Un calor de muerte

Un rey moribundo me dejó un reinado

lleno de bufandas, guantes y acolchados

Yo no soy doctor ¿pero no es posible,

deductivo, dable y hasta presumible

que el hombre se muera de puro abrigado?

Limerick 2

La ilustración es de David Pugliese

“Es mejor no acercarse a la luna”

dijo el gran astronauta Labruna,

que no sabe por qué está alunada.

“Le ofrecí, con candor, mi ensalada

y en el ojo me dio la aceituna”

Limerick

Un papel (bailarín) satinado

presentó una función en Bragado

¡Oh, tan  triste fue su actuación

que no pudo con el papelón

y  ahora va, de marrón, disfrazado!

Puras mentiras

Otra publicación que me llena de felicidad. Sobre todo porque es el primer proyecto que concreto con mi amiga de la infancia Luciana Carossia. Dejo aquí el inicio de uno de los cuentos, «¡Palabra de honor!»

Al final, terminé sintiendo culpa. Por un lado se lo merecía: alguien tenía que ponerla en su lugar, después de todo. Pero no sé, tal vez se me fue la mano. ¡Se puso tan blanca! La verdad es que pensé que iba a caerse desmayada allí mismo. Y que tendría que arrastrarla hasta la casa. ¿Y cómo le explicaba a la tía Estela? Llegar así, caminando porque el Vazquito se asustó más que ella (eso no me lo esperaba: ¿dónde se ha visto un caballo que se asuste así?), con mi prima que estaba ─les juro─ más blanca que la Albina. Y eso es mucho decir. Porque la Albina es más blanca que su propia leche. En serio, papá no estaba muy convencido de comprarla al principio: porque ¿a quién se le ocurre comprar una holando-argentina así, sin ninguna mancha? A primera vista parece que está enferma, que te va a dar una leche de morondanga. Pero por suerte a mi papá se le ocurrió comprarla. Y fue genial, porque la Albina es la mejor de todas. Por lejos. Da una leche espumosa, pesadita, de esas que se pagan bien.

Y así estaba mi prima Delfi ese día. Blanca, reblanca como la Albina. Tal vez, incluso, un poquito más. En serio, parece que exagero, pero es verdad. Si hasta yo me asusté al verla así. Tanto que casi, casi le cuento todo.  ¡Qué se yo qué pensé en ese momento! ¿Y si el susto la mataba?  Y no es que Delfi me caiga bien, para nada. La verdad es que me parece bastante odiosa casi todo el tiempo. Bueno, por lo menos antes de que pasara todo esto, porque ahora, la verdad, está más tranquila que una vaca preñada.

Pero la cuestión es que mi prima ese día, por suerte, en cuanto vio la luz salió corriendo. Quiero decir, por lo menos no se murió ni se cayó desmayada. Iba gritando como loca, eso sí, revoleando las manos y la cabeza como una yegua salvaje. Pero mejor eso que tener que llevarla a la rastra, dando yo las explicaciones. Así, por lo menos todas las preguntas fueron para ella:

─¿Qué pasó?

─¿Dónde?

─¿Cuándo?

─¿Qué estaban haciendo?

─¿Entonces?

─¿Quién te dijo eso?

Ah, sí, para cuando llegaron a esa pregunta todas las miradas se clavaron en mí. No pude zafar. Así que puse mi mejor cara de arrepentimiento. No debe ser una cara muy buena, la verdad: jamás me evitó un castigo. Pero he notado que con mi cara de arrepentimiento los sermones son menos largos. Me mandan enseguida a mi habitación, a pensar. Y pensar no es tan malo: se me ocurren las mejores ideas cuando me mandan a pensar a mi cuarto. Sigue leyendo

Héroes modernos

Feliz por la publicación de este libro que obtuvo Mención en el Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2011. No puedo postear un cuento completo (¡juro que querría!) pero les dejo el inicio de «La luna de Milena», un cuento que incluye esta antología y que es muy pero muy especial para mí.

