre! andaba con paperas… Sigue leyendo

La manzana de Blancanieves

 

Ya lo ven, por esa bruja

me ha quedado mala fama.

¡Justo a mí, que soy sabrosa,

rica en fibras, linda y sana!

 

¿No podía la ladina

usar una mandarina?

¿una uva, una ciruela,

una banana, una pera?

 

¿Por qué no tomó un limón,

que es una causa perdida?

¿o una fruta abrillantada,

que es un poco de mentira?

 

Ya lo sé: no le quedaban

más frutas en la cocina

¿Pero en el bosque no había

ni una verdulería?