Cambio de roles

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 Centro de Estudios Mentales y Atención Psicológica

(CEMyAP)

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Informe médico y diagnóstico

 

Ref.: Pac. Amenhotep III

Ubic: Museo egipcio de El Cairo (sala Imperio Antiguo, Planta Baja)

Edad: 5300 años (aprox.)    

 

Antecedentes:

Ante el pedido de las autoridades del Museo, se procede a revisar al paciente que presenta los siguientes síntomas: temblores, hiperventilación, pulso acelerado y mareos; lo cual resulta verdaderamente llamativo teniendo en cuenta que el paciente no tiene órganos vitales: su corazón, su hígado, sus pulmones, sus intestinos fueron disecados hace miles de años, cuando su cuerpo se embalsamó.

Una vez retiradas las tiras de lino que  lo sujetaban, el paciente manifestó (sí, manifestó: ¡también habla!) sentirse moderadamente mejor.

Examen físico:

Se procedió a la revisación clínica general y se llegó a la siguiente conclusión: aunque muerto, al paciente se lo ve muy sano. Aun cuando al principio su marcha fue inestable, con el paso de las horas fue recuperando el equilibrio. Asimismo, su respiración comenzó a regularse  y los temblores cedieron. El paciente manifestó haber sentido “miedo, mucho miedo a morir asfixiado”. Para completar el diagnóstico, se solicitaron los siguientes exámenes de rutina: análisis completo de sangre y orina, electrocardiograma, radiografía de torax, tomografía axial computarizada (TAC). Sigue leyendo

¿Irresponsable, yo?

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No voy a mentirles: es complicado. Está bien, es cierto que parecen espeluznantes al principio; pero, después, apenas comenzás a tratarlos, te das cuenta de que son inofensivos. Y no lo digo solo por Ojos. Lo digo por Ojos y por los demás. Porque el otro día cruzamos al cementerio y me presentó a sus amigos. ¡Son iguales a él! Tranquilos, callados, súper pacíficos. Si no fuera porque ya me da bastante trabajo esconder a uno, me traería a casa por lo menos a un par más.

Pero esto no es algo que pueda entender mamá, por supuesto. Yo podría hablarle de Ojos para prepararla un poco. Contarle que es un buen amigo, que el otro día me ayudó a estudiar para Naturales: no cualquiera tiene un cuerpo humano para desarmar en vivo y en directo, lo que para entender cómo funciona el sistema digestivo resulta claramente mucho más útil que el diagrama que dibujó la seño en el pizarrón. Sigue leyendo

Bien aconsejado

Yo, don Luis Anichene Angata ─argentino y viudo, cuatro veces─; nacido el día viernes 16 de febrero del año 1957; séptimo hijo de don Raúl Anichene  y doña Anabel Angata (ambos difuntos el  22 de marzo de 1967 en, según cuentan, sospechosas circunstancias); domiciliado en la calle de Los Mitos número 896, Provincia de Corrientes,  en pleno uso de mis facultades mentales ─siguiendo el sabio consejo de mi terapeuta, el benemérito doctor don Fabricio Fraude─ declaro que el presente documento contiene mi última voluntad.

Habiendo muerto mis progenitores y cinco de mis hermanos (Cristobal, Mario, Fausto, Bernardino y Claudio, de mayor a menor) y no llegando a tener hijos con ninguna de mis difuntas esposas (Malena, Beba, Flora y Etelvina, de mis primeras nupcias a las últimas), que en paz descansen todos, decido desheredar ─tal como me aconseja atinadamente mi terapeuta─ a mi único hermano vivo,  Pedro Anichene Angata, quien insiste absurdamente en empañar mi buen nombre diciendo por ahí que yo he sido responsable de la muerte de mis seres amados.

No obstante tal injuria, no me motiva el despecho por su afrenta sino el afecto genuino y fraternal que le guardo, porque ─según me ha sugerido el benemérito doctor don Fabricio Fraude─ mi pobre hermano sin duda está sufriendo algún tipo de demencia que lo lleva a decir barbaridades. Como si no  alcanzara ya con estas habladurías, el terco insiste en encerrarme en una jaula cada viernes de luna llena. He sabido además que anda juntándose con toda clase de brujo que pulula por el pueblo, y no para de traerme amuletos de todo tipo, que levanta ante mis ojos rezando no sé qué plegaria en lengua extraña. Sigue leyendo

¿Un té, señor Iluso?

