Bicho de campo

nocheestrellada

 

La seño sabe un montón, yo no digo que no. Con las fracciones, por ejemplo, es una capa. Y es un diccionario ambulante, además: palabra que le preguntás, te da la definición.

De lo que no sabe mucho es del campo. Pero bueno, no todos tienen la suerte que tengo yo. O sea, a la tía Esther para mostrarte cómo son en realidad las cosas. Porque la tía Esther vive en el campo. Y es toda una aventura visitarla. Sobre todo cuando llueve: hay que ver cómo te embarrás.

A veces mi tía viene a Buenos Aires. Un poco porque le gusta ir al teatro y salir a comer afuera y recorrer museos y hacer todas esas cosas que no puede hacer en el campo; y otro poco porque mi mamá es un bicho de ciudad. Como le gusta estar arreglada y anda siempre con tacos, en el campo la pasa mal: todo el tiempo se está enterrando.

Mi tía, nada que ver con mi mamá: hasta la luz eléctrica le importa poco. Dice que con los faroles de kerosén se arregla lo más bien. Y aunque tiene un panel solar –mi papá se lo instaló de prepo para que pueda cargar el celu– rara vez tiene señal.

Eso es lo más difícil que tiene el campo. Porque a mí me gustaría hablar de vez en cuando con la tía Esther, contarle por ejemplo lo que dijo hoy la maestra. Eso de que en el campo hay tranquilidad (se ve que nunca ensilló a Compadrito) y silencio (¿pensará que los animales son mudos?); y lo más equivocado de todo: que el tiempo corre despacio. Porque nada que ver, los días se pasan recontra rápido allá. Hay millones de cosas para hacer: subirte al molino, andar a caballo, mirar a Don Piú mientras ordeña las vacas o esquila las ovejas, pescar mojarritas en la laguna, meterte en el tanque australiano, perseguir codornices y treparte a la higuera. Y lo más lindo de todo: a la noche, mirar las estrellas. Porque en el campo parece que hay más estrellas que en la ciudad.

—Es por los edificios —dice la tía Esther—: hay tantos en Buenos Aires  que ya ni siquiera  se puede ver el cielo.

A mi mamá no le gusta que pasemos la noche afuera, dice que es peligroso porque ¿qué hacemos si nos pica un alacrán? Mi tía no le da bolilla y, entre los dos sacamos los colchones. Y nos quedamos así, mirando panza arriba, ese millón de luces que hay en el cielo.

Cómo me gustaría que la seño fuera, que viera de verdad lo que es ese lugar.  Y se dé cuenta entonces de que no es aburrido como ella piensa. Porque, al contrario: a mí no hay nada en el mundo que me guste más. Es que soy bicho de campo, me parece.

 

 

Mundos enmarcados

René Magritte, LA CONDICIÖN HUMANA, 1935.

René Magritte, LA CONDICIÖN HUMANA, 1935.

Le juro, señor Director, es así: el cuadro hablaba. Es que hay que bancarse algo así. Imagínese, no cualquiera… Porque después uno tiene que seguir con su vida y volver a creer en el mundo real. Digo, bancarse la rutina del colegio y que le vengan a explicar a uno lo que es normal y lo que no.  Se lo digo con todo respeto, señor Director, fue por el bien de nuestra relación ¿me entiende? Si el cuadro hubiera quedado ahí, habríamos ido a la biblioteca para que usted mismo pudiera constatar… Y después ¿con qué autoridad, digame…? ¿Con qué autoridad podría venir usted a hablarme de las normas de convivencia en esta escuela?

Uno necesita parámetros ¿me explico? Uno necesita saber que hay cosas imposibles, si no es como que estás en un mundo equivocado. Como que no encajás. ¿Entiende que ese cuadro me estaba volviendo loco? Sí, ya sé, hay gente que puede hacer de estas cosas algo creativo. Es que yo no soy artista, ¿no ve? Siempre se me dieron mejor los números. Es que las experiencias esotéricas no se entienden con las ciencias duras. ¡Ah, si yo tuviera facilidad para escribir o para tocar algún instrumento…! Así, claro, hubiera sido más fácil.

Mire, a mi favor le diré que seguro Elsa Bornemman vivió algo parecido. Sí, sí: la escritora, digo. Es que en Lengua leímos un cuento suyo, sobre un cuadro ¿sabe? Y entonces yo me acordé de la pintura esa del Centro Cultural Recoleta. ¿Nunca escuchó la historia? ¿Pero en serio, me dice?  Una amiga de mi tía fue la que descubrió el cuadro. Sí, de verdad ¿cómo voy a mentirle a usted con una cosa así?

