
A Don Joaquín le teníamos miedo. Tal vez porque era callado. O muy serio. O por las dos cosas a la vez.
—¡Pero si es amoroso! —nos decía mamá.
Nosotros no estábamos de acuerdo. Porque nunca sonreía ni nos dirigía la palabra. A lo sumo, si nos escuchaba venir por la vereda asomaba la cabeza por la ventana. Y se quedaba mirándonos fijo hasta que entrábamos a casa, siempre con la frente arrugada y cara de enojo.
Por eso, cuando jugábamos a la pelota en el jardín tratábamos de no patear para su lado. No nos preocupaba que la pelota fuera a parar a la casa del otro vecino, pero nos daba terror invadir el terreno de don Joaquín.
Y un día lo invadimos. Claro que no fue a propósito, de hecho Manu estaba apuntando para el otro lado. Pero intentó una jugada, saltó en el aire y dio una vuelta hacia atrás. La patada fue limpia y perfecta: la pelota pasó por encima suyo y atravesó la medianera.
Quedamos paralizados. Un poco por la emoción (¡Manu había hecho una jugada increíble!) y otro poco por el miedo a don Joaquín.
—¡Andá vos, Iván!— me dijo Manu.
—¡Ni loco! —le respondí yo.
Pero me trepé en la medianera: había que medir los daños. Tardé en ver la pelota porque el jardín de don Joaquín está lleno de árboles. Y, la verdad, no sé qué vi primero. Si a don Joaquín saliendo por la puerta trasera de su casa, o a la pelota justo debajo del limonero.
Conté cuatro limones. ¿Habrían caído por el pelotazo? Por la cara que puso don Joaquín, temí que sí. Y salté de nuevo a nuestro jardín, para ponerme a salvo.
—¡Entremos! —le dije a Manu.
—¿Por qué? ¿Y la pelota?
La pelota la trajo don Joaquín diez minutos después. Y no solo eso, traía los cuatro limones en una bolsa transparente y algo más bajo el brazo, que no llegué a distinguir desde mi ventana.
—¡Manu…Iván…! —nos llamó mamá, al ratito— ¡Vengan, que don Joaquín quiere hablar con ustedes!
Nos asomamos con la cabeza baja. Pensé que nos iba a retar, y encima adelante de mamá. Por eso me sorprendieron sus palabras:
—¡Gracias por la cosecha, campeones! —Sonaba amistoso.
Enseguida nos mostró el exprimidor. Y le pidió a mamá un poco de hielo. A mí me mandó a buscar agua mientras él cortaba los limones en mitades:
—¡Probá vos, primero! —le dijo a Iván.
¡Fue divertido! Exprimimos tres mitades cada uno, las otras dos las exprimió don Joaquín. Mamá sacó fotos: Manu mezclando la limonada, yo sirviéndola, don Joaquín probándola.
Desde ese día, nos saluda siempre. Y a su modo, creo que también sonríe.
¡Los limones lo cambiaron todo!