La manzana de Blancanieves

 

Ya lo ven, por esa bruja

me ha quedado mala fama.

¡Justo a mí, que soy sabrosa,

rica en fibras, linda y sana!

 

¿No podía la ladina

usar una mandarina?

¿una uva, una ciruela,

una banana, una pera?

 

¿Por qué no tomó un limón,

que es una causa perdida?

¿o una fruta abrillantada,

que es un poco de mentira?

 

Ya lo sé: no le quedaban

más frutas en la cocina

¿Pero en el bosque no había

ni una verdulería?

 

 

Ángeles custodios (leyenda urbana)

Vías

Cuando murió Juani, sentí que me faltaba el piso bajo los pies. No sé si se entiende lo que quiero decir: de verdad no sabés cómo seguir adelante. Porque no querés seguir adelante: ¡todo pierde sentido! ¿Levantarme? ¿almorzar? ¿regar las plantas? Nada te importa después de que la vida te sacude así.

Pero, claro, estaba Sofía. Y por ella tuve que seguir. Y dar la cara en el colegio y aceptar todos los pésames y, peor, todas las miradas. Porque la gente no puede evitar mirarte, así: con lástima. Y aunque no lo nombran, vos sabés que cada vez que te dirigen la palabra (aunque sea para preguntarte a qué hora es la reunión de padres) están pensando en Juani y en nuestro dolor y en aquel año espantoso que pasamos.

Nunca se termina de superar algo así. El tiempo no te hace olvidar, para nada. Pero aprendés a convivir con la tristeza. Y te volvés invencible: porque ¿qué más te puede pasar? Desde la muerte de Juani –es más, desde que nos dieron el diagnóstico en el hospital– sé que nada va a dolerme tanto como eso. Nada.

Y aquel día, cuando el tren estuvo a punto de arrollarnos, lo comprobé. Perdí la noción del aquí y ahora; necesité buscar a Sofi, hacerle saber que no estaba sola, pero nada más. Miedos, no tuve ninguno. Si hacía dos años había sentido que un tren me había pasado por encima ¿qué diferencia podía hacer, uno real? Sigue leyendo

La mancha en el vestido (leyenda urbana)

 

La historia del carnaval ya la conocía. Mi mamá me la contó una vez, apenas empecé a venir al club. Entonces dejé de decirle “vieja loca” a Charo, aunque nunca abra las persianas ni converse con nadie. Es increíble cómo a veces la fatalidad se ensaña con algunas personas. Porque a esa mujer sí que le pasaron cosas. Primero, lo del marido, que murió en el incendio de la fábrica. En la misma semana lo de sus padres, que chocaron de frente con un camión de gallinas. Después la hija más chica, que se pescó la tifoidea. Mamá dice que la enterraron en un cajoncito blanco, que nunca fue a un entierro más triste, en toda su vida. Y encima, lo del carnaval.

¡Como para no volverse loca, pobre Charo! Es lo que les dije a los chicos, mientras jugábamos al metegol en el club, sin saber que don Hugo nos estaba escuchando.

A don Hugo le encanta contar historias de miedo. A veces son películas, yo sé. O libros que leyó, como Frankenstein. Pero  mis favoritas son las otras, las que pasaron de verdad, en el pueblo. Mamá dice que esas también son macanas, porque don Hugo se deja llevar por lo que está contando: repite exactamente lo que dijeron y sabe lo que piensa y lo que siente cada una de las personas que nombra. Y eso, dice mamá, solo pasa en literatura.

Como sea, me quedo mil veces con la versión de don Hugo. Porque para él, Charo no se volvió loca aquel carnaval, sino un año después. Cuando vinieron  esos chicos desde Giles o San Vicente (no se acuerda bien) a una matiné que se organizó acá en el club. Mi mamá se acuerda de ese día. Se acuerda incluso de Joaquín, que es el que inventó toda esa historia con Leti.

Mamá dice que la inventó. Don Hugo piensa distinto: Sigue leyendo

Accidente fatal (leyenda urbana)

La historia es conocida entre los camioneros. Y aun cuando entiendo que puede tratarse de una superchería de esas que se cuentan por aburrimiento o por ignorancia,  he llegado a soñar con la mujer.

No, jamás la he visto. Pero sé que es ella: con sus jeans ajustados y sus botas salteñas; la camisa a cuadros anudada bajo el pecho; el colgante con la mariposa; el cabello semiatado, ondulado y cobrizo; la nariz respingada y las pecas y las largas pestañas y los ojos grises.