Mire para mí que Elsa Bornemman, seguro,  estuvo en esa exposición. Si usted de fija en la primera página del libro, ahí donde están todos los datos de dónde se publicó y cuándo y todas esas cosas, va a ver que la primera edición fue en 1988. Y mire, yo hice los cálculos y la fecha más o menos coincide. Porque la amiga de mi tía trabajó en el Centro Cultural Recoleta cuando yo todavía no había nacido.

No, no, yo no digo que el cuento de Bornemman sea una historia real. ¿Cómo voy a saber eso? Solo que tal vez se basó en ese cuadro y a partir de ahí inventó todo lo demás. Mire: le habrá puesto más o menos adornos a la historia, porque así son los escritores, pero ese cuento de cuento no tiene nada. Está basado en un hecho real. Real, como usted y yo. Como este despacho y esta escuela. Sigue leyendo

Aviones

plane

No he podido encontrar la referencia de la imagen. Si la reconocés, por favor contactame para poder citar al autor/a

No cualquiera puede hacer aviones de papel: los pliegues tienen que estar perfectos y las alas deben ser exactamente iguales. Si una te salió torcida, más vale que tuerzas la otra. Si no, no vuela. Y un avión de papel que no vuela es una porquería.

Lo más importante, igual, no es el aspecto. Por ejemplo: el Pocacosa, que a primera vista me quedó tan mal, vuela diez veces mejor que El Facha, que tiene papel  dorado y alerones. No sé, hay aviones que tienen actitud y al final terminan pareciéndote relindos, aunque estén hechos con papel de diario y tengan la trompa arrugada.

Lo mismo pasa con las vecinas. Porque al principio me gustaba Ema (la del tercero). Siempre con el pelo suelto y los labios con brillito y todas esas pulseras de colores. Nada que ver con María Luz (la del cuarto), que usa aparatos y es como un obelisco, de tan alta.

Está bien: yo cometí un error de cálculo. Quería que Conquistador aterrizara en el tercero pero en cambio fue directo al balcón de María Luz. Y lo peor: ella estaba ahí, mirándome.

Me hubiera quedado escondido detrás de los geranios, de no ser porque el avión volvió. Enseguida me di cuenta: ahora Conquistador tenía alerones y había cambiado el ángulo de inclinación. ¡Esa chica sí que era una experta!

Al lado de mi pregunta (¿”Tomamos un helado?”) había escrito con lápiz, suavecito: “Sí”. Y los dos nos fuimos a la heladería. Mientras hablábamos de lanzamientos y papeles, me pareció que los aparatos le quedaban lindísimos.  Y ya no me importó su altura: gracias a los aviones, estoy acostumbrado a mirar para arriba.

Lección de Naturales

 

Apenas se mudó, yo noté que había algo raro. Porque nadie sonríe así todo el tiempo.

—¡Buenos días, veciiiinos! —Y no importaba si eran las seis de la mañana, hasta que llegaba abajo el ascensor te hablaba del clima, de lo rico que era el pan de leche, del edificio nuevo de la otra cuadra y de mis deberes.

Porque tenía una fijación con eso. No había vez que no me preguntara por mis deberes. Y a mí eso no me gustaba, claro. Porque ¿qué tenía que andar preguntando tanto?

Descarté la teoría de que era un espía que había mandado mi maestra, cuando le conté de mi tarea de naturales. Porque al rato tocó el timbre de mi casa, y me dijo:

—¡Vamos!

—Pero no, don José, tengo que hacer los deberes —traté de explicarle yo.

—¿Quién necesita deberes? —contestó él.

Y ese día se convirtió en mi héroe.

Llevaba en una bolsa una planta enorme. Con un montón de tierra, que no estaba suelta sino en bloque. Era como un ladrillo con miles de hilitos que se cruzaban como rutas de una ciudad futurista.

Hicimos un pozo  y, antes de meter el bloque, lo regamos un poco. Después lo  cubrimos, con cuidado, para no tapar el tallo. Lo enderezamos. Y el nogal nos quedó de lo más vistoso.

Los deberes los hice, sí. Solo para que la señorita no se enojara. Porque necesitarlos, no los necesitaba. Tallo, raíces, hojas: todo muy lindo en el libro, pero en el árbol fue mejor.

Ahora quiero llegar a la unidad 6, que trata sobre los animales de la prehistoria. Le voy a preguntar a don José dónde vamos a guardar el dinosaurio que desenterremos. Porque en la baulera no va entrar, me parece.

