Y ahí estaba yo, el primer día, preguntándome por qué se le habría ocurrido a mi mamá anotarme en una Escuela de Superhéroes si yo jamás había tenido ningún poder.
Apenas formamos, ya me quería morir: Camaleón desapareció, Elástico se estiró hasta la esquina y Naturabella hizo crecer un roble en medio del patio. Para el tercer recreo ya todos sabían, por lo que tuve que aguantar las burlas de Chico de fuego, que era el único que me hablaba.
Pero al otro día llevé el juego de magia. En cuanto Chico de fuego se acercó ¡splash!, le di con la flor de agua: quedó apagado y con el ego herido. Después la cargué de témpera y así les mostré a todos dónde estaba Camaléon. Con un pinchazo (había escondido un alfiler en el dedo falso) convencí a Elástico de que era mejor dejar sus brazos guardados. Y hay que ver la cara que puso Naturabella cuando vio la “sorpresiva” plaga de hormigas que salió de mi manga para infestar su jazmín.
Y así, Chico-sin-ningún-poder pasó a ser Neutralizador, el único capaz de desactivar los poderes del resto. Y aunque me parece que Ilusionista sería más apropiado, voy a guardarme ese supersecreto.