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CONTRATO DE LOCACIÓN

En la Ciudad de Salsipuedes (Córdoba), a los 13 días del mes de julio de 2011, las partes el señor Juan Pedro Iluso (en adelante denominado LOCADOR), con DNI 25339987, domiciliado en la calle Cercana N° 1234 de la misma ciudad; y las señoras hermanas de la oscuridad Griselda, Ágatha y Morgana  (en adelante denominadas LOCATARIAS) sin documento de identidad vigente en este siglo, de la extranjera ciudad de Brujas (Bélgica), celebran este contrato de locación que se regirá por las siguientes cláusulas y condiciones pactadas de común acuerdo (previa ingestión de un riquísmo té de hierbas provisto por las locatarias).

 

PRIMERA: El LOCADOR entrega en locación un inmueble sito en la calle Tenebrosa con N°666, y las LOCATARIAS lo reciben con bastante insatisfacción por sus perfectas condiciones de conservación y uso, por lo que se niegan rotundamente a mantenerlo en las mismas condiciones en que se encuentra al momento de firmar el presente contrato.

 

SEGUNDA: Las LOCATARIAS no destinarán el inmueble locado exclusivamente para vivienda propia, sino que también se le dará otros destinos: laboratorio de experimentación con animales y seres humanos (preferentemente niños regordetes); cadalso para los insurrectos; cementerio en caso de que se cometa algún error de cálculo en las dosis, o de que la víctima se niegue a cooperar y entonces no quede más remedio; o de necesitar para alguna pócima que el individuo esté muerto; o ─simplemente─ de un lapsus de malhumor de las LOCATARIAS. Sigue leyendo

Magia en la habitación 207

No, si yo te entiendo. Porque tampoco creía en las hadas. Ya estamos un poco grandes para creer ¿no? Bueno, es lo que yo pensaba. Sí, sí, igualito a vos.

Para mí las hadas estaban en las películas. O en esos libros llenos de brillantina y stickers. ¿Vos también tenés de esos?  Bueno, yo no pensaba que las hadas podían estar acá; viviendo como cualquiera, trabajando, contándoles cuentos a los nietos. Mucho menos pensaba que podían vivir en un asilo, como Herminia.

Porque ¿te dije que mamá es enfermera? Trabaja en el asilo que está acá a la vuelta. Yo voy todas las tardes, después del cole.  Y así la conocí a Herminia, que desde el principio me pareció una abuela especial. No sabía que tanto, bueno. ¿Cómo me iba a imaginar que era un hada? Porque en esos libros con brillantina las hadas son siempre jóvenes y  hermosas. No así viejitas, como ella. Sigue leyendo

Detrás de su nuca

ilustrado por Silvana Benaghi, Billiken 4855

ilustrado por Silvana Benaghi, Billiken 4855

 

Parque Alegría S.A.

Calle de la Ánimas 653,

Ciudad del Santo Espíritu, Brasil.

28 de noviembre de 2009

De mi mayor consideración:

Me dirijo a usted a fin de solicitarle que tenga a bien revisar mis antecedentes laborales para evaluar la posibilidad de contratarme  en su Parque de Entretenimiento.

Como podrá observar en el Currículum Vitae que adjunto a la presente, tengo vasta experiencia asustando a los demás y cuento con las herramientas necesarias para llevar adelante esta difícil tarea. Por ello, considero oportuno postularme para el Juego “La casa del terror” cuya construcción se ha dispuesto ─curiosamente─ sobre mi morada.

Le ruego también que tenga presente que en este sitio he vivido (bueno, usted me entiende, esto de “he vivido” es un decir) los últimos diez años sin importunar a ningún vecino (a excepción, por supuesto, de algún intruso que se metiera en mi casa).  No obstante mi buen comportamiento, usted no tuvo ningún reparo en tirar abajo mi hogar y contrató, para colmo, a un obrero sordo como una tapia para conducir el vehículo que llevó adelante la tarea: el hombre ni se inmutó con mis pavorosos quejidos y la demolió igual. Sigue leyendo

¡Que llueva, que llueva!