Es ella. Y en mis sueños aparece tal como la vio Román aquel amanecer lleno de bruma. Con la respiración agitada y el ojo izquierdo entrecerrado por la contusión. El mechón pegoteado en la mejilla, y la sangre  ─tan fresca─ perdiéndose en el cuello.

Cada vez que paso por el cruce de Acheral, cuando apenas se asoma el desvío a la 307, me distraigo buscando a la mujer de mis sueños, que desconcertó a Román y sigue animando nuestras charlas en los encuentros fortuitos que nos depara la ruta.

Desde que conozco la historia, no puedo andar por la vieja traza de la 38 ─la que llaman (¡curiosamente!)  “ruta de la muerte”, la de las rastras cañeras  y la trocha angosta─ sin ponerme a contar las grutas que se van sumando. Los pañuelos rojos, las imágenes, las notas, las velas, las flores, las botellas, los crucifijos. Y no solo a la altura de Acheral, frente al desvío de la 307, donde Román vio a la mujer: los sombríos santuarios que los vivos levantan en memoria de sus muertos van sembrándose a la vera del camino como una plaga de yuyos que es imposible parar. Me pregunto cuántas historias habrá, como esta. Cuántas que nunca se han contado. ¿Cuántas? Sigue leyendo

Justo al revés

Esta es la historia de mi hermano. O mejor: esta es la historia de mi escuela. Aunque claro, en el fondo, las dos historias se parecen. Se parecen casi tanto como nos parecemos Javi y yo. Y a la vez, son también tan diferentes como somos nosotros.

Es que Javi y yo somos gemelos. Idénticos. Eso es porque nacimos de un mismo óvulo. Y compartimos, además de nuestro dormitorio, el código de ADN. Mamá dice que en ese código se guarda toda la información de una persona: cuál es su color de pelo, qué estatura tiene, cómo suena su voz. En todo eso, Javi y yo somos iguales. Idénticos.

Pero en muchas cosas no nos parecemos. A mí me gustan las milanesas con puré y Javi las detesta. Yo enseguida me aburro con los lego y él puede pasarse mil horas haciendo torres y helicópteros y tractores.  En cambio soy bueno con el básquet y Javi ni siquiera intenta picar la pelota.

Pero por lejos, lo más diferente que tenemos es nuestra forma de pensar. Porque Javi piensa en imágenes. Y entonces le cuesta comunicarse porque algunas palabras son muy difíciles de pensar en imágenes: ilusionarte, sentir, conocer, allá, aquel. Si vos le decís a Javi “corramos”, él tiene que proyectar (como si fuera una película en su cabeza) todas las imágenes y todos los recuerdos que tienen que ver con esa acción. Y esto es algo que le lleva tiempo, claro; aun cuando “correr” es una de sus palabras favoritas. Sigue leyendo

Supersecreto

Y ahí estaba yo, el primer día, preguntándome por qué se  le habría ocurrido a mi mamá anotarme en una Escuela de Superhéroes si yo jamás había tenido ningún poder.

Apenas formamos, ya me quería morir: Camaleón desapareció,  Elástico se estiró hasta la esquina y Naturabella hizo crecer un roble en medio del patio. Para el tercer recreo ya todos sabían, por lo que tuve que aguantar las burlas de Chico de fuego, que era el único que me hablaba.

Pero al otro día llevé el juego de magia. En cuanto Chico de fuego se acercó ¡splash!, le di con la flor de agua: quedó apagado y con el ego herido. Después la cargué de témpera y así les mostré a todos dónde estaba Camaléon. Con un pinchazo (había escondido un alfiler en el dedo falso) convencí a Elástico de que era mejor dejar sus brazos guardados. Y hay que ver la cara que puso Naturabella cuando vio la “sorpresiva” plaga de hormigas que salió de mi manga para infestar su jazmín.

Y así, Chico-sin-ningún-poder pasó a ser Neutralizador,  el único capaz de  desactivar los poderes del resto. Y aunque me parece que Ilusionista sería más apropiado, voy a guardarme ese supersecreto.

La cicatriz

mano en tumba

Mis primos antes vivían enfrente al cementerio. No un cementerio de paredes altísimas, bóvedas polvorientas, lápidas con verdín y rosas marchitas en los floreros. No, el cementerio que estaba frente a su casa no se parecía a esos que se ven en las películas de terror.

Era un cementerio parque; con el pasto recién cortado, flores en los canteros y un montón de árboles hermosos.

Hasta aquel día, a mí nunca me había resultado aterrador. Tal vez porque el mangrullo de ladrillo con techo de tejas que estaba justo en la entrada me hacía acordar a esas casas lujosas rodeadas de pinares que hay en algunos barrios de la costa Atlántica.

