La bella escultora

Natasha llegó al palacio en medio de una tormenta de nieve. Caminó unos pasos por el sendero principal pero el graznido de unos gansos la entretuvo:
─Buscan el calor de la cocina ─le explicó el ama de llaves, señalando el humo de la chimenea que daba a esa parte del jardín.
Hacía tanto frío que, aun dentro del palacio, Natasha se dejó el echarpe. Los doce sirvientes que allí estaban sólo pudieron ver sus enormes ojos, bellos y cristalinos, asomando por encima de aquel montón de lana. Sigue leyendo