El cofre de los muertos

Algunos tesoros valen más que otros. No importa si contienen piezas de a ocho o luises de oro. No importa ni siquiera el peso: hay tesoros valiosísimos que son livianos como los fantasmas.

Esta es la historia de un tesoro así. Un tesoro que nunca busqué y que vino directo del infierno. Y todo empezó una tarde como hoy, hace veintiséis lunas, en una sucia taberna de Port Royal, donde mi tío Claude ─jugando a los dados contra el capitán Barry ─ acababa de perder  un tocino frito y tres botellas de ron. El capitán estaba ya dispuesto a irse, cuando al bueno de mi tío se le ocurrió apostarme:

─Me queda mi querido sobrino, ¡no se vaya!

Yo quedé pasmado. Hasta aquel día mi tío me había llamado alcornoque, bruto, zopenco y mentecato… ¿Pero “querido”? ¡aquello sí que era nuevo!

El capitán preguntó si sabía leer.

Mi tío, que veía aquella extravagancia mía como un problema, no contestó y en cambio le aseguró que era buen fregón y mejor cocinero.

─¿Pero sabe leer?  ─insistió el capitán.

En cuanto supo que sí, echó los dados a la mesa: en menos de una oleada me ganó en la apuesta. Zarpamos esa misma noche y, entonces sí, se inició esta historia.    Sigue leyendo