Casi iguales

Quila y Akiak son casi iguales. Grises, como casi todos los narvales, y con la piel elástica y moteada. Tienen el vientre blanco, dos pequeñas aletas pectorales y una cresta en el lomo, que sirve para romper hielo: con ella, cuando la superficie del mar se congela (algo que pasa seguido en el polo norte) fabrican ventanas con vista al cielo que disfrutan todos los habitantes del Mar Ártico.  

Aunque los dos son grandes como ballenas y tienen la apariencia de un delfín, solamente a Quila la confunden a veces:

—¿Sos una beluga? No, esperá, esperá, ya sé: ¡sos una marsopa!

En cambio, nadie confunde a Akiak. Todos saben que, obviamente, es un narval. Y eso es porque él es macho y tiene un colmillo largo y puntiagudo que resalta como un cuerno.

—¡Yo soy tan narval como vos! —se queja Quila—, solo que no tengo un colmillo expuesto, porque soy hembra. ¡Las hembras somos así!

A Akiak le divierte hacerla enojar (¡por algo son hermanos!) y no pierde oportunidad de demostrarle qué fantástico es andar por la vida con un colmillo como el suyo. Un colmillo con el que puede jugar a los espadachines (¡ziz, zas!), con el que puede cortar redes y picar caracolas abandonadas.

Por eso Quila está de mal humor. Va varios metros adelante, para no tener que escuchar a su hermano. Y esa también es la razón por la que ni siquiera ve pasar el gran bloque de hielo que se desprende desde la superficie y apresa el colmillo de su hermano. Cuando siente la explosión, Quila gira la cabeza. Ve las aguas revueltas, a los peces huyendo hacia distintas direcciones, las burbujas que se multiplican a su alrededor.

—¡Akiak! —grita, pero ya no cabe ni un sonido en el mar y si su hermano responde, ella no se entera.  

Cuando vuelve sobre su nado y se encuentra con la enorme montaña, no duda y baja en picada. En el fondo, casi en las profundidades, lo ve a Akiak. Con su piel gris, elástica y moteada. Con sus pequeñas aletas pectorales y la cresta en el lomo. Está parecido a ella, porque el colmillo no se muestra, enterrado como está en ese bloque de escombros. 

—¡Sacá el colmillo de ahí! —le sugiere a su hermano.

—¿No ves que no puedo moverme? —contesta él.

Quila intenta deshacer el hielo con la cresta, pero la capa es demasiado gruesa. Siente tanta bronca, que da un coletazo. Y el mar le responde.

Lo hace con una onda tenue, casi imperceptible, que cae como un látigo sobre aquel bloque inmenso. La montaña apenas cambia, pero Quila dobla la apuesta. Comienza a girar sobre sí misma, improvisa una pirueta y salta. El agua sigue sus movimientos, al principio tímidamente, pero en cada repetición va cobrando fuerza. La coreografía se repite una y otra vez: giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto.

Pronto se forma un torbellino alrededor, una corriente que sube en espiral y hace temblar esa enorme pirámide de hielo.  Giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto. Giro, pirueta y salto (¡y por fin!) el derrumbe. La segunda explosión que, está vez, le concede a Akiak la libertad.  

Y allá van los dos, uno junto al otro. Casi iguales; con su piel gris, elástica y moteada. Con sus pequeñas aletas pectorales y la cresta en el lomo.

—¡Menos mal que sos hembra! —le dice, agradecido, Akiak— ¡Yo no podría dar esos giros con este colmillo aparatoso!

Quila no le contesta. ¡Pero ahora está de buen humor!  

Un héroe de plastilina

Como otros superhéroes, Megaplás encontró su destino de pura suerte. Podría decirse que fue un error de laboratorio. O del aula de Primer Grado, porque ahí nació. Su creador, el ingenioso niño Wally, le dio vida un 22 de mayo poco después de las 9:52 de la mañana, cuando sonó el timbre del recreo.

­–Pongan sus creaciones sobre la maqueta –les había dicho la señorita–. Las exhibiremos en el patio durante toda la semana.     

¡Encima eso! Como si ya no hubiera sufrido bastante con la actividad, Wally tendría que aguantar también la humillación de que su torpeza con la plastilina quedara a la vista de todo el colegio.  

Le había tocado la de color rosa. Así que su primer intento fue hacer un cerdito. No le salió. Después probó con una flor: tampoco. Un flamenco, un globo, un helado. No, no y no. ¡Era un soquete con la plastilina! Para colmo, de tanto manosearla, el color se fue mudando a un gris rosado bastante asqueroso. Y la figura final terminó siendo una pelota medio cuadrada con tres orejas extrañísimas.        

Cuando sonó el timbre, todos (menos Wally) salieron disparados del aula y una corriente de aire puso a volar los papeles del escritorio. La maestra protestó:  

–Siempre lo mismo, se vuelan a cada rato. Y ese chiflete que entra por la ventana no ayuda.

Mientras la seño juntaba, Wally se acercó a la maqueta. Miró el delfín de Juani, la ranita de Ema, el camión de Efraín. ¡Estaban todos buenísimos! Y eso lo hacía sentir peor.

–¿El tuyo es un alien, Wally? –preguntó la seño, adivinándole la tristeza.

Él miró su extraña criatura gris rosada y no supo qué contestar al principio. Entonces se cayó un dibujo de la cartelera.

–¡Ay! –volvió a quejarse la mujer –. Este corcho ya no da para más, ni las chinches aguantan.

Y fue en ese minuto exacto cuando nació Megaplás. Wally arrancó una de sus orejas gris rosadas, la presionó contra el corcho y adiós, problema: la chinche se volvió a pinchar.  

Otra oreja fue directo a la ventana. Hizo un choricito y así tapó el chiflete que se colaba por el vidrio.

–No es un ningún alien, señorita –Wally contestó por fin a la pregunta que antes se había quedado sin respuesta–. Se llama Megaplás, y es un superhéroe.

El niño volvió a moldear su criatura. Añadió más plastilina y aparecieron dos nuevas orejas. Sonrió satisfecho. Era una hermosa creación.

– Será el guardián del aula –prometió la maestra–. Y vivirá justo encima de esta pila de papeles, para sujetarlos.  

Megaplás se acomodó en su nuevo hogar. A Wally le pareció que sonreía.