─¡Uy, llueve! ─suspiró mi abuela.
─Algún día iba a pasar ─observó mi mamá.
─¿No habría sido mejor que le advirtiéramos? ─preguntó doña Conce cuando la vio pasar por la ventana, con su vestido Lila y las botitas nuevas.
─Es cuestión de minutos. Si la ve Gutierrez, ¡zas!
Y eso que Gutierrez generalmente es inofensivo. Es más: es imposible que te caiga mal. Cuando empieza a mover la cola como diciéndote “¿qué tal?” segurísimo te dan ganas de acariciarlo. Y si te pone esa mirada así, tan de perro de la calle, más. En realidad Gutierrez es adorable: dulce, bueno, juguetón. El mejor perro del barrio, sin ninguna duda.
El único problema con Gutierrez son los paraguas. Lo vuelven loco. Pero loco, reloco. Loco al punto de que no es posible reconocerlo. De que se transforma en una especie de increíble Hulk, aunque no cambia de color ni deja de ser perro, claro. Lo que sí deja es de ser un perro adorable (o sea dulce, bueno y juguetón) para transformarse en una fiera desconocida y sumamente peligrosa.
Bueno, la verdad, estoy exagerando. Porque Gutierrez es incapaz de lastimar a nadie. Pero pasearte así, delante de su propio hocico, con un objeto que lo pone tan réquete-loco es, como mínimo, imprudente. Y más si vas con un vestido lila y botitas nuevas. Como la pobre Violeta, que como hace poco se mudó al barrio, no conoce a Gutierrez y ni sospecha lo que le espera.
Por eso la seguimos, para protegerla. Llegamos justo cuando Gutierrez la alcanzó en la esquina. Empezó a aullar, y ella lo miró. Nosotras entre tanto nos escondimos atrás de un árbol, porque ¿qué le íbamos a explicar? Además, si Gutierrez llegaba a vernos…
Pero no calculamos que justo en ese momento Violeta se iba a dar vuelta:
─¿Qué te pasa, perrito, por qué llorás? ─Y menos que la muy imprudente se iba a agachar para acariciarlo.
Y entonces pasó todo. Rápido, muy rápido. Nosotras saltamos del escondite. Gutierrez dio un mordiscón y salió corriendo. Violeta, a la que no se le ocurrió soltar el paraguas que el perro llevaba entre los dientes iba ─plaf, plaf, plaf─ saltando en cada charco. Y peor: mi abuela sujetando a Violeta; Mamá, a mi abuela; Doña Conce, a mamá. Y yo atrás de todo, flameando como una bandera.
Ya sé: a primera vista puede parecer que nada resultó bien. Después de todo, a Violeta se le estropeó el vestido y Gutierrez se salió con la suya. ¡Pero nos divertimos! Tanto, que ya estamos preparando los paraguas para la próxima lluvia.

Decálogo para ser princesa

¿Y a mí qué me importa lo que piense Maru? La abuela siempre dice que con ganas se puede todo. Y yo me muero de ganas. Además, no puede ser tan difícil convertirme en princesa. Hay cosas que dan más trabajo, como ser médica. Y si no pregúntenle a mi prima Belu.

Aparte ya tengo casi todo. Primero, soy linda. Bueno, al menos cuando me peino, pero es obvio que si me coronan no voy a andar por ahí toda desgreñada.

Segundo, me gusta vestirme de princesa. Si no me gustara vestirme así sería una calamidad.

Tercero, soy solidaria. Porque la abuela dice que para gobernar (así sea una casa) hay que pensar todo el tiempo en el otro. Y yo a mamá la ayudo un montón: pongo la mesa, le doy de comer a Pipo y le cambio el papel de diario todas las mañanas. Porque hay que ver qué sucios que son los hámsters, así chiquititos y todo.

Cuarto, soy muy simpática.  Y eso es fundamental, porque las princesas tienen que sonreír aunque les duela la garganta. Y eso que el dolor de garganta es asqueroso, porque no te sale ni tragar.  Pero con esto también estoy bien: mamá dice que soy alegre hasta con anginas.

Quinto,  en el cole me va a genial. Ah, sí, para ser princesa hay que estudiar. Hay que saber de ciencias naturales, de ciencias sociales, de lengua, de matemática, de música, de artes plásticas…Un poco de cada materia. Sería un papelón que en una rueda de prensa te confundas mamíferos con invertebrados. Se han desatado guerras por errores así.  Me parece.

Sexto, soy responsable. Séptimo, respetuosa. Octavo, tengo buena disposición para trabajar.  Y todo eso me lo puso la señorita Yanina en el boletín, así que lo tengo certificado.

Noveno, lo dejo como comodín. Porque el mundo va cambiando todo el tiempo y una tiene que estar preparada para aceptar nuevos desafíos.

Lo único complicado es el príncipe azul. Pero si ya logré 9 de 10 sin terminar la primaria, lo tengo que consiguir en un ratito.

─¡Cande! ¡Llegó papá!

¿Cómo no me di cuenta?: es lindo, fuerte, juega bien al metegol y hace la chocolatada más rica del planeta.

─¡Papá!

─¿Cómo está mi princesa? ─Já. Ya le quiero ver la cara a Maru cuando le cuente que vivo con el príncipe azul.

Montaña rusa

 

Cuando me dijo que era una princesa pensé que presumía. Y eso que me pareció hermosa desde el primer día. En serio, si se lo dije a Iván apenas empezó con eso de “la negra”.