La luna de Milena


─¡Ay!, cómo nos costó entender la luna de Milena ¿no? ─me dijo la abuela hoy. Y yo me maté de risa. Salimos por la puerta de la calle Libertad, solas, porque papá se quedó con Mile para ayudarla a cambiarse. Qué lástima que mamá se lo perdió. Seguro que llama hoy para ver cómo salió todo. Porque mamá es así, no quiere perderse nada. Ni su congreso de Retórica en Chile ni esto que pasó hoy. Mamá es lingüista. Una intelectual, dice papá. Como una profesora de Lengua pero más. Una profesora que publica libros. Libros aburridísimos, eso sí, que no lee ni mi papá. Y eso que papá lee todo el tiempo porque es profesor de Historia.
La cosa es que mamá, pobre, no pudo venir hoy. Y seguro está triste, allá sola en Chile. Papá dice que no entiende tanto esfuerzo para nada, que aunque se la pasa en la universidad no gana más que él. A mamá no le gusta que le diga eso, dice que es un envidioso. Que si él hubiera podido… Siempre se pelean por lo mismo, antes y ahora. Papá dice que a él le aburre la investigación y que en cambio dar clases en el secundario lo divierte muchísimo. Que los chicos lo hacen reír todo el tiempo. Que está justo donde quiere estar. Y mamá se ríe: “¡Pero por favor!”.
Se separaron hace dos años, antes de que empezara todo el problema con Mile. Ahora, por lo menos no se gritan tanto. Antes era peor. La abuela decía que eran como perro y gato. Pero de los que pelean, porque en casa Genoveva y Camilo se llevan muy bien, si hasta duermen juntos. Y eso que son perro y gato en serio.

Con la abuela caminamos hasta el bar donde nos dijo papá que los esperáramos. Ella se pidió un té y yo un café con leche. Tres medialunas para las dos y una gaseosa para Mile, que seguro vendría con sed.
─ ¡Qué bien estuvo!, ¿no? ─le dije.
─¡Divina! ─me contestó ─¡Mirá si nos hubiéramos quedado con una sola historia de las cosas!
Papá siempre dice eso, que no hay una sola historia de las cosas. Y él de historia sabe un montón. Dice, por ejemplo, que cuando era chico le contaron que Colón vino a esta tierra para salvarnos. Para salvarnos del salvajismo. Porque antes se creía que los indios eran eso: un montón de salvajes que había que aniquilar. Ahora, por suerte, ya sabemos que eso es mentira. Que los españoles vinieron a usurpar los territorios de nuestros aborígenes, los verdaderos dueños de este lugar. Que los maltrataron y los despojaron de todo. Que la colonización no fue un cuento de hadas sino una historia de horror. Igual, papá dice que esa tampoco es la única historia. Que deberíamos tomar las dos historias juntas para entender cómo fue. Que hubo españoles malos y buenos, algunos más civilizados y otros más salvajes. Que con los indios pasó lo mismo. Que no hay ni blanco ni negro sino siempre grises. Eso papá lo dice todo el tiempo, porque le gusta el gris. Sólo tenés que abrir su placard para darte cuenta. ¡Todo es gris! Algún azul, por ahí un celestito, pero lo demás es gris. Pantalones, camisas, pulóveres.
─¡Qué monocromático sos! ─le decía mamá cuando vivía en casa, porque a los lingüistas les encantan las palabras difíciles ─. ¡Siempre el mismo color!
Al principio a papá lo divertía que le dijera eso, si hasta se reía, pero un día le empezó a molestar. Y después de una pelea que tuvieron por el color de ropa que usaba cada uno, mamá nunca más le dijo nada. Siguieron peleando por otras cosas, obvio, pero por el color de la ropa no.
Lo de la luna de Milena lo inventamos con la abuela. Fue antes de que en el colegio le pidieran el “siconosequé”, porque nunca se quedaba quieta. En realidad, al principio, la abuela decía que Mile estaba siempre en la luna de Valencia. Yo sabía que esto no era exacto, porque la luna es el único satélite en la Tierra. Da igual que la miremos desde Buenos Aires o Valencia: la luna es una. Una nomás. Igual es una forma de decir. La abuela no lo decía porque Milena estuviera en serio en la luna. Milena estaba todo el tiempo con nosotros. O en la escuela. Pero se distraía. Más que nada, cuando hacía los deberes.
Antes, a Mile le costaba hacer los deberes. Sobre todo porque casi nunca los traía copiados y había que estar llamando a alguien para que se los pasara. Un día mamá se enojó un montón. Estábamos en su casa, y le dijo a Milena que no llamara siempre a la misma chica para pedir la tarea:
─Te va a tomar por tonta. Si ayer llamaste a Abril, hoy preguntale a Bautista. Sigue leyendo

Memoria de lectura

Soy chica. No sé si muy chica, lo suficientemente chica como para estar jugando a las muñecas. Las tengo sentadas a mi alrededor. Les leo.