 

La luna de Milena

─Ay, cómo nos costó entender la luna de Milena ¿no? ─me dijo la abuela hoy. Y yo me maté de risa. Salimos por la puerta de Libertad, solas, porque papá se quedó con Mile para ayudarla a cambiarse. Qué lástima que mamá se lo perdió. Seguro que llama hoy para ver cómo salió todo. Porque mamá es así, no quiere perderse nada. Ni su congreso de Retórica en Chile ni esto que pasó hoy. Mamá es lingüista. Una intelectual, dice papá. Como una profesora de Lengua pero más. Una profesora que publica libros. Libros aburridísimos, eso sí, que no lee ni mi papá. Y eso que papá lee todo el tiempo porque es profesor de Historia.

La cosa es que mamá, pobre, no pudo venir hoy. Y seguro está triste, allá sola en Chile. Papá dice que no entiende tanto esfuerzo para nada, que aunque se la pasa en la universidad no gana más que él. A mamá no le gusta que le diga eso, dice que es un envidioso. Que si él hubiera podido…Siempre se pelean por lo mismo, antes y ahora. Papá dice que a él le aburre la investigación y que en cambio dar clases en el secundario le divierte muchísimo. Que los chicos lo hacen reír todo el tiempo. Que está justo donde quiere estar. Y mamá se ríe: «¡Pero por favor!».

Se separaron hace dos años, antes de que empezara todo el problema con Mile. Ahora por lo menos no se gritan tanto. Antes era peor. La abuela decía que eran como perro y gato. Pero de los que pelean, porque en casa, por ejemplo,  Genoveva y Camilo se llevan re-bien, si hasta duermen juntos. Y eso que son perro y gato en serio.

Con la abuela caminamos hasta el bar donde nos dijo papá que los esperáramos. Ella se pidió un té y yo un café con leche. Tres medialunas para las dos y una sevenup para Mile, que seguro vendría con sed.

─ Qué bien estuvo ¿no? ─le dije.

─¡Divina! ─me contestó ─¡Mirá si nos hubiéramos quedado con una sola historia de las cosas! Sigue leyendo

Justo al revés

Esta es la historia de mi hermano. O mejor: esta es la historia de mi escuela. Aunque claro, en el fondo, las dos historias se parecen. Se parecen casi tanto como nos parecemos Javi y yo. Y a la vez, son también tan diferentes como somos nosotros.

Es que Javi y yo somos gemelos. Idénticos. Eso es porque nacimos de un mismo óvulo. Y compartimos, además de nuestro dormitorio, el código de ADN. Mamá dice que en ese código se guarda toda la información de una persona: cuál es su color de pelo, qué estatura tiene, cómo suena su voz. En todo eso, Javi y yo somos iguales. Idénticos.

Pero en muchas cosas no nos parecemos. A mí me gustan las milanesas con puré y Javi las detesta. Yo enseguida me aburro con los lego y él puede pasarse mil horas haciendo torres y helicópteros y tractores.  En cambio soy bueno con el básquet y Javi ni siquiera intenta picar la pelota.

Pero por lejos, lo más diferente que tenemos es nuestra forma de pensar. Porque Javi piensa en imágenes. Y entonces le cuesta comunicarse porque algunas palabras son muy difíciles de pensar en imágenes: ilusionarte, sentir, conocer, allá, aquel. Si vos le decís a Javi “corramos”, él tiene que proyectar (como si fuera una película en su cabeza) todas las imágenes y todos los recuerdos que tienen que ver con esa acción. Y esto es algo que le lleva tiempo, claro; aun cuando “correr” es una de sus palabras favoritas. Sigue leyendo

Supersecreto

Y ahí estaba yo, el primer día, preguntándome por qué se  le habría ocurrido a mi mamá anotarme en una Escuela de Superhéroes si yo jamás había tenido ningún poder.

Apenas formamos, ya me quería morir: Camaleón desapareció,  Elástico se estiró hasta la esquina y Naturabella hizo crecer un roble en medio del patio. Para el tercer recreo ya todos sabían, por lo que tuve que aguantar las burlas de Chico de fuego, que era el único que me hablaba.

Pero al otro día llevé el juego de magia. En cuanto Chico de fuego se acercó ¡splash!, le di con la flor de agua: quedó apagado y con el ego herido. Después la cargué de témpera y así les mostré a todos dónde estaba Camaléon. Con un pinchazo (había escondido un alfiler en el dedo falso) convencí a Elástico de que era mejor dejar sus brazos guardados. Y hay que ver la cara que puso Naturabella cuando vio la “sorpresiva” plaga de hormigas que salió de mi manga para infestar su jazmín.

