Había una vez una casa de ladrillos, que ningún soplido pudo derribar. Y tres cerditos que, adentro de ella, se sentían seguros.
¡Pero también hambrientos!
—¡Yo construí la casa! —protestó Primero—, ¿de verdad me tengo que ocupar de todo?
—Si nos hubieras avisado que no tenías ni una miga de pan para convidarnos, habríamos recogido alguna fruta por el camino—se defendió Tercero.
—¡Y ahora no podemos salir! —dijo Segundo, que no dejaba de mirar por la ventana— ¡El lobo sigue ahí, esperándonos!
Los cerditos podrían haber seguido peleando. Podrían haberse puesto a llorar. Podrían haber salido de la casa, y que pasara lo que pasara.
Podrían haber hecho un montón de cosas, pero solo hicieron una: trabajaron en equipo. Primero tuvo la idea. Segundo, la ejecutó. Tercero, se ocupó de los detalles.
Así fue como a la mañana siguiente un avioncito de papel cayó a los pies del lobo. Sobre la parte visible, se leía con letra clara: “Cómo derribar una casa de ladrillos”. Por supuesto, el lobo no pudo aguantarse las ganas, desarmó el avioncito y siguió las instrucciones:
Una hora más tarde, los cerditos pudieron cenar muy tranquilos. El lobo les había arrojado tanta, pero tanta fruta, que tuvieron provisiones para varios días. Además, abandonó la guardia: se fue a averiguar quién es el gracioso que anda mandando avioncitos con hechizos que no funcionan.
Y así se acabó otro cuento con los cerditos felices y el lobo no tan contento.
Hubo hace mucho tiempo, en una extraña isla que aparecía y desaparecía a su antojo, un matrimonio de pescadores. No tenían mucho. Una casucha destartalada que se movía como un barco en los días ventosos y una red que usaban para pescar.
Con esa red pescaron al pez dorado. No era un pez dorado cualquiera. Era el más dorado de los peces dorados. Tenía el cuerpo pequeño con relación a sus aletas, que se desplegaban como enormes alas de dragón. Sus ojos, más cristalinos que el agua, reflejaban la mirada asombrosa de los pescadores que tuvieron que pellizcarse entre ellos para estar seguros de que no soñaban.
Habían oído hablar de aquel pez prodigioso muchas veces. Sabían que no se dejaba capturar con facilidad. Era lo suficientemente ágil como para escabullirse cuando la red se acercaba y lo bastante mágico como para soltarse, en caso de necesidad.
—¿Tú crees que —titubeó la mujer—…? — Es el pez de los deseos, sí —contestó su marido sin una pizca de duda. —¿Y nos ha elegido a nosotros porque…? —¡No tengo ni la menor idea! Pero nos ha elegido por algo. Este pez elige a quién quiere ayudar. —Por supuesto, nos lo merecemos —contestó ella en voz alta, más para convencerse a sí misma que por conversar con su marido. —¿Y qué dices…? ¿Se te ocurre qué podemos pedirle?
Se mantuvieron callados durante unos cuantos segundos. Un deseo no se toma a la ligera, hay que pensárselo muy bien. La magia es paciente pero también muy justa, era importante que no se equivocaran.
—¡Pidámosle una casa! Una casa más grande que la nuestra. Con paredes firmes y un techo sin goteras. Con ventanas que cierren bien y nos protejan del frío. Con un piso liso y fácil de limpiar. ¡No necesitamos más!
El hombre asintió, complacido con la idea de su mujer. En una casa así, podrían ser felices.
Soltaron la red en el agua, porque sabían que así funcionaba. El pez se refrescó, dio un par de saltos y volvió a mirarlos. Era el permiso para continuar. Los pescadores se arrodillaron y acercaron sus manos al agua. Las palmas hacia arriba, la cabeza baja, los ojos cerrados. Cuando estuvieron listos, dijeron estas palabras:
Acércate pez dorado y cúmplenos el deseo que hemos pensado.
El mar apenas se movió. Una luz extraña emergió desde las profundidades y el viento susurró “¡Ya está hecho!”.
Los pescadores volvieron a su casa, que ya no era una casucha destartalada. Tenía techo de tejas y, bajo la ventana, un cantero con flores.
—¿Has notado que la puerta no chirría al abrirse? —observó la mujer. —¡Y mira cómo brilla el piso!
Los dos se abrazaron, felices por la nueva casa. Y aquella noche durmieron hasta el amanecer.
—¿Querida, estás despierta? —preguntó él. Y ella le respondió, adivinándole el pensamiento: —Lo sé: tendríamos que haber pedido más. Una casa de dos plantas, por lo menos.
Volvieron a la orilla sin siquiera haber desayunado. Se arrodillaron, acercaron sus manos al agua. Las palmas hacia arriba, la cabeza baja, los ojos cerrados. Y otra vez pronunciaron estas palabras:
Acércate pez dorado y cúmplenos el deseo que hemos pensado.
El mar se movió un poco. Pero la superficie del agua se iluminó de todos modos, y el viento les dijo: “¡Ya está hecho!”.
Así era. La casa con techo de tejas había sido reemplazada por un edificio de dos plantas. Tenía también una terraza desde donde podía verse el mar.
—¡Es perfecta! —dijo ella. —¡Qué bien hicimos! —respondió él. Y durmieron contentos hasta la madrugada.
Entonces se dieron cuenta de que era ridículo tener una casa tan grande para ellos solos. Quienes vivían en lugares así no se pasaban el día subiendo y bajando escaleras, tenían gente que los ayudaba.
—Una cocinera, un ama de llaves, un mayordomo—enumeró él. —Y un jardinero también. Hay demasiados canteros con flores. Ya me aburro de regar.
