Siete de un golpe

Una carta le ha llegado

al famoso Ratón Perez,

y está el pobre preocupado

por el monto que requiere.

La da vuelta, la sacude,

la sostiene y la relee.

Y otra vez fija los ojos

en el sucio remitente.

La letra es bien redondita:

“el sastrecillo valiente”,

el sobre está pegoteado

con mermelada en el frente.

¿Cómo ha podido este niño

quedarse sin siete dientes,

de un golpe, sin anestesia,

de súbito y de repente?

Cuenta las siete monedas

el ratón celosamente.

Refunfuñando va a verlo

al satrecillo valiente

(Pido perdón y corrijo:

¡al sastrecillo sin dientes!)

El príncipe danzante

Había una vez doce hermanas

que bailaban un montón

pero nadie descubría

en dónde estaba el salón…

Las zapatillas gastadas

delataban su afición,

y aunque todos sospechaban

y prestaban su atención

nunca nadie descubría

 el secreto, y la misión

de sorprender la diablura

quedaba sin solución… Sigue leyendo

El príncipe vago

La historia de Zarzarrosa

es a medias de verdad:

Es cierto que un hada mala

se había querido vengar

por no haber sido invitada

al bautizo colosal,

y entonces lanzó el hechizo:

“hilando te morirás”.

Pero un hada, compasiva,

que venía por detrás

atenuara aquel destino:

“No morirá, dormirá”.

 Cuando todos preguntaran

cómo iba a despertar

la buen hada contestara:

“Algún príncipe vendrá

a besar sus rojos labios

para verla despertar”.

 

Y hasta aquí llega la historia

fiel a la realidad

pues la otra parte que cuentan

son chismes, ¿eh? ¡nada más!

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Aviones

plane

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No cualquiera puede hacer aviones de papel: los pliegues tienen que estar perfectos y las alas deben ser exactamente iguales. Si una te salió torcida, más vale que tuerzas la otra. Si no, no vuela. Y un avión de papel que no vuela es una porquería.

Lo más importante, igual, no es el aspecto. Por ejemplo: el Pocacosa, que a primera vista me quedó tan mal, vuela diez veces mejor que El Facha, que tiene papel  dorado y alerones. No sé, hay aviones que tienen actitud y al final terminan pareciéndote relindos, aunque estén hechos con papel de diario y tengan la trompa arrugada.

Lo mismo pasa con las vecinas. Porque al principio me gustaba Ema (la del tercero). Siempre con el pelo suelto y los labios con brillito y todas esas pulseras de colores. Nada que ver con María Luz (la del cuarto), que usa aparatos y es como un obelisco, de tan alta.

Está bien: yo cometí un error de cálculo. Quería que Conquistador aterrizara en el tercero pero en cambio fue directo al balcón de María Luz. Y lo peor: ella estaba ahí, mirándome.

Me hubiera quedado escondido detrás de los geranios, de no ser porque el avión volvió. Enseguida me di cuenta: ahora Conquistador tenía alerones y había cambiado el ángulo de inclinación. ¡Esa chica sí que era una experta!

Al lado de mi pregunta (¿”Tomamos un helado?”) había escrito con lápiz, suavecito: “Sí”. Y los dos nos fuimos a la heladería. Mientras hablábamos de lanzamientos y papeles, me pareció que los aparatos le quedaban lindísimos.  Y ya no me importó su altura: gracias a los aviones, estoy acostumbrado a mirar para arriba.

Y el mundo se llenó de moños

El cuento lo llevó un fraile que tenía permiso para salir de la abadía y  lo comentó en el mercado. Creo que al pescadero. Y el pescadero se lo dijo a su mujer. Y ya sabemos cómo son las mujeres, a la mañana lo sabía media aldea: el zapatero y su aprendiz, el sastre, la lavandera, el herrero, los soldados del rey, las amas de la Condesa de Acanomás (y la condesa, por supuesto), los vasallos del duque de Masallá (y la duquesa, que después se lo contó al duque porque ese día, me dijeron, andaba de cacería).

Y, claro, en algún momento, la historia cruzó el océano. No sé si habrá sido en boca de algún explorador. Tal vez, de un marinero o de un corsario. Porque eso de llevar y traer historias es algo que hace todo el mundo, sin distinción de clases ni de profesión. A todos nos encanta contar historias, desde los tiempos de Anselmo hasta nuestros días.

Y eso que pasaron una pila de años. ¿Qué digo, años? ¡Siglos! Porque Anselmo habrá vivido, no sé, ¿en el año 1000? Tal vez, incluso, mucho antes. De lo que sí puedo dar cuenta es del lugar: Anselmo vivía en una abadía, junto a un montón de monjes (entre ellos, aquel que fue con el cuento al pescadero). Pero lo principal de esta historia es que Anselmo era copista.

No, no lavaba copas. Tampoco coleccionaba copos de nieve. No se copiaba en la escuela, aunque por ese lado vamos mejor: Anselmo copiaba libros. Y en los tiempos de Anselmo copiar libros era toda una profesión.