Y así, Chico-sin-ningún-poder pasó a ser Neutralizador,  el único capaz de  desactivar los poderes del resto. Y aunque me parece que Ilusionista sería más apropiado, voy a guardarme ese supersecreto.

Guerra contra zombies (2.0)

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Yo no sé cómo hacía mi papá en su época. A veces me lo cuenta y no puedo creerlo. Pelear contra los zombies desde el living de tu casa, haciendo de cuenta que están ahí aunque en realidad lo que tenés es una pantalla de televisor; mover una palanquita para pegar una patada, otra para disparar un arma y así. ¡Un aburrimiento! Como si uno pudiera imaginarse en serio tantas cosas.

Con la play 793 todo es más divertido. Porque vos te metés en serio  adentro del juego. Olvidate de tu tele; de tu living; de tu casa; de tu calle; de tu ciudad; de tu mundo, incluso. Vos te metés ahí, adentro de la pantalla y te enfrentás en serio a una legión de zombies. ¡Eso sí es un juego!

Llegás a la isla de Bonoi, con sus arenas blancas y su agua cristalina, te metés en el Royal Palm Resort y agarrate. Papá dice que en su época este juego ya existía, pero no podés comparar: ahora, si no le pegás a tiempo, el zombie te puede comer el cerebro en serio.  Pero tranquilo: cualquier amigo te rescata. Porque te morís en el mundo virtual, pero una vez que atravesás la pantalla ya no tenés heridas ni lesiones de ningún tipo. Eso sí: olvidate de volver a jugar, porque dentro de ese juego ya estás muerto y no hay vuelta atrás. La muerte no perdona, ni siquiera en el mundo virtual. Sigue leyendo

La maldición de Clarita

momia

La aparición de la momia lo cambió todo. Y cuando digo “todo” quiero decir todo: las medialunas de Amapola ahora son más ricas; papá empezó a escribir un libro y mamá ya no suspira; Tabaré se la pasa hablando y, lo que es todavía más raro, ¡todo el mundo lo escucha!

            Y eso sin contar que salimos como diez veces en la tele, que vinieron un montón de periodistas y el hotel Nuestra montaña pudo volver a abrir. Estrenó ventanas y se recubrió de adoquines, todas las habitaciones se pintaron y los canteros se llenaron de flores. Y ahora no lo atiende solamente don Felipe sino también los tres hijos y las tres nueras; y una hermana de Amapola y los tíos de Emanuel.

            ─Es hasta que pase la novedad ─decía al principio don Felipe─. Pero hay que aprovecharlo ¡después de tanta malaria!

            Y tenía razón, porque antes en este pueblo no pasaba nada. Alguna vez, cada tanto, un auto que llegaba con montañistas. Pero era tan “cada tanto” que al pobre Felipe tener el hotel abierto no le rendía. Sigue leyendo

Las chicas del campanario

Campanario

 

Esto ya no me gusta. Se suponía que antes de terminar el recreo íbamos a estar de vuelta y Sor Juliana no iba a sospechar nada. Subir al campanario, comer los sándwiches que robamos de la cocina, mirar qué pasa abajo, allá en la calle, y ya está. Diez minutos, máximo; pero no. La culpa es mía por hacerle caso a Susana.  Que dale, no seas miedosa y nadie se va a enterar, que total con el ruido del recreo ni se va a sentir la puerta del campanario.

Como si no conociera a Sor Juliana. Nos va a hacer escribir cien veces en letra de imprenta y doscientas en letra cursiva “No debo subir al campanario”. Y tendremos que hacer tarea extra hasta fin de año. ¿Y si nos expulsa? ¡Ay, si nos expulsa! Papá dirá que a cada rato me estoy metiendo en un lío distinto, que cómo no valoro su esfuerzo, que si yo no estoy pupila él no puede trabajar y que entonces qué comemos.

─Allá abajo pasa algo ─me dice Susana. Yo me pongo en puntas de pie y miro también por la ventana.  Las de primero están cruzando la esquina. Van con la Hermana Amelia.  Su cara parece una cáscara de nuez, de lo viejita que está.

─Es como una momia ─me dice Susana y empieza a imitarla, como siempre.

No sé por qué esta vez no me da risa.

─Ahí van las de segundo ─le aviso. Susana deja de hacer payasadas y vuelve a la ventana. Sigue leyendo