Es un libro azul, de tapas duras, con una imagen de un montón de mujeres en la tapa. Casi todas son niñas en realidad, pero a mí me parecen mujeres. Mujeres jóvenes. Fuertes. De otra época. Con vestidos diferentes a los míos. Con muebles distintos a los que hay en casa. Es papel ilustración, aunque en ese entonces no le presto atención a eso. Hay un nombre en el lomo, pero tampoco lo miro porque ¿qué puede importarme quién lo escribió? Sólo sé que son cuatro hermanas. Cuento las muñecas: una, dos, tres. La cuarta soy yo. Tengo un cuaderno con algunas hojas usadas que me regaló mamá. Escribo sin orden, a veces en las primeras páginas. A veces en el medio. A veces patas para arriba. Sin respetar márgenes ni renglones. Leo en voz alta. Leo el libro de tapas azules pero hago de cuenta que leo el cuaderno.

Me llamo Jo. Josephine March y tengo puesto un vestido de muselina verde, aunque no tengo ni la menor idea de lo que es la muselina verde. Me peleo mucho con la muñeca de la izquierda, la rubia, a la que llamo Amy. Y tengo un apego especial con Beth, que toca el pianito rojo de madera que me regaló el tío Enrique, y tiene un agujero en su panza de porcelana porque un día se me cayó la bicicleta encima y el manubrio se le clavó como un extractor de petróleo sobre el ombligo blanco y arenoso.

Cuando en el libro aparece “Laurie” el corazón  se me acelera. Estoy un poco enamorada de él. Me gusta cómo trata a Josephine  y es un gran amigo, y a esa edad me gustan más los amigos que los amantes. Me siento un poco decepcionada cuando llego al final y descubro que Jo no se quedará con él. Que, en cambio,  se casará con su hermana Amy.

Entonces cierro el libro. Amy tendrá que buscarse otro candidato, digo con mi voz de niña, porque a mí me gusta Laurie para Jo. Les cuento a mis muñecas esa historia.

Es increíble rememorar aquello y verme ahí con todos mis atributos de lectora. Esa soy yo, leyendo como leo ahora. Abstrayéndome del mundo real para meterme en ese otro inventado, que a veces imagina otro y a veces reformulo yo. Aquella lectura (ni siquiera puedo estar segura de que haya sido la primera pero sí la primera verdaderamente significativa en mi vida) determinó muchas cosas: que yo soy, leyendo. Que cuando leo, escribo. Que no puedo leer sin escribir ni escribir sin haber leído. Y, sobre todo, que esa niña de antaño vuelve a mí cada vez que tengo un libro entre las manos.     

En el día de la poesía…

Una palabra. Diez. Un verso.

Rimas que vuelan sobre el papel,

suben tan alto…

Alto y lejano para volverse

 tiempo y espacio.

China va al rescate

—Me parece inconcebible

que aceptemos mansamente

que se vaya el ruiseñor…

Toda China se ha quedado

sin su canto de repente:

¡Lo raptó el emperador!

 

—Es injusto, pero vean

que la empresa es imposible.

¡Pobrecito del cantor!

En la jaula lo han metido

y, aunque sea aborrecible,

ya no habrá una solución… Sigue leyendo

La madrastra está llorando

Llora, llora la madrastra
y ya nada la consuela:
sus dos hijas se han quedado
aburridas y solteras.
Llora, llora la madrastra.
¿Es que extraña a Cenicienta?,
¿o es que acaso se ha quedado
sin mucama que la atienda?

—Madre, cállate que aturdes,
ya tendremos otro reino…
—la consuela la primera
de las hijas, sin remedio.

—Además, debes vestirte
pues la boda casi empieza
—le aconseja la segunda
de sus hijas, y bosteza…

Llora entonces la madrastra
mucho más como respuesta

—Anda, madre, calla y dinos
la razón que te molesta…

Llora, llora la madrastra
y en un grito se revela:
“¿Quién ha dicho que nosotras
hoy iremos a esa fiesta?
¡Me ha borrado de su lista
de invitados,
Cenicienta!”.