No había amanecido todavía cuando llegaron a la orilla. Una vez más, se arrodillaron. Metieron las manos en el agua, bajaron la cabeza, cerraron los ojos. Y, como si de una sola voz se tratase, pronunciaron estas palabras:
El mar se revolvió. El agua ya no se veía tan cristalina y apenas llegaron a percibir un reflejo que venía de las profundidades. Pero aun así, el viento rugió: “¡Ya está hecho!”.
Felices, corrieron a la casa. Vieron al jardinero atendiendo unos lirios siberianos. Desde la cocina, les llegó el aroma de la remolacha que la cocinera estaba hirviendo en una sopa. Un mayordomo les abrió la puerta. Y el ama de llaves entraba y salía de las habitaciones, con el apuro de alguna urgencia que los pescadores no llegaron a comprender.
Durmieron abrazados hasta la medianoche.
—No quiero quejarme —dijo la mujer—, pero tanta gente dando vueltas… —¡Es que no sabemos tratarlos! Solo somos dos pescadores, no estamos acostumbrados a que nos traten como reyes.
Los ojos de ella se iluminaron. ¡Eso era!
—¡El deseo nos quedó grande porque lo pedimos mal! Pidamos un palacio con todo el personal necesario, pero también que estemos a la altura. ¿Por qué no podríamos ser reyes? —¡O zares! —retrucó él— ¿Por qué gobernar un reino cuando podríamos tener todo un imperio?
La luna estaba en lo alto cuando llegaron a la orilla, pero el mar estaba tan oscuro y revuelto que tuvieron que avanzar a tientas, guiándose por el sonido de las olas. Se arrodillaron, como siempre. Metieron las manos en el agua con las palmas hacia arriba, mantuvieron la cabeza baja, cerraron los ojos. Hicieron todo lo que tenían que hacer. Pronunciaron también las palabras mágicas, exactamente igual que las otras veces.
Acércate pez dorado y cúmplenos el deseo que hemos pensado.
Pero esta vez ninguna luz llegó de las profundidades. Y el mar estaba tan furioso que se escuchaba por encima del viento. El oleaje era aterrador.
Los pescadores se miraron. Y ese solo gesto bastó para que se entendieran. Volvieron a repetir todo el ritual. Y a decir, con más fuerza que antes, las palabras mágicas. Pero fue inútil.
—¡No es justo, nosotros te capturamos! —gritó él. Y ella: —¡No te pedimos más que lo que merecemos!
Entonces se vio una luz que, desde las profundidades, tiñó todo el océano. Y el viento, por fin, les anunció: “¡Ya está hecho!”
Pero al regresar no hallaron ningún palacio, sino su casucha destartalada de siempre. Y allí vivieron los dos, hasta que la isla se borró de los mapas.
Y colorín colorado, las aguas ya se calmaron. El cuento así te lo cuento porque así me lo contaron.
La primera vez pelearon como perro y gato: Batata ladraba Guau Guau Y Akiro, callado, le mostró las garras. Zas Zas Los dos se miraban fijamente como midiendo quién mandaba.
¿Quién mandaba? A veces, Akiro Miau Miau andaba como si la habitación fuera un palacio y él un gato emperador.
Pero otras veces, Batata se rebelaba se daba cuenta de su tamaño de la fuerza de sus patas y avanzaba Tap Tap Y Akiro el gato emperador se iba volviendo pequeño pequeñito mínimo minino. (Y se escapaba)
Pero un día descubrieron juntos sin saber sin querer que se querían. Batata movió la cola Plas Plas y Akiro dejó salir Su Ron Ron y así como si nada como quien dice ya es tiempo y ya era hora empezaron a entenderse y a jugar como perro y gato.
En una calle empedrada, cerca de Plaza Mayor, hay una casa de dos pisos. Fermín la mira. Su padre le ha contado que las grandes casas tienen un patio central, y casi siempre un aljibe.
Su padre sabe de agua, porque es aguatero y la reparte por toda la ciudad. Fermín siempre lo acompaña. Se levantan al amanecer, enganchan los bueyes al carro y después se meten en el río. A Fermín le encanta recoger el agua y llenar los baldes. Su padre le ha enseñado cómo hacerlo sin salpicar. También le ha dicho que hay que dejarla reposar, así el barro baja y el agua queda limpia. Lista para entregar.
Ahora mismo, Fermín está por llevar un pedido. Por primera vez no lo acompaña su padre, y se siente grande por eso. La casa de los Riglos está dos calles más abajo. Tiene tiempo para descansar, así que se detiene a ver la casa.
Apoya el balde frente a la puerta, y se queda pensando en el aljibe que no conoce pero imagina bien: seguro tendrá detalles en mármol y un escudo labrado.
Distraído como está, no espera que la puerta se abra de par en par. ¡Todo pasa tan rápido! Un chico, como de su edad, sale corriendo. Detrás, viene su hermana con los ojos vendados.
—¡Gallito ciego, gallito ciego! —le grita él. Y ella tropieza con el balde.
El balde que estaba rebalsando, listo para entregar. El balde que los Riglos esperaban. El balde que ahora está vacío, sin una gota de agua.
—¿Qué voy a hacer? —solloza Fermín— ¿Qué le diré a mi padre?
—Fue nuestra culpa —lo consuela el señorito.
—Repondremos el agua —promete la niña, que ya se ha quitado el pañuelo de los ojos.
Y así Fermín, por primera vez, ve un aljibe. Es de ladrillo colorado y tiene una flor de hierro en el centro.
Más tarde le contará a su padre del mecanismo para subir el agua. Y de sus nuevos amigos, que viven en la gran casa sobre la calle empedrada.