Bueno: libros —lo que se dice libros—, no eran. En esos tiempos se llamaban códices, porque estaban escritos a mano y se armaban artesanalmente. Se cosían por pliegos y se encuadernaban con madera o cuero. Tener un libro en los tiempos de Anselmo era un lujo fenomenal. Y hacerlo, un privilegio de muy pocos.

Es que los copistas se divertían metiendo mano. Quiero decir, hacían sus comentarios y hasta cambiaban algunos detallitos. Así, si en el libro original decía: “¡Moros a la vista!”, el copista podía escribir: “La vista de los moros” y ahí nomás el libro dejaba de ser un relato de aventuras para convertirse en un manual de oftalmología.

Y así fue, me parece, cómo fueron multiplicándose los libros. Porque al principio todos hablaban de Historia o de religión y después fueron apareciendo un montón de otros temas. Y lo mismo, exactamente lo mismo, debe haber pasado con las letras, supongo.

Porque dicen que las letras no surgieron todas de pronto. Algunas tardaron en aparecer, como la eñe. En realidad no sé muy bien cómo fue la historia de cada letra: si las zanahorias aparecieron cuando empezó a usarse la letra z o si empezó a usarse la letra z cuando aparecieron las zanahorias.

La que sí conozco es la historia de la letra eñe, que es la que contó aquel fraile al pescadero y el pescadero a su mujer…Bueno, creo que ya les dije eso.  La cuestión es que Anselmo, el copista, estaba como siempre en la biblioteca de la abadía. Fuera de los ruidos habituales —el trazo de la pluma, las gotitas de tinta cayendo sobre el escritorio, la lámpara de aceite que chispeaba — todo era silencio alrededor. Y él estaba muy cansado. ¡También! No cualquiera puede estar mil horas sentado, con la pluma en una mano y la lija en la otra (porque en ese entonces los errores no se borraban ¡se lijaban!); copiando con cuidado letra por letra, página por página. ¡Ay, cuántas ganas tenía de terminar! Si hubiera existido el reloj en ese entonces, segurísimo Anselmo lo habría mirado.

Lo que hizo, en cambio, fue mirar la luna. Justo, justito, cuando estaba escribiendo: África está repleta de monos. ¡Para qué! A ver, imagínense esto: una pluma de oca con la punta cargada de tinta, sostenida por una mano que acompaña el movimiento de unos ojos a los que justo, justito, se les ocurre mirar la luna.

Y sí, fue inevitable que la gota cayera sobre el pergamino. Más precisamente, sobre la letra ene, a la que le quedó un sombrerito de lo más simpático, así: ñ. Anselmo, claro, se quiso morir. Ahí nomás agarró la lija, para enmendar el error. Pero en medio del lij lij (muy suavecito, porque el pergamino tiende a romperse) se escuchó una voz que venía directo del sombrerito aquel:

—¡Moño!

¡El mundo se puso patas para arriba, obvio! En la abadía, porque debe dar impresión que las letras te hablen. Y en África, porque todos se vistieron de frac: cuentan que hasta las jirafas andaban con moñito.

Y yo no digo que una revolución igual no haya pasado, también, con el surgimiento de cada nueva letra.  Pero con la eñe tuvo que ser especial. Mucho más especial. Primero, porque aquel día nacieron los ñoquis y los ñandúes y las mañas y cigüeñas y las piñatas y el otoño y la leña y las arañas y las castañuelas. Y segundo porque los hombres conocimos esta historia que  —atravesando siglos y cruzando océanos— llegó para contarnos del origen de un idioma  que (además de ser nuestro) está lleno de sueños y añoranzas y mañanas.

 

Tiempos modernos

 

Me contaron que el flautista

a Hamelín ha regresado

y otra vez el rey tirano

sin la paga lo ha dejado.

 

Avisado el soberano

del poder del instrumento,

le ha confiscado la flauta

para evitar el intento

de hipnotizar a los niños

con el sonido del viento.

Pero el flautista, ingenioso,

usó un remedio moderno:

 

Todos los niños del reino

siguieron sin distracción

como zombies, y atontados

la encantadora atracción

que el flautista les mostrara

sin ninguna compasión.

 

Fue así como en este cuento

los chicos todos se fueron

embobados y  contentos

¡detrás de un televisor!

La rana encantada

Si encontrara yo al chismoso

perverso que me ha contado

que en el fondo de mi estanque

hay un príncipe encantado,

 

del coscorrón que le diera

se quedaría atontado,

sin ganas de repetirme

un chisme tan infundado.

 

Pues resulta que era cierto

que una rana parlanchina

con soberbia majestuosa

allí mismo me diría

 

que una bruja había hechizado

su preciosa gallardía

y que un beso de mis labios

con su pena acabaría.

 

¡Cómo no! Y ahora resulta

que aquel beso me ha dejado

convertida en una rana,

con corona y sin reinado.