O tal vez porque antes las historias de terror me parecían tan improbables como los cuentos de hadas.            Antes, cuando yo no sabía lo que era el miedo. Cuando aquel cementerio estaba lejos de mis pesadillas y dormir en la casa de mis primos era una  aventura que me gustaba repetir.

Aquel fue el último día que dormí en esa casa. Y por suerte al poco tiempo mis primos se mudaron a otra casa más linda, con un aro de básquet y ningún cementerio enfrente que me recordara que ya no me gustan las historias de miedo. Sigue leyendo

Guerra contra zombies (2.0)

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Yo no sé cómo hacía mi papá en su época. A veces me lo cuenta y no puedo creerlo. Pelear contra los zombies desde el living de tu casa, haciendo de cuenta que están ahí aunque en realidad lo que tenés es una pantalla de televisor; mover una palanquita para pegar una patada, otra para disparar un arma y así. ¡Un aburrimiento! Como si uno pudiera imaginarse en serio tantas cosas.

Con la play 793 todo es más divertido. Porque vos te metés en serio  adentro del juego. Olvidate de tu tele; de tu living; de tu casa; de tu calle; de tu ciudad; de tu mundo, incluso. Vos te metés ahí, adentro de la pantalla y te enfrentás en serio a una legión de zombies. ¡Eso sí es un juego!

Llegás a la isla de Bonoi, con sus arenas blancas y su agua cristalina, te metés en el Royal Palm Resort y agarrate. Papá dice que en su época este juego ya existía, pero no podés comparar: ahora, si no le pegás a tiempo, el zombie te puede comer el cerebro en serio.  Pero tranquilo: cualquier amigo te rescata. Porque te morís en el mundo virtual, pero una vez que atravesás la pantalla ya no tenés heridas ni lesiones de ningún tipo. Eso sí: olvidate de volver a jugar, porque dentro de ese juego ya estás muerto y no hay vuelta atrás. La muerte no perdona, ni siquiera en el mundo virtual. Sigue leyendo

La maldición de Clarita

momia

La aparición de la momia lo cambió todo. Y cuando digo “todo” quiero decir todo: las medialunas de Amapola ahora son más ricas; papá empezó a escribir un libro y mamá ya no suspira; Tabaré se la pasa hablando y, lo que es todavía más raro, ¡todo el mundo lo escucha!

            Y eso sin contar que salimos como diez veces en la tele, que vinieron un montón de periodistas y el hotel Nuestra montaña pudo volver a abrir. Estrenó ventanas y se recubrió de adoquines, todas las habitaciones se pintaron y los canteros se llenaron de flores. Y ahora no lo atiende solamente don Felipe sino también los tres hijos y las tres nueras; y una hermana de Amapola y los tíos de Emanuel.

            ─Es hasta que pase la novedad ─decía al principio don Felipe─. Pero hay que aprovecharlo ¡después de tanta malaria!

            Y tenía razón, porque antes en este pueblo no pasaba nada. Alguna vez, cada tanto, un auto que llegaba con montañistas. Pero era tan “cada tanto” que al pobre Felipe tener el hotel abierto no le rendía. Sigue leyendo

Las chicas del campanario

Campanario

 

Esto ya no me gusta. Se suponía que antes de terminar el recreo íbamos a estar de vuelta y Sor Juliana no iba a sospechar nada. Subir al campanario, comer los sándwiches que robamos de la cocina, mirar qué pasa abajo, allá en la calle, y ya está. Diez minutos, máximo; pero no. La culpa es mía por hacerle caso a Susana.  Que dale, no seas miedosa y nadie se va a enterar, que total con el ruido del recreo ni se va a sentir la puerta del campanario.

Como si no conociera a Sor Juliana. Nos va a hacer escribir cien veces en letra de imprenta y doscientas en letra cursiva “No debo subir al campanario”. Y tendremos que hacer tarea extra hasta fin de año. ¿Y si nos expulsa? ¡Ay, si nos expulsa! Papá dirá que a cada rato me estoy metiendo en un lío distinto, que cómo no valoro su esfuerzo, que si yo no estoy pupila él no puede trabajar y que entonces qué comemos.

─Allá abajo pasa algo ─me dice Susana. Yo me pongo en puntas de pie y miro también por la ventana.  Las de primero están cruzando la esquina. Van con la Hermana Amelia.  Su cara parece una cáscara de nuez, de lo viejita que está.

─Es como una momia ─me dice Susana y empieza a imitarla, como siempre.

No sé por qué esta vez no me da risa.

─Ahí van las de segundo ─le aviso. Susana deja de hacer payasadas y vuelve a la ventana. Sigue leyendo