–No es un perro, nene. No le digas así.

Está bien: no le dije exactamente “Es hermosa”, pero fue más o menos lo mismo. Por lo menos,  Iván me entendió: –Ah, ¿qué? ¿te gusta? –me dijo.

Tanto como gustarme no sé. ¡Qué sé yo si me gusta! Pero que es linda, es linda. Hasta con la cabeza así, toda rapada. Seguro que es por los ojos, porque te mira todo el tiempo como sonriendo. Entonces yo me siento raro. Como si me acabara de bajar de la montaña rusa, entre mareado y feliz.

Lo peor es que todo el mundo sabía. ¡Hasta mi mamá! Al principio, cuando Kahila dejó de venir al colegio, no pregunté nada: por ahí se había ido de vacaciones, o tenía sarampión. ¿Qué me iba a andar preocupando? Pero ya cuando la maestra nos dijo que venían los exámenes trimestrales y ella no volvía, tuve que preguntar.

–Se volvió a Kenia ─me dijo Iván, que se sentaba conmigo.

Lo dijo como si yo supiera lo que era Kenia. Después (porque lo busqué en Internet) supe que quedaba en África. Que tiene unos paisajes alucinantes y un montón de animales sueltos por ahí. Nada de perros ni gatos ni tortuguitas. ¡Animales salvajes! Jirafas, elefantes, leones, leopardos, hipopótamos…

A la noche le conté a mamá que Kahila había dejado de venir al cole.

–¿la princesa masai? –me preguntó ella, totalmente enterada de todo. Y entonces me contó que su papá había venido a estudiar, que había tenido la suerte de conseguir una beca porque era un jefe guerrero de una tribu masai y…No escuché nada más.

Ahora no puedo hacer otra cosa que esperar: cuando sea grande voy a viajar a Kenia. Como es una princesa, cualquiera me va a poder decir adónde vive. Eso si decido ir a visitarla, claro. Tendría que ir, la verdad. Por lo menos para pedirle perdón por no haberle creído.  Y un poco, pero solo un poco, para que me mire como sonriendo y yo me quede así, entre mareado y feliz. Como si acabara de bajarme de la montaña rusa.

 

La expedición

─¡Sigrid! ¿Cuándo estarás lista, por Odín? Tu padre y tus hermanos no pueden esperarte todo el día.
Los rojos cabellos de Sigrid caen sobre los hombros en dos trenzas. Un broche en forma de martillo sujeta su capa azul. Prueba un colgante en el cuello, luego otro. Se calza un brazalete de plata. Los aros dorados, piensa, ¿mejor con forma de dragón u otra vez el martillo?
─¡Sigrid! ¡Sigrid! ─vuelve a interrumpirla su madre─ ¡Ya todos están en el drakkar, preguntando por ti!
¡El drakkar! A Sigrid le fascina el Drakkar. Como todas las embarcaciones vikingas, tiene muchos detalles deliciosos. Como el dragón que Olaf esculpió en la proa. Ella hubiera querido ayudarlo. Pero, claro, su padre tuvo la mala idea de convertirse en el mejor guerrero de la historia y ella tiene que seguir sus pasos: nada de andar tallando dragones en las proas.
Ojalá tuviera la suerte de Olaf, que se la pasa haciendo cosas bonitas todo el día. El broche del martillo se lo regaló él. Claro que en absoluto secreto: su padre jamás consentiría que un simple artesano la cortejara. ¡Lástima! Porque Olaf es lindo.
Y ahora Sigrid tendrá que subirse al drakkar. Y sujetar el hacha. Y poner un pie delante para esperar la señal de ataque, una vez en tierra. Y no mirar atrás. Y encomendarse a los dioses para obtener la victoria. Y siempre seguir su instinto porque el que duda, muere. Así que nada de pensar en Olaf. Ni en su pequeño broche de martillo. Ni siquiera en el dragón de la proa, porque eso le hace pensar en Olaf y estamos otra vez en lo mismo.
─¡Sigrid! ¡Sigrid! ¡Ay, si no fueras la hija de tu padre, ya se habrían ido sin ti!
¡Ay, si no fuera la hija de su padre! Eso es justamente lo que piensa ella. Así podría juntar sus trenzas, mirándolo a Olaf. A él le gustaría eso.
─¡Sigrid! Ya verás cómo se enojó tu padre. Te ha dejado aquí, para que aprendas. Ahora tendrás que esperar hasta la próxima expedición, en otoño.
¡En otoño! Eso no está tan mal. Habrá que contarle a Olaf que se quedó en tierra, que podrán estar juntos hasta otoño. Ah, sí, ¿cómo no? ¡toda